A diez años de la renuncia de Benedicto XVI

Repasamos la historia del Papa anterior a Francisco, su renuncia y lo que significo esta para el mundo eclesiástico.

Una humilde reflexión personal

“Yo, Celestino, quinto de nombre, movido por causas legítimas, que son la humildad, el deseo de una vida más perfecta y el de no lastimar mi conciencia, la debilidad de mi cuerpo, mi falta de conocimientos, la malignidad de los pueblos; y con el propósito de encontrar la soledad y la consolidación de mi vida pasada, abandono voluntaria y libremente el pontificado y renuncio expresamente a este cargo, a esta dignidad, a este pesado honor, dando a partir de este momento al Sacro Colegio de los cardenales la plena y libre facultad de elegir canónicamente a un pastor para la Iglesia universal

(…) Cuando Celestino con su mano llama la atención y comienza su discurso, en el grupo de los informados hay asombro, se fruncen cejas.

Lo que se prepara no estaba previsto:

–Hermanos, dice Celestino, hace un momento he escuchado aquí, en este lugar santo donde nos hemos reunido en presencia de Dios, la palabra complot. Palabra desgraciada. Palabra lamentable. Palabra mentirosa. Lo he dicho, dejo libremente la dignidad con la cual el sacro colegio me había investido. Esta decisión, lo repito, es Dios quien me la ha dictado, sin equívoco, directamente, acordándome una gracia insigne…

–¡Ruega por nosotros, Pietro da Morrone, grita con vos alterada el cardenal Pietro Colonna y ruega por la Iglesia que dejas sin pastor!

Celestino se vuelve hacia él:

— Ruega, mi hermano, ruega con toda tu alma por aquel que fue tan pobre pastor. Sale en silencio y vuelve radiante a la celda que como Papa ocupará y que como ermitaño reencuentra.”

Jean Ferniot (1982), “El poder y la santidad”, Atlántida, Bs. As., pp. 232; 234-235.

Ahora que Harrison Ford está por regresar en el papel del arqueólogo más famoso del cine, cabe recordar que en «Indiana Jones y la última cruzada», la tercera «clave» para acceder al «santo grial» era «el camino de Dios». Indy se dio cuenta de que ese camino en realidad suponía un salto, el «salto de la fe». El mismo que hace diez años dio Benedicto XVI.  Su humildad confiada y su valentía nos permitieron vivir una nueva primavera, liderada por Francisco.

Este 11 de febrero, fiesta de Nuestra Señora de Lourdes, se cumplieron diez años de la revolucionaria renuncia de Benedicto XVI al papado. Como se sabe, este gesto ha abierto un proceso de reforma en la Iglesia, con su sucesor, Francisco, como su principal impulsor desde marzo de 2013. Al mirar atrás, tal vez, lo peor que podemos hacer es quedarnos solamente con la imagen que la gran prensa se formó de esa renuncia, algo presentado meramente como producto de desmanejos en el gobierno 

eclesial, los escándalos, los Vatileaks, etc. Sin soslayar la existencia de aspectos problemáticos, de todos modos podemos preguntarnos: ¿qué había de “teológico” en ese gesto de Ratzinger, llamado “el Papa teólogo” (antes de convertirse en el “Papa monje”)? Remarco el rol de cierta prensa porque nos sigue llamando la atención que muy pocos recordarán que la literatura ya había “novelado” un gesto de esas características. Hay que decir que así como Morris West (con varios de sus libros llevados al cine) acertó en Las sandalias del pescador al anticiparse en más de veinte años a que sería elegido un Papa de la órbita soviética (fue el caso de Juan Pablo II), también dio en el clavo cuando en Los bufones de Dios se adelantó treinta y dos años al imaginar la renuncia de otro Pontífice –luego de haber recibido este una revelación según la cual el fin del mundo era inminente–, y su posterior reclusión en un convento. Mucho menos conocido es el libro de Jean Ferniot (autor ignoto), quien en su novela El poder y la santidad aborda los dilemas de Celestino V, quien renunció en 1294, dando paso al bravo Benedetto Gaetani, conocido como Bonifacio VIII, el cual publicó la tristemente famosa Bula Unam Sanctam, donde se sometía el orden temporal al espiritual, tejiendo así otro nudo en el largo y, a veces, enredado hilo del vínculo política y teología.

De todas maneras, como sabemos, la realidad supera a la ficción y Joseph Ratzinger- Benedicto XVI era –como a veces se ha dicho un tanto simplonamente– un teólogo y profesor para ser leído, antes que para ser visto.

