Hoy como ayer

“Hace 30 años a nosotros nos perseguían por los mismos reclamos que se hace ahora”, Osvaldo Zenón Márquez lo dijo una y otra vez frente al tribunal federal oral Nº 1. “El Cordobés” junto con otros trabajadores fueron quienes a partir de 1973 comenzaron una serie de reclamos que confluyó en la creación del acuerdo…

“Hace 30 años a nosotros nos perseguían por los mismos reclamos que se hace ahora”, Osvaldo Zenón Márquez lo dijo una y otra vez frente al tribunal federal oral Nº 1. “El Cordobés” junto con otros trabajadores fueron quienes a partir de 1973 comenzaron una serie de reclamos que confluyó en la creación del acuerdo 161/75 que tiene como punto fundamental la garantía laboral horaria para los obreros de las plantas pesqueras. Hoy, a más de 30 años, en el puerto marplatense estalla un nuevo conflicto laboral por el mismo reclamo.

Márquez, conocido como “El Cordobés” ingresó a la actividad portuaria en 1974 cuando comenzó a trabajar en la planta MIA -Marítima Integrada de Armadores-, allí conoció a Jorge Agüero, un militante del partido Comunista Revolucionario (PCR) que era constantemente acosado por la burocracia sindical de aquella época que defendía los intereses de los empresarios más que los derechos de los obreros.

En un relato cargado de emoción por el recuerdo de los compañeros desaparecidos, Márquez describió la atmósfera político social en los años previos al golpe de Estado de
1976. La garantía horaria para los obreros de la plantas de pescado y la preservación del recurso eran los puntos sobresalientes a discutir. Allí los delegados de plantas, militantes de izquierda y del Peronismo de Base comenzaron un reclamo constante para revertir la situación de explotación que a la que estaban sometidos los obreros.

“El Cordobés” recordó ayer que en su casa del barrio San Martín se hacían las reuniones con los compañeros. Muchos de ellos hoy están desaparecidos.

Según Márquez, la persecución de los años previos a marzo del 76 le abrió paso a las detenciones y desapariciones tras el golpe de Estado.

Una de esas víctimas fue Luis Ángel Verón, “Anteojito. Verón militaba en el Partido Comunista Marxista Leninista (PCML) y a mediados de abril en una de las reuniones le dijo a su amigo, el “Cordobés” que necesitaba esconderse porque lo estaban buscando. Al día siguiente, Márquez lo llevó junto a su compañera, Susana Vitale, a un campo en Lobería donde podía esconderse sin riesgos. Después de un par de meses, Verón decidió irse a La Plata a vivir en un departamento que su suegro tenía en esa ciudad.

El día de la partida, Márquez llevó a su amigo hasta el punto de encuentro con el contacto que lo llevaría hasta La Plata. “Anteojito” lo abrazó y le pidió que si le pasaba algo que cuidara de su hijo se encontraba con sus abuelos. Fue la última vez que se vieron.

El testimonio de un ex detenido en el centro clandestino El Atlético, dijo que el matrimonio Verón-Vitale estuvo allí en 1978.

“El Cordobés” Márquez, hoy 30 años después y al borde del llanto, pide vivir lo suficiente para poder encontrarse con el hijo de su amigo y contarle quien era su padre.

Sindicato, empresarios y militares

Ricardo Muñoz vino a Mar del Plata con 15 años del pueblo entrerriano Nogayá donde nació. En su juventud “con toda la rebeldía encima”, trabajó en la pesca y la construcción de manera alternativa. En uno y otro sector, luchó por reivindicaciones laborales. Corrían los primeros años de la década del 70, y la violenta antesala de la última dictadura militar buscó acallar cualquier intento de rebeldía.

