Bailando en el crepúsculo de América

CRÓNICA Andrés Hax, director de la editorial Queequeg Press, narra el viaje que dio origen al libro “Primero el cuerpo: apuntes de una ensoñación de Carnaval”, de Kevin Rabalais. Una inmersión en el corazón de Luisiana.

1.

      Solo me quedan fragmentos de memoria, y algunas fotos que encontré, de un viaje que voy a intentar contarles. Puede ser que salgan las dos entremezcladas, las palabras y las imágenes. No sé otra forma de explicarles lo que me pasó. Fue un sueño y lo recuerdo como un sueño. ¿Cómo se cuenta bien un sueño?

      Imagínate que estoy en uno de esos bares de películas gringas, donde todos se sientan en fila a pedir birras en botellas de vidrio opaco, con cuello largo, para beber lento, lento, desde la tardecita hasta la noche profunda con la televisión hablando sola, colgada en una esquina, cerca del techo. Siéntate al lado mío y te voy contando. Te voy explicando, todo fuera de orden, tirando fotos desgastadas sobre el bar para tratar de que sientas lo que sentí. Poco a poco, emborrachándonos los dos.

2.

      Estas cosas nunca pasan. Una mañana de verano, en enero del 2019 –un año antes de la pandemia– me entró un mensaje en Facebook de un amigo de Internet. Me escribía para saber si quería visitar Louisiana y acompañarlo al mardi gras cajún. Hacía poco, habíamos hecho un trabajo periodístico juntos a distancia. Me caía muy bien, pero nunca nos habíamos visto las caras. Solo sabía que era de New Orleans y que era escritor y fotógrafo. De todas maneras, apenas dudé antes de aceptar la invitación, y empezar a prepararme para el viaje, que era pronto.

      Primero paré unos días en San Marcos, Texas, para ver un extenso archivo del novelista Cormac McCarthy. En ese momento era un autor que me tenía muy, muy mal de la cabeza. Mi mundo giraba alrededor de él. Fui allí para ver qué hacer con mi obsesión. Para ver si investigando sus papeles me podría curar. Y vi cosas asombrosas, y algunas me hicieron bastante bien, pero ahora mismo todo esto no va al caso. O sí. Pero muy oblicuamente. En todo caso, es parte de este sueño.

      Lo que sí, logré beber del agua bendita de Lone Star Beer, la cerveza que toma el personaje Rust Cohle, en la primera temporada de True Detective, que transcurre, justamente, en la región de Louisiana donde mi destino me llevaba de la mano, ciego.

      Cohle es un héroe personal mío por su elegantísima (cada uno puede defender su propia definición de la elegancia) y terminal desesperación frente al cataclismo que es el ser humano: su crueldad consigo mismo y con sus prójimos, con la Tierra y con los otros seres de la Tierra. Para Cohle, la mejor solución sería una masiva extinción humana voluntaria. Un lento desvanecimiento hacia el ocaso final.

3.

      Después de unos días escondido en el archivo, me tomé un avión al Louis Armstrong International Airport. Recuerdo la luz del aeropuerto; era como la de un comedor de la Costa Atlántica, con luz blanca; acogedor y limpio, pero medio a mal traer. Así lo recuerdo, por lo menos.

      Y allí estaba Kevin Rabalais, mi anfitrión, esperándome con esa cara perdida con la que uno inevitablemente espera a un desconocido en un aeropuerto. Era un poco más joven que yo y más bajo. Tenía una forma abierta y alegre de ser, y siempre la mantuvo en toda la semana que estuvimos juntos. Tenía una sonrisa permanente, como un monje que había descubierto la paz verdadera y eterna. Mejor guía imposible para este periplo.

      Desde el comienzo nos sentimos muy cómodos, y en el viaje en auto a su casa –yo, por lo menos– no tenía dudas de que iba a ser una visita agradable y tranquila. Pero tampoco tenía la menor idea de lo que me esperaba.

