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El gran garrote del siglo XXI

El orden internacional vuelve a organizarse por fuerza y territorio. Potencias, patios traseros y un nuevo reparto del poder global. Por Guillermo Caviasca

Comencemos estas breves líneas con una aclaración: la acción de las fuerzas de EEUU sobre Venezuela es ilegal desde cualquier punto de vista. Por eso, casi todos los países del mundo (salvo Argentina y Ecuador), si no la repudiaron, al menos tomaron distancia, porque el gesto demuele —un poco más— toda la arquitectura internacional y reubica el concepto de “soberanía” en un lugar donde solo la relación de fuerzas lo vuelve efectivo.

En realidad, nadie podía pensar que la soberanía de un país pequeño, débil, atrasado o desintegrado fuese equivalente a la de uno potente en esos mismos planos. Pero en la posguerra vivimos bajo una cierta “ficción” diplomática: la idea de que cien países, cada uno con un voto, eran iguales en soberanía. Sabíamos que no era así (basta mirar el Consejo de Seguridad y un conjunto de instituciones internacionales desiguales incluso por principio, ya desde sus estatutos). Sin embargo, esa ficción operaba como un suelo mínimo de orden.

Las Relaciones Internacionales (RR.II.) siempre fueron relaciones de poder. Eso no cambió. Lo que sí puede cambiar es el pudor. Y es por eso que conviene subrayar algo, la soberanía —la capacidad del Estado de decidir su política interna y su política internacional— debe ser defendida aunque, en la práctica, deba ser conquistada. La actual acción de Trump, sus discursos y la emisión del documento “Estrategia de Seguridad Nacional” ponen la cuestión en primer plano. Allí se formula, con claridad, un “corolario Trump” de la doctrina Monroe, una declaración donde se expone transparentemente que EEUU no reconoce la soberanía plena del “hemisferio occidental”.

Muchos señalarán que Rusia actuó sobre Ucrania con una “operación militar especial” cuyo objeto fue condicionar un gobierno desde afuera y alterar fronteras. Es cierto. Pero Putin —aunque insistiera en la idea de una cercanía histórica entre Rusia y Ucrania— se apoyó en un largo proceso de desestabilización y disputa con Occidente, en el que los ucranianos terminaron siendo el pato de la boda. Se pueden encontrar justificativos geopolíticos de seguridad para Rusia desde ese punto de vista (compartirlos o, al menos, comprenderlos). En el debate sobre Ucrania se discute, en los hechos, cómo limitar la soberanía de un país para ordenar su ubicación en el mundo según correlaciones de fuerza. Nos guste o no, son las potencias las que resuelven en gran medida, y Ucrania solo lo hace parcialmente. Es la lógica de un mundo multipolar de grandes potencias, y de potencias medianas que luchan por emerger. El resto queda, por lo general, bajo la tutela de alguna de ellas.

Aquí entra la cuestión de las “fronteras geopolíticas”. Todos los países tienen fronteras políticas (las que se ven en los mapas) y fronteras geopolíticas (allí donde se ejerce realmente soberanía, o parte de ella). Algunos extienden sus fronteras geopolíticas por el mundo, o sobre vecinos y regiones. Otros apenas las ejercen en porciones de su propio territorio —o directamente no las ejercen—, por más que tengan formalmente un gobierno y una silla en la ONU. Las fronteras geopolíticas de EEUU están distribuidas globalmente, incluso si atraviesa un proceso de repliegue estratégico. Pero, sin dudas, América Latina —como señala la “Estrategia de Seguridad” y su “Corolario”— está dentro de ellas. Y el Caribe, sin vacilación.

Esto vale para EEUU, China y Rusia; y también para todo país mediano o grande que busca un “lugar en el mundo” (parafraseando al Kaiser). El “realismo” en RR.II. debería precavernos contra lecturas morales simplistas de “buenos y malos”. Las alianzas se basan en el interés nacional; incluso en organismos alternativos como los BRICS. No hay que ser ingenuos. Es posible que el “interés nacional” de una potencia coincida con el nuestro en algunos puntos, durante un tiempo, y eso puede ser aprovechable. Pero sigue siendo el interés nacional de otros.