Muñoz, apodado el Polaco, lo sufrió en carne propia. Sufrió una golpiza, fue amenazado por una patota sindical de la UOCRA y los militares irrumpieron una madrugada en su casa.
Su testimonio formó parte de una nueva audiencia del Juicio por la Verdad, convocada por la Comisión “Verdad, Justicia y Memoria” Mar del Plata, que cuenta con la representación jurídica de la abogado Gloria León. En su oratoria, Muñoz dejó constancia de la estrecha vinculación que existía entre el empresariado, la “burocracia sindical” y grupos de derecha, tanto en el ámbito de la pesca como de la construcción.

En 1973, Muñoz comenzó a trabajar en una fábrica de pescado situada en Champagnat y Belgrano. El triunfo de Cámpora les hizo creer que “habíamos tomado el poder”. “Error”, marcó enseguida el trabajador. La explotación a los obreros que le tocó experimentar fue contrarrestada con continuas protestas, que le costaron su puesto laboral.

En ese entonces tenía cuatro hijos y se estaba haciendo una humilde casa en Estado de Israel casi Matheu. Estuvo un tiempo con diversas changas. En 1975 se fue a trabajar a los hoteles de Chapadmalal, cuando comenzaron las refacciones. Aquel se transformaría en un lugar propicio para militar, según él mismo confesó. Allí fue golpeado y amenazado. En esa época había un conflicto tras otro. “Un día, un compañero que está desaparecido, el Bocha (Rafael) Garnica, pidió asamblea. La burocracia estaba comiendo un asado, tomando vino. ‘Ahora te vamos a dar asamblea’, le dicen”, señaló Muñoz.

Con garrotes y gruesos cables de unos cuatro centímetros de diámetro, “la burocracia sindical” se dirigió a los trabajadores. Muñoz se interpuso, apoyó una mano en el pecho del delegado, y enseguida recibió “un garrotazo por atrás” y un fuerte golpe con el cable en la cara, que le “reventó el tabique”.

A fines del 75, trabajando en el Bristol Center, en una asamblea se resolvió destituir al delegado que su vez era un puntero en la obra, Chamorro de apellido. Cuando se enteraron en la UOCRA, “el secretario general (Rubén, el Rulo) Maglione, me llamó a un lado y me rodearon entre cinco o seis. Mi dijo ‘mirá Muñoz, con vos no hay más palabras, así que dejate de joder’”. A los pocos días lo echaron. “Ahí está la relación de la burocracia sindical con los empresarios”, apuntó Muñoz.

Después de este episodio, le recomendaron vender su casa (“porque corría peligro mi vida”), y se muda a una vivienda que le había prestado “el Tano” Venturi -desaparecido en febrero de 1976-, quien lo alertó de un “caída grande” en la cual habían sido secuestrados varios de sus compañeros de militancia en el peronismo de base. Muñoz con su familia decide irse mes a Buenos Aires “para descomprimir un poco” la tensa situación que vivía en la ciudad.

Al volver, el obrero vuelve a la industria del pescado y alza una casilla de fibra de cemento en el barrio Cerrito – San Salvador. “Estaba exiliado dentro de mi ciudad”, explicó en su oratoria.

Muñoz, quien estaba cumpliendo un trabajo temporario en Apemar, fue despedido antes del plazo, y recordó: “Los que estaban en el Soip no simpatizaban conmigo”.

Luego ingresó como peón en Pescamar. Ya había sido instaurada la dictadura militar. Eran las cinco de la mañana de un día laboral cualquiera. El Polaco tomaba unos mates antes de salir a la fábrica bajo una lámpara a kerosén cuando un grupo de militares del Ejército irrumpió con fusiles en su vivienda y rodeó todo el barrio. “Sentí terror”, rememoró Muñoz. Los uniformados ingresaron a la pieza donde estaba su mujer, y a la habitación donde estaban sus cuatro hijos -el más grande de 7 años-, su suegra y un sobrino. Aún no comprende cómo no se lo llevaron. El puerto marplatense cuenta hoy con 40 desaparecidos. Los militares no regresaron más a su domicilio.

Cuando trabajaba en el pescado conoció a un matrimonio recién llegado de Bahía Blanca. Ellos se presentaron como Mónica y Carlos, pero se estima que puede tratarse de Raúl Guido y Silvia Giménez, ambos del ERP. Esta pareja fue secuestrada el 19 de junio de 1976, y luego trasladada al GADA y al Pozo de Banfield. El cuerpo de la mujer, quien habría estado trabajando en la industria del pescado, fue reconocido en marzo de este año.

Ricardo Muñoz hoy es parte de las listas negras que circulan entre los empresarios de la pesca. Quienes allí figuran, tienen el acceso prohibido a las plantas porque alguna vez lucharon por sus derechos, “porque nos oponemos al trabajo en negro y queremos estar registrados”, explicó el Polaco. “Y hoy estamos como en el 73, aunque antes no teníamos a la policía como ahora”, señaló el obrero.

¿Quién es el tabernero?

Por pedido del dueño de la Botonera, los miembros del grupo de tareas no exhibieron sus armas en medio de la sala de teatro colmada de público, donde se interpretaba la obra Israfel del escritor Abelardo Castillo.

Los pasos en la sala y el ruido de una puerta que se abrió para luego cerrarse desconcentró a la pareja de actores, arriba del escenario. Tiempo después un testigo, Ángel Balestrini -uno de los actores que esperaba en camarines salir a escena- recordó que uno de los sujetos vestido de civil, preguntó: “¿Quién es el tabernero?”.

Carlos Waitz tenía 22 años y cursaba el tercer año de abogacía en la facultad de Derecho de la UNMDP cuando la noche del 26 de enero de 1977, el grupo de tareas que entró al teatro La Botonera se lo llevó del camarín mientras esperaba a entrar a escena.

El reconocido actor Juan Vitali, brindó su testimonio sobre aquella noche en una nueva audiencia del Juicio por la Verdad.

Vitali, Waitz y un grupo de actores jóvenes, desde mediados de 1976 se juntaban en la casa de Roberto “Tito” Kaufmann. Allí, la cooperativa “Nuevos Actores Marplatenses” ensayaba Israfel. Un día el propio Abelardo Castillo presenció los ensayos y autorizó al grupo a que pusiera en escena la obra de teatro que, a través de ciertos aspectos de la vida de Edgar Alan Poe traza el arquetipo del poeta maldito, del hombre contemporáneo.

Vitali interpretaba a Poe y Waitz al tabernero con el cual el poeta norteamericano dialogaba mientras bebía hasta la muerte.

Vitali recordó que esa noche mientras estaba sobre el escenario, de espaldas al público, escuchó un ruido y un llavero que se golpeaba a cada paso. Su compañera, Mónica Leyaten que interpretaba a la novia enferma del poeta, pudo ver a esas personas que irrumpieron en la sala. La obra continuó a pesar del miedo que Vitali percibió en la cara de la actriz.

La escenografía cambió y Poe se encontraba en la taberna apoyado contra la barra para dialogar con el tabernero. Vitali se sorprendió al ver a Ángel Balestrini en el lugar de Waitz.

Finalizada la función el grupo fue hasta la comisaría primera, ubicada a pocas cuadras del teatro, y denunciaron el secuestro de su compañero. Nunca nadie dio una explicación. Para sus padres se trató de un error. Vitali declaró ayer que nunca escuchó de su amigo una opinión desmedida sobre política y cree que no militaba políticamente. Otros testimonios vinculan a Carlos con la Juventud Peronista.

A raíz de una investigación para un futuro documental acerca de la vida de Carlos, se pudo establecer que aquella noche, los hombres de civil y armados que entraron al teatro llegaron en un Ford Falcon color azul y que dentro del auto había una chica que parecía estar detenida.
Ante la súplica del dueño de la sala teatral, el grupo escondió las armas para no generar pánico entre el público. Entraron al camarín y preguntaron: “¿Quién es el Tabernero?”. Carlos Waitz continúa desaparecido.

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