La muerte como detonación políticaModesto E. GuerreroLas semanas y meses que el foto reportero Pablo Grillo permaneció en peligro de muerte por el golpe casi mortal de una lacrimógena en su cerebro, el país político también estuvo en suspenso.
En julio de 2025, se supo por trascendidos desde el Ministerio del interior y Seguridad, que el gobierno preparaba una defensa del tamaño de la crisis política que calculaba si Grillo moría. El hecho podría parecer anómalo si no lo inscribimos en la memoria social de un país donde el dolor por la muerte logró transformarse en conciencia social y movimiento después de 1983.
Un libro pionero que adelanta un estudio académico serio sobre este asunto es «Muerte, política y sociedad en la Argentina», de Sandra Gayol y Gabriel Kessler. Cuando la muerte pasa de tragedia individual a dolor y rabia colectivas los gobiernos entran en pánico, incluso pueden caer. El de Nixon en los Estados Unidos es solo un caso de los 70, no el único.
Basta recordar que la Primera Guerra Mundial tuvo como pretexto el asesinato de un archiduque anodino. Pero su efecto institucional condujo al despeñadero de tres imperios y la apertura de la carnicería más horrorosa de la historia. En 1978, en Nicaragua, un asesinato resonante bastó para demoler una dictadura de casi medio siglo. El director del diario La Prensa, Pedro Joaquín Chamorro, acribillado por agentes somocistas despertó tal rechazo popular que le facilitó al FSLN la organización de la insurrección guerrillera de julio de 1979 que depuso a Somoza.
En algunos casos el fenómeno funcionó de otro modo. En la hastiada España franquista de 1973, la muerte del presidente del gobierno Luis Carrero Blanco, a manos de la ETA, desestabilizó aquella dictadura de 40 años y aceleró su fin inexorable.
En la Venezuela de 1989, la masacre de más de 300 personas desesperadas durante un solo día, durante la rebelión del Caracazo, condujo a dos impactos decisivos. La caída de un gobierno muy odiado y la emergencia del movimiento militar y social nacionalista del chavismo, el más importante del país desde las poderosas guerrillas de los años 60. Esto no ocurre con frecuencia ni aparece en todos los países. Se requiere una combinación de circunstancias especiales para transformarse en un hecho político.
A veces no ocurre nada.
Por ejemplo en México en 1968. Un asesinato masivo superior al de Venezuela no removió al gobierno del PRI ni produjo nada similar al chavismo. La poderosa narradora y periodista mexicana Elena Poniatowska lo patentó con una frase lapidaria en La Noche de Tlatelolco, “Los muertos fueron absorbidos institucionalmente”. El novelista Juan Rulfo lo tradujo a realismo mágico en Pedro Páramo.
La ecuación de muerte con impacto político exige la combinación del drama con una conmoción específica en capas de la población y la forja de algún movimiento militante que sirva de organizador. Esto último podría llamarse desde la historia del siglo XX, su “factor leninista”.
En Estados Unidos esa combinación condujo entre 1970 y 1975 a la mayor crisis política de ese imperio desde 1865. Allí surgió el cuco que más asusta a Washington: el síndrome Vietnam. Algunos autores (Mearkscheimer, Sach, Wolf) sostienen que desde su derrota en Irán estaríamos ingresando a algo similar. Uno de los datos que ralentizaría la actual crisis yanqui es una tecnología de guerra que ahorra en cadáveres lo que gasta en misiles, drones, inteligencia digital y propaganda.
El secreto argentino
En Argentina este asunto hay que rastrearlo en la Plaza de Mayo en 1977 y en los encuentros de las primeras madres en las comisarías donde preguntaban por sus hijos o hijas. Su desarrollo transitó los años inciertos hasta 1983 y el impacto nacional de la derrota militar en la Guerra de Malvinas, otro acto de muerte con efecto social trepidante en la conciencia popular. El secreto de su conversión en acto político con capacidad transformadora, lo permitió la aparición y mantenimiento del movimiento de las Madres de plaza de Mayo.
Esta fuerza social fue reforzada con el de Abuelas, el de Hijos y una red de organizaciones militantes y entidades dedicadas a mantener la memoria del drama originado en el genocidio. Este fenómeno es anómalo en el mapa de las sociedades contemporáneas. Es difícil encontrar algo similar en países que padecieron dramas humanos mayores. Por ejemplo, Guatemala y Colombia, dos países centroamericanos, donde el horror del genocidio fue superior en magnitud y en drama.
En Guatemala, la Comisión para el Esclarecimiento Histórico registró en 1991, un total de asesinatos políticos superior a las 60 mil víctimas y unos 45 mil desaparecidos y desaparecidas, el 83% pertenecía a pueblos indígenas Maya.
En Colombia fue más horroroso. La Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición, consignó en su informe final de 2018 que más de 56 mil civiles, entre ellos militantes políticos, sindicalistas, educadores y artistas fueron eliminados por fuerzas estatales y del paramilitarismo. Fue como el genocidio argentino pero ampliado y perfeccionado. En Colombia se inventó la categoría de “falso positivo” para identificar adolescentes asesinados disfrazados de guerrilleros. Se contabilizó un total oficial de 6.042 víctimas menores de 20 años.
Por muchos años, medios del tipo La Nación, elogiaron el sistema jurídico colombiano como “la democracia parlamentaria más ejemplar” del continente. La magnitud del drama no tuvo correspondencia con un movimiento de víctimas o familiares de víctimas que sirviera como testamentarios y organizadores colectivos del dolor colectivo.
Aunque varias entidades desplegaron inteligencia y actividad durante los años del uribismo, no lograron convertirse en movimiento para transformar el dolor en acción política. Su mejor resultado fue electoral: Tanto Gustavo Petro como el actual candidato favorito, Iván Cepeda, son expresiones políticas de esa poderosa resistencia contra el genocidio.
En otras sociedades que atravesaron dolores parecidos, como Chile, El Salvador, Perú, Bolivia o Paraguay, no surgió un fenómenos similar al de Madres y Abuelas de Plaza de Mayo. El secreto no es la identidad nacional o una supuesta superioridad cultural, sino las tradiciones políticas, sindicales y asociativas de una sociedad más cohesionada por una clase social oprimida más orgánica.
El relieve histórico ganado por Madres y Abuelas de Plaza de Mayo se confirma en el reconocimiento internacional a estos dos movimientos. Son apreciadas como figuras egregias, heroicas con la autoridad moral de personalidades como Mahatma Gandhi o la Madre Teresa.
Algo similar al caso argentino solo se puede encontrar en algunos países de la Europa occidental y en la sociedad norteamericana. En ambos casos las casusas subyacentes son similares o cercanas.
Para un especialista como el politólogo John Mearksheimer, en esos elementos radica la capacidad de resistencia y sobrevivencia de la actual sociedad norteamericana contra el avanzado proyecto filo nazi representado hoy por Donad Trump, pero que tiene raíces, aparatos y líderes más capaces que el pervertido multimillonario rubio.