4.

      Desde que recibí la invitación, siempre asumí que íbamos a ver al tradicional Mardi Gras en la ciudad de New Orleans, el que se conoce en el mundo: las calles explotando con gente, procesiones, música, carrozas. Noches que se mezclan con los días y después con las noches y así en un loop de retroalimentación hasta llegar a un frenesí decadente.

      Kevin me llevó a otro lugar. Estaba a pocas horas de New Orleans, pero para entrar, había que penetrar una membrana invisible. Me llevó a pueblos minúsculos, perdidos en el mapa, al fin de muy largos caminos de tierra. Vi el carnaval de esos pueblos. Fue como entrar en el sueño de otra persona, o, directamente, en el sueño de un pueblo mismo.

5.

      Ahora, mirando para atrás, revisando las fotos que saqué en el viaje, y tratando de escribir estas pocas páginas, me doy cuenta de que tal vez fue uno de los sueños de América. América, como ellos lo llaman. Un sueño que fue, a su vez, un viaje místico, pero mezclado también con inquietantes señales de largas tormentas por venir.

      Ahora que lo pienso, no estuvo nada mal que Cormac y Rust estuvieran a mi lado, acompañándome. Cada uno de ellos vio este crepúsculo. Sabían que monstruosidades nos esperaban dentro de la inminente oscuridad.

      Al final, todo se mezcla y todo es un sueño. Nunca volveré a esos pueblos. Quedarán en un lugar de mi memoria que se mezcla con la imaginación. Al fin –y hasta ahora mismo– solo quedan sus resabios, y la ficción y la realidad se confunden. Es como un recuerdo de la música, y no la música misma.

6.

       Todo lo que vi es parte de una antigua tradición de los habitantes de la región creole de Acadiana. Sucede durante la época de Carnaval. Se remonta a una fiesta medieval francesa vinculada con el mendigar. El ritual –llamado el courir de mardi gras– comienza temprano por la mañana. Los participantes salen en caravana vestidos con disfraces estrafalarios, hechos con retazos de mantas y ropa vieja de sus hogares, muchas veces de sus abuelas o bisabuelas. Los mardi gras, como se llaman, van de casa en casa pidiendo de rodillas los ingredientes de lo que será la fiesta comunitaria al final del día: un enorme gumbo, algo como un locro, digamos.

      Una parte crucial del ritual es perseguir una gallina que se lanza al aire para aterrizar sobre la tierra y correr por su santa vida.

      Los mardi gras lo corren a máxima velocidad, entre golpes y tropezones y caídas, violentas y cómicas. La persona que atrapa la gallina se enaltece con el estatus de héroe local.

7.

      Podría escribirle ahora más y más y más sobre el courir de mardi gras en sí, como un antropólogo o, aunque sea, como un decente cronista, pero los sueños no se cuentan así. Se van entendiendo poco a poco. Además, Kevin, por como es, nunca me explicó qué íbamos a hacer, o dónde íbamos, o qué –en el momento– estábamos viendo. Era como si fuéramos dos amigos de la región y ni siquiera hacía falta poner cosas en contexto o discutir itinerarios. Entonces, lo que me pasó es que viví tres días entregado a una especie de azar guiado. Me di cuenta, entonces, que es una de las mejores formas de viajar. El no saber, muchas veces, te ilumina verdades que la erudición o el estudio solo ocultan.

8.

      En un courir de un pueblo que se llama Elton, fui recibido casi con honores. No al principio, sino durante el transcurso del día. Al saber que era de Argentina, me decían: “Oh, you are from the real South.” (“Ah, vos sos del Sur verdadero”).

      Y al final de ese courir, caminando detrás de uno de los remolques que transportaban a los mardi gras de casa en casa y funcionaban un poco como bares ambulantes, un grupo de cajunes se pusieron a cantarme, Don’t Cry for me Argentina. Pocas veces me sentí tan halagado.