Lo señalamos para despejar una fantasía frecuente, esa idea de que Venezuela era “aliado” y sería protegida por Rusia, China o incluso Irán. Quien cree eso, sin dudas, no mira el mapa. “Ya están los rusos, jajaja”, se repetía con suficiencia. No se entiende la diferencia entre la URSS y la Rusia actual; tampoco que las potencias miran el mundo como se describió arriba. Negocian y salvaguardan sus intereses, más allá de mover fichas para responder acciones de adversarios (en este caso, EEUU) en otras esferas. Ellos saben que América Latina, y de forma definitoria el Caribe, es zona yanqui. Su “Mediterráneo”, como señalaba el almirante estadounidense Mahan, pensando en Roma.

Volvamos a la “legalidad”. Si bien la legalidad se construye con cierto nivel de correlación de fuerzas, debe existir un núcleo mínimamente reconocible en el cuerpo jurídico vigente. Y, más allá de lo ilegal de la acción de EEUU, su gobierno fue construyendo argumentaciones para darle apariencia de legalidad o, al menos, justificación interna. Recordemos que no se ataca un país sin una agresión previa real o inventada. Cada contendiente se declara agredido, y el que gana impone su relato. Pero, en general, se arma algún tipo de construcción para justificar el uso de la fuerza como “respuesta” a una agresión o a una “amenaza inminente”.

Básicamente, Trump construyó el “Cártel de los Soles”. Desde el punto de vista jurídico estadounidense, si ese cartel existe, si es “narcoterrorista” y si sus acciones se orientan contra EEUU, entonces —bajo su legislación— sería un enemigo sobre el cual se puede actuar sin declaración formal de guerra. Es el principio de extraterritorialidad de su justicia, algo que, sin dudas, nosotros no reconocemos. Pero ojo, en otros planos terminamos operando como si lo reconociéramos; por ejemplo, cuando tribunales locales de EEUU fallan sobre cuestiones que afectan a nuestro país en conflictos que involucran intereses externos.

La justicia estadounidense asume como válida esa extraterritorialidad. Lo cual es una barbaridad. Primero, porque no existe el “Cártel de los Soles” como entidad estatal organizada. Puede haber —y sin dudas los hay— corruptos y vínculos con el narcotráfico, pero eso no convierte al país en un “Estado cartel de las drogas”, ni hace de Maduro el jefe de una estructura de ese tipo. Es como afirmar que “el Estado es responsable” de cualquier cosa que ocurra por debajo. No funciona así. Para EEUU, en cambio, la aplicación de su justicia puede operar de esa manera, incluso si el andamiaje es inventado. Y, además, hay un riesgo adicional: por la lógica del common law, la repetición y la costumbre pueden sentar jurisprudencia hacia el futuro.

La acción de EEUU viola el derecho internacional bajo una causa claramente inventada y aplica, a partir de decisiones internas de un Estado, una agresión sobre otro, sin agresión anterior alguna. El camino se construyó paso a paso. Primero, lanchas de supuestos narcos ejecutados en el mar; después, el secuestro —casi un robo— de petroleros (ya no era narcotráfico); luego, la presión creciente y la normalización de la intervención. No es un arrebato, es planificación.

Hipótesis sobre los escenarios posibles calculados por EEUU

Trump (y Marco Rubio, sin dudas) fueron concentrando una cantidad de fuerzas en el Caribe vinculadas a la presión sobre Venezuela, que hacían casi indudable un ataque militar. De hecho, en una escalada progresiva pero rápida, fueron desplegando grupos de unidades navales y aéreas de gran envergadura. Es de destacar que resultaban insuficientes desde todo punto de vista para una invasión con “botas en el terreno” que ocupara el país. Tal vez podían imaginarse acciones sobre alguna posición puntual, pero no mucho más. Sin grandes unidades de las divisiones del US Army, no había posibilidad real de invasión.

