Freud hizo muchos descubrimientos sobre el inconsciente, escribió tomos y tomos sobre los sueños, la histeria, la sexualidad. No leí ninguno, realmente ni uno de sus libros, pero uso una retórica como si lo hubiese hecho, y me gusta repetir que encontramos placer en el dolor y que encontramos dolor en el placer (que, pensándolo bien, es lo mismo). Leí que una de sus mayores revelaciones fue comprobar que los seres humanos somos una contradicción: desde que nacemos hasta que morimos, tenemos un lado A y un lado B, que pelean entre ellos hasta el momento de nuestra muerte. En otras palabras, atravesamos nuestra existencia siendo una paradoja andante.
Queremos vivir pero también morir, queremos ser buenos pero también disfrutamos siendo malvados, nos gusta salir de fiesta pero al otro día, desde la depresión más profunda y la resaca más oscura, nos repetimos que no lo vamos a hacer más. Y (¡sorpresa!) lo volvemos a hacer.
Siempre pensé en las contradicciones, desde las más banales hasta las que más me cuestan comprender, como el hecho de ser mujer y haber sobrevivido a una metrópolis como lo es Buenos Aires (por lo menos, hasta ahora). También sobre nuestra ciudad siento una enorme contradicción: a veces la odio, no la soporto, patearía esos grupos de palomas que se juntan en la basura. Pero la mayoría de las veces, sobre todo cuando atardece, me conmueve de sobremanera: la amo, no puedo creer que haya tenido la suerte de haber nacido en la mejor ciudad del mundo.
En 1938, Thomas Wolfe, uno de los poetas y escritores estadounidenses más legendarios del siglo XX, escribió en una carta:
“He tenido una ‘intuición’ y he decidido escribirte para contártela […]. Siempre que pienso en ti, recuerdo cómo me sentí el Cuatro de Julio de hace tres años, cuando viniste a buscarme al barco y fuimos a la cafetería que hay en el río a tomar una copa, y después subimos a lo alto de aquel rascacielos y a nuestros pies vimos desplegados la rareza, la gloria y el poder de la vida y de la ciudad.»
La ciudad era Nueva York, ese lugar mítico donde tantos jóvenes llegaban con la esperanza de, por fin, ser alguien en el mundo. Mi ciudad es otra: Buenos Aires. No tiene muchos rascacielos, pero esa sensación que describe Wolfe puedo sentirla cuando subo a la terraza o al balcón de algún amigo en el piso 20. Es bastante inefable lo que se siente desde las alturas, al descubrir que todo lo que vemos fragmentado cuando estamos en el suelo, en realidad, es una totalidad, un conjunto viviente.
Vivian Gornick, en su libro La mujer singular y la ciudad (2008), lo describe mucho mejor que yo:
“Cada noche, antes de irme a dormir, cuando apago las luces de mi salón, que se encuentra en un decimosexto piso, experimento una sacudida de placer al ver las hileras de ventanas iluminadas que se elevan hacia el cielo agolpándose a mi alrededor, y siento que el cúmulo anónimo de habitantes de la ciudad me abraza. (…) El placer que me proporciona me reconforta de un modo que no soy capaz de explicar.”
Esa idea del cúmulo que abraza es preciosa, aunque quizás sea potenciada por la lejanía de la altura, ya que, muchas veces, al estar abajo, sentimos que el cúmulo más bien nos empuja.
Tengo una teoría que no dejo de comprobar con numerosos casos que me rodean: la gente del interior no siempre puede soportar Buenos Aires. Muchos conocidos que nacieron fuera de la ciudad terminan volviendo a sus lugares de origen porque acá no se hayan o, mejor dicho, se pierden. Ya sea porque se fascinan con la noche porteña, las drogas al alcance de la mano, la cantidad de eventos culturales que suele ser agobiante o porque caminamos muy rápido, muchos terminan desistiendo. Y en ese ida y vuelta, los porteños seguimos acá, la mayoría bastante firmes, mirándolos con cierta compasión: uno más que no soportó, pensamos.

