Dicen que el cristianismo se puso de moda. No me consta, pero eso me han dicho: está de moda el cristianismo (o el catolicismo)… ¿Entre la gente? ¿Entre los famosos? ¿Entre los streamers? No sé. Quizás lo que se dice (lo que me han dicho) es que se puso de moda la fe. Quizás tampoco es una moda, sino una búsqueda. La búsqueda de sentido de siempre pero que, acá y ahora, vuelve a visitar géneros y tradiciones que hasta hace poco se tenían por vetustos, demasiado clásicos o directamente conservadores y represivos.
Probablemente no me hubiera detenido en este rumor sobre el humor social si no fuera porque leí la novela más reciente de Pablo Katchadjian, Medio real (Blatt & Ríos, 2026). El narrador de estas peripecias es un viajero que abandona el Viejo Mundo para llegar al Nuevo Mundo, con el afán de cambiar su vida. Movido por un mensaje de Dios Nuestro Señor (“DNS”) a través de un ángel que le habla en sueños, su primer objetivo es dejar las drogas (sic). Pero después descubre que el derrotero persigue la necesidad de conocer su verdadero deseo y comprender mejor su cuerpo.
La fuga hacia adelante es una dinámica recurrente en las narraciones de Katchadjian. Los episodios no se resuelven en sí mismos ni responden a un conflicto central de la trama, sino que una situación decanta en la siguiente siguiendo la lógica de lo inesperado. Lo inesperado resuelve la acción y la trama cobra sentido hacia atrás, como leída por el espejo retrovisor. Esto le sucede también al protagonista sin nombre de Medio real, obligado a confiar en las directivas divinas que oye en su cabeza, sin mayores garantías ni clarificaciones, pero con fe.

Lo inesperado es norma y es método. Después de todo, es la lógica que guía las acciones del autor por excelencia, Dios Nuestro Señor, que “es libre, no tiene límites, se divierte mientras obra, nos sorprende porque busca sorprenderse a él mismo. Sé que él mismo se sorprendió con su idea, y sé que a él mismo le pareció quizás demasiado, pero no porque sea algo que está mal sino porque rompía demasiado con el orden habitual de las cosas que nosotros, pobres limitados, podemos aceptar. Pero DNS habló desde mi ano y retó a mis captores”.
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Siguiendo las erráticas órdenes de un Dios exigente y enloquecido (que a veces también se queda en silencio) y de un escuadrón de ángeles igualmente procaces, el protagonista prueba distintas identidades, convencido de que alguna le dará sosiego. Del barco con marineros borrachos y esclavos sumisos al barco amotinado con esclavos rebeldes y marineros igual de borrachos, que se caen por la borda y se ahogan. Del comercio de esclavos en la ciudad portuaria del Nuevo Mundo a la leva militar y la vida soldadesca. De las borracheras soldadescas a la composición de baladas subversivas exitosísimas aunque anónimas. De eso al amor, al pleito y al asesinato, que llevan al narrador, junto a su esclavo Frotenco y a una sobrina putativa de seis años, Cata (que se hacía pasar por varón, bajo el nombre Taco), a cruzar la frontera y vivir entre los indios.
Como si fuera un homenaje al poema de Franz Kafka “El deseo de ser un piel roja”, los personajes de Medio real se mimetizan con la tribu de manera casi natural. No se trata, sin embargo, del final de la búsqueda. Gracias a la Experta en Signos, el narrador descubre que su problema nodal se ubica entre el ano y el cerebro, en esa tensión entre los extremos del cuerpo. En efecto, él consigue aliviar esa condición a través de un ritual, con el que la boca se mimetiza con el ano despojándose por completo de dientes (luego suplantados por hermosas prótesis de oro). Pero toda esta transformación física, que conlleva una recalibración del deseo, no concluye el camino del héroe, para quien DNS tiene más altos planes.
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Se ha dicho de Katchadjian que con cada libro hace algo nuevo. ¿Pero qué significa hacer algo nuevo? Siendo esquemático, uno podría pensar en al menos tres formas de innovar en literatura: la estructura, el tema o el estilo.
