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¿Por qué te mataron, Arancibia?

Educación. Memoria. Justicia. Querido Isauro Arancibia: pensamos al amparo de tu lucha y de tu ejemplo. Por Silvia Rojkés

Marzo comienza su último tercio y son tres meses los que han transcurrido de este 2026. La información aturde con su ferocidad y los hechos nos atraviesan de manera descontrolada, tal como la naturaleza en esta querida provincia. Los cuerpos se debilitan, y no logran recuperarse con la misma velocidad que la información que los lacera. Es una mezcla de vacío, incertidumbre y mucha desprotección la que nos va anulando lentamente la capacidad de pensar con sentido crítico y colectivo.

Se respiran tristezas, angustias, un pesimismo lógico por una realidad que nos supera. Tomamos aire desde pequeños puestos de lucha, cognitivas, territoriales, de escucha, de puestas en común, y de juntarnos, sí, de mirarnos con respeto, despojándonos de tanto abatimiento y desgano.

¿Para qué?, nos preguntamos. Para seguir. Desde nuestros simples espacios, refugios de pequeñas y grandes luchas que llevamos adelante frente a esta realidad tan adversa, que pretende obstaculizarnos el camino a seguir.

Recuerdo una bella canción de Piero: “vamos, decime, contame/ todo lo que te está pasando ahora/ porque si no, cuando está tu alma sola llora/ Hay que sacarlo todo afuera/ como la primavera/ Nadie quiere que adentro algo se muera/ Hablar mirándose a los ojos/ sacar lo que se pueda afuera/ para que adentro nazcan cosas nuevas”.

Y aquí estamos, poniendo todo el espíritu optimista que nos caracteriza para poder compartir este espacio de escritura con la intención, siempre, de que nazcan cosas nuevas en estos tiempos de tanta oscuridad, ¡juntos!

Estamos mal, pero vamos bien

Eso nos decían, permanentemente, mientras el país se hundía y una mayoría importante —no todos—compraba espejitos de colores y el déme dos nos hacía sentir que el mundo era nuestro; tapándonos los ojos para ver lo que ya estaba ocurriendo: las persianas que bajaban de los negocios de nuestros vecinos, los del barrio. Recuerdo que comenzamos a ver en cada esquina las parrillas en las calles vendiendo pollos asados y, también, sentíamos ruidos dentro de los basureros/contenedores pensando que iban a salir ratas, y nos sorprendíamos porque salían personas, vecinos, que buscaban comida y, tal vez, algo para vender. Ahí aprendimos a separar la comida de nuestras casas en bolsitas, aislándolas del resto de los residuos que iban al tacho de la basura. Y sí, el desempleo como disciplinador social comenzó a actuar rápidamente, mientras la industria nacional crecía en capacidad ociosa, máquinas que no trabajaban, obreros que eran despedidos y pequeños empresarios que también perdieron todo. Entraron productos importados, muchos de consumo en los supermercados, comida importada, electrodomésticos de otros países, remedios, ropa. Aparecieron las grandes propagandas de las famosas Administradoras de Fondos de Jubilaciones y Pensiones que nos ofrecían volcar nuestros aportes de toda una vida a la timba financiera. Las escuelas nacionales pasaron a las provincias sin presupuesto: ¡Plan perfecto! Vendieron las joyas de la abuela, nos desprendieron de aquellas empresas del Estado que nos identificaban orgullosamente desde que fueron creadas, como Aerolíneas Argentinas, YPF, los bancos provinciales, entre otras. Las vendieron por chatarras y con juicios por venir. Década del 90. Realidad 2026.

Comenzó hace 50 años, aquel fatídico 24 de marzo de 1976 que nunca debemos olvidar. Lo llamaron Proceso de Reorganización Nacional: muerte, un gran aparato represivo, el terrorismo de estado, y el famoso eslogan de la dictadura cívico-militar: “achicar el Estado es agrandar la Nación”, de Martínez de Hoz, para entregar nuestra soberanía a los grandes grupos económicos y endeudarnos ante los organismos internacionales, a más no poder. Fue un tenebroso proyecto económico.

Los hermanos Arancibia

“¿Por qué te mataron, Arancibia?”, se preguntó Simón Furlán (secretario general adjunto de la primera Junta Ejecutiva de CTERA igual que Francisco Isauro Arancibia) frente a la tumba de los hermanos Arancibia. Asesinados, fusilados, en las primeras horas de la madrugada del 24 de marzo de 1976, en la sede de ATEP (calles Congreso y Las Piedras). “Porque amabas entrañablemente tu Patria, tu pueblo, a los maestros, los jóvenes, los niños. Porque te dolía el drama social de la injusticia, la miseria, la explotación y luchabas desde siempre para acabar con esa lacra”.[1]

Medio siglo del golpe. Cincuenta años del asesinato de los hermanos Arancibia. Lo mataron por sus convicciones, por su compromiso con su pueblo, por su rol de maestro. “Eliminar la dependencia, concretar una sociedad justa y pleno ejercicio de la democracia”. La educación es un derecho, sostenía, por lo que constituye “un deber y una función imprescindible del Estado”. Incansable dirigente docente, fue uno de los pioneros de la organización de la CTERA y del Congreso Nacional de Educación que, justamente, se realizó en Tucumán, en 1970, por las luchas y reivindicaciones que fueron generándose a partir de las reformas educativas, económicas y sociales que impulsaba el gobierno de facto del General Onganía, e impactaban en toda la sociedad, especialmente con el cierre de los once ingenios azucareros y la migración de 200.000 tucumanos, que buscaban trabajo y engrosaban los cordones de miseria del Gran Buenos Aires. El ausentismo escolar llegó a un 80%. “Lo que el Ministerio de Educación llama Reforma Educativa, Arancibia planteaba que es acentuar los privilegios de clase y hacer de la educación un monopolio de las clases pudientes. Planteaba, también, que la educación tiene que ser una pasión, como el fútbol, y no hay maestro cierto y auténtico, si no trabaja por la liberación de los pueblos”.

Se convirtió así, en un enemigo peligroso, un dirigente que molestaba para la concreción de los objetivos de la nueva Junta Militar que instaló la dictadura más cruel y terrorífica: torturas, desapariciones, secuestro de bebes y un modelo económico de entrega del país.

“¿Por qué te mataron, Arancibia?”. Pregunta que nos conmueve, nos horroriza y nos permite sostener, nuevamente y siempre, que no justificamos la muerte bajo ninguna expresión política y decimos NO al terrorismo de Estado. ¡Nunca Más!

La educación, los jóvenes, el país ¿son importante para este gobierno?

La primera medida, en el ámbito educativo, que tomó el presidente de la nación, fue desjerarquizar la educación en todos sus niveles. La sacó de su condición de Ministerio, transformándola en una Secretaría dependiente de Capital Humano. Esto, es público y notorio, significa el desfinanciamiento de la educación pública, la eliminación de un logro tan sentido como indispensable: que representara el 6% del PBI, a lo que agregaron —como si todo esto no fuera ya bastante— el abandono de las escuelas técnicas.

La Ley Penal Juvenil, sancionada en el mes de febrero de 2026, en su capítulo 1, dice: El objeto de la presente ley es el establecimiento del régimen penal aplicable a las personas adolescentes, desde los catorce (14) años de edad hasta las cero (0) horas del día en que cumplan dieciocho (18) años de edad, cuando fueran imputadas por un hecho tipificado como delito en el Código Penal o en las leyes penales especiales vigentes o que se dicten en el futuro”. Esa, justamente, es la franja etaria en la que nuestros jóvenes deben cursar su nivel medio o escuela secundaria.

Los últimos datos del INDEC acompañan los resultados de las crueles políticas de Milei y nos dicen que crecieron el desempleo, la informalidad y el cuentapropismo. La desocupación fue del 7,5% entre octubre y diciembre del año pasado, y es especialmente preocupante en los jóvenes. Entre los varones de 14 a 29 años, creció del 12,5% en el último trimestre de 2024 al 16,2% en el último trimestre de 2025. Entre las mujeres de esa misma edad, fue del 13,8% al 16,8% en el mismo período. Situación que se profundiza con la eliminación de 90.000 planes del Volver al trabajo (de solo $ 78.000). Y, aunque cueste creerlo, son estos planes, más las ayudas de los gobernadores, lo que están conteniendo al 50% de la población que está por debajo de la línea de pobreza.

Si baja la edad de punibilidad. Si el desempleo sigue aumentando. Si se desfinancia la educación. Si la reforma laboral sirve solo para que se cierran fábricas y no se generan nuevos puestos de trabajo. Si se pretende convertir en ley la reforma educativa que desplaza al Estado como garante de este derecho fundamental, para considerar que se trata de una responsabilidad individual, y/o de las familias que están dejando a la intemperie. Si se le quita importancia a la escuela pública proponiendo otras organizaciones, y el financiamiento es aún menos que miserable. Si todo esto… nos preguntamos ¿alguien está pensando qué pasará con nuestros jóvenes? Con los que no podrán ir a la escuela. Con los que ya no pueden hacerlo en este contexto adverso. Con los que no consiguen trabajo. Con los que no tienen acceso a actividades culturales o deportivas en las comunas, ni en los barrios vulnerables.

En rigor de verdad, la baja en la edad de imputabilidad es convertir en ley la prisión de una vida indigna de su condición a la que ya los están condenando.

No hay abuelos que puedan ayudar, ni familias que puedan contener. El consumo problemático es una realidad que avanza, conquista jóvenes, barrios, genera empleo informal con el narcomenudeo; aumenta la violencia por todas las realidades que atraviesan sin la protección solidaria del Estado presente. ¿O por qué pensamos que aumentaron los suicidios de jóvenes y adultos mayores?

Demonizaron a la Educación Sexual Integral y, por eso, aumentan las enfermedades infectocontagiosas de origen sexual.

Los resultados están a la vista.

El optimismo: la democracia tiene consenso

Datos de Pulsar-UBA CELS y de Zuban Córdoba, nos indican que la democracia conserva respaldo como valor, pero pierde validez como experiencia cotidiana. La memoria es significativa en un alto porcentaje. La demanda por justicia está activa; la educación y la familia son los ámbitos de mayor socialización sobre la dictadura cívico-militar: la valoración negativa es ampliamente mayoritaria, aunque con matices. Y hay un gran acuerdo de condena y de pensar que no volverá a ocurrir.

Estos datos, con sus tonalidades y contextos nos instan a interrogarnos sobre el rol de la política, la militancia y la construcción de una sociedad más democrática, con respuestas de las diversas instituciones para llevar adelante un proyecto de país con todos y todas incluidas. ¡Para seguir cantando y no solo sobreviviendo!


[1] Rosensvaig, Eduardo (1993): La oruga sobre el Pizarrón, Isauro Arancibia, maestro, Colihue, Buenos Aires

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