El retorno del imperialismo

Recorremos la historia del término "imperio". Qué significa en diferentes momentos y cómo es utilizado por los poderes hegemónicos.

La invasión de Ucrania por parte de Rusia puso al concepto de imperio nuevamente en el centro de la escena. Se acusa a Putin de querer restaurar el imperio soviético o el de los zares, como signo de su autocracia. En paralelo, la muerte de la reina Elizabeth II del Reino Unido de la Gran Bretaña actuó de marco para la crítica al pasado imperial, pero también para la reivindicación de un legado, dejado por la reina extinta, que es en última instancia un legado imperial. La posición de Occidente frente al imperio oscila entre una acepción negativa, representada por Rusia y China, y otra de carácter positivo encarnada por Gran Bretaña y los Estados Unidos. Para comprender esa ambivalencia es necesario conocer la historia de la palabra imperio y sus usos contemporáneos. 

Genealogía de una idea

La voz imperio tiene una historia tan larga como democracia o república. La palabra es de origen latino, pero los griegos, que no desconocían la conquista militar, empleaban una variedad de términos con un significado semejante. Los más comunes, arché y hegemonía, tenían una amplia trayectoria vinculada a la política doméstica. Arché era la voz habilitada para referirse a las magistraturas políticas y hegemonía derivaba de un tipo de magistrado; el hegemón. A partir del siglo V a.C. los dos vocablos se utilizan regularmente para describir formas de dominación imperial. Esa particularidad, de ser al mismo tiempo una palabra usada para describir situaciones de política interna y de política externa, es compartida por el término latino imperium.

Durante el período republicano el imperium designaba el ejercicio de la autoridad ejecutiva con poder soberano en materia militar, civil y judicial para tomar medidas de utilidad pública, en ocasiones más allá de la ley1. Los magistrados habilitados para ejercer el imperium eran los cónsules y los pretores, pero también el dictador. Dentro de la ciudad tenía ciertas restricciones pero en campaña, o en las provincias, era un poder ilimitado. Cuando Augusto, el primer emperador, concentró en su persona el imperium proconsulare maius, esto es, el mando militar sobre todas las provincias, la conversión de la República romana en una monarquía de facto fue un hecho.

La Edad Media rechazó el legado material del mundo grecorromano, pero abrazó su legado espiritual y simbólico. Imperio aquí representaba una forma de monarquía superior en jerarquía al reino. Imperium era también un modo de referirse a soberanía, en el sentido de que el príncipe ejercía sobre su territorio un poder equivalente al del emperador en los suyos. Cuando las comunas del norte de Italia, tras la batalla de Legnano (1176 d.C.), tomaron para sí la forma de constituciones republicanas asociaron el omperio con la tiranía y la república con la libertad. Esa es la tradición en que se inscribe Maquiavelo, para quien el Imperio romano terminó con las libertades republicanas una vez que Augusto devino en monarca.

Con la expansión europea de ultramar y la posterior conquista de América se reforzó la idea de que imperio era la contracara de república. Como señaló el historiador Anthony Pagden en los siglos XVII y XVIII existía la creencia de que los grandes imperios de Portugal, España, Reino Unido y Francia fueron creados para sostener el absolutismo monárquico. De esa forma imperio se asoció al poder absoluto de los reyes2.  En consecuencia, dentro de la tradición republicana imperio tenía entonces una connotación negativa.

Imperio y civilización.

Fue el liberalismo del siglo XIX el gran responsable de configurar una noción de imperio de sesgo positivo. En dicho siglo las revoluciones burguesas y la desaparición de las grandes monarquías absolutas, con excepción de Rusia, dio lugar a un cambio de paradigma. La expansión territorial en África y Asia por parte de Gran Bretaña y Francia exigía una justificación que desligara al republicanismo francés, y a la facción democrática-liberal británica, de la acusación de absolutismo. El libre comercio y el desarrollo de la civilización burguesa y los valores asociados a ella, cumplieron ese rol legitimador. “La carga del hombre blanco”, como lo definió el escritor Rudyard Kipling, refería a esa misión civilizadora de los imperios occidentales.

Sin embargo, la acepción negativa fue recuperada desde el marxismo. Lenin y Rosa Luxemburgo teorizaron acerca del vínculo entre los procesos de conquista y el desarrollo del capitalismo. Aquí la asociación es entre imperio y explotación o bien entre imperio y expoliación. Ese giro implicó, además, el desarrollo de un neologismo como es la voz imperialismo.

Tras la Segunda Guerra Mundial, donde la Alemania Nazi fue acusada de imperial y sucedieron los procesos de descolonización en África y Asia, los Estados occidentales, en especial Estados Unidos, omitieron definirse a ellos mismos como imperios. La palabra fue desterrada del léxico político e intelectual. Cuando se la empleaba era para definir al oponente en el marco de la Guerra Fría. Así, la Unión Soviética pasó a representar el “imperio del mal” en oposición a la democracia occidental. La antigua polarización republicana entre libertad y tiranía regresaba ahora para dotar de sentido al conflicto geopolítico entre capitalismo y comunismo.

El fin del bloque comunista y el advenimiento del momento unipolar no trajeron consigo una reivindicación de la palabra. Los políticos e intelectuales estadounidenses preferían hablar de hegemonía en lugar de imperio. Pero eso cambió al comienzo del presente siglo durante la administración Bush y el ascenso de los sectores neoconservadores. Una vez declarada la guerra contra el terrorismo e iniciada la invasión a Afganistán, el analista John Ikenberry podía declarar con optimismo que “los objetivos y modus operandi imperiales de Estados Unidos son muchos más limitados y benignosque aquellos de los antiguos emperadores”3. Por primera vez en su historia Estados Unidos asumía el carácter imperial de sus intervenciones en el extranjero. Esa novedad se explica por el contexto de emergencia de un neo-imperialismo que recuperaba la asociación liberal entre imperio y libre mercado, representada en la política de exportación de la democracia llevada adelante por el segundo de los Bush.

