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Delmira Agustini: Las trágicas dualidades

Una adolescente prodigiosa entre un padre cautivado y una madre severa. La poética del Eros y su senda tanática. Los amores peligrosos y el destino trágico. Por Eduardo Silveyra

DATOS. La adolescente escribía poemas en su cuarto, el erotismo se derramaba en cada verso con el ímpetu propio de la edad. Las poesías escritas en hojas sueltas o en cuadernos se guardaban en el cajón de un escritorio de esa habitación burguesa, donde Delmira en las noches daba rienda suelta a sus ensoñaciones literarias y escribía febrilmente. Santiago Agustini, un burgués montevideano, descendiente de corsos, no era un amante de la literatura, según su propia revelación, pero comprendió enseguida que las composiciones de su hija a quien llamaba “La Nena” tenían valor literario, por lo cual decidió ser el corrector de estilo de su hija prodigiosa. La madre, María Murtfeldt, una severa descendiente de alemanes, también intuyó la valía de los manuscritos de su vástaga y puso al hermano mayor a mecanografiarlos. Una vez acabada esa tarea, María emprendía un recorrido por las redacciones de las revistas literarias y culturales de la época, como Rojo y Blanco, La Petite Revue, Apolo y La Alborada, donde la joven y bella Delmira no solo publicaba sus poemas a los 16 años, sino también una columna, La Legión Etérea, con semblanzas de mujeres destacadas de la sociedad burguesa montevideana de esos años, con el afrancesado seudónimo de Jou Jou. Uno de los textos que sobresalen por la prosa modernista estaba dedicado a la poetisa Eugenia Vaz Ferreira, unos años mayor que ella y con la cual traba una sólida amistad.

Venida al mundo en el Montevideo de 1884, como toda mujer nacida en cuna burguesa, Delmira fue educada puertas adentro por institutrices y profesores que le enseñaron, entre otras cosas, la elegancia del idioma francés y las habilidades para convertirla en una buena pianista y animadora de las reuniones de la alta sociedad. En los años de su nacimiento e infancia, en el Uruguay de ese entonces, aún reinaban las convulsiones políticas y es recién finalizada la guerra civil de 1904, con José Batlle y Ordóñez al frente del gobierno, que el país avanza hacia formas progresistas y modernas, un país que se diferencia del resto de los países latinoamericanos, al ser la Iglesia separada del Estado, tener jornadas laborales de 8 horas, ley de divorcio que contemplaba que la misma mujer pudiera solicitarlo y licencia por maternidad de 40 días, derechos propios de países europeos. La ciudad de Montevideo se convierte en un polo de atracción cultural, donde sobresale la figura de José Enrique Rodó y a la cual llegan personalidades como Rubén Darío, que desea conocer a la joven poetisa. Delmira ya publicó su primera obra, El Libro Blanco, con poemas cuyo erotismo está ligado al renacer de las fuerzas de la naturaleza desplegada sobre la libido del propio deseo:

La eléctrica corola que hoy despliego
brinda el nectario de un jardín de esposas;
para sus buitres en mi carne entrego
todo un enjambre de palomas rosas.

Darío, al leer una poética tan virtuosa, queda arrobado por el maravilloso encuentro. La loca frescura y belleza de la joven poeta hacen otro tanto. Surge así una amistad enamoradiza por parte del creador del modernismo y una correspondencia epistolar, que lleva al nicaragüense a prologar el segundo poemario de Delmira, Los Cálices Vacíos en 1913.

AMORES. No solo Rubén Darío cayó rendido por los encantos físicos y literarios de la montevideana, otros como el dandy y poeta anarquista, Enrique de las Carreras y el escritor argentino Manuel Ugarte, también sucumbieron ante el embeleso prodigado por la encantadora muchacha. De todos ellos, solo Manuel Ugarte fue correspondido con encuentros fugaces tanto en Montevideo como en Buenos Aires y con un intercambio de fogosas cartas. Sin embargo, Delmira no vislumbra en su porvenir un marido literato, busca otra cosa. Es así que elige como novio a Enrique Job Reyes, un joven comerciante montevideano, cuyo principal interés son las transacciones con ganado vacuno y al cual la literatura le era un hecho totalmente ajeno. Se puede afirmar que el único atributo del anodino Enrique Job –vaya nombres– era su porte atlético. Un cuerpo atractivo para los intereses eróticos y poéticos de Delmira Agustini, hablamos de una atracción física que era mutua y generada en ese ámbito de dualidad que ella crea en las márgenes de su existencia.