Sin embargo, más allá de las ilusiones de algunos ilusos, la superioridad yanqui —en cantidad y calidad de fuerzas— era desproporcionada, más aún frente a una Venezuela profundamente debilitada. La idea de una guerra asimétrica (que, suponiendo una alta moral venezolana, podía ser viable frente a una invasión terrestre) resultaba irrelevante ante un despliegue que no se correspondía con esa hipótesis.

El despliegue existente de EEUU, por sí mismo, no derriba un gobierno ni instala otro. Es una fuerza “externa” que requiere necesariamente de movimientos internos. En ese sentido, EEUU fue insertando en el país agentes capaces de ganar voluntades y conocer el terreno. Paralelamente, continuó una serie de negociaciones y ofrecimientos orientados a una rendición negociada. Y los venezolanos con los que se puede negociar son los del aparato del madurismo. No existe en Venezuela otra fuerza con peso real, ese es el espíritu de la campaña.

Esto nos coloca en otra hipótesis. Si EEUU puede destruir un gobierno, pero no dispone de un reemplazo mínimamente legítimo, con algún nivel de inserción que garantice gobernabilidad, es probable que cualquier acción en ese escenario deje como saldo el caos: guerra civil o un país ingobernable en manos de diversos grupos armados, delictivos, regionales o políticos. Caos, en definitiva. La necesidad de “poner orden” requeriría una ocupación prolongada con fuerzas propias, costosa y no necesariamente exitosa. Y eso no es, bajo ningún aspecto, la política de Trump. Además, existen demasiados ejemplos recientes de fracasos de ese tipo. En el Caribe —especialmente en Venezuela— debe existir un orden. El orden de Trump.

Por último, EEUU necesitaba una oposición interna representativa, capaz de gobernar el país. No necesariamente mayoritaria, pero sí con capacidad de conducir a las FFAA, a la policía, a las gobernaciones, y de hacer efectivas las decisiones del Estado a través de una burocracia funcional. Y, como se desprende de las declaraciones recientes de Trump, con un realismo notable, la líder de la oposición venezolana, María Corina Machado, no cuenta con el respeto ni el apoyo suficientes dentro de Venezuela para dirigir el país. “Sería muy duro para ella ser la líder, porque no tiene el apoyo o el respeto”, señaló.

Pero también Trump —y Rubio— afirman que gobernarán a través de Delcy Rodríguez. No sabemos si esto será efectivamente así; si las nuevas autoridades ex maduristas serán quienes negocien y acuerden con Trump la mayoría de sus demandas; o si se trata de una definición unilateral del líder de EEUU, famoso por su impaciencia. Lo cierto es que las negociaciones venían de antes, y aun Maduro las estaba llevando adelante, más allá de la imagen pública. Sin embargo, el jefe bolivariano estaba condenado.

Lo que llama la atención es que el “Cártel de los Soles”, que en teoría estaría conducido por los funcionarios actuales del gobierno, sería el mismo aparato con el que Trump aspira a cogobernar Venezuela, o al menos eso sostiene. Hace semanas también circulaba la versión de un acuerdo con Delcy. ¿Globo de ensayo? y/o ¿intento de ruptura interna? No lo sabemos; la historia dará su veredicto. Lo que sí sabemos es que los yanquis ofrecen exilios dorados a los maduristas que abandonen el poder y aceptan a quienes se pasen de su lado.

En ese marco, los norteamericanos solo pueden “gobernar el país” a través de una parte sustancial del aparato actual. Si ese aparato —y sus líderes— no están en condiciones de resistir, carecen de convicción o de apoyos, y administran un país profundamente debilitado, con una población al límite, donde la retórica supera a los hechos y sin posibilidades reales de apoyo externo, entonces la captura de voluntades por parte de EEUU aparece como un escenario posible y real. Allí se encuadra la operación.

En el “espectro visible”, EEUU realizó una operación brillante. Sin bajas propias, en menos de media hora dejó en silencio a todo el aparato militar bolivariano. Nadie —ni siquiera el más convencido “miliciano”— disparó un tiro al aire para salvar el honor. En unos minutos contados con los dedos, ingresaron al lugar donde se encontraba la cabeza del Estado y lo “extrajeron”, neutralizando a su seguridad. Sin dudas, hay más de lo que se ve. Pero el solo hecho de la operación, como mínimo, desalienta a cualquiera dispuesto a pelear, especialmente entre los dirigentes.

