Las ruinas del futuro

LECTURAS A propósito de «Crónicas berlinesas», de Joseph Roth y una mirada sobre una ciudad “joven e infeliz con el futuro por delante”.

            ¿Quién podrá mirarse en el espejo en el futuro y decirse con convicción que cuestionó la barbarie, que señaló y combatió la amenaza con las fuerzas que tenía? De no haberse suicidado, en 1939, Joseph Roth sería uno de ellos. Tan poderosa su voz que llega hasta el presente, como para obligarnos a hacernos las mismas preguntas ante la convivencia con la permanente degradación de la vida, la cultura y la perspectiva de esperanza de millones de compatriotas.

            Las Crónicas berlinesas de Joseph Roth, que Editorial Minúscula acaba de reeditar en Argentina, constituyen una de esas zonas de la literatura donde el periodismo deja de ser mera urgencia y se convierte en una forma de memoria y activación de alertas en este presente. Escritas en la década de 1920, en el corazón inestable de la República de Weimar, no solo registran una ciudad: la interrogan. Berlín aparece en ellas como un organismo vivo, contradictorio, vibrante y, al mismo tiempo, herido por las secuelas de la Gran Guerra y por las tensiones sociales que anticipaban un desenlace oscuro.

            Roth llega a Berlín como un observador extranjero —austríaco, judío, hijo de una periferia imperial desmoronada— y esa distancia es clave. No escribe desde la pertenencia sino desde una suerte de intemperie. Esa mirada le permite captar detalles que a los locales se les escapan: los gestos mínimos en el tranvía, la conversación entrecortada en un café, la forma en que la pobreza se acomoda en las esquinas. Berlín no es para él una postal de modernidad, sino un escenario donde conviven la promesa y la fractura. Define con una precisión quirúrgica: “Berlín es una ciudad joven e infeliz con el futuro por delante”.

            En sus crónicas, la ciudad se despliega como una serie de capas superpuestas. Está la superficie luminosa de los cabarets, los anuncios eléctricos, la velocidad de los automóviles y el bullicio de las avenidas. Pero debajo late otra Berlín: la de los desempleados, los mutilados de guerra, las viudas, los niños que aprenden demasiado pronto a sobrevivir en la modernidad desplegada en construcciones y proyectos urbanísticos sobre las ruinas de la revolución derrotada. Roth no separa estos mundos; los hace coexistir en el mismo plano narrativo y obliga al lector a enfrentarse a la simultaneidad de la experiencia urbana.

            Hay en su escritura una ética de la observación. Roth no embellece la miseria ni dramatiza en exceso la tragedia. Prefiere el detalle preciso, casi austero, que deja al descubierto la dimensión humana de los procesos históricos. En una época marcada por grandes discursos ideológicos, su apuesta es por lo concreto: un rostro, un gesto, una escena. Así, las transformaciones políticas y económicas aparecen filtradas a través de la vida cotidiana, donde realmente se hacen visibles sus efectos. Uno de los aspectos más notables es su capacidad para captar el ritmo de Berlín. No se trata solo de lo que ve, sino de cómo lo narra. Sus crónicas avanzan con la cadencia de la ciudad: a veces rápidas, fragmentarias, casi urgentes; otras, más pausadas, detenidas en una escena que parece suspendida en el tiempo. Así describe los contrastes al referirse a la exhibición de las fotografías de los muertos que nadie reclama: “Los muertos no identificados de la gran ciudad están expuestos –en estricta formación– en las vitrinas de fotografías de la Jefatura Superior de Policía, en la planta baja. Es la cruel expresión de la ciudad cruel en cuyas calles asfaltadas, parques de sombra gris y canales azules acecha la muerte con revólver, mordaza y cloroformo. Es, por así decirlo, la cara oculta de la metrópoli, la miseria anónima. Son sus hijos desconocidos, cuyas vidas transcurren entre el desasosiego, el bar y la clandestinidad, cuyo final es sangriento y violento, un terrible desenlace. Tropiezan y caen inconscientes en una de las innumerables tumbas que han sido dispuestas especialmente para ellos al borde del camino de su vida”.

