RITUALES PRIMITIVOS

Ya sea para vivir con dignidad o irnos de vacaciones, el agua es una parte fundamental de nuestra vida y estamos en constante búsqueda de ella.

Un hotel construido a mitad del siglo XIX: 76 habitaciones, sala de cine, cancha de tenis, salón comedor, balcones con vista al mar. Palacio que sirvió como refugio a cientos de inmigrantes judíos, que fue escenario de tornados, muertes por psitacosis, huesos en el sótano, asesinatos y estafas. En sus años de esplendor, cada verano se llenaba de turistas, la ruleta giraba, sus playas se poblaban y la tarotista que vivía en una de las habitaciones adivinaba el futuro a los mafiosos de la época.

Después de la Segunda Guerra mundial, el hotel quiebra, se pone a la venta y, mediante un confuso juego de papeles, el dueño pasa a ser Eduardo Gamba. Hombre enamorado, turista ferviente de la localidad, lo pone a nombre de su esposa Elizabeth, una cantante de música francesa que imitaba al gorrión de París, Édith Piaf. El hotel deja de funcionar, la pareja se encierra por varias temporadas. La mujer, años después, se ahorca en la habitación n° 32. El hombre sigue viviendo en el hotel, o en lo que queda de él, hasta el día de hoy. Y nunca encontró los supuestos tesoros nazis que duermen escondidos en los pasillos.

Esta historia, que podría ser un cuento de terror-gótico-francés, es real, y el hotel queda nada más y nada menos que en Mar del Sur, localidad de la Costa Atlántica, a 60 km de Mar del Plata. El viejo Boulevard Atlántico Hotel se asoma frente al mar y, a veces, Eduardo Gamba también se asoma por alguno de sus ventanales.

La conocí gracias a Balnearios (2002), la primera película “documental” que realizó Mariano Llinás (https://youtu.be/MMPss_G8WEg). En una entrevista, el director argentino cuenta que terminó la carrera de cine en 1999 (acababa de ganar De la Rúa) y, sin saber mucho qué hacer con su vida y su futuro cinematográfico, escribió el guion de Balnearios. Lo mandó a diferentes fundaciones, buscando alguna beca o subdisidio para financiar su realización. Y lo consiguió: Fundación Antorchas eligió su guion como ganador. Le otorgaron 15 mil pesos, lo que equivalía, en ese momento, a 15 mil dólares. Con cámara en mano, poca experiencia e incertidumbre veraniega, se fue para la Costa Atlántica a filmar las escenas estivales de nuestras deliciosas playas. Era el principio del año 2001.

Últimamente se me da por investigar las rutas y los mapas de las localidades balnearias del Mar Argentino. No sé si es por las sequías que azotan a todo el país, o que aún me faltan varios días para ver el mar, paso unas cuantas horas recorriendo la Costa Atlántica en Google Maps: calculo las distancias, busco las calles principales, los puentes, admiro los arroyos y aprendí a diferenciar las tonalidades del agua en las diferentes playas bonaerenses. Me pregunto por qué nunca se me había ocurrido averiguar sobre su topografía. San Bernardo, Villa Gesell, Mar Azul, ahí quedaba todo mi conocimiento. Tuve la suerte de conocer playas de otros países, pero, en mi opinión, no hay nada como la Costa Atlántica: el churro, la avioneta con megáfono que anuncia los shows nocturnos (“Bonanza, Bonanza, su lugar en San Bernardo es ¡Bonanza!”), las señoras y sus caniches, los guardavidas ostentando sus cuerpos, la avenida principal a la noche, los fichines y sus campeonatos de Daytona, las heladeritas sobre la arena con los almuerzos frescos, los barrenadores de colores. Cada elemento es parte de una composición perfecta. Y sus orígenes los explica la voz en off de Balnearios al comenzar la película:

(…) Hace años, en la época de los grandes transatlánticos, de los grandes casinos, de los grandes hoteles, de los grandes hipódromos, lo hombres inventaron los balnearios. Fue una idea alucinada y festiva, inocente, creían que el paraíso era algo posible, inmediato y fácil. Tomaban una franja de la costa marina y la llenaban de palacios, rampas y palmeras, para después divertirse y pasar horas y horas bajo el agua o bajo el sol. Pensar en los balnearios es pensar en la infancia, del siglo, del país, y de la infancia propia. El lugar de las cosas pasadas, buenas. Son probablemente, algo triste. Los inventó un siglo que todavía jugaba. Nacen de algo profundo y animal: el placer del agua. El agua es algo primario, primitivo. Por lo tanto, los balnearios también. (…)

