¿Para qué nos sirven los feriados?

Repasamos la larga historia de la humanidad en la cual venerar a héroes y costumbres se presenta como una fundamental de las sociedades ¿Por qué esto es así?

Por Facundo Nanni (Conicet-Junta de Estudios Históricos de Tucumán)

En un mundo cambiante e incierto, en plena vorágine de un final de año salvaje, no solemos encontrar ni un minuto para preguntarnos sobre el mundo que estamos construyendo. Entre mensajes sin leer, reuniones de despedida del trabajo y mundiales que nos estrujan el corazón, apenas  alcanzamos a rasguñar aquellos interrogantes que buscan la esencia de las cosas.  

Con todos estos condimentos en la mesa de los argentinos, se ha discutido mucho el sentido de los feriados y su posible fracaso en términos de productividad. ¿Acaso interrumpir la escolaridad de la infancia durante diecinueve feriados en tan solo doce meses es otro más de nuestros excesos? ¿Los días sin trabajar integran la larga lista de los pecados criollos que nos alejan del mundo civilizado? ¿Sólo para “resucitar” cada año a Belgrano y San Martín tiene sentido romper la continuidad escolaridad y frenar la virtuosa rueda de la economía?

Sin agotar con simplismos el debate, y sin sacar la calculadora para contar los días no laborables y los feriados cívico-religiosos, interesa repensar la función que tienen los rituales en toda sociedad, incluido nuestro país, al que siempre imaginamos distinto al resto de la comunidad internacional. 

Ciertamente no somos los primeros en interesarnos por estas disquisiciones abstractas, pudiendo evocar a varios académicos que han partido de un interrogante similar. De origen rumano y controvertida biografía, Mircea Eliade se ocupó de estos enigmas, señalando algunos rumbos que hacen camino al andar. Sus trabajos etnográficos han mostrado que no podemos entender como triviales los comportamientos que todo grupo humano posee, más allá de tratarse de una sociedad industrializada o de una tribu de aparentes rasgos arcaicos. La existencia de ritos purificadores, inciensos, objetos venerados, dioses y animales consagrados parecen repetirse en todas las culturas. Estos rasgos se presumen universales, en el sentido que parece haber buen número de coincidencias (e influencias) en diferentes mitos y religiones a lo largo del globo terráqueo. 

Si bien se suele pensar que la posmodernidad supone un abandono de estos ceremoniales o un triunfo del consumo y del pensamiento “débil”, esto no es cierto. La búsqueda de ceremonias de sentido no ha cesado, más bien ha mutado de formas. Podemos ciertamente entender la devoción patriótica por banderas, himnos y hasta competencias deportivas como un gran despliegue ritual, cuyos gritos se reproducen en cada feriado, en cada aula del país, en cada gesto simbólico y en ocasiones usufructuado de manera mezquina por la clase política. 

Pero con tantos problemas urgentes, con tanto malestar en la cultura, con precios que avanzan al galope y con un mundo que festeja goles mientras entierra muertos: ¿vale la pena seguir reproduciendo estatuas y nombres de próceres?

Los héroes y las tumbas. El fetiche de lo necrológico

Hacia 1913 Sigmund Freud analizó en su Totem und Tabú, aquellas comunidades que organizaban sus lazos de parentesco alrededor de un Tótem, es decir un monumento, generalmente tallado en madera, que adoraba a dioses y animales. Se trataba de sociedades pre-modernas, con otras formas de relacionarse con el tiempo. No registraban los datos exactos de sus ancestros, no medían las horas y los minutos, pero eso no impedía que estuviesen escribiendo cada día su historia. 

Esta estructura vertical o piramidal, con decorativos colores, cumplía en estos pueblos distintas funciones. Entre las más importantes se encontraba delimitar a los sujetos (podía haber un tótem individual o grupal) y también pautar normas de convivencia. Particularmente era frecuente en diferentes pueblos del Pacífico, la Polinesia y aún de Norteamérica prohibir la ingesta de aquellos animales que eran representados en los curiosos monolitos (monos, leones, plantas sagradas). Esta prohibición le sirvió a Freud para realizar analogías con la sociedad moderna que es lo que en rigor le interesaba: si el tótem era al mismo tiempo una imagen adorada y temida, el científico se animaba a pensar que funcionaba como una metáfora de la ley (del padre), servía para que el orden se imponga sobre el caos. Por otra parte, y esto también era normativo, estos símbolos estampados en el suelo servían para teatralizar la exogamia es decir la prohibición de mantener relaciones sexuales dentro del grupo que adoraba un mismo tabú. El incesto, el temor a tener vínculos eróticos con familiares directos, era una base de toda cultura, pero también una fuente de articulaciones complejas entre lo prohibido y lo deseado. 

Las hipótesis de Freud causaron revuelo. El doctor discutiría por aquellos años con antropólogos como Bronislaw Malinowsky, quién cuestionó la generalización que implicaba el análisis totémico, quizás porque al médico formado en Viena no le interesaba la singularidad etnográfica del grupo, sino los paralelos que podía establecerse con las ciudades modernas en las que el estudioso presentaba sus resultados. Más que el cifrado gesto de una mujer polinesia, o de un hombre del Pacífico, al Doctor Freud le interesaba la neurosis de las grandes urbes. 

