Presente perpetuo

LECTURAS Un recorrido por las obras de Dark Barahona, César González y Radu Jude, que ponen en escena vidas atravesadas por el trabajo y la experiencia del tiempo.

Una publicación inusual visita las bateas del país: Un Dios underground, del hondureño Dark Barahona. La novela, que data del 2015 e inicia una trilogía, narra los días, pero sobre todo las noches, del veinteañero Philip, dandy burgués del siglo XXI que se considera un junkie con visión de realizador porno, y pendula entre el desbarranque total y el coma inducido.

            Con ecos beatnik, Dark Barahona recuerda a autores como Jack Kerouac, William S. Borroughs o Hunter S. Thompson, a quien los editores de Malisia aluden cuando presentan la novela como “un Pánico y locura en Las Vegas escrito con la jerga caribeña y un humor desopilante”. Pero lo más interesante de Un Dios underground no es el estilo, sino la elección del punto de vista. La ambigua visión de mundo de un punk ricachón e ilustrado, preso de la contradicción entre la sociedad de consumo(s) y un orgullo nacional latente.

            “Estás muy adelantado para este país”, le dicen. Y a pesar de que Philip solo se involucra con mujeres europeas porque las hondureñas “no me comprenden”, la declaración, que busca ser un elogio, le remuerde la conciencia. No es nueva esta figura contradictoria, la del cipayo-patriota, en la narrativa de las Américas (presente en clásicos como De sobremesa, de José Asunción Silva). Pero la opción por la política es descartada de plano en la novela de Barahona: “Ellos [los políticos] creen que vienen en una caja de Froot loops, pero no somos más que un saco lleno de frijoles y gorgojos”.

            El joven narrador de Un Dios underground es un romántico aggiornado: ha consumido, además de estupefacientes de toda índole, una cantidad ingente de literatura y música que lo convierten en una suerte de Emma Bovary fisurada. Y ya no es el adulterio la fantasía novelesca con la que se evade de la realidad, sino su coqueteo con la autodestrucción. El mito de Kurt Cobain como horizonte del niño burgués en la periferia mundial.

            Vanidoso, acorralado por los excesos, por la muerte de sus amigas y amantes (ya sea por la violencia de pandillas como por la sobredosis), y por la amenaza constante del secuestro, el personaje de Barahona hace equilibrio entre el realismo y la parodia. ¿Cuánto del idealista y malcriado es una crítica a la clase alta? ¿Cuánto, un verdadero lamento por las injusticias de la vida? El escapismo final de Philip es el coma, al que se somete bajo la influencia de un ruso misterioso. Pero se despierta unos meses después para descubrir que le robaron un riñón. El romanticismo neo punk se da contra la pared de un ramplón contrabando internacional de órganos. Y en esa ambigüedad que encarna su protagonista está lo más atractivo de la novela.

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            Es gracioso que el mundo del trabajo tenga un lugar tan secundario en Un Dios underground. Philip apenas va un solo día a la oficina de la revista contracultural que dirige (y que solventa su padre). Muy distintas son las razones para desertar del trabajo en Rengo yeta (Reservoir Books, 2025), del argentino Carlos González.

            Secuela autobiográfica que continúa Niño resentido (2023), este libro inicia con el ingreso de su protagonista a un penal de menores. Sigue el modelo de una novela de aprendizaje, pero no orientada a la vida adulta —de la cual el narrador ya tiene experiencia— sino a la cárcel: sus códigos, su jerga, sus relaciones de poder y las distintas formas de comunicarse con el afuera. De la velocidad y habilidad de este aprendizaje depende la supervivencia del Rengo Yeta (apodo que le otorgan la superstición tumbera y la pierna acribillada por balazos policiales con la que es detenido).

            Lo que diferencia a este preso adolescente, sin embargo, y lo que le da su singularidad a la narración de González, son las reflexiones que lleva adelante durante el encierro. Una rumia introspectiva y social, además de poética, que le permite entender mejor su situación.

            Rengo Yeta rastrea, por ejemplo, el momento en que eligió el robo por sobre el trabajo; cuando, empleado por su tío en una construcción, fue testigo de cómo este se perforó la mano y siguió trabajando hasta la noche. “Me atormentaba el recuerdo de mi tío como un Jesús que había desencadenado su crucifixión accidentalmente”, recuerda. “Nunca más fui a trabajar como albañil. No estaba dispuesto a que me torturaran por tan poco. No aceptaba ser mutilado a cambio de un salario insuficiente”.

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            Podría pensarse que el protagonista de Un Dios underground deserta del trabajo para entregarse al tiempo libre. Pero ese tiempo, llenado con alcohol y sustancias, paradójicamente empieza a achicarse. La amnesia y los flashbacks erosionan el recuerdo, así como la misma narración, condenada a un puro presente. La utopía de Philip es la anulación de la conciencia y del paso del tiempo.

            En Rengo yeta, la vida en el penal también está saturada, y la sensación del tiempo se restringe. Por las actividades, por la falta de intimidad, por las peleas y la verborragia de los otros internos. Lo que más añora el Rengo es el silencio. Las drogas, que en la calle lo volvían poderoso y engreído, en el pabellón se vuelven una forma de anestesiar las horas.

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            Rengo Yeta cae preso por participar en un secuestro. Tranquilamente podría haber sido uno de los captores de Philip, niño rico deshojando su angustia a medio continente de distancia. Antípodas contemporáneas, la misma sociedