El año de la CGT perdida

Balance de un 2017 con el sindicalismo partido y buscando su destino: del paro que, como el general Alais, siempre está llegando, a la relación con Balcarce 50.
Foto: Juan Vargas

La nueva crisis bifronte –interna y externa– con que la CGT cierra 2017 puede resumirse en un cantito que sonó fuerte en las últimas semanas, en medio del repudio callejero a la reforma jubilatoria, la represión policial y el rugir de las cacerolas. La rima, acuñada tiempo atrás y recobrada para la ocasión, dice con sorna: “¿Y dónde está, que no se ve, esa famosa CGT?”. Lejos quedaron otros versos, casualmente compuestos con el mismo ritmo y que decían con aires de advertencia: “Y ya lo ve, y ya lo ve, hay una sola CGT”. Eso cantaron los gremios que confluyen en la principal central obrera del país hace poco más de un año, cuando las diversas ramas cegetistas alcanzaron la tan mentada reunificación. Entre unas estrofas y las otras, entre el “y ya lo ve, y ya lo ve” y el “¿y dónde está, que no se ve?”, la Confederación General del Trabajo pasó de ser un potencial obstáculo para los planes del presidente Mauricio Macri a volverse un desafío real para el propio movimiento obrero organizado. El triunvirato, esa figura colegiada bajo la cual la CGT logró “juntarse” más que unirse, rápidamente fue dejando de lado el tono belicoso con que debutó, allá por agosto de 2016, para acumular desencanto entre sus bases y sufrir una sangría constante de legitimidad de cara al conjunto de la sociedad. Aquel “cuco” sindical, forjado en la doctrina vandorista de “pegar para negociar” y que venía de chocar de frente con la gestión de Cristina Fernández, terminó desangelado por el gobierno de los CEO’s y llegó boqueando a diciembre de 2017, todavía de pie sólo gracias al respaldo de dos pesos pesados de la vieja guardia, el camionero Hugo Moyano y el gastronómico Luís Barrionuevo.

 

Esta imagen final no sólo habla de la debilidad de una conducción que nunca pudo asentarse, sino también de la victoria obtenida por la Casa Rosada, que logró desactivar al triunvirato, aprovechando su escasa densidad dirigencial y su tendencia corporativista, para volverlo más una instancia de contención antes que de coordinación de la conflictividad. En ese camino, que acabó por  licuar la capacidad de la central para repeler una nueva andanada de políticas recesivas, Cambiemos también supo sacarle jugo al oscurantismo de gran parte de la conducción cegetista y a los desmanejos de muchos otros, así como a la pésima imagen pública del mundo gremial, con la eficaz ayuda de ese ariete de medios y justicia que suele asistir a Balcarce 50. El mérito del macrismo cobra real dimensión cuando se observa que, aún después de este proceso de deterioro y desprestigio, la CGT sigue siendo la mayor herramienta capaz de aglutinar y potenciar a los diversos sectores refractarios al proyecto del PRO. En definitiva, a pesar de todo, aún es una amenaza para el oficialismo.

 

Salando las heridas

Por el momento, la gran ocupación de la cúpula cegetista es mantener, aunque más no sea de forma artificial, la unidad de sus partes. La faena no es simple, tanto que viene siendo minada desde adentro. Abundan las muestras de que los gremios confederados atraviesan un cisma que llega hasta la losa y que hay un límite para la estrategia de apuntalar las paredes de la sede de Azopardo a fuerza de gestos políticos. Dicho esto, igual de cierto es que bajo determinadas circunstancias, ganar tiempo es ganar mucho. Por lo pronto, durante la reunión celebrada el 26 de diciembre, resurgieron los “padrinos” Barrionuevo y Moyano, para dar su respaldo al triunvirato, aunque de los tres secretarios generales uno decidió faltar, en una ausencia que no tuvo nada de casual. Al mini cónclave en la Unión Obrera de la Construcción (Uocra), gremio del “independiente” Gerardo Martínez, asistieron el portuario Juan Carlos Schmid y el estacionero Carlos Acuña, pero no estuvo el tercero en discordia, Héctor Daer, de los trabajadores de la Sanidad, defensor del triunvirato y, a la vez, de preservar a toda costa los canales de diálogo con el Poder Ejecutivo, en ese ejercicio de paciencia budista con que la CGT viene asimilando los embates del gobierno. Por fuera de los triunviros, Armando Cavalieri, de Comercio y referente de los “gordos”, fue otro ausente con esa línea de pensamiento que podría resumirse en la siguiente fórmula: ventilar las disidencias internas y desempolvar a Moyano no es sino una muestra de impotencia ante la Rosada.

