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“Dante Gebel es un estereotipo que no representa la realidad de miles de pastores”

Una entrevista a la periodista evangélica Naitria, sobre el ascenso del showman en el panorama electoral y la cuestión del “voto evangélico” en Argentina. Por Lea Ross

El supuesto fenómeno llamado Dante Gebel, el pastor que ahora dice no ser pastor, abrió una discusión sobre el rol de las iglesias evangélicas a la hora de decidir el voto electoral. Más de uno se ha tentado a invocar la serie de Netflix El Reino como una profecía a punto de cumplirse a partir de su sucesión de estereotipos que recita por los cielos.

Conocida por su llamativo nombre de pila, Naitria es una veinteañera periodista de Córdoba. Integra el evangelismo metodista y, junto con la comunicadora Almendra Fantilli, acaban de lanzar un programa de stream llamado Del templo a las urnas, donde analizan la relación entre la religión y los espacios públicos.

En esta entrevista para Zoom, Naitria relativiza la existencia de un “voto evangélico” en Argentina, como así también la representatividad de Dante Gebel hacia esas comunidades. Pero también advierte de un panorama discriminatorio hacia el evangelismo a partir de lecturas que se ejercen tanto en lo ideológico como en los ámbitos virtuales.

—Mucho se ha hablado del “voto evangélico” como decisorio en algunos países. ¿Es posible pensar que existe un núcleo duro de esa índole en el electorado argentino?

—Yo creo, y hasta ahora la ciencia lo avala, que no existe el voto evangélico como tal. Pero sí existe un núcleo duro de evangélicos que tienen una voz mediática muy concreta en el espacio público, que son muy ruidosos, que pisan fuerte y muchas veces pertenecen a grandes iglesias de distintos lugares del país. Entonces dan la sensación de que detrás de ellos hay un montón de validación y una estructura homogénea que da cuenta de un supuesto voto evangélico. El primer ejemplo que se me viene es la senadora Nadia Márquez: ella viene de una iglesia gigante de Neuquén, pero en Neuquén hay un montón de evangélicos que no adhieren para nada con ella. Lo que pasa es que vienen de iglesias con estructuras muy grandes y empresariales, que tienen una cierta influencia, pero la tienen como cualquier otro actor social. No significa que haya un bloque homogéneo que decida votar lo que estas personas con más ruido les digan.

—¿Por qué decís que la ciencia “avala” la no existencia del voto evangélico?

—En investigaciones que ha hecho el CONICET, o distintos actores académicos que están analizando el tema, muchas veces hacen preguntas a los evangélicos sobre su adscripción política. Y no votan todos igual, no todos tienen los mismos intereses, sino que la relación va más directamente con la cuestión de la clase social. Y, si vamos al caso, los evangélicos existimos hace un montón y, por ejemplo, cuando ganó Macri no generó una reproducción de evangélicos que luego desaparecieron cuando ganó Alberto Fernández o que luego se repita con Milei. Al igual que el resto de la sociedad, se va votando en función de las ideas que se tienen. Y, si bien hay pastores que podemos llamarlos carismáticos, que muchas veces por la falta de formación o por lecturas simplistas sobre la Biblia hacen relaciones directas con algunos candidatos, después la gente capaz que los escucha diciendo “andá a votar a tal”, pero luego hace lo que quiere. Otra cosa: ha habido distintos grupos evangélicos que se han presentado a elecciones y nunca tuvieron éxito. En 2019 hubo una alianza entre Juan José Gómez Centurión y Cynthia Hotton, que resaltaban los valores de la familia, y creo que no llegaron ni al 5%. Entonces hay que separar entre esta gente que tiene más visibilidad y aquella mayoría evangélica.

—¿Puede ocurrir que, desde la óptica de la dirigencia política, para recibir votos se acepte que ciertos referentes evangélicos ocupen un espacio parlamentario más que ejercer un cargo ejecutivo?

—Depende. He ido conociendo gente que capaz es evangélica y trabaja como subsecretario en alguna administración, sea del peronismo o de La Libertad Avanza. Pero sí es verdad que, en este último tiempo, han llegado a puestos como diputados y senadores de la mano de La Libertad Avanza. Pero no quiere decir que la gente los haya votado porque eran evangélicos, sino porque son personas que están dentro de ese armado.

—En tu canal de stream señalaste que muchos pastores tienen una sobrecarga de funciones a la hora de atender a la gente y a la iglesia. Dante Gebel, presentado como pastor, no parece ser el representante de esas realidades, ¿no?

—Yo creo que Dante Gebel responde a ese estereotipo de pastor evangélico de gran iglesia, medio canchero, muy carismático, que de una manera muy simple predica, habla de Dios, pero esa no es la realidad de miles y miles de pastores. Porque la mayoría de los pastores son personas que están en comunidades más pequeñas, que muchas veces trabajan de otra cosa y que, en respuesta a un llamado o una vocación de Dios, sirven a la gente. Lo pueden hacer desde la consejería, que a veces termina siendo como una especie de psicólogo, o en la iglesia a partir de la gestión de recursos, la organización de las reuniones, la visita a otros lugares, etc. Mientras que Dante Gebel es como una gran figura, que no sabemos hasta qué punto está acompañando la vida cotidiana de la gente. Capaz lo hace cuando realiza grandes donaciones, pero no sabemos si él se junta a orar con la gente de su iglesia o se pone a hacer un estudio bíblico. Solamente lo vemos como un gran predicador. Se le da esa etiqueta de pastor porque parece que se hace cargo de una iglesia, pero es el pastor famoso de una megaiglesia sin hacer las tareas típicas de un pastor.

—¿El interés por Dante Gebel podría generarse más como figura exitosa que como predicador de la palabra de Dios?

—Yo creo que capaz algunas personas hacen una conexión directa con la cuestión espiritual. Pero otros lo pueden ver como un símbolo aspiracional.

—La política argentina: ¿ha ninguneado el costado espiritual de los pueblos?

—El Estado en sí mismo tiene que respetar las creencias de los pueblos, pero no tiene por qué administrarlas. Creo que tiene que haber una separación concreta entre el Estado y las iglesias, sean del credo que sean. Igual, esta pregunta me hace pensar bastante… Sí me parece curioso que, con el paso del tiempo, hay mucha gente que se vuelca a la fe, pero a su vez estamos viviendo épocas con más violencia. Hay que respetar la libertad religiosa, pero también preservar la tolerancia. Porque lo que estamos viendo, principalmente en redes sociales, es mucho desprecio y dar cierta responsabilidad a los sectores evangélicos en contraposición a lo católico. Hay gente que pareciera que quiere destruirnos. Existimos en Argentina desde fines del siglo XIX; que no nos hayan visto antes es otro tema. Parece que hay cierta militancia o personas de determinadas ideologías que tienen una vagancia intelectual para comprender un fenómeno que se está haciendo tan popular y tan masivo como es el del evangelicalismo. Y simplemente nos tachan de agentes de la CIA. Y también hay como una cuestión de clase: “ah, eso es de pobres”, de personas que no tienen formación. Conviene que podamos entendernos dentro de este país tan diverso y, a partir de eso, ver si hay puntos en común para construir. Así como capaz yo tengo una mirada crítica hacia grandes referentes evangélicos, tampoco significa que no esté de acuerdo con la distribución de las riquezas, por ejemplo. Es como que todos tenemos cierto nivel de diversidad. Y bueno, hay que ver cómo nos entendemos y ver qué espacios quieren escuchar y entender este fenómeno.

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