Por Rossana Nofal y Carlos Zeta
Esto que ves no es: la sentencia de los de arriba y la muerte de los de abajo. Lucrecia Martel, una vez más, incomoda, desordena el mundo próximo para contarnos el revés del cuento de una insondable paradoja de las víctimas inmoladas de la sinrazón. El agua estancada en la ciénaga, la pileta de la niña santa, el diluvio de la mujer sin cabeza, las presas de una clase, el machete que mata sin piedad. La película Nuestra tierra aventura sonido y color en la ciencia ficción, donde el mundo se percibe diáfano, distante, dios, creación de la luna en el sol. Lo nuestro comienza con la lejanía insondable de un satélite artificial de sonido mudo. El dispositivo mirada y cámara que orbita alrededor de la tierra con sus antenas, sus paneles solares para energía y sus sofisticados sistemas de control térmico. Estamos adentro, estamos irremediablemente afuera. Gira el mundo, gira, y la voz de Mercedes Sosa instala el futuro que ya sabemos imposible: la película estremece con la Misa criolla y su Gloria improbable, mientras en nosotros crece el himno invencible, y se agita la sangre con la misma voz:
“Campesino, cuando tenga la tierra / le pondré la luna en el bolsillo / y saldré a caminar con los árboles / y el silencio / y los hombres / y las mujeres conmigo.”
El recurso sirve para que pongamos nuestra mirada sobre un territorio del norte argentino, cuyos problemas son los mismos que los de hace más de cinco siglos… ¡qué manera de empezar, compañera! Nuestra tierra no es una película, podríamos decir forzando la frase de René Magritte —cuya interpretación foucaultiana hemos estudiado—. Es mucho más que eso. Nos empuja a desplazar el punto de vista hacia quienes han habitado y cuidado la tierra mucho antes de la formación de los países modernos. Y nos desafía a repensar la relación entre el territorio, la memoria y el sueño de un claro día de justicia. La sala y el estrado; la jueza, la fiscalía y los abogados de la defensa en clave de derechos humanos.

Desde la perspectiva indígena, la tierra no aparece como una propiedad ni como un recurso económico, sino como un espacio vivo donde se entrelazan historia, espiritualidad y comunidad; barre, así, con la lógica colonial que redujo el territorio al objeto de explotación y reivindica formas de habitar basadas en el equilibrio con la naturaleza. Pero la tierra tiene dueño, tiene nombre. ¿Quién valida la escritura del Estado funcional al capital?
María Rasguido cuenta en voz primera la historia de una vida disgregada. La familia de los migrantes a la gran ciudad y un mundo soñado. La comunera lleva las fotos del archivo. La Gaceta expone la hegemonía de la historia provincia: en el archivista se juega el enunciado de la mentira. María tiene las instantáneas con color, los rostros, los nombres, la mirada de los dueños de todo que lo perdieron todo. Fotografía de hombres, las mujeres no se dejaban fotografiar. Rastros precarios de una memoria a punto de desaparecer. La pura contingencia que reconstruye la escritura judicial. ¿Usted cree en Dios? La pregunta suena casi al inquisidor que busca idolatrías para extirpar.
La sentencia es el relato imposible de una realidad con alturas difíciles de abarcar con el muy pobre recurso de un puñado de párrafos: es cine. Y solo allí ocurre lo que la magnífica directora salteña vino a contarnos sobre Tucumán y los sentidos del exterminio en el siniestro camino hacia las minas de plata en Potosí. La geografía es la de la voz que cuenta sus comunas; el mapa geopolítico excede, incluso, el decreto del gobernador que allá por los setenta devuelve la tierra a sus dueños. Pero nadie parece escuchar esa escritura política sin valor patrimonial.