Imaginemos al pueblo —o al menos al sector que respalda a Maduro— después de años de propaganda sobre los “millones de milicianos”, el “cinturón impenetrable” de defensas, la presencia china, rusa, iraní, o lo que fuera. Y luego, helicópteros sobrevolando Caracas “como Pancho por su casa” y aviones estadounidenses neutralizando todas las defensas con una superioridad incontrastable. Cualquier venezolano queda desmoralizado. Insistamos, aun si esto hubiera sido relativamente pactado, como algunos sostienen, para la población dispuesta a resistir el impacto es profundamente desalentador. La existencia de algún acuerdo oculto detrás de las declaraciones combativas solo podrá verificarse con el devenir político de las próximas semanas.

La acción en sí misma:

Para comenzar, debemos señalar que un análisis detallado requerirá más tiempo. Conocer las bajas reales venezolanas, los daños concretos a los sistemas de defensa, y otros aspectos específicos. Pero resulta importante, al menos, establecer en términos generales qué fue lo que ocurrió.

En una operación en la que no es repetitivo insistir sobre su efectividad, EEUU secuestró a Maduro y a su esposa. Algunas versiones señalan que fue en minutos, pero otras dan tiempos un poco más prolongados, lo que nos alerta aún más sobre la falta de reacción venezolana. Existen pocos casos de esa envergadura en la historia. Solo me viene a la mente el caso de Mussolini en el Gran Sasso en 1943; fue espectacular, sin dudas. Un hotel aislado, inaccesible en las montañas (solo por teleférico), donde había numerosas tropas italianas. Fue un enorme trabajo de inteligencia para dar con el paradero del Duce. Operaron los expertos y combativos paracaidistas alemanes y el famoso Otto Skorzeny. Pero hay que reconocer que los italianos que custodiaban a su ex líder al menos no tenían voluntad de enfrentarse a los, hasta hacía poco, camaradas alemanes con los que combatían codo a codo; y menos ganas aún de morir para mantener detenido al que hasta hacía poco era su jefe y que conservaba muchos partidarios. A esta operación quizás se refiera Trump cuando habla de que no hay nada igual desde la Segunda Guerra Mundial.

En la madrugada, a las 2 am aproximadamente, EEUU lanzó la operación militar sobre el territorio venezolano. El objetivo militar era llegar hasta la residencia de “seguridad” del presidente venezolano Nicolás Maduro, detenerlo y extraerlo, básicamente, en las condiciones legales en que este enfrentamiento está planteado: secuestrarlo. Las unidades de élite, los Delta Force, cumplieron con gran éxito su misión. Y hoy tenemos a Maduro y a su esposa detenidos por el gobierno de EEUU.

Operaron en “Resolución Absoluta” supuestamente unos 150 aviones F35, F22, F18, bombarderos estratégicos, de guerra electrónica, etc.; drones Rapier; se dispararon misiles crucero. Los aviones operaron desde varias bases del Caribe. Información posible, dada la verificada concentración de fuerzas de los últimos tiempos, que sumaban cada vez más escuadrillas, específicamente las mencionadas. Introdujeron en helicópteros Chinook una unidad de tamaño sección, probablemente como fueron dos, quizás unos 40 hombres. Esta fue la encargada de la tarea: aterrizaron en un campo deportivo de Fuerte Tiuna, al lado de la casa bunker donde estaba Maduro y su esposa. Iban escoltados por helicópteros de ataque, encargados de batir blancos en el terreno cercanos. Las imágenes son claras, están en internet; los blancos tácticos fueron abatidos por los helicópteros, o sea, alguna resistencia hubo. Según los datos, poco después de la 1 hs. los helicópteros despegaron de su base y poco después de las 3 hs. estaban de vuelta con Maduro y su esposa. Lo que, dada la distancia entre Caracas y el punto de partida y llegada, indica que la presencia de los Delta Force en Fuerte Tiuna debe haber sido mucho más que minutos. Se ve destrucción en la base venezolana, pero no está arrasada, lo que nos hace preguntar cómo, en ese tiempo, no acudieron fuerzas a responder o qué pasó con el resto de los soldados de la base. Sí sabemos que la guardia personal de Maduro fue eliminada. También sabemos que algún aparato de EEUU recibió disparos sin que afectaran su operatividad.

