El espectro del fujimorismo

Algunas claves detrás de las elecciones peruanas

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La neutralidad política fue el denominador común del clima que imperó en la campaña electoral en Perú. Keiko Fujimori y Pedro Pablo Kuczynski (PPK), candidatos finalistas para la segunda vuelta electoral, coincidieron en múltiples puntos a la hora de anticipar sus planes de gobierno: trabajo, recaudación fiscal, inversión privada como motor de desarrollo, necesidad de infraestructura estatal para facilitar esa inversión. Un modelo económico que, en sentido general, fue idéntico en cada uno de ellos.

 

La polarización política que caracterizó a la segunda vuelta en 2007 y 2011 –cuando Alan García triunfó sobre Ollanta Humala, y luego Humala hizo lo propio frente a Keiko Fujimori–, fue reemplazada, en esta segunda vuelta de 2016, por discursos homogéneos centrados en elementos marginales a lo económico, que sirvieron como espacios de intercambio de acusaciones entre los candidatos.

 

Esta es la cuarta elección presidencial después de que Alberto Fujimori dejara el poder. En el país se la menciona como “la cuarta elección desde el retorno a la democracia”. Quedan fuera de esta frase, del lado no-democrático, los diez años de gobierno de “El Chino” Fujimori, conocido por disolver el Congreso en 1992 e instaurar la Constitución que rige hasta hoy, y que consagró las vías legales para la expansión del libre mercado en el país. Casos de corrupción, violación de derechos humanos y manipulación sistemática de los medios de comunicación, suman peso a esa suerte de zona oscura de la que el país ha intentado alejarse desde el año 2000, en el que Fujimori renunciara por fax desde Japón.

Esta es la cuarta elección presidencial después de que Alberto Fujimori dejara el poder. En el país se la menciona como “la cuarta elección desde el retorno a la democracia”.

Hasta la elección de 2011 existía una especie de recelo moral frente a todo lo que representara el fujimorismo. Con Alberto Fujimori preso, condenado a 25 años de cárcel por delitos de lesa humanidad, las inclinaciones políticas de los electores apuntaron a elegir cuadros que poco tuvieran que ver con el fujimorismo y que, a cambio, estuvieran preparados para la solución de problemas indispensables como el trabajo, la salud y la alimentación.

 

En 2006, por ejemplo, un 61% de peruanos opinaba que su problema principal era el desempleo. Alan García, electo presidente frente a un joven y radical Humala, fue visto como la alternativa para enfrentar ese conflicto. Diez años después, con la bonanza económica de los metales que aportó al crecimiento sustancial de la clase media, esa realidad cambió. El desempleo ha sido desplazado al tercer lugar de las preocupaciones inmediatas de los electores: sumando apenas un 39% de adherentes, es superado por el 49% de ciudadanos que ven en la corrupción el gran problema y por el 70% que entiende como tarea urgente para el nuevo mandatario la disminución de la delincuencia.

 

En esta campaña electora, Keiko Fujimori, con cuarenta años de edad, ha procurado apegarse de forma estricta a un libreto que potencializa los logros en los diez años de gobierno de su padre y echa tierra a todo lo que ella misma ha nombrado como “errores” del pasado. Desde 2011, años en que Humala le ganara las elecciones, Keiko ha viajado por todos los rincones del país –una práctica común en su padre– recordándoles a los peruanos que, en temas como la corrupción o el respeto a la ley, un Fujimori no es igual que otro Fujimori, pero que en otros, como el de la lucha contra la violencia o el cuidado de inversiones privadas en servicios públicos, pueden ser idénticos hasta en el más escabroso de los detalles. Y esa estrategia ha dado resultados. Con 73 congresistas electos en la primera vuelta, la mayoría del parlamento se garantiza fujimorista y con posibilidad de escuchar o no a sus opositores.

Keiko ha viajado por todos los rincones del país recordándoles a los peruanos que, en temas como la corrupción o el respeto a la ley, un Fujimori no es igual que otro Fujimori, pero que en otros, como el de la lucha contra la violencia o el cuidado de inversiones privadas en servicios públicos, pueden ser idénticos hasta en el más escabroso de los detalles.

Cuando en 1992, Alberto Fujimori disolvió el Congreso ocurrió, de acuerdo a lo observado por el antropólogo Carlos Iván Degregori, una suerte de “permutación” de libertad por bienestar económico. El razonamiento, decía Degregori, parece haber operado así: me restringen libertad a cambio de mejorar mi economía. La ausencia de un movimiento masivo de reclamo por el retorno a la democracia es uno de los avales de esta observación. Casi 25 años después, esa “permutación” parece operar de forma efectiva nuevamente del lado del fujimorismo. La eliminación de Sendero Luminoso, grupo maoista alzado en armas en busca del poder, cuyo líder máximo, Abimael Guzmán, fue capturado en el gobierno de Alberto Fujimori, es el hito que ha servido para relacionar a Keiko con la imagen de mujer firme, dueña de “mano dura” que, en el imaginario popular, la lucha contra la delincuencia necesita.

 

Del otro lado, Kuczynski, economista de 77 años, ha sido identificado como el candidato de las élites y su conocimiento principal, el manejo tecnocrático del país, no ha podido tumbar a ese símbolo que para los peruanos representa una serie de escisiones históricas, divisiones sociales y marginaciones económicas: la vejez.

 

En las semanas finales de este enfrentamiento se destaparon casos de corrupción y narcotráfico en gente muy ligada a ambos candidatos. Sin embargo, y de acuerdo a las encuestas de opinión, ninguno de esos casos ha servido para restarle o sumarle apoyo, de forma significativa, a Fujimori o Kuczynski. El clima de neutralidad volvió apática esta elección, y dejó la certeza de que ese recelo moral que antes impidió el regreso del fujimorismo al poder no existe más. Lo que las 20 millones de personas llamadas a votar encontraron en la papeleta electoral fueron los rostros de los dos claros representantes de lo que hoy por hoy es la política en el Perú.

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