De haber nacido en la Austria del 1900, seguramente la uruguaya hubiera sido un caso de doble personalidad analizado por Freud en los albores del psicoanálisis, aunque esta suposición no tenga sentido si se trata de mostrar el universo de lo ambivalente, de lo dual del universo creado tanto en lo real como en lo mítico, donde algunos críticos la llaman “Niña Virginal” y otros “Pitonisa de Eros”. Esto también se replica en el lenguaje epistolar, donde suele emplear un lenguaje infantil del tipo “Tu quelida nenita” en esquelas dejadas a su padre y “Quique mío terido, La Nena sempe para ti, está loquita por verte”, en cartas amatorias enviadas al apolíneo Reyes.

Se especula, y no sin razones, de la férrea tutela germánica ejercida por la madre, María Murtfeldt, una influencia que burla cuando el 14 de agosto de 1913 se casa con Enrique Job Reyes, a pesar de la oposición materna a dicha boda. Los deseos casamenteros de María eran ver a su hija casada con un hombre de letras famoso y respetable, alguien como el escritor Manuel Ugarte y del cual Delmira estaba enamorada y a quien, segundos antes de dar el sí, le dijo furtivamente:

—Sos vos quien tiene ese altar. Aún hay tiempo.
—No, no —fue la lacónica respuesta.

Es posible que el argentino haya sido su gran amor, las cartas entre ambos así lo permiten conjeturar, pero en ese momento Ugarte se tornó de pronto en un invitado entre azorado y cauto al declinar la oferta, la cual hubiera derivado en un escándalo, que seguramente hubiera sido sobrellevado con el estoicismo propio de la audacia de Delmira Agustini.

FINAL. A los 53 días de concretada la boda, Delmira abandonó a Enrique, la expansión de la sexualidad casi cotidiana dejó las auras eróticas y poéticas para convertirse en una simple vulgaridad extenuante y tediosa. Asfixiada por esa atmósfera de aromas corporales desencantados de toda provocación, vuelve a la casa familiar donde le confiesa a su madre estar cansada de tanta vulgaridad y días después inicia los trámites de divorcio. En ese lapso, Enrique, que también es Job, soporta como solo un obseso lo haría el abandono de su amada, como si una divinidad lo hubiese hecho, y tapiza las paredes del cuarto de hotel a donde se ha mudado con fotografías, retratos, pinturas y otros recuerdos de Delmira. En la febrilidad de las noches insomnes, Enrique Job le achaca la culpa de la separación a la influencia perniciosa de la madre. Esa simplicidad de pensamiento no le permite conjeturar otra relación amorosa devenida del sentimiento poético de su exesposa y de sus concepciones eróticas.

Ha corrido casi un año desde el momento del casamiento hasta la casi concreción del divorcio, en ese lapso volvieron a encontrarse con Enrique e inauguraron el suceder de una nueva sexualidad, acompañada por cartas y esquelas amatorias. Delmira, que todo lo transformaba como sacerdotisa de un Eros que enfrenta a Tánatos, ha convertido a su exmarido en amante. Las citas y encuentros se suceden, la madre, María Murtfeldt, reprueba ese acontecer; sin embargo, esa tarde del 6 de julio de 1914, antes de salir de la casa familiar, ella la consuela y le dice:

—No te preocupes, hoy se acaba todo.
—Es lo mejor —le contestó María Murtfeldt, con expresión trémula.

Delmira camina con calma por esas calles cercanas a la rambla montevideana, puede sentir el murmullo del oleaje del Río de la Plata embravecido por el viento cuando baja por la calle Andes. Al llegar al hotel sube las escaleras y después entra en el cuarto desordenado. Enrique se levanta, la abraza y la besa sin mediar palabras, como entregado a un acto de amor salvaje que ella sigue como si fuera un juego. De pronto la aparta con un empellón y cae sobre la cama, sorprendida no atina a nada. Él saca un revólver del bolsillo de su pantalón y dispara dos veces, luego se lleva el arma a la sien y se dispara. 48 horas separaron una muerte de la otra. Así acabó todo, con tres estampidos y dos puñados de silencio.

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