Algunas palabras, claves interpretativas

Como opinan algunos, tres expresiones –separadas entre sí, por algunos días– dejaron ver a la mayoría del Colegio Cardenalicio que el entonces Cardenal Ratzinger era el más indicado (a contramano de sus deseos) para ser elegido como sucesor de San Juan Pablo II: en primer lugar, cabe recordar las meditaciones que el entonces Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe escribió a pedido del entonces Papa (ya muy enfermo) para el Vía Crucis del Viernes Santo de 2005. En relación a la 9º estación, “Jesús cae por tercera vez”, Ratzinger señalaba:

“¿no deberíamos pensar también en lo que debe sufrir Cristo en su propia Iglesia? (…) ¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a él! ¡Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia! (…) También esto está presente en su pasión (…). Señor, frecuentemente tu Iglesia nos parece una barca a punto de hundirse, que hace aguas por todas partes. Y también en tu campo vemos más cizaña que trigo. Nos abruman su atuendo y su rostro tan sucios. Pero los empañamos nosotros mismos. Nosotros quienes te traicionamos, no obstante los gestos ampulosos y las palabras altisonantes. Ten piedad de tu Iglesia (…) Salva y santifica a tu Iglesia. Sálvanos y santifícanos a todos”.

En segundo lugar, la emotiva homilía con la cual despidiera al Papa polaco en los funerales, los primeros en los cuales las delegaciones ecuménicas tuvieron un rol destacado en los ritos de despedida. Ratzinger finalizó diciendo: 

“(…) Podemos estar seguros de que nuestro amado Papa está ahora en la ventana de la casa del Padre, nos ve y nos bendice. Sí, bendíganos, Santo Padre. Confiamos tu querida alma a la Madre de Dios, tu Madre, que te ha guiado cada día y te guiará ahora a la gloria eterna de su Hijo, Jesucristo Señor nuestro”. 

La multitud aplaudió.

En tercer lugar, la referencia lúcida y firme al Colegio Cardenalicio en la misa pro eligendo Pontifice de “una fe que sigue las olas de la moda y la última novedad” postrada ante “la dictadura del relativismo”, frente a “una fe profundamente arraigada en la amistad con Cristo”, que a su vez “nos abre a todo lo que es bueno y nos da el criterio para discernir entre lo verdadero y lo falso, entre el engaño y la verdad”.

Si estas fueron las tres expresiones, por así decirlo, para entrar al pontificado, propongo que veamos ahora cuáles fueron las dos utilizadas para salir del ejercicio activo del ministerio petrino.

Como recuerdan desde la agencia ANSA, era día festivo para el Vaticano, aquel 11 de febrero de 2013. Se recuerda que todos los años, además de la Virgen de Lourdes, se celebra el aniversario de los Pactos de Letrán, y se reducen los horarios de atención. En la sala de prensa de la Santa Sede no hay un lleno total no solo por la celebración, sino también porque la única cita del día es un consistorio de rutina para fijar la fecha en la que serán proclamados santos los mártires de Otranto. Pero esa cita tiene un giro inesperado que cambiará el rumbo de la historia de la Iglesia, quizás también de la historia en general. El Papa Ratzinger habla a los cardenales en latín para decirles que no han sido convocados sólo para esas canonizaciones: “(…)Conscientia mea iterum atque iterum coram Deo explorata ad cognitionem certom perveni vires meas ingravescente aetate non iam aptas esse ad munus Petrinum aeque administrandum (…)” (Después de haber examinado repetidamente mi conciencia ante Dios, he llegado a la certeza de que mis fuerzas, debido a la edad avanzada, ya no son adecuadas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino).

Así, por un lado, aparecen unidos papado y conciencia, tema que remite a un autor que Ratzinger había estudiado mucho: John Henry Newman. Este anglicano convertido al catolicismo afirmó en 1874 que “la conciencia es el primero de todos los vicarios de Cristo” (Carta al duque de Norfolk, 5). Comentando el célebre “brindis doble” de Newman, el entonces Cardenal Ratzinger realizó en 1991 una afirmación muy original, señalando que el papado “sólo se entiende rectamente cuando se lo ve junto con el primado de la conciencia; y por tanto no opuesto, sino mas bien fundado y por ella garantizado”, agregando que «sin conciencia no habría papado” (Ratzinger, 1991: digital). Es en este contexto que Julio Martínez, SJ, pudo decir y pedir: “Un brindis por la autenticidad de Benedicto XVI: el poder del Papado es poder de la conciencia”.