En sus primeras publicaciones, la innovación es en la estructura. Poemas con palabras sustraídas en El cam del alch, los versos del Martín Fierro ordenados alfabéticamente, El Aleph de Borges “engordado”, una novela compuesta en movimientos musicales con repetición y variación de figuras en Qué hacer, una colección de relatos breves, chistes y leyendas en El caballo y el gaucho… El tema, en general, aparece desplazado, relegado a un rol secundario.
Esto es cierto hasta la anteúltima novela publicada, Una oportunidad, en la que el tema es el problema. El problema de su protagonista, que descubre que está embrujado y acude a una serie de hechiceras para que lo curen. Así como en Medio real la acción está guiada por una búsqueda identitaria, en aquella novela es el problema subjetivo del protagonista —y ya no tanto el dispositivo formal— el que mueve la acción y conduce la trama.
¿Y el estilo? El estilo de Katchadjian es reconocible a lo largo de toda su obra; se mantiene. Pero en Medio real algo cambia: se empobrece o entorpece, en el buen sentido. Como si la mediación que supone toda escritura quisiera volverse lo más inmediata posible: acortar la distancia entre el pensamiento y la inscripción de las palabras en el papel, con la finalidad de ser más verdadero. Al menos es lo que le pasa al narrador, un ex-analfabeto que se saltea sucesos y se queja de lo trabajoso que es, a veces, contar cosas. Después de todo, dice inspirándose en el talante de un hombre que conoció, son dos las “formas que toma la verdad: simple y tosca o absolutamente incomprensible”.
El tema es subsidiario en la escritura de Katchadjian, o así lo era hasta que publicó Una oportunidad, el título inmediatamente anterior a Medio real, cuyo protagonista descubre que vive embrujado desde hace tiempo. En estas dos novelas el tema sí es el problema: el problema de un sujeto trabado que quiere destrabarse. ¿Una nueva época?
En varias oportunidades, el autor ha hablado de un interés por reciclar el género autoayuda. Hay un viejo retruécano que dice que leer un libro de autoayuda, por definición, deja de ser ayudarse a uno mismo. Salvo que la función sanadora de un libro de autoayuda consista, no en leerlo, sino en escribirlo.
Medio real puede darse al menos en dos claves, no excluyentes. O se lee la fábula, es decir el relato de aventuras, divertido y cómico. O se lee la alegoría, es decir de manera simbólica, buscando una solución o una guía a posibles problemas personales. El ejemplo lo brinda el propio narrador, incansable interpretador de signos que termina por convencerse de la sabiduría de un Dios enloquecido, cercano, por su comportamiento, al Dios malévolo o demonio malicioso del que hablaba Descartes.
Pensar en una “novela de autoayuda” deposita la escritura de Katchadjian en un lugar, nuevamente, inesperado. Porque lo lleva a uno a hablar de la utilidad del arte, pero no a partir de una literatura realista ni comprometida, sino desde una ficción de fábula, legible alegóricamente. ¿Parábolas?
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La función social del arte reaparece, pero vestida con nuevas ropas. Habla a través de personajes inesperados, asume voces y manera de hablar diferentes, y así es capaz de renovar también su discurso. Lucrecia Martel, en su gira de presentación para el documental de estreno Nuestra tierra, vuelve una y otra vez a recordar y proponer el mandato de la utilidad del arte.
¿Será casual que tanto en Katchadjian y Martel el espacio y el asunto sea el destino americano? Para uno y otro la función del arte se hace explícita. En el caso de Pablo Katchadjian suspender la exigencia de una identidad estanca. En el caso de Lucrecia Martel, renovar la conversación y pensarnos, seriamente (¿con responsabilidad?), como miembros todos de una misma comunidad sobre esta tierra.
En ambos casos la obra artística tal como la tratábamos se excede a sí misma y derrama. En ninguno de los dos casos, la propuesta es del todo ajena a un salto de fe.
Imagen de portada: The seducer (1953) René Magritte.
Píxel / Redacción Zoom