      Sin embargo, entre estas festividades deambulaban figuras disfrazadas de sombríos líderes mundiales que recién estaban subiendo de verdad a la escena internacional. Sin querer, se iluminaban tratos oscuros. No entre los chicos del courir en sí, pero sí de fuerzas más globales, como si fueran, sin intención, evocando demonios.

9.

      Menos mal que compartí unas birras simbólicas con Rust Cohle en Texas. Con Kevin íbamos a lugares con un psychosphere densa y compleja. El término es un invento de Cohle. Lo explica como una especie de bruma que define lugares específicos, hecha por pensamientos, actos e historia psíquica y colectiva que, a su vez, va definiendo comportamientos en el presente. Se siente no tanto en el aire, o en las tripas, sino en el espíritu. Es algo que hace vibrar tu alma al son, por bien o por mal, en armonía o disonancia.

      Estuve en lugares donde no se puede ir sin estar acompañado; no por el peligro, sino por una cuestión de papeles existenciales. Si él está acá, es que está con alguien. Entré en un lugar de nuestro planeta muy, muy secreto. Son esos lugares donde nunca podrías llegar solo, antes que nada porque nunca te enterarás que existen. Y aun sabiendo cómo llegarías: ¿a quién le pedirías permiso para estar allí? ¿Y cómo? ¿Y con qué modales y con qué ofrendas aparecerías?

      ¿Qué decir y en qué lengua? ¿Cómo presumir poder existir entre esta gente, en su lugar secreto, acompañándolos en sus rituales, entre sus familiares y los muy presentes espíritus de sus antepasados?

10.

       New Orleans, como dice Kevin, es un lugar aparte de los Estados Unidos. Los mapas engañan. Los mapas reprimen. Los mapas mienten. Los mapas nos hacen odiarnos entre nosotros. New Orleans no es una ciudad en el Sur de los Estados Unidos. Es una ciudad al norte de la costa del Golfo de México. O mejor aún, si quieres hacer el truco de Joaquín Torres-García y dibujar el mapamundi “al revés”, la ciudad se convierte en una gran ciudad del sur del Golfo, con Mérida, Habana y Veracruz como ciudades hermanas, todas ellas mucho más cerca de Nueva Orleans que de Manhattan. 

11.

      Siempre, durante toda la fiesta, iba deambulando una figura disfrazada de quien ahora manda en el gran país del Norte. Bailando, provocando, trepando los árboles, abrazándose con sus compañeros…

      Tenía algo de los movimientos de Fred Astaire mezclados con los de Buster Keaton. Era el último año antes de la pandemia. Éramos inocentes. No nos imaginamos las catástrofes por venir. En ese sentido, siempre seremos inocentes. Los de arriba se ocupan de eso con impecable y diabólica eficiencia.

12.

      Lo que vi en ese viaje fue de un orden sagrado. De estar en un muy, muy secreto y muy, muy antiguo ritual de sanación. De una comunidad dando gracias. A sus vecinos, a sus antepasados, a su tierra, a sus antiguas costumbres, a su lengua, a su espíritu de vida. Tiene que seguir. Espero que siga como un manantial de bondad.

      Pero también vi otra cosa. Casi sin saberlo, o sin querer darme cuenta. Vi las cabezas de las serpientes asomarse a la luz del jardín. Vi los males por venir. Vi las tierras sembrando las flores del mal. Entre los brotes, cabalgaban seres de luz. Tocaban música y cantaban canciones que habían cantado sus abuelos y los abuelos de sus abuelos. Se vestían con trajes multicolores hechos a mano con restos de mantas de sus abuelos. Yo era un forastero, pero bailaba con ellos, desde el margen, asombrado y agradecido.

      Yo no lo sabía, y ellos tampoco, pero estábamos todos bailando en el crepúsculo de América.

Fotos: Andrés Hax

Píxel / Redacción Zoom

Compartí el artículo