Por otro lado, la mención a la fórmula “ingravescente aetate”, recuerda la disposición de San Pablo VI de 1970 que fijaba un límite de edad para los obispos. Desde ANSA, entendían tal alusión de la siguiente manera: “Y ahora Benedicto XVI siente que ese límite también lo llama a él. Un flash de ANSA a las 11:46 horas informa al mundo de esta decisión, sin precedentes en ocho siglos”. La vaticanista Giovanna Chirri fue quien difundió la noticia.

Cabe recordar que, según apuntan algunos, el joven Ratzinger, en tanto perito en el Concilio Vaticano II, fue uno de los más fervientes impulsores de que los cargos en la Iglesia fueran ejercidos sólo hasta cierta edad, como de hecho ocurre hoy con los obispos ordinarios. Así, el Papa Pablo VI recogió en parte estas indicaciones venidas de la discusión conciliar y publicó el referido Motu proprio Ingravescente aetatem, que excluye el ejercicio de cargos por parte de los cardenales cuando han cumplido ochenta años. Con su renuncia, el último Papa que participó del Concilio Vaticano II aplicó para sí mismo esas disposiciones surgidas al calor del acontecimiento conciliar.

Antes de decir algunas palabras sobre el sentido de la renuncia, cabe destacar la vocación de Benedicto XVI por los gestos de estas características. Al asumir en abril de 2005, puso en su escudo una mitra en vez de la tiara papal, asociada en parte al poder temporal de los pontífices. Luego, en 2006, renunció al título de “Patriarca de Occidente”, signo en favor de la unidad de las iglesias cristianas, como contribución al ecumenismo. En 2009, en su visita a la región italiana de los Abruzos, sacudida por un terremoto, dejó sobre los restos de su admirado Celestino V el palio que le habían colocado al inicio de su ministerio. Si a todo esto se suman las ocasiones en las cuales le

pidió (infructuosamente) a Juan Pablo II dejar la prefectura de la Congregación para la Doctrina de la Fe, se puede percibir que tiene poco crédito aquella fama de adusto “bulldog de Dios” o “Panzer-Kardinal”, tal la caricatura que de él había hecho cierta prensa en los años 80‟, que con curiosa escasa capacidad de creatividad, profundidad y (paradójicamente) actualización, reapareció tras su fallecimiento el último día de 2022, idea cristalizada lamentablemente aún en no pocos fuera y dentro de la Iglesia. Si para estos sectores el lema de Ratzinger-Benedicto XVI “Cooperadores de la Verdad” podría interpretarse –tergiversadamente– como muestra de intransigencia, la expresa admisión de ser “un simple y humilde trabajador de la viña del Señor” –tal como se presentó al mundo al ser elegido Papa en 2005– y los expresos pedidos de perdón en el texto de la renuncia y en su “Testamento espiritual”, permiten aproximarse desde otra perspectiva. Muestra de su predisposición al diálogo, con firmeza y cordialidad, son los célebres encuentros con intelectuales de la talla de Jürgen Habermas, Julia Kristeva, Paolo Flores d’Arcais o el propio Hans Küng.

Pero más allá de todo esto, expresión acabada de una razón amante y de una caridad en la verdad, lo constituye su búsqueda personal del verdadero rostro del Señor, fruto de la cual surgió la trilogía dedicada a Jesús de Nazaret. La obra se volvió un destacado complemento de su Magisterio de lo esencial. Justamente para el dulce nazareno fueron las últimas palabras de Benedicto XVI, dichas en su lengua materna, compartida con su admirado Mozart, el idioma de su corazón: “Jesus, ich liebe dich” (“Jesús, te amo”).

Significados de la renuncia

Además de lo dicho, el texto de la renuncia papal ha permitido ver a este gesto como plenamente inserto en el legado del Vaticano II (Femminis, en L’ Osservatore Romano, 15/03/2013). Es de destacar que dentro de la propia Curia no faltaron expresiones a través de las cuales se transparentaba que la abdicación de Benedicto XVI estaba sacudiendo a la Iglesia y al propio papado. Así como el Decano del Colegio cardenalicio evocó en esos días el fin de la misión de la Iglesia en la perspectiva apocalíptica (Sodano, en L’ Osservatore Romano, 03/03/2013), El Cardenal Kasper habló de un “terremoto” y de un cambio (una pérdida) en “el aura sagrada” alrededor del pontificado (Kasper, en Aleteia, 21/02/2013), de forma que la renuncia de Ratzinger “desautoriza” cierto espiritualismo y “desmitifica el papado” (Vide, 2013: 100 y 102).