Sin dudas, la acción debe haber sido ejercitada en escenarios de práctica varias veces. Tomar una casa, hacer un perímetro de seguridad, eliminar a los guardias, detener a una pareja antes de que pudieran hacer nada. Ya sabemos que estaba decidida desde hace tiempo y que el estado del clima la había retrasado. Lo que muestra que las amenazas de Trump, casi con fecha, eran reales, y eso carga aún más, hacia el interior de Venezuela, las críticas.

Para que la operación fuera tan limpia, la clave fue que el entorno operativo estuviera asegurado desde suficiente tiempo antes. Las unidades aéreas sobrevolaron puntos clave de la ciudad, bombardearon y neutralizaron posibles amenazas, y marcaron presencia para garantizar que no hubiera respuesta, permitiendo que la fuerza de extracción de Maduro actuara con seguridad tanto en la llegada como en la salida. Todo esto debió ocurrir apenas unos minutos antes de la extracción.

Debieron neutralizar el sistema de alerta temprana chino, las baterías rusas y la Fuerza Aérea venezolana —lo efectivo del sistema—. Unos cinco Sukhoi 30 rusos y algunos F-16 de modelo antiguo, pero aún operativos y una amenaza real para una operación de este tipo. De ese modo, EEUU combinó plataformas de combate de baja detectabilidad con helicópteros de inserción, lo que permitió el acceso a la capital tras la apertura de corredores seguros.

Según informes aún a verificar, varios Su-30 y F-16 venezolanos fueron destruidos en tierra como parte de la operación destinada a neutralizar posibles respuestas que impidieran el movimiento libre de los helicópteros. Además, las fuerzas bolivarianas contaban con una red que incluía sistemas de alcance estratégico S-300, medios de alcance medio Buk-M2E y baterías modernizadas S-125 Pechora-2M. Debe tenerse en cuenta, sin embargo, que una batería S-300 no opera contra helicópteros a baja altura.

Según lo que puede observarse y deducirse, radares y sistemas de control debieron haber sido destruidos o dañados, y quizás también algunas baterías. Pero es importante destacar que no alcanza con disponer del armamento: debe estar bien mantenido, operado por personal entrenado y en alerta, con el sistema activo, lo que de por sí implica costos elevados. Si bien el gobierno venezolano recurrió nuevamente a Rusia para poner en condiciones los sistemas adquiridos años atrás, resta conocer en qué estado real se encontraban. Los S-300 son sistemas complejos; los radares chinos son eficaces, pero operan en otro “lenguaje” y requieren adaptación a los sistemas rusos; un avión sin mantenimiento no vuela, etc.

Para cerrar, volvamos a recordar el significado de “Un Mundo Multipolar”. Es un mundo de esferas de influencia de potencias, donde cada una se arroga el derecho de poner orden en el patio que quiere para sí. Es un mundo de fuertes. Un mundo donde la soberanía e independencia no es dada por un sistema ideal de reglas supranacionales (eso nunca existió en la práctica), sino que se conquista e impone de acuerdo a las capacidades propias y a las oportunidades del lugar en el mundo donde uno se encuentra. En un mundo multipolar como el que se está delineando, es inverosímil una Ucrania en la OTAN pacíficamente, como una Venezuela aliada de China o Rusia, al menos en las condiciones sudamericanas actuales.

