“El libro resume la vida de miles de protagonistas de la revolución”

De visita en Argentina, la periodista Gabriela Selser habla sobre “Banderas y harapos”, la historia de sus años como alfabetizadora y corresponsal de guerra en la Nicaragua sandinista.
Foto: Georgina García | Zoom

Gabriela Selser lleva la pasión del periodismo en la sangre. La heredó de su padre, el legendario Gregorio Selser, autor de más de cincuenta libros sobre la realidad latinoamericana, entre los que se destaca Sandino. General de Hombres Libres, la biografía más completa sobre el líder nicaragüense de Las Segovias, cuyo texto mimeografiado era llevado en la sobaquera por Carlos Fonseca Amador, Tomás Borge, Nora Astorga y Omar Cabezas, entre otros futuros fundadores del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), como herramienta de concientización contra la dictadura del temible Anastasio Somoza.

 

La vida de la familia Selser, que además de Gabriela estaba compuesta por sus hermanas Irene y Claudia –las tres notables periodistas– se vio alterada el 24 de marzo de 1976 cuando se produjo en Argentina el golpe cívico–militar que los obligaría al exilio, ya que Gregorio estaba en las listas negras para ser asesinado.

 

Gregorio Selser y su esposa Marta Ventura saldrían del país en julio del ’76 con destino a la Panamá del general Omar Torrijos y, escala definitiva, en el solidario México del presidente Luis Echeverría. Luego Gabriela e Irene salieron de Argentina el 24 de diciembre de 1976 también con destino a tierras aztecas. Claudia llegaría tiempo después.

 

Gaby –como la conocen– terminó la secundaria en México pero nunca se sintió integrada a ese país; ella jamás hubiera querido irse de su tierra. Por esa razón, en marzo de 1980 se fue a Nicaragua a sumarse a la Cruzada Nacional de Alfabetización, siendo apenas una adolescente de 18 años. Gregorio y Marta la apoyaron en su decisión, aunque con cierto temor. En esas tierras nicaragüenses, su mentor fue el recién fallecido padre jesuita Fernando Cardenal, a quien quería y admiraba. Cardenal, hermano de Ernesto, estuvo a cargo de la Cruzada Nacional de Alfabetización y fue ministro de Educación.

 

Después de la Cruzada, se hizo periodista en la Agencia Nueva Nicaragua (ANN) donde tuvo como profesores al poeta argentino Juan Gelman y a Stella Calloni, entre otros. Luego trabajaría en Barricada, el órgano del FSLN. Ahí fue durante siete años corresponsal de guerra, cubriendo decenas de combates entre el Ejército Popular Sandinista y los Contras mercenarios.

 

En 2016, publicó Banderas y Harapos. Relatos de la revolución en Nicaragua, con prólogo del escritor y poeta Sergio Ramírez, quien fuera vicepresidente durante la revolución sandinista. En el libro narra parte de sus vivencias, donde se entrelazan figuras como Fidel Castro, Julio Cortázar o Daniel Viglietti, historias de amor, de solidaridad, de dolor y de los sueños de una generación que encontró en la Revolución una manera de vivir.

 

Actualmente Gabriela Selser es corresponsal de la agencia alemana DPA en Managua y llegó a la Argentina, país que la vio nacer, para presentar su libro en Buenos Aires y La Plata y poder reencontrase con pedazos de su historia que el terrorismo de Estado intento destruir con los exilios forzados.

 

Familia Selser Arriiba izq. Claudia. Centro, Gabriela. Derecha, Irene. Abajo, Gregorio y Marta
¿Cómo fue decirle a tus padres que con tan solo 18 años querías vivir la experiencia de una revolución triunfante?

Cuando triunfó la revolución sandinista, en 1979, nosotros vivíamos exiliados en México, país que había acogido solidariamente a miles de refugiados argentinos, chilenos, uruguayos, brasileños y también nicaragüenses. Mi papá había escrito dos libros sobre el general Augusto Sandino antes de que yo naciera, así que crecí escuchando hablar permanentemente sobre el patriota campesino de Nicaragua, que se había enfrentado solito al ejército de intervención de Estados Unidos. Quizás por eso no fue difícil vincularme al comité de solidaridad con los sandinistas en México, y al enterarme, después del triunfo de la revolución, de que estaban organizando una campaña de alfabetización, le dije a mis padres: “¡Yo quiero ir!”. Mi papá fue el que puso más objeciones al viaje –que porque yo nunca había salido de casa muchos menos podía ir sola a otro país, que porque debía empezar pronto la universidad– pero lo convencí con una frase que a los dos nos tomó por sorpresa. No sé en qué momento le dije: “Vos hiciste la teoría, ahora déjame a mí hacer la práctica”. Y él solamente sonrió y me contestó: “Bueno, ese es un buen argumento, podes irte a Nicaragua.”

“Los periodistas que trabajábamos en medios de la revolución estábamos expuestos a todo, al punto de que ni siquiera nos importaba morir en una zona de guerra”

¿Cómo y por qué llegás a convertirte en periodista?

No fue una decisión de siempre, porque de niña quería ser veterinaria o dibujante, pintora quizá como mi madre, pero finalmente creo que pesaron más las letras que llevaba en la sangre y en los genes. Y al releer mi diario de campo de la Cruzada, descubrí que es realmente una extensa crónica periodística, un riguroso diario de viaje, que de hecho me sirvió muchísimo a la hora de escribir este libro. Mis grandes maestros no estaban en la universidad sino en la Agencia de Noticias Nueva Nicaragua (ANN), la única agencia de noticias del país que fue fundada por el gobierno sandinista y donde me inicié como reportera a los 19 años. Tuve el privilegio de tener como editores –ahí a mi lado, todos los días– a la periodista argentina Stella Calloni, al poeta Juan Gelman, Premio Cervantes de Literatura 2014, y a Alfredo Russio, también argentino. Ellos llegaron a Nicaragua a formar a los jóvenes periodistas de la revolución. También estaba el chileno Renato Julio y el boliviano Antonio Peredo, ambos fallecidos al igual que Gelman. Todos muy capaces y entrañables.

 

Con Julio Cortázar | Foto Roberto Miranda
¿Cómo era hacer periodismo en plena construcción revolucionaria?

Los periodistas que trabajábamos en medios de la revolución estábamos expuestos a todo, al punto de que ni siquiera nos importaba morir en una zona de guerra. Yo en lo personal me moría de miedo cuando me tocaba cubrir un operativo militar o viajar por esos recovecos de la montaña donde los “contras” emboscaban a todos los vehículos, civiles o militares. Tenía miedo pero no se notaba, porque lo disimulaba y porque siempre pensaba que mi vida no era importante frente al sueño, la utopía, la construcción del “hombre nuevo” como decíamos. No hablábamos de “mujer nueva” porque en esos años realmente muy pocos hablaban de feminismo, pese a que miles de mujeres lucharon y murieron en la guerra insurreccional contra Anastasio Somoza y también después, durante la revolución.

“Los alfabetizadores vivimos un aprendizaje de dos vías: enseñamos las letras y a la vez conocimos la realidad de la Nicaragua profunda y vulnerable”

Ser corresponsal de guerra exige talento, audacia y valentía. ¿Cómo recordás tus experiencias en la zona de conflictos?

Las recuerdo con alegría, con nostalgia y hasta con asombro. Hoy me pregunto cómo fui capaz de aguantar tantas caminatas extenuantes, cruzar ríos bajo la lluvia, seguir andando pese a sufrir terribles dolores de muela (algo que me ocurría muy a menudo) o enfermarme de bronquitis por andar varios días en las montañas con la ropa mojada. Pero también las recuerdo con dolor y con culpa, por los amigos que perdí, porque murieron ellos y no yo, por los soldados que vi fallecer a mi lado, por el sacrificio de más de 50.000 personas que perdieron la vida en esa guerra, de un lado y del otro.

 

Brigadistas en Waslala, Nicaragua | Archivo Gabriela Selser
¿Cómo fue esa etapa donde alfabetizaste a tus papas campesinos de Waslala?

Durante la Cruzada de Alfabetización casi 100.000 estudiantes de secundaria y de la universidad se movilizaron voluntariamente a las montañas a enseñar a leer y escribir a más de medio millón de personas (que entonces eran casi la cuarta parte de la población). Los alfabetizadores vivimos durante seis meses en los ranchos de las familias campesinas –gente sumamente pobre, sufrida y muy generosa–, y fuimos protagonistas de un aprendizaje de dos vías: enseñamos las letras y a la vez conocimos la realidad de la Nicaragua profunda y vulnerable. La alfabetización logró una verdadera hazaña en América Latina, porque en medio año logró reducir el índice de analfabetismo del país, de 53 a menos del 12 por ciento. Y fue como la luna de miel de la revolución sandinista, porque en ese tiempo no había comenzado aún la guerra de los “contra”. Todos los brigadistas alfabetizadores debíamos llevar un “diario de campo”, aunque algunos no cumplieron esa tarea. Como a mí me encantaba escribir y dibujar, yo tenía un cuaderno forrado con plástico donde llevaba día a día ese registro minucioso de mi vida en la montaña. Y todavía lo guardo como un tesoro.