Quedó en mi cabeza resonando la palabra primitivo. La necesidad primitiva del agua, las ganas irremediables que tenemos de ir, por lo menos unos días, a estar cerca del agua. Sea mar, lago, arroyo, riachuelo, pileta, río. Tirarnos como lagartos al sol, para después meternos como focas al agua. O simplemente contemplarla, como hacía Joan Didion en su casa de California, la escritora y cronista de la que hablé la nota anterior, quien escapaba de Nueva York para ir a ver el mar.

Ahora bien, mientras escribo estas líneas, leo un artículo que se publicó hoy mismo, exponiendo la situación de la comunidad Wichí, en Salta: la falta de agua potable. El desmonte salvaje, la tala indiscriminada, la falta de flora y fauna y el agua envenenada hacen de su situación algo inhumano. Y me ruborizo al ver que estoy escribiendo cómodamente sobre el mar, las vacaciones, los balnearios, los hoteles. Naturalizamos el turismo en la Costa Atlántica al igual que naturalizamos el hecho de abrir una canilla y que salga agua potable. Pero mientras haya personas que no cuenten con este servicio básico, no podemos hacer la vista gorda.

La bajante del Río Paraná ya es un hecho en los últimos años, el déficit gradual y continuo de la nieve en la Cordillera lleva más de dos décadas, las precipitaciones anuales están cada vez más bajas de la media histórica. Y no sólo lo vivimos en nuestro país, es una problemática que atraviesa toda Sudamérica.

Según la Dirección Nacional de Agua y Saneamiento, en un estudio que se hizo en el 2019, el 80% de la población argentina tiene acceso a agua potable y el 56% a saneamiento. Para el año 2023 se espera alcanzar un 88% de acceso a agua potable y un 66% de acceso a saneamiento en todo el país.

Volviendo a la película de Mariano Llinás, en el último capítulo de la misma toman protagonismo los balnearios “de la Edad de Hierro”: los balnearios construidos por ingeniería civil, los diques lejanos al mar, los que están hechos de cemento, los que son resultados de la Obra Pública, de un Estado presente: el agua en estado fabril.

En 1946, el gobierno de Juan Domingo Perón lanzó el Plan Quinquenal, un programa de industrialización acelerado y de grandes obras públicas para el periodo entre 1947 y 1951, que preveía la construcción de grandes diques, el regadío de extensas zonas, la provisión de agua y la ejecución de desagües de cloacas y pluviales para numerosas ciudades y pueblos del territorio nacional. En 1942, unos 6,5 millones de habitantes tenían provisión de agua corriente y 4 millones, servicios cloacales. Para 1955, los beneficiarios se ampliaron a 10 millones y 5,5 millones respectivamente.

En Balnearios, se proyecta la publicidad de esta campaña, Agua para la Patria, con imágenes de ríos, música orquestal y una voz en off pomposa que explica las obras que se crearán:

Estos eran los ríos dormidos, que cruzaban las arenas estériles para perderse en el mar. A veces sus corrientes causaron más daños que beneficios. Y a la catástrofe de la inundación incontenida, seguía la de la falta del agua. Entonces un gobierno realista, que el pueblo ha consagrado como suyo, declaró la guerra contra la sed y la sequía, y comenzó a transformar ríos mansos y desaprovechados hasta entonces en remolinos de potencia y de vida. Controlados por diques, encausados por canales de riego, sus aguas que bañarán el suelo patrio harán de él una basta y fecunda pradera (…)”

Investigué sobre estas obras y se realizaron 31 diques, 27 obras de riego, 34 centrales hidroeléctricas. Y mientras aprendía sobre ellas, una amiga me mandó una foto desde Córdoba: “Mirá, este dique lo hizo Perón”. Era un dique hermoso.

Creo que lo que más me gusta de la playa es que ahí, tiradxs en la arena, lo único que nos diferencia entre grupo y otro son los colores de nuestras sombrillas, aunque de tanto en tanto se repiten. Cuando volvemos de caminar y ya estamos cerca de nuestro balneario, buscamos el color de nuestra sombrilla, porque de lejos nada más nos diferencia. La gente alrededor del agua es la igualdad en estado puro. El deseo en estado primitivo.

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