Argentina: las elecciones y los dilemas del postneoliberalismo

El triunfo de Cristina Fernández de Kirchner (CFK) en las pasadas elecciones del 28 de octubre no sorprendió a nadie en la Argentina ni en el resto del mundo. Esta vez, con pronósticos más o menos cercanos al resultado final, las consultoras de opinión no fallaron demasiado. Se podrá discutir largo sobre la explicación de…

El triunfo de Cristina Fernández de Kirchner (CFK) en las pasadas elecciones del 28 de octubre no sorprendió a nadie en la Argentina ni en el resto del mundo. Esta vez, con pronósticos más o menos cercanos al resultado final, las consultoras de opinión no fallaron demasiado. Se podrá discutir largo sobre la explicación de las cifras alcanzadas por la segunda mujer que llegará a la presidencia argentina. La primera, de triste memoria, fue Isabel Martínez, la viuda del Gral. Perón. Nadie puede discutir seriamente que la clave principal del triunfo de CFK está en la economía.

La rápida recuperación de la economía argentina en los últimos cuatro años hizo olvidar los momentos dramáticos de la depresión económica que, iniciada en 1998, fue profundizándose a lo largo de casi un lustro, demoliendo a su paso lo poco que había dejado en pie la obra depredadora del neoliberalismo, que se instaló a partir de 1976 terminando su tarea durante el largo período de Carlos Menem. Y como broche de oro, el hundimiento de la convertibilidad y la inevitable devaluación que pulverizó salarios e ingresos de los más pobres.

En los últimos años la actividad económica tomó un ritmo del que se había perdido memoria; los trabajadores formalizados, que son algo más de lo que eran durante la crisis, pudieron discutir salarios, mejorando notablemente su situación aquellos que por las relaciones de fuerza con el capital se encuentran en condiciones de pactar condiciones de ingresos y condiciones de trabajo más ventajosas. Los que subsisten con empleos en negro mejoraron muy poco.

El gobierno no fue pasivo en las negociaciones, y hasta los tribunales de trabajo, siempre sensibles al péndulo de la historia, dictaminaron a favor de los trabajadores en casos idénticos que en el pasado habían emitido un fallo exactamente contrario. Las tarifas de los servicios públicos, en general, una de las más elevadas del mundo – ya sea en dólares o euros – en los tiempos de Menem y de Fernando de la Rúa, fueron congeladas hasta hoy. Con políticas que pueden ser discutidas desde lo técnico, pero cuyo resultado final se mide en los bolsillos de los más pobres.

Porque es una mentira absoluta que la depresión económica 1998-2002 fue sentida igual por los pobres y los ricos o los medio ricos. Lo mismo pasó con los efectos de la hiperinflación de 1989-1990. Los más ricos de la Argentina hicieron negocios espectaculares, siempre. Con hiper o con recesión. Los que estaban informados no cayeron en el corralito y encontraron refugio para sus capitales contantes y sonantes. De este modo volvieron con dólares cuando el peso estaba por el suelo.

Y también tuvieron la fortuna de revalorizar sus activos inmobiliarios y el capital constante al momento de la recuperación de la actividad, al punto que los que entonces abandonaron las empresas – que tuvieron que ser gestionadas por sus trabajadores como una medida de supervivencia – hoy van a los tribunales a reclamar por los derechos de propiedad. Durante el tétrico enero de 2002, mientras algunos ejercitaban el trueque para sobrevivir y otros participaban de las asambleas barriales, algunos seguían su vida normal.

Los restaurantes para el “target” ABC1 estaban repletos, algo que dejaba perpleja a una socióloga europea que había llegado a Buenos Aires para estudiar la rebelión popular. Certificando aquello de que a la vieja oligarquía argentina, devenida a través del tiempo en industrial o financiera, “no hay con qué darle”, o sea que es inmune a los sacudones del histórico serrucho de los ciclos económicos.

No es cosa de discutir aquí qué parte del éxito económico actual ha de atribuirse a la gestión del gobierno de Néstor Kirchner y qué parte corresponde factores extraordinarios de orden externo: precios y demanda en alza de los productos de los que la economía argentina es históricamente competitiva, así como el impacto en la Argentina del nuevo ciclo abierto en América Latina.

Sin embargo, hay que destacar que el gobierno pudo reestructurar la deuda externa, considerando premisas que no habían sido abordadas por las anteriores negociaciones, siempre subordinadas a los dictados del capital financiero internacional. También aumentó a los jubilados – cuyos ingresos habían sido congelados y depreciados por más de una década-, al tiempo que comenzó tímidamente a desactivar la trampa de la jubilación neoliberal, con la posibilidad de retornar al sistema solidario de reparto, que la antigua legislación había bloqueado.

Todos estos puntos deben ser sumados a la hora de preguntarse sobre los motivos del voto al kirchnerismo. Seguramente la diferencia entre el neoliberalismo y el posneoliberalismo sea totalmente insuficiente para los que solamente sueñan con la toma del Palacio de Invierno como el único camino del progreso.

Obviamente, la economía no se traduce en la política automáticamente, sin mediaciones y matices. El oficialismo diseñó una ingeniería electoral para llegar a casi el 45 por ciento de los votos. La novedad de este proceso electoral está en que la oposición no tuvo otra estrategia que la dispersión del voto y la incoherencia. Dicho de otro modo, la oposición trabajó en todo momento para Kirchner.

Un primer resultado de este cuadro fue le inexistencia del debate político en la campaña, la inevitable disolución de las ideas en el slogan, en la técnica publicitaria. Al punto que si computamos los pesos contenidos en cada voto, de acuerdo a lo gastado por los candidatos, Jorge Sobisch -el asesino del maestro Carlos Fuentealba- y Alberto Rodríguez Saá, tienen los mayores problemas para explicar el origen, el monto y el sentido de lo “invertido”.

Finalmente, una campaña deslucida, aburrida como pocas, llevó a profundizar la anomia ciudadana. Grave, por cierto, para la recuperación de la centralidad de la política, un motor decisivo para el derrotero del posneoliberalismo. Cualquiera que sea la profundidad de los cambios democráticos que se pretendan, abandonar el terreno de la política y de la movilización del pueblo es la mejor contribución a la llamada crisis de representación, que antes que nada es la certeza de las ciudadanas y los ciudadanos de que las cosas importantes se cocinan fuera del espacio público.

En efecto, fueron a votar solamente un poco más del 71 por ciento de los que figuran en el padrón, es decir, que los que no sabemos cómo piensan constituyen el partido mayoritario del país. Un hecho casi inédito, o por lo menos, del que no se tenía noticia desde 1928, en la Argentina, pero ya repetido en otras partes.

Aunque, de todo el espectro político, es a la llamada izquierda a la que el espejo del 28 de octubre devuelve la imagen del peor fantasma. Fragmentada en centenares de grupos, cada uno con su gurú, repite un discurso que sirve para todos los tiempos.

De este paisaje desolador habría que destacar, sin embargo, el novedoso lanzamiento de Fernando “Pino” Solanas, quien con tres meses de campaña alcanzó a concitar alguna expectativa, así como la reelección de Claudio Lozano, economista de la CTA (Central de Trabajadores Argentinos), que difícilmente se habría concretado sin un proyecto más abarcativo que la disputa local en la Ciudad de Buenos Aires.

Cabe recordar que Lozano había ingresado en la Cámara de Diputados como primer candidato de una de las listas que llevó al ex frepasista Aníbal Ibarra al gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.

En el período que se abre, Pino Solanas podría ser el eje de la reconstrucción de un proyecto de centroizquierda bien definido, en la medida que pueda expresar un programa más amplio que la consigna de recuperación del patrimonio nacional, importante por cierto, pero insuficiente como articulador del gran debate aún pendiente en las corrientes que se autodefinen como progresistas. Es, posiblemente, el gran espacio vacante en la política argentina.

Tras las elecciones, Elisa Carrió, la segunda fuerza electoral a varios millones de votos de distancia de CFK, ha ratificado la apuesta de disputar el espacio del centro derecha con Mauricio Macri. Carrió cree que izquierda y derecha son conceptos del pasado. Sin embargo, los hechos son más tozudos que el concierto de los posmodernos que la rodean.

En los cuatro próximos años, Cristina Fernández de Kirchner estará obligada a demostrar si expresa en lo económico y en lo político el curso hacia el posneoliberalismo. Para ello tiene que cambiar la matriz de acumulación o, como otros prefieren decir, una nueva estrategia de desarrollo. De no lograrlo, o por lo menos intentarlo, la Argentina – poco más o poco menos próspera – será igual o parecida a la del primer centenario. Habrá dejado pasar una de esas coyunturas internacionales que permiten diseñar todo de nuevo.

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Carlos Abel Suárez es miembro del Consejo de Redacción de SINPERMISO

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