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¿Cuánto duele la muerte?

Una pregunta incómoda atraviesa la historia: no cómo se muere, sino qué hacemos mientras otros mueren frente a nosotros. Por Eric Calcagno

“Señor, ¿la muerte duele?” le preguntó el quinceañero al sesentón que tenía al lado. “No, mon petit, la muerte no duele”, le contestó mientras lo tomaba del brazo. Minutos después ambos caían, fusilados por las tropas de ocupación alemanas. Fue en 1944, y el más viejo era Marc Bloch.

Más allá de la trayectoria intelectual de Marc Bloch, que revolucionó el estudio de la historia a través de la “Ecole des Annales” en la primera mitad del siglo XX, la pertinencia de los análisis que realizó fue a la par con el compromiso político asumido. Condecorado por el valor demostrado en combate durante la primera guerra mundial, Bloch fue voluntario para pelear en la segunda, por más que superaba la edad. De allí a la Resistencia contra los nazis, y al momento final que evocamos al principio. Como los intelectuales no pueden parar de pensar, dejó escrito un libro que analizaba los errores cometidos por el gobierno y el ejército francés de 1940, al que llamó “La extraña derrota”. Hay que dejar testimonio de lo que sucede mientras ocurre.

En 2024, otro francés, esta vez llamado Didier Fassin, publica un libro que también se llama “La extraña derrota”. Pero habla de la guerra en Medio Oriente. A su modo, Fassin también quiere dejar testimonio, pero no de una guerra perdida en otra debacle militar, sino denunciar el consentimiento de occidente en el aplastamiento de Gaza, que califica como una derrota moral con escasas posibilidades de remisión. Fassin es médico, sociólogo y filósofo. Tiene a su cargo la cátedra de “Cuestiones morales y problemas políticos en las sociedades contemporáneas” en el Collège de France, fundado recién en 1530. También enseña en Princeton. Y en recuerdo y homenaje a Marc Bloch documenta los seis primeros meses de la guerra en Gaza. Hay que dar testimonio.

Desde ya que la publicación de un libro de estas características, con esos argumentos, no podía sino caer mal en el ambiente consensual posterior al ataque criminal de Hamas. Pero es ahí donde Didier Fassin ubica el problema: “por qué el mundo occidental dejó que el ejército israelí devastase Gaza, matase a sus habitantes, por qué no reaccionó cuando mataron niños, destruyeron hospitales, bombardearon escuelas, asesinaron periodistas, por qué prohibieron las manifestaciones que reclamaban el respeto del derecho internacional que Israel violaba con impunidad”. La conclusión de esta entrevista con Mediapart es terrible: “Occidente ha caído en el abismo moral más grande desde la segunda guerra mundial”.

Didier Fassin toca el centro del problema moral cuando menciona que “la necesaria expiación de los crímenes cometidos por los europeos durante siglos hasta desembocar en el genocidio de los judíos fue pagado por los palestinos, que no tuvieron nada que ver. ¿Cómo el mundo occidental podría redimirse de sus responsabilidades en la destrucción de los judíos de Europa a través del apoyo de la destrucción de los palestinos en Gaza?”

Es aquí donde caen todos los argumentos morales. Es que “Israel es un tema estratégico, ya que es considerado como la vanguardia del mundo occidental en medio oriente. Es un asunto económico, en términos de mercado regional y sostén del aparato militar-industrial internacional. Es ideológico, en tanto crece el racismo anti-árabe y anti-musulmán en el contexto de movimientos islámicos muchas veces violentos”. Le faltaría agregar que muchos grupos fundamentalistas fueron financiados por occidente en la larga lucha contra el nacionalismo árabe laico, así por ejemplo la ayuda prestada a los ayatolas contra Mossadegh en el Irán de los años cincuenta. También, a quién se le ocurre nacionalizar el petróleo. O el financiamiento destinado al “Grupo de Apoyo al Islam y a los Musulmanes” (JNIM), elementos integristas afiliados a al Qaeda y que azotan a Burkina Faso, Níger y Mali. Bueno, a quienes se les antoja construir países soberanos y sociedades más justas. También estuvo afiliado a Al Qaeda el actual presidente sirio, cuando conducía el Frente Al-Nusra, estableció un régimen islámico en la región de Idlib y practicaba degollinas por televisión. Estados Unidos llegó a ofrecer una recompensa de diez millones de dólares por él, pero al final todo terminó en la foto con Trump en el Salón Oval. Es que hay terroristas buenos y terroristas malos. Es sólo una cuestión moral. ¿Moral?

Fassin también critica el establecimiento de un discurso único acerca de los acontecimientos en Gaza. “Hubo conferencias anuladas, manifestaciones prohibidas, se impidieron reuniones ecuménicas, algunos universitarios rechazados para nuevas asignaciones. En esas condiciones, sobre mil especialistas que trabajan sobre medio oriente, ocho de cada diez han elegido el silencio”.  Este es un hecho grave, habida cuenta que el razonamiento suele ser útil para resolver problemas. “Criticar a Israel”, continua Fassin, “no significa consentir los crímenes cometidos contra civiles”, “denunciar los decenios de opresión y brutalización” que sufren los palestinos no es una reivindicación del ataque de Hamas. “Comprender el sentido que los agentes dan a sus actos no significa aprobarlos”.

De hecho, ese debería ser el punto de inicio de cualquier reflexión sobre el tema, válido para todas las partes involucradas. De lo contrario caemos en el esencialismo: todo lo que hacen estos está bien, todo lo que hacen aquellos está mal. Eso sería reemplazar a la reflexión moral, que justo debate de las cuestiones del bien y del mal, para reemplazarlo por creencias religiosas, que como son cuestiones de fe que nada tienen que ver con la historia o la política.

La historia y la política fueron los compromisos que asumió Marc Bloch hasta el final, y que podemos encontrar en libros como “La extraña derrota”, o como la incomprensión, la incompetencia y la soberbia llevaron a la catástrofe militar. Didier Fassin retoma esas perspectivas para analizar la derrota moral de occidente frente al genocidio en curso, ya sea bajo forma de silencio, complicidad o provisión de armas. Si Europa no ha logrado procesar la Shoá, entonces quizás el peso de una culpabilidad morbosa frente al genocidio en Gaza demuestre que las causas que desencadenaron el Holocausto han cambiado poco. “Quienquiera que muera, muere en dolor” escribió François Villon allá por el siglo XV, como en previsora respuesta antes de enfrentar la nada.

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