Imposibilitados como estamos, entonces, digamos solo algunas cosas. Por caso, las verdaderas piezas de terror que constituyen las formas de “preguntar” de jueces, abogados y fiscales, en ese espacio tenebroso que es el Tribunal. Que, si miramos bien, es la forma de dictar sentencia. Y, si tienen dudas, presten atención a esta pregunta: “¿Por qué luchar por una tierra que no vas a usar?”. Los indios, los otros, los indígenas, los dueños originarios, no pueden responder en el avasallante careo del hombre blanco y las palabras violentas de la posesión de la lengua, los sentidos y la propiedad. ¿Quién tiene las armas?
El poder contramayoritario que pensó Charles Louis de Secondat, señor de la Brède y barón de Montesquieu, se refleja en el film con su impiadosa eficacia despojadora: doscientos setenta y ocho años después, con todos sus días y todas sus noches.
¿Dónde está lo hediondo?
Para Aristóteles los sentidos son la puerta de entrada al conocimiento, el modo en que comienza el proceso cognitivo al captar formas sensibles del mundo físico. Es por eso que consideraba a la vista como el sentido más noble.
“Qué ves / qué ves cuando me ves/ cuando la mentira es la verdad.” grita Divididos y ese sería nuestro canturrear a la salida del cine. Los hombres blancos y el turco Amín amenazan una vez más desde la prepotencia sin la cadencia amorosa de la palabra-lucha de Mercedes Sosa. Martel apela a la vocalidad sublime del arte cuando nos recuerda que, en rigor de verdad, es el olfato el sentido más antiguo de los vertebrados, junto al oído. El olfato, de una sutileza única, que fuimos perdiendo por la prepotencia cultural de Occidente. ¿No es (también) por eso que rechazamos, incluso, el olor de nuestra gente? Lo «hediondo» de los indios, para mentar al bueno de Kusch.

En una escena fundamental, Lucrecia subraya el esmero, la prolijidad, la aplicación con que se limpia la sala de (in)justicias. Las mujeres de las fotografías de María se van a las ciudades a limpiar, limpiar lo que no saben, las puertas que están blancas, los patios que no son de tierra. La dedicación con que se le quita hasta el último vestigio de polvo a los inmaculados sillones de jueces y fiscales antes de cada ingreso en la teatralidad de la sala. El testimonio apenas audible es el de las víctimas que perdieron la voz en el tiempo de rememorar, como los nombres de las fotografías, como los parecidos de familia. Los planos de Martel son étnicos; la obsesión del detalle expone un gesto imposible: limpiar la mugre del mundo.[1]
Por último, imposible no mencionar la contundencia con que se muestra la continuidad de la violencia colonial. La historia argentina todavía tiene que escribirse, aun cuando sea una epopeya sin archivos. Para ello, escuchar, como en el film de Martel, a los que nunca tienen voz, es un buen comienzo.
[1] María la sirvienta
Se llamaba María todo el tiempo de sus 17 años,
era capaz de tener alma y sonreír con pajaritos,
pero lo importante fue que en la valija le encontraron
un niño muerto de tres días envuelto en diarios de la casa.
Qué manera era esa de pecar de pecar,
decían las señoras acostumbradas a la discreción
y en señal de horror levantaban las cejas
con un breve vuelo no desprovisto de encanto.
Los señores meditaron rápidamente sobre los peligros
de la prostitución o de la falta de prostitución,
rememoraban sus hazañas con chiruzas diversas
y decían severos: desdeluegoquerida.
En la comisaría fueron decentes con ella,
sólo la manosearon de sargento para arriba,
pero María se ocupaba de soñar,
los pajaritos se le despintaron bajo la lluvia de lágrimas.
Había mucha gente desagradada con María
por su manera de empaquetar los resultados del amor
y opinaban que la cárcel le devolvería la decencia
o por lo menos francamente la haría menos bruta.
Aquella noche las señoras y señores se perfumaban
con ardor
por el niño que decía la verdad,
por el niño que era puro,
por el que era tierno,
por el bueno, en fin,
por todos los niños muertos que cargaban en las valijas
del alma
y empezaron a heder súbitamente
mientras la gran ciudad cerraba sus ventanas.
Juan Gelman
Imágenes: fotogramas de Nuestra tierra, de Lucrecia Martel.
Píxel / Redacción Zoom