Como señala la Revista Ejércitos, “En un mundo que vira hacia un imperialismo de nuevo cuño, afectado por la aceleración tecnológica y la necesidad de controlar un número mayor que nunca de recursos y líneas de abastecimiento, las principales potencias buscan consolidar sus ‘patios traseros’ por cualquier vía, hablemos del este de Europa, Iberoamérica o cualquier otra región que queramos. No parece que nadie vaya a discutir a EEUU lo que haga o deje de hacer en Venezuela, porque no hay otra potencia que pueda proyectarse allí con suficiente fuerza, ni tampoco proxies bien vertebrados (aunque podríamos llegar a ver guerrillas). Ahora bien, como siempre y solo por pensar… ¿Distraerá esto a Washington de Ucrania y las negociaciones de paz al limitar el ancho de banda? ¿Tomará ejemplo China? ¿Hay algún plan sólido más allá de la caída de Maduro para el ‘día después’? ¿Entienden en la UE hacia qué mundo vamos?”.
Y yo agregaría, ¿entendemos los argentinos y latinoamericanos el mundo que se está conformando y sus reglas? Me parece que aún no.

Debemos esperar para dilucidar las versiones de acuerdos entre la cúpula bolivariana y EEUU; si esto es así, estaremos ante un éxito contundente del país del norte, que piloteará una transición ordenada hacia sus intereses. No rápida, y quizás con contradicciones, pero que en unos años debería dar lugar a un nuevo régimen. Pero si esto no es así, el secuestro de Maduro podría llevar a que el gobierno venezolano se sostenga y Trump se encuentre enfrascado en meses o años de confrontación, y quizás tenga que intentar repetir acciones sobre el resto del “cartel de los soles”, que ahora parece olvidado (aunque la orden judicial pesa sobre varios funcionarios más). Parece ser el mensaje de Trump una cuestión de “acuerden o les va a pasar lo mismo que a su jefe”. Por último, Maduro deberá ser juzgado en EEUU, algo que sin dudas dará que hablar, salvo que haya algún acuerdo.

Señalamos también que no es solo el petróleo lo que se disputa. Este es una razón, un negocio. Tampoco el “comunismo de Maduro”; eso es ridículo (como otras justificaciones ideológicas por otros lares). Lo que se busca es un orden internacional, y dentro de él están estas cuestiones. Como excusas, legitimaciones discursivas (como el “cartel de los soles”); si no hubiera petróleo, la justificación sería otra.

Volvamos a la “Estrategia de Seguridad Nacional”. En ella se señala que no habrá independencia plena de los países de la región, y esto es aún más así en el Caribe; se indica taxativamente, sin eufemismos. Solo EEUU resuelve quiénes entran a nuestra región y cómo lo hacen, quién hace negocios y sobre qué, etc. Este es el objetivo. América para los “americanos” como repliegue estratégico para disputar la nueva etapa del mundo.

Pero no seamos desalentadores, esto era así antes de este ataque, de hecho, antes de Trump. Y las oportunidades de “autonomía estratégica” para países como Argentina existen. En el pasado no muy remoto fueron mucho más sólidas en los factores que hacen al poder nacional. Pero atravesamos un proceso de años de deconstrucción sorprendente. Sin embargo, como las mismas doctrinas norteamericanas señalan, en este rincón del mundo las condiciones de autonomía son mayores. Para ello hay que tener una concepción del poder en las RR.II. clara y realista, donde la complejidad y multiplicidad de lo real, de los intereses en juego, sea comprendida y afrontada: una geopolítica propia, un Proyecto Nacional. No es para mentes simples o binarias, de la clase política actual entreguista, ni tampoco para los militantes del campo popular mayoritario existente, extraviados en temas sin importancia.

El mundo que se está configurando es parte de una nueva etapa de la historia, de la economía, de la cultura, de las organizaciones políticas estatales y de sus características. Quiénes entren en él y en qué lugar se ubiquen es, en parte determinante, responsabilidad de los propios pueblos, si están en condiciones de generar una élite dirigente capaz de conducir un proyecto de largo plazo, con fortaleza, decisión, inteligencia y patriotismo. Estas etapas de transición, de desorganización de lo viejo y surgimiento de lo nuevo, son épocas de posibilidades… buenas y malas.

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