Por otra parte, se ha advertido que la abdicación de Benedicto XVI tiene un significado relevante en el contexto de la globalización, rebasando así los límites de la propia Iglesia.

En este sentido, en El misterio del mal. Benedicto XVI y el fin de los tiempos, Agamben sostiene que la renuncia del Papa actualiza –en lo específicamente teológico– el drama histórico del pontificado y –en lo estrictamente político– “atrae con fuerza la atención a la distinción entre dos principios esenciales de nuestra tradición ético-política, de la cual nuestras sociedades parecen haber perdido toda conciencia: la legitimidad y la legalidad” (Agamben, 2013: 12, cursiva nuestra). Respecto a lo primero, y junto con el mencionado autor, es posible ver en la renuncia del Papa –según gestos y reflexiones teológicas del propio Ratzinger– “algo así como una discessio, una separación de la Iglesia decora (justa, santa) respecto de la Iglesia fusca (pecadora, negra)”, según la doctrina de Ticonio –un teólogo del siglo IV estudiado por Ratzinger– del cuerpo eclesial bipartito, a partir del cual el mysterium iniquitatis, el misterio del mal, no sería ajeno a la Iglesia (Agamben, 2013: 26). En este sentido, su renuncia “sacó a la luz el misterio escatológico en toda su fuerza disruptiva”, constituyendo así una decisión de “un coraje que hoy adquiere un sentido y un valor ejemplares” (Agamben, 2013: 11 y 30).

Por otra parte, y partiendo de que el teólogo Metz señaló que la renuncia del Papa demostraba “la temporalidad del ministerio”, Reyes Mate apuntó que dicho gesto significa la recuperación del tiempo en el cristianismo, en tanto tiempo bíblico de salvación, caracterizado como apocalíptico y escatológico. Esto implica “reivindicar el espíritu de Israel” y recuperar la “justicia mesiánica” plasmada en el “aquí y ahora” de las bienaventuranzas de Jesús, el Compasivo (Reyes Mate, 2013: 146-147). Con su abdicación, Ratzinger habría marcando una “interrupción”, entendiendo por ésta tanto un quiebre en la forma “atemporal” o “eternizante” de cierto “vocabulario eclesiástico”, como una recuperación de la memoria, acabando con la lógica “que construye la historia sobre la base del sufrimiento ajeno”, para ponerse –dice Reyes Mate– en la perspectiva de pensadores como Rosenzweig, para quien “tomar en serio el tiempo es necesitar al otro” (Reyes Mate, 2013: 163-164, 167).

Por último, en términos más poéticos, en El sendero del campo, Martin Heidegger decía: “¿Habla el alma? ¿Habla el mundo? ¿Habla Dios? Todo habla de la renuncia en lo mismo. Esta renuncia no quita. La renuncia da. Da la inagotable fuerza de lo sencillo. Ese buen consejo hace morar en un largo origen.”

Un buen pastor sucede a otro buen pastor

“Jean Marie Barette, más conocido como Papa Gregorio XVII firmó un instrumento de abdicación, se quitó el anillo del Pescador, entregó su sello al cardenal camarlengo y pronunció unas pocas palabras de despedida.

–Y así, hermanos míos, todo se ha consumado (…). Estoy cierto de que ustedes explicarán adecuadamente lo que ha ocurrido tanto a la Iglesia como al mundo. Espero que elijan a un hombre bueno. Dios sabe cuánto lo necesitan”.

Morris West (1981), “Los bufones de Dios”, Javier Vergara Editor, Bs. As., p. 11.

Ya en su retiro cuasi eremítico, Peter Seewald (2016) le preguntó al primer Papa emérito de la historia de la Iglesia, Benedicto XVI: “¿Se ve usted como el último Papa de una era antigua o como el primero de una nueva era?”, a lo que Ratzinger respondió: “Diría que estoy entre dos épocas”, afirmación que mereció una repregunta: “¿Como un puente, como una suerte de vínculo entre dos mundos?”, y a esto la respuesta de Ratzinger fue: “Yo no pertenezco ya al mundo antiguo, pero tampoco el nuevo existe realmente aún” (de estas palabras bien podrían tomar nota tanto quienes quieren volver hacia atrás el reloj de la historia como quienes quieren acelerarlo más de la cuenta).

Otra pregunta interesante fue “¿Reformador o conservador?”. A lo cual Benedicto XVI respondió con su lucidez característica: “Siempre es preciso hacer ambas cosas. Hay que renovar, por lo que he intentado abrir camino hacia delante desde una reflexión moderna sobre la fe. Al mismo tiempo, se necesita también continuidad; es importante no permitir que se desgarre la fe, que se quebrante”.

El diálogo con el periodista avanzó sobre otros puntos, declarando que puesto que “Cooperador de la verdad” ya era su lema, “también puede figurar en mi lápida”, dijo el Papa emérito.

La última pregunta y respuesta de esas Últimas conversaciones, revelan el carácter de la persona que había dado aquel paso revolucionario en febrero de 2013 y que tendría más años como emérito que como Papa en actividad: “Una última pregunta en estas últimas conversaciones: el amor es uno de sus temas centrales, como estudiante de teología, como catedrático, como Papa, ¿qué lugar ha ocupado el amor en su vida? ¿Cómo ha sentido y gustado usted el amor, cómo lo ha vivido con sentimientos profundos? ¿O era más bien una cuestión teórica, filosófica?”, a lo cual Ratzinger, tímido y valiente al mismo tiempo, respondió: “No, no, de ninguna manera. Cuando uno no lo ha sentido, tampoco puede hablar de él. Lo sentí primero en mi casa, con mi padre, mi madre, mis hermanos. Por lo demás, no me gustaría entrar ahora en detalles personales; en cualquier caso, lo he vivido en diferentes formas y dimensiones. He cobrado creciente conciencia de que ser amado y devolver amor a otros es fundamental para poder vivir, para poder decirse sí a uno mismo y poder decir sí a los demás. Por último, cada vez he visto con mayor claridad que Dios mismo no solo es, por así decirlo, un gobernante poderoso y un poder lejano, sino que es amor y me ama; de ahí que la vida deba estar moldeada por él, por esa fuerza que se llama amor”. Por ese amor agradecería en su “Testamento espiritual” a su familia, a muchas personas que le fueron confiadas y al mismo Dios.

Ese “hombre bueno” al que aludía el Pontífice renunciante imaginado por Morris West y que preferimos designar también como buen pastor, es Francisco. Al finalizar la homilía del inédito funeral en el cual un Papa despidió a su predecesor, Francisco expresó: “(…) Es el Pueblo fiel de Dios que, reunido, acompaña y confía la vida de quien fuera su pastor. Como las mujeres del Evangelio en el sepulcro, estamos aquí con el perfume de la gratitud y el ungüento de la esperanza para demostrarle, una vez más, ese amor que no se pierde; queremos hacerlo con la misma función, sabiduría, delicadeza y entrega que él supo esparcir a lo largo de los años. Queremos decir juntos: «Padre, en tus manos encomendamos su espíritu. Benedicto, fiel amigo del Esposo, que tu gozo sea perfecto al oír definitivamente y para siempre Su voz”. Así se despidió del buen pastor que además había tenido el don de una inteligencia sin miedo, sin fatiga y sin orgullo.

En el vuelo de regreso de su viaje a África en este 2023, Francisco se refirió a Benedicto XVI diciendo: “siempre estaba a mi lado, apoyándome, y si tenía alguna dificultad, me lo decía y hablábamos. No hubo problemas”. Agregando que era “una persona tan buena, tan de Dios, casi diría un Santo Padre de la Iglesia” (cit. en J. Bastante, Religión Digital, 5/02/2023). Esta expresión es en sí misma significativa, porque aproxima a Ratzinger-Benedicto XVI al nivel de figuras señeras del cristianismo, como San Agustín, San Ambrosio, San Juan Crisóstomo y San Atanasio, que –según plasmaría Bernini con el esplendor del arte barroco– sostienen la Cátedra de San Pedro.

Nadie podría decirlo mejor que el Papa Francisco, rescatando a Benedicto XVI de las apropiaciones “de partido”, de las instrumentalizaciones ideológicas. Por eso, al evocar su valiente y humilde renuncia, la cual abrió las puertas a una nueva primavera en la Iglesia, con la gran Teresa de Jesús expresamos: “Señor, no nos quejamos porque te lo llevaste… solamente queremos darte gracias porque nos lo diste”.

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