Estoy fascinada con Fran Lebowitz, un personaje mítico de Nueva York. La conocí hace poco, al ver la miniserie que dirigió Martin Scorsese sobre ella, Pretend It’s a City (algo así como Pretendamos que es una ciudad), donde recorren la ciudad de Nueva York a través de la voz de Lebowitz, políticamente incorrecta y odiadora por demás.
El formato de la serie es simple: Lebowitz hablando. Sentada, caminando, en un teatro o en la calle. Se queja de los turistas, del ruido, del uso de los celulares en los espacios públicos, de la gente que camina lento, de la tecnología, de las personas llevando sus mats de yoga por toda la ciudad. Encuentra insólito que hallan puesto reposeras en el medio de Times Square. Hay algo en su discurso que es exagerado y exacto al mismo tiempo, porque parece una vieja cascarrabias, pero, en todo lo que dice, tiene razón.
Sin embargo, no se va de Nueva York. Nunca se fue. Y no se iría a ningún otro lugar. Pareciera ser que toda esa catarata de quejas, que podrían bien leerse como auténtico rechazo, en realidad funcionan al revés: son una forma de pertenecer; como si la ciudad solo pudiera ser habitada de verdad por quienes la discuten, la critican, la empujan hacia sus límites. Hay una frase famosa que dice: “¿Qué es un neoyorquino? Alguien que se queja constantemente de Nueva York”.
Hay en eso una contradicción bastante familiar. Porque pienso en los porteños y observo lo mismo. Al mismo señor que se insulta con el colectivero porque dobló fuerte, lo veo en la siguiente cuadra emocionado por las hojas de los árboles que anuncian el otoño. Lo mismo que hace que algunos no la soporten y se vayan, hace que muchos otros nos quedemos, incluso cuando no sabemos muy bien por qué.
La ciudad exige esa doble condición: fascinación y agotamiento. Me abraza y me empuja, me da algo y me lo saca en el mismo movimiento. Estoy estresada: en esta ciudad nunca se para, no alcanza el sueldo, no se llega a fin de mes, te empujan en el subte. Y, sin embargo, para despejarme no encuentro mejor bálsamo que salir a caminar bajo el paraguas por Plaza de Mayo, escuchando Piazzolla en los auriculares. Ahí aparece un placer difícil de comparar. La ciudad te da y te quita. Qué invento perverso las metrópolis.
En el libro de Gornick, la autora cita otros textos que hablan de Nueva York, autores y autoras que rumeaban sobre este asunto urbano. Y dice: “En cada historia, sin embargo, la mujer es capaz de salir adelante porque ama la ciudad. Y cómo la ama”. Salir adelante porque amamos la ciudad, sí que pasa.
Obviamente me hice fan de Lebowitz y me compré un libro de ella, Un día cualquiera en Nueva York (2021), donde se recopilan columnas que escribió en los años 80 para Interview (la revista de Andy Warhol), y también para Mademoiselle y la Vogue. La foto de la portada es de Annie Leibovitz (la fotógrafa mejor paga de Estados Unidos), que retrata a la autora tirada en la cama, riendo, con varias cajas de cigarrillos, hablando por teléfono, rodeada de revistas y libros. Qué ganas de ser ella.
Termino la nota en pijama, sentada en el sillón, fumando, con un esguince de tobillo acontecido en mi segunda clase de tenis, otra actividad sinsentido de típica porteña con ínfulas de no sé qué. “No tengo el poder de cambiar las cosas, pero estoy llena de opiniones”, dice Lebowitz constantemente. Frase que bien podría aplicarse a todos nosotros, los porteños.
Sí, no podemos cambiar las cosas, pero vamos a seguir opinando.
Imagen de portada: Buenos Aires década del 70. Autor desconocido.
Píxel / Redacción Zoom
