La constelación populista

Tras el acto “Desafíos para la reconstrucción bonaerense” del Frente de Todos en La Plata, múltiples títulos en la prensa apuntan a rumores sobre la conformación del gabinete. Sin embargo, el escenario mostró una nueva estructura del populismo -dispuesta en un tridente de liderazgos-, una narrativa común y un repertorio de tonos.
Por Cecilia Beatriz Díaz¹

A pocos días de cumplir su primer año de gobierno, el Frente de Todos desplegó en un escenario la potencia de la estrategia de la unidad, desde el territorio más complejo y clave: la Provincia de Buenos Aires. El acto, organizado por el gobernador Axel Kicillof en medio de una tensa calma en cuanto a la pandemia, sirvió como un balance de gestión cuya central característica fue la participación de sus principales referentes.

La presencia y los discursos de Máximo Kirchner, Sergio Massa, Axel Kicillof, Cristina Fernández de Kirchner y Alberto Fernández ya constituyen todo un acontecimiento del DISPO. Las lecturas al respecto pueden ser variadas: una muestra de apoyo a Kicillof, una foto de la unidad para acallar rumores, o simplemente, un conjunto de anuncios que revitalicen la agenda post-pandemia. Pero el escenario, sin quererlo, evidenció una nueva estructura, más horizontal, en tensión y negociación permanente. Un gobierno que ya no erige a un líder sino a tres.

El gobierno del Frente de Todos no se reconoce como populista -cosa que tampoco hizo el kirchnerismo-, quizás señal del complejo político que el término representa para la perspectiva del derecho liberal clásico que detentan los abogados Fernández. De allí se desprende cierto afán de fomentar debates parlamentarios, crear instituciones y foros, entre otras cualidades que en general no son identificadas con el peronismo.

Lo cierto es que, si algo hemos aprendido de la centralidad de la figura de CFK, es que, así como en un solo foco se sintetiza a un pueblo en un lazo amoroso, también los odios se concentran. En su discurso de despedida el 9 de diciembre de 2015, delegó esa representación en cada uno como dirigente de sí mismo y solo algunos de sus ex funcionarios lo llevaron a cabo. Su pueblo, no. En “Sinceramente” (2019), pronuncia lo inesperado: “Sé que lidero las esperanzas de millones de hombres y mujeres que padecen la cotidiana frustración de vivir y ver su país a la deriva…”, en un claro reconocimiento de un liderazgo del que no puede escapar por ser una construcción popular, razonablemente afectiva. Tipos de representación política como aquél, configuran la institucionalidad particular del populismo.

Pero sin Cristina no se podía ganar y con ella sola no alcanzaba, por lo que eligió a Alberto Fernández. Tampoco debe olvidarse que en el armado de la propuesta electoral de Todos ya se podía observar una distribución institucional entre varios liderazgos: Massa, Cristina y Alberto -como reserva neutral para el PJ-.

Hoy, a un año de la asunción, podemos dejar de lado la idea de una boleta que intentaba solamente acaparar votos, para pensar en una que dibujó una nueva estructura populista con base en las instituciones liberales como la división de poderes. Siguiendo ese modelo clásico, las partes funcionan como contrapoderes en una tensión de liderazgos territoriales, técnicos y profundamente representativos de una mayoría heterogénea que se vuelve pueblo por reacción a la miseria planificada del neoliberalismo. Tal transición es reflejo de un viraje interesante al interior de la experiencia populista, ya que se dejó de imaginar un pueblo dispuesto a atravesar todas las batallas culturales. Ahora priman una variedad de identidades colmadas de expectativas y deseos ligados al consumo y al reconocimiento.

Narrativas del futuro

En esta constelación populista, también hay relato. Aquí vale otra aclaración: relato no es verso, es una narrativa compartida entre pueblo y líder/esa, que hace una proyección hacia el futuro partiendo del pasado compartido. Lo que podemos llamar gestión de las expectativas que, como bien indicaba Néstor Kirchner, siempre deben ir acompañadas por el cash. Ahora bien, en el último acto en La Plata se evidenció que, aún con las diferencias de tonos y ritmos, la constelación comparte una narración.