“Casi 40 años después, pienso que las “banderas” son precisamente la utopía, el sueño colectivo de la revolución, y los “harapos” las asignaturas todavía pendientes en Nicaragua”

¿Por qué la idea de transformar tus vivencias históricas en un libro?

Este libro surgió a partir de sueños y pesadillas que comenzaron a atormentarme al final de la década de 1990, muchos años después del fin de la revolución, que para miles como yo fue el repentino final de un proyecto colectivo que había sido el centro de toda nuestra vida, la vida misma de cada uno de nosotros. Entonces, como las pesadillas no me dejaban dormir, comencé a escribirlas como una suerte de exorcismo, pero al releer los textos me di cuenta de que lo que soñaba era mi propia historia: combates terribles, montañas en llamas, mis amigos muertos, helicópteros derribados, escuelitas destruidas. Eran los recuerdos de un pasado muy intenso y doloroso, del sacrificio de una generación que se entregó a ese proyecto colectivo, a esa revolución que cayó derrotada después de casi diez años de una guerra brutal y desgastante de Estados Unidos, y también por los propios errores y fallas éticas de los líderes de la revolución. Fui escribiendo los sueños como relatos, apoyándome en el diario de campo de la Cruzada y en mis propias crónicas publicadas en el diario sandinista Barricada, donde fui corresponsal de guerra durante siete años, y en menos de ocho meses tenía listo el libro. Pero al leer el borrador impreso me aterroricé y lo coloqué en un estante de la biblioteca, y ahí lo dejé… ¡por años! Cada tanto lo miraba de reojo, como una tarea pendiente, pero cada vez que intentaba publicarlo, volvía a recordar y a sufrir. Así es el dolor cuando no se procesa. Finalmente logré cerrar el ciclo de mis duelos y el libro fue actualizado y publicado en septiembre de 2016.

 

Foto: Georgina García | Zoom
¿Por qué tu trabajo lleva el nombre de Banderas y harapos?

El título del libro alude a un poema muy bello de la poeta costarricense Virgina Grütter, ya fallecida, que se llama “Bandera de harapos” y fue dedicado al ejército de Sandino, integrado por campesinos descalzos, tan heroicos y tan pobres que hasta su bandera estaba hecha jirones. Ese poema fue musicalizado en 1984 por Carlos y Luis Enrique Mejía Godoy –los más grandes cantautores del país, iconos de la música y la cultura en Nicaragua. Justamente Luis Enrique Mejía Godoy hizo una canción muy hermosa, inspirado en el libro. La canción se llama “Por eso vivo” y la estrenó el día de la presentación del libro ante casi 700 personas. Ahora, casi 40 años después, pienso que las “banderas” son precisamente la utopía, el sueño colectivo de la revolución, y los “harapos” las asignaturas todavía pendientes en Nicaragua, que hoy día sigue siendo el segundo país latinoamericano más empobrecido después de Haití, con altísimos índices de desempleo, emigración por razones económicas, maternidad precoz, feminicidios y violencia contra la mujer, entre otros flagelos.

 

¿A qué lectores apunta el libro?

Banderas y harapos resume la vida de miles de protagonistas de la revolución, y pienso que por esa razón ha sido tan bien recibido por tres generaciones de nicaragüenses: las dos generaciones que lucharon para derrocar a Somoza y la que hizo la revolución en la década de 1980. Cientos de personas de mi edad y mayores me han escrito para decirme que el libro les removió la memoria y que ahora por fin pueden conversar con sus hijos y nietos sobre lo que sucedió. Y que pueden sanar sus propias heridas. Pero también me escriben jóvenes que le dan gracias al libro porque según dicen que ahora comprenden más a sus padres y entienden su sacrificio. De hecho, el libro se está leyendo ya en tres universidades de Nicaragua, no como una orientación institucional o académica, sino por iniciativa de profesores/as de historia, de psicología y de literatura. ///

 

 

Presentación del libro Banderas y Harapos. Relatos de la Revolución en Nicaragua

Martes 4 de julio. 11 hs. Aula 23 del Edificio Presidente Néstor Carlos Kirchner (Diagonal 113 y 63). Facultad de Periodismo y Comunicación Social de La Plata

Acompañan a la autora en su presentación: Stella Calloni (Periodista y escritora) y Julio Ferrer (Periodista); con la moderación del Profesor Pablo Roesler (Adjunto del Taller de Producción Gráfica II – Cátedra II- FPyCS).

 

Martes 4 de julio 18.30 hs Centro Cultural Caras y Caretas (Venezuela 330, Buenos Aires)

Acompañan a la autora la periodista y escritora Stella Calloni y la escritora María Josefina Cerutti

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