En estos mismos años del siglo XX, pero lejos de las tierras del Imperio Austro-Húngaro, un país llamado Argentina crecía al ritmo del aluvión inmigratorio. Su crecimiento exponencial en lo demográfico, empujado por números récord de exportación, no eludía las tensiones de clases y los problemas devenidos de la asimilación cultural de italianos, españoles, y otras minorías que ingresaban de a miles en el Hotel de Inmigrantes. 

En ese entonces, intelectuales como Leopoldo Lugones o Ricardo Rojas, acudieron con preocupación al despliegue de rituales escolares que podían servir para que el recién llegado del barco comience a incorporar la cultura nacional y gauchesca. Para estos pensadores, temerosos de la pérdida de los símbolos nacionales, la función de los actos patrióticos de la niñez era clara: crear un sentimiento de amor por el terruño para aunar a quienes tenían diferentes orígenes biográficos. Los símbolos de un estado-nación eran de alguna manera un tótem, debían ser adorados, más allá de las inmensas diferencias entre las sociedades tribales y el progreso con el que parecía soñar la Argentina centenaria. 

Es que realmente era necesario establecer un orden cultural para una Argentina babilónica, en donde en una esquina podía escucharse el Idish, pero al ingresar en la zapatería o al comprar unos cigarrillos, rebotaban en la atmósfera otros dialectos y costumbres. Tal vez un puñado de héroes y heroínas (empezando por Belgrano y San Martín) funcionarían como prenda de paz, como un estandarte o acaso como una lengua en sí misma. Es que la cultura, como lo demuestra la antropología, se articula en el mismo acto de hilvanar sistemas simbólicos, entre los cuales el lenguaje es el andamiaje fundamental. Una bandera, un himno o una cruz cristiana son signos convencionales, pero generan lazos de solidaridad entre quienes comparten su uso cotidiano.  Lo sagrado y lo profano (que se define por oposición a lo sagrado) dependen de cómo cada grupo humano organiza sus acciones colectivas. 

Pero no somos pueblos polinesios ni usamos las canoas del Pacífico, ni tampoco somos hoy la Argentina de tiempos inmigratorios, se podrá objetar. Puede que los cambios vertiginosos de la humanidad hayan barrido con algunos principios organizativos y que entonces los héroes carezcan de sentido o parezcan un tótem que perdió su efecto, que tiene sus colores apagados.  Puede que ya nada sea igual luego de un caleidoscopio que incluye pandemia, globalización creciente, cultura de la cancelación y tendencia a digitalizar cada rasgo de nuestra existencia. 

Sin embargo, aún en este siglo XXI que se caracteriza por una cantidad de movimientos iconoclastas que desconfían de las estatuas (o bien las derriban), vale la pena reflexionar recurriendo a artistas, intelectuales o movimientos sociales que han pensado a los símbolos, denunciando su mal uso, su manipulación o su mismo sinsentido. Al fin y al cabo, fue un conocido post-punk nacido en Italia, formado en Inglaterra y llegado a rastras a tierras argentinas quién nos arrojó otra pista significativa para pensar a los próceres. No importa donde hayas nacido, ni cual sea tu bandera. En cada país visitado, se repetirá de manera cíclica la forma en la que un estado nacional pretende controlar nuestras emociones mediante las fechas patrias. Como lo sugiere el querido Luca, en la escuela argentina te esperará agazapado un culto obligado hacia San Martín, pero lo que no es seguro es que ese ritual carezca de sentido. 

Entre Jorge Luis Borges y Ernesto Sábato: desconfiar del heroísmo. 

Luego de dos guerras mundiales devastadoras, la crítica hacia los peligros del patriotismo mal entendido, no se espejaban solamente en la banda “Sumo” y en su baterista inglés que lloraba mientras rompía los parches de su batería. A ambos lados del atlántico había impactado horriblemente la guerra, el nacionalismo y su tendencia heroica. El siglo XX estaba hastiado de ver tumbas de soldados desconocidos y al grotesco espectáculo de la peor humanidad se sumaba el horror de las dictaduras latinoamericanas. Se podía, o aún mejor se debía, repensar de manera urgente los rituales que cada nación realiza en torno a sus figuras célebres. 

Quizás por eso un argentino que vivió las vanguardias francesas de post-guerra, Ernesto Sábato, pudo conmoverse ante tanta exhumación de muertos.  Después de su novela “El Túnel”, el escritor se encargó de esbozar su gran obra con un título provocador. En “Sobre héroes y tumbas”, había abandonado las certezas de la física y la química para aproximarse a otros misterios, a otras cavernas. Dentro de la trama de ficción de aquella novela, todos hemos disfrutado la melancolía urbana de un joven Martín que despuntaba su amor por Alejandra, mientras recorría cabizbajo el Parque Lezama. En esa literatura de desencuentro, aparecía como telón de fondo el pasado heroico del país y parecía sugerirse que el siglo XX había hecho aparecer los monstruos que se asoman cuando muere una etapa y nace otra nueva.  “Solo nos quedan nombres de calles”, reflexionaban los jóvenes amantes, entre túneles, relaciones incestuosas, y una hermosa oscuridad literaria situada en la ciudad de Buenos Aires. Corría la década de 1960, y otras tremendas creadoras como la tucumana Leda Valladares y María Elena Walsh se preguntaban también sobre el patriotismo, preguntas que se plasmaban en una canción tan potente como “Serenata para la tierra de uno”. 

Otro brillante escritor argentino, que sin dudas mereció haber obtenido el Nobel de Literatura fue también crítico frente a los actos patrióticos, aunque también en algunos aniversarios prestó su pluma para hablar de héroes y tumbas. Se trata de Jorge Luis Borges, quién supo entablar algunos memorables diálogos con el mencionado Sábato, ambos parte de un mundo académico de post-guerra. 

Es que, en uno de sus escritos más célebres, Jorge Luis Borges expresó con claridad la idea de que un héroe es en realidad un arquetipo colectivo, generando una versión un poco distinta al heroísmo clásico, tallado en fino bronce patriótico. En las primeras palabras de su Oda escrita en 1966, en el contexto del Sesquicentenario de la Declaración de la Independencia, el literato recurrió a su idea de que el tiempo es circular, y de que los hombres o mujeres se mueven como peones en un juego de ajedrez, o bien como marionetas sin destino. “Nadie es la patria. Ni siquiera el tiempo, cargado de batallas, espadas y éxodos.” El gran escritor argentino respondía con altura a las exigencias académicas de un sesquicentenario que se celebraba en plena interrupción democrática. Ya habría tiempo para que Jorge Luis Borges revisara su cuestionable acercamiento a las fuerzas armadas, pero de momento nos quedamos con su forma distinta de ver a los héroes. En uno de sus libros más apreciados, El libro de arena, irá un paso más allá al imaginar una sociedad en donde la historia y las fechas no ocuparían directamente ningún lugar. 

¿Utopía o distopía? Laberintos en donde muere la historia

Para el autor de títulos como “La historia de la eternidad”, imaginar al tiempo como una repetición incesante no era imposible, y sabemos que la política y la historia tenían en el escritor un sabor amargo porque entendía a los acontecimientos como una repetición sin sentido. En uno de los cuentos del mencionado Libro de Arena, la imaginación de una sociedad que no se interesa por homenajear a sus ancestros alcanza un interesante clímax. Se trata del mini relato “Utopía de un hombre que está cansado”, escrito en la década de 1970, cuando el escritor enfrentaba su ceguera.  

Dos personajes sostienen una historia sencilla, casi teatral. Uno de ellos parece argentino y es tan culto como ingenuo (por no decir torpe). Tiene rasgos auto-referenciales en su caracterización, es decir se comporta como un alter ego del escritor, recurso al que ya nos tenía acostumbrados. Es un profesor de literatura aparentemente porteño, entrado en años, como el propio Borges. Su interlocutor es el personaje en quien radica el misterio, y es en cambio diferente, sobrenatural diríamos. Se trata de un humano distinto, que tiene unos cuatrocientos años y vive solo, en una sociedad futurista en la cual el tiempo y la soledad se viven de manera enigmática. Este es tan alto “que da miedo”. En realidad, no queda claro si el personaje extraño pertenece al género humano o es de otra índole. El lugar donde sucede la trama tampoco queda claro, y Borges se encarga de buscarle un halo mítico. La historia transcurre en una llanura, que podría ser Oklahoma o la Pampa, según lo indica en las primeras líneas del relato. 

En el cuento borgeano alguna ruptura del eje temporal y espacial logró reunir a los dos hombres mencionados para ponerlos en diálogo, casi parecía una payada gaucha. Eran tan distintos que tuvieron que buscar el latín como medio de comunicación, comer frutas extrañas y comparar la vida que a cada uno le tocó en suerte. Para el profesor de literatura, los libros, próceres y acontecimientos eran valiosos, mientras que para el hombre mítico representaban una cabal pérdida de tiempo, una costumbre que hacía siglos se había abandonado. 

Las personas de aquél universo paralelo del hombre gigante ocupan su tiempo en acciones cotidianas, olvidando con ganas el pasado. Viven de manera parsimoniosa hasta que un día elegen morir, sin ninguna solemnidad. “Ya ha nadie le importan los hechos. Son puntos de partida para la invención. En los colegios nos enseñan el arte de la duda”, agrega el personaje alto y mítico. Con belleza literaria, el cuento plantea un escenario que parece utópico, o quizás distópico al acercarse a lo siniestro. La falta de angustia en aquel extraño hombre que se dirige a su muerte sin que se le mueva un pelo, paradójicamente nos produce desazón por la falta de rituales. Sin ejes temporales, sin lazos sociales, aquél mundo imaginado parece coquetear con la idea de superación de la civilización, pero nos llena de miedos. Una sociedad sin valor por su cultura parece lejos de ser un horizonte deseable, acercándose en cambio a una deshumanización que asusta.  Vale entonces una conclusión tan ingenua como la de los personajes: vivamos el ritual, dejemos que en su piel aparezca un sentido compartido. 

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