En primer lugar, el mito fundante de la tríada es la referencia constante al reencuentro que forjó la unidad. Todos los oradores lo reiteraron porque aparece como la condición de posibilidad para la continuidad del gobierno peronista más allá de este periodo. Cada discurso se focalizó en objetivos a conseguir en el 2021, revelando que el balance del primer aniversario no pesaba tanto como el futuro próximo, marcado por el operativo de vacunación y cuidados, así como las elecciones legislativas. Máximo Kirchner inició el acto, presentándose como principal candidato a presidente del PJ bonaerense, con énfasis en la renovación de la agenda de perspectiva de género y del ambientalismo. Luego, Axel Kicillof esbozó un plan keynesiano de impulso a la obra pública, créditos a la producción y medidas de redistribución del ingreso en la provincia más castigada por el modelo macrista.

Sergio Massa mencionó como central alcanzar la mayoría parlamentaria en diputados, meta que solo pueden motorizar desde los votos bonaerenses . Por su parte, CFK planteó la necesidad de construir un sistema de salud integrado ante las nuevas crisis sanitarias y exhortó a todos los integrantes del gobierno del FDT a trabajar con coraje para transformar. Finalmente, Alberto remitió a su promesa de campaña de poner a la Argentina de pie con más derechos, vacunas y con la atención a la demanda popular. En este repaso, cada discurso se articulaba con el otro en un horizonte compartido, y las diferencias quedaban sólo en los matices, el énfasis, los gestos y la extensión de cada orador.

En el auditorio, reducido por las condiciones del DISPO, se podían distinguir tanto intendentes bonaerenses como ministros nacionales, figuras de organismos de derechos humanos y del sindicalismo. Es decir, todos aquellos sectores específicamente peronistas que se representan en el Frente de Todos.

Réplicas en la región

La potencia de la constelación populista que se organizó en 2019 alcanza a otras experiencias latinoamericanas como modelo de interpelación democrática. Así como se articularon los virajes progresistas y/o populares en la primera década del siglo XXI, sus derrotas también estuvieron sincronizadas. Incluso el repertorio de acusaciones hacia los líderes populistas coincide a lo largo de la región. De tal forma que los modos de volver inevitablemente se parecen.

A partir de las acciones de refugio a dirigentes del MAS tras el golpe de Estado en Bolivia, Argentina se volvió un territorio para rearmar la estrategia de retorno democrático. Con un nuevo candidato del mismo proyecto político, pero menos estigmatizado y en claro cumplimiento con la constitución de ese país, la experiencia populista boliviana amplía horizontes más allá de este nuevo mandato.

En efecto, la figura de un único líder se desgasta a largo plazo y se vuelve la imposibilidad de lo posible. Algo similar ocurrió en Ecuador, donde el rearmado es la nueva apuesta de fórmulas que muestran representación popular sin personalismos. El modelo de constelación populista aparece como una apuesta renovadora de los populismos latinoamericanos.

Eclipses que enceguecen

En muchos análisis no se observa que la relación entre Alberto-Cristina-Massa es de una tensión colaborativa, donde nadie discute el presidencialismo, sino que se imprimen ritmos y tonos para que cada uno sostenga a sus representados -incluso, en el proceso de construcción del albertismo-. Reiteramos: no se trata de personalismos, sino de liderazgos. El culto a la personalidad no permite la discusión, como sí lo hace la tensión entre liderazgos con poderes institucionales. Se habilitan también la negociación y, por ende, el acuerdo.

En esta forma institucional, el conflicto será permanente con el poder judicial, porque su funcionamiento no obedece a ningún tipo de representación popular. Esta relación es fallida y arrastra las heridas del lawfare. Al mismo tiempo, las encuestas muestran un descrédito sostenido hacia «la justicia».

En estos últimos años hemos visto que lo impensable se volvió una realidad, por lo que hacer un pronóstico puede resultar tan temerario como aferrarse a esquemas -tanto institucionales como teóricos- que están en plena transformación. En el juego de las constelaciones de liderazgos es posible encontrar las tensiones que atraviesa la democracia latinoamericana para desplazar a los discursos sectarios y excluyentes.

1. Doctora en Comunicación (UNLP). Docente investigadora de la UNM. Tw: @cebediaz

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