“Abundan las muestras de que los gremios confederados atraviesan un cisma que llega hasta la losa y que hay un límite para la estrategia de apuntalar las paredes de la sede de Azopardo a fuerza de gestos políticos”

Tampoco estuvo Antonio Caló, que eligió no acompañar el operativo de rescate, lo que fue leído como una clara señal de apoyo al portazo que días antes había pegado Francisco “Barba” Gutiérrez, quien dejó su lugar como secretario de Interior de la CGT, llevándose consigo a la Unión Obrera Metalúrgica (UOM), que ya no es parte de la conducción de la central. El ex intendente de Quilmes renunció a su cargo por diferencias con Daer, al que responsabilizó por el fallido paro convocado ante la reforma previsional, el cual muchos consideraron tibio y testimonial, porque llegó tarde y no hubo movilización, además de que fue perdiendo adeptos con el correr de las horas.

 

La fractura metalúrgica tiene razones de larga data: en una CGT que hace tiempo es conducida por los gremios de servicios, son los sectores industriales los que están sufriendo con especial dureza los despidos, cesantías y cierre de líneas de producción. De hecho, a principio de año fueron los industriales quienes ejercieron presión para que la central obrera saliera de la pasividad y realizara una movilización, el 7 de marzo, junto a las dos CTA, donde llamó a un paro pero sin ponerle fecha. Esto provocó el repudio de muchos de los manifestantes, que coparon el escenario mientras Schmid, Daer y Acuña escapaban entre insultos y golpes. La huelga general –la primera sufrida por Macri– se concretó el 6 de abril, sin movilización y con profusas aclaraciones por parte de la cúpula sobre la necesidad de reencausar el diálogo. El tono más duro lo puso Pablo Moyano, hijo de Hugo: “Lo que queda claro es que acá el único que para al país es la CGT, ni los movimientos sociales, ni la izquierda ni otras centrales”, lanzó.

 

El cantito de 2018

La salida del “Barba” Gutiérrez y la UOM –que si bien sigue dentro de la CGT ya no respalda a su conducción– y el desplante de Daer y los “gordos”, son un contrapeso para la foto de sosiego que se intentó componer en la tregua del 26, donde incluso se ungió de palabra al triunvirato hasta los primeros meses de 2018, para pasar las fiestas en paz y llegar con cierta organización al comienzo de las nuevas negociaciones paritarias, donde las perspectivas no son nada alentadoras. En ese clima de efervescencia, otro que pateó el vitel toné fue Sergio Palazzo, titular de La Bancaria y dirigente de la Corriente Federal de los Trabajadores (CFT), una línea interna que agrupa a los sectores más activamente enfrentados al PRO y a sus socios gubernamentales. “Ya está dividida la CGT, está claro, porque hoy en los hechos no hay unidad”, aseguró Palazzo, quien también tomó como ejemplo lo ocurrido el 18: “La CGT expresa su rechazo total a cualquier forma de cambio de liquidación de haberes jubilatorios que trajera consecuencias negativas. Si tenés esa posición, ese día, mínimo, tenés que estar en la calle, y fue un paro sin movilización”, se quejó el secretario de los bancarios.

 

Ese punto, el paso de la pirotecnia verbal a la realidad efectiva, es la costilla que más le cuentan a un triunvirato que se va en palabras pero no concreta. Si a la CGT en su versión anterior, con Moyano a la cabeza, le salía fácil hacerle un paro al kirchnerismo, con el reclamo por ganancias como bandera repetida, a esta nueva CGT le cuesta horrores tomar medidas de fuerza y ganar las calles, a pesar de que el PRO avanza ya sin antifaz sobre los pilares del corpus normativo que sostiene muchas garantías laborales.

“El paso de la pirotecnia verbal a la realidad efectiva es la costilla que más le cuentan a un triunvirato que se va en palabras pero no concreta”

En su momento, ante la indiferencia del Ejecutivo, y mientras los secretarios quemaban pliegos de exigencias, ultimátums y gestos de buena voluntad, desde la CGT se cansaban en sostener: “No queremos aparecer como los chicos malos que hacen paro y no dejan gobernar”. Ese argumento expiró hace rato.

 

El 22 de agosto, la central marchó a la Plaza de Mayo junto a las dos CTA y a organizaciones sociales, en rechazo a las medidas de ajuste. La respuesta oficial fue inmediata. El PRO borró del organigrama a dos hombres del mundo sindical: Luis Scervino salió de la Superintendencia de Salud y Ezequiel Sabor dejó su cargo como viceministro de Trabajo de Jorge Triaca. Lo que detonó el escarmiento fue la convocatoria lanzada por Schmid, que aquel día llamó a un Comité Central Confederal para el 25 de septiembre donde se le pondría fecha a un nuevo plan de lucha. El gobierno llegó a amenazar con que la Oficina Anticorrupción exigiría a los líderes sindicales sus declaraciones de bienes. Las palabras de Schmid fueron desactivadas sin mayores explicaciones.

 

Desde entonces, junto con las sonadas causas judiciales que avanzaron sobre sectores sindicales y la acusación de “mafiosos” hecha por Macri y sus funcionarios, el gobierno no modificó en un ápice su postura con la CGT y la promesa es de mayor endurecimiento.

 

La pelota, de nuevo, quema y está en la cancha sindical, pero hace ya dos años que la central obrera no termina de definir a sus jugadores, la estrategia a seguir ni el cantito que bajará de la tribuna.

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