En paralelo, el Reino Unido tuvo su propio redescubrimiento del imperialismo tras la llegada al poder de Dave Cameron. La ideología neoimperial hegemónica en Londres se sintetiza en la introducción del conocido libro de Niall Fergunson que expresa aquello de que “ninguna otra organización en la historia hizo más por promover el libre movimiento de productos, capital y mano de obra que el imperio británico en el siglo XIX y los comienzos del XX. Y que ninguna otra organización hizo más por imponer las normas occidentales de ley, orden y gobierno en todo el mundo”4. En los hechos, el neo-imperialismo británico se formula en la llamada política de “consolidación” de la presencia británica en el Atlántico Sur.            

De Putin a Elizabeth II: El doble Standard occidental

Cuando el Presidente de Francia Emmanuel Macron dijo, en la última Asamblea General de las Naciones Unidas, que la invasión rusa a Ucrania significaun regreso a la era del imperialismo y las colonias”5, omitió el hecho de que la voz del imperio lleva más de dos décadas guiando la política exterior de las potencias occidentales. Lo que regresó en todo caso es el sentido negativo del término. Ese que vincula al imperio con la tiranía. En este caso con la autocracia encarnada en Vladimir Putin. Al presidente ruso se lo acusa de querer restaurar el imperio soviético, el zarista y hasta el Bizantino. No hay nada de novedoso en ello si se lo compara con la reivindicación británica de las bondades de su imperio que lleva más de una década. Sin embargo, detrás de reinstaurar el imperio soviético o el zarista se esconde un objetivo más oscuro en la lectura que hace occidente, que es el de restaurar la autocracia zarista o estalinista.

La reciente muerte de la Reina Elizabeth II dejo en evidencia el retorno de la acepción negativa tanto como la vigencia de su acepción positiva. Una serie de artículos periodísticos denunciaron el carácter explotador y genocida del imperialismo británico. La historiadora Priya Satia de la Universidad de Sanford denunció en el Magazine Time la depredación de recursos naturales que causo6. La escritora Karen Attiah, de origen ghanés, cargó contra el expolio sufrido por los territorios coloniales en las páginas del Washington Post7. Mientras que la historiadora Maya Jasanoff llamó a llorar a la reina y no a su imperio en el New York Times8. El comentarista Tucker Carlson de Fox News, en cambio, expresó que “el imperio británico no fue perfecto, pero fue mucho más humano que cualquier otro”9.

Otro signo del retorno de la acepción negativa es la reciente ola descolonial en algunos países del África negra otrora colonias de Francia. Los recientes golpes de Estado en Mali, Chad y República Centroafricana han debilitado la influencia francesa allí. En Mali las tropas francesas se retiraron tras nueve años de operaciones contra los grupos yihadistas. El nuevo gobierno castrense denunció a Francia ante la ONU por “dar información y suministrar munición” a los terroristas. El sentimiento anti-francés se extendió a Chad y República Centroafricana donde también se han retirado las tropas francesas. Su lugar lo ha pasado a ocupar el Grupo Wagner, generalmente asociado a los intereses del Kremlin.    

En conclusión, la doble vara con que Occidente juzga el imperialismo es producto de la larga y compleja historia de la voz imperio. La gran interrogante es sí tal oscilación entre la denuncia al imperialismo ruso y la reivindicación de los imperios occidentales no terminará por erosionar la credibilidad de las potencias de Occidente frente a sus antiguas colonias.


Notas

  1. María Delia Buisel, Magistraturas e imperium: de la monarquía al principado. Circe de Estudios Clásicos y Modernos, nº XVII, 2013.
  2.  Anthony Pagden, Lords of all the World. Ideologies of Empire in Spain, Britain and France c. 1.500- c. 1.800. New Haven & London. 1995.
  3.  John Ikenberry, America’s Imperial Ambition. En Foreign Affairs, Vol. 81, Nº 5, September- October.2002.
  4.  Niall Ferguson, Empire. How Britain Made the Modern World, London. 2003.
  5. https://www.infobae.com/america/agencias/2022/09/20/macron-califica-invasion-rusa-a-ucrania-como-una-vuelta-al-imperialismo/
  6.  https://time.com/…/queen-elizabeth-death-empire…/
  7. https://www.washingtonpost.com/…/britain-colonial…/
  8. https://www.nytimes.com/…/queen-empire-decolonization…
  9. https://www.lanacion.com.ar/estados-unidos/el-mensaje-de-joe-biden-a-carlos-iii-en-medio-de-un-debate-en-estados-unidos-sobre-isabel-nid14092022/

Diego Alexander Olivera Licenciado en Historia y Dr. En Ciencias Sociales. Docente en la Universidad Autónoma de Entre Ríos.

COMPARTÍ ESTE ARTÍCULO

Share on facebook
Share on twitter
Share on linkedin

Recibí nuestras novedades

Puede darse de baja en cualquier momento. Al registrarse, acepta nuestros Términos de servicio y Política de privacidad.

Últimos artículos

Conversamos con Natalia Kerbabian, arquitecta, artista y creadora de un proyecto donde ilustra casas y edificios significativos dentro de la Ciudad de Buenos Aires.
Tomando la teoría de Aristóteles, observamos si la instrumentalización de la OTAN por parte de EEUU es una excepción o parte de una reproducción histórica.
Repasamos la situación actual respecto al acceso de viviendas en la Ciudad de Buenos Aires, ¿funciona la Ley de Alquileres? ¿qué se debería hacer para facilitar esta coyuntura?