            El tono de las Crónicas berlinesas oscila entre la ironía y la melancolía. Roth es capaz de describir con agudeza el absurdo de ciertas situaciones —la burocracia, la moda, las nuevas costumbres urbanas—, pero esa ironía nunca es complaciente. Hay en ella una conciencia de fragilidad, una intuición de que el orden que sostiene a la ciudad es precario. Esa tensión recorre sus textos y les da una densidad particular: no son meros retratos de época, sino advertencias. También es central la cuestión de la identidad. En una ciudad que crece y se transforma vertiginosamente, los individuos parecen desdibujarse. Roth se detiene en personajes que habitan los márgenes: inmigrantes, trabajadores precarios, figuras anónimas que difícilmente aparecerían en los relatos oficiales. Al visibilizarlos, cuestiona las narrativas dominantes y propone una historia alternativa, construida desde abajo. Cuenta que a los refugiados “se los conoce con el nombre de ‘el peligro del Este’. El miedo a los pogromos los une en una avalancha de miseria y mugre que, creciendo lentamente, va cruzando Alemania desde el Este”. La propaganda nazi iba a hacer pronto foco en ellos. Ya comenzaba a hacerlo mientras Roth escribía.

            Las crónicas pueden leerse, además, como un laboratorio de la escritura del autor de La marcha Radetzky o La leyenda del santo bebedor. En ellas ya están presentes muchos de los temas que desarrollará en su obra literaria posterior: la nostalgia por el Imperio austrohúngaro, la sensación de pérdida, la crítica a la modernidad deshumanizante. Sin embargo, en el formato breve del periodismo, estos elementos adquieren una intensidad particular. Cada texto es una pieza autónoma, pero en conjunto forman un mosaico que captura el espíritu de una época.

Joseph Roth

            No es menor el contexto en el que fueron escritas. La República de Weimar fue un período de experimentación cultural y de inestabilidad política. Berlín se convirtió en un centro de innovación artística, pero también en un espacio atravesado por conflictos sociales profundos. Roth se mueve en ese escenario con una lucidez que resulta, vista desde hoy, premonitoria. Sus crónicas registran signos que, en su momento, podían parecer dispersos, pero que luego se revelan como indicios de un proceso más amplio.

            El último de los textos recopilados, escrito ya en el exilio, se titula “El auto de fe del espíritu” y toma como eje la prohibición y quema de libros en toda Alemania. Describe al nazismo triunfante y a los que aceptan, aprenden o se resignan a convivir con él: “La sangrienta irrupción de los bárbaros en la técnica perfeccionada; el temible cortejo de los orangutanes mecanizados, armados con granadas de mano, gases asfixiantes, amoníaco, nitroglicerina, máscaras antigás y aviones; la rebelión de los desobedientes por el espíritu –si no por la sangre– de los cimbros y teutones; todo esto significa mucho más de lo que significa advertir al mundo amenazado y aterrorizado. Hay que reconocerlo y decirlo abiertamente: la Europa espiritual se rinde. Se rinde por debilidad, por pereza, por indiferencia, por inconciencia. (Será tarea del futuro precisar las razones de esta rendición vergonzosa)”. Y cierra la crónica con esta frase idea: los nazis lograron “engañar a la humanidad y hacerle creer, con un ardid de guerra, que también el nacionalsocialismo respeta el espíritu europeo”. Anticipatorio de lo que sobrevendría, entonces… ¿y ahora? Porque hay algo en esa forma de mirar que puede ser muy útil para este presente, en el que se avanza en la destrucción en nombre de valores sagrados y multiseculares. Aquí, en la Argentina, en el mundo. 

            Leer estas crónicas hoy implica también enfrentarse a una pregunta incómoda: ¿qué hacemos con ese pasado? Es cierto que la Berlín de Roth ya no existe, pero las tensiones que describe —la desigualdad, la incertidumbre, la búsqueda de sentido en medio del cambio— siguen siendo reconocibles. En ese sentido, sus textos no son solo documentos históricos, sino herramientas para pensar el presente.

            Hay una dimensión afectiva que atraviesa toda su escritura. Roth no es un observador frío; hay en sus crónicas una implicación emocional que se filtra en cada descripción. Esa implicación no se traduce en sentimentalismo, sino en una forma de compromiso con lo que narra. Escribe porque necesita entender, y en ese intento arrastra al lector. Quizás lo mejor sea dejarnos llevar por ese impulso y mirar este presente con una mirada atenta y humana como la que propone Roth.

Imagen de portada: Postal coloreada de Alexanderplatz 1900–1920. Autor desconocido.

Píxel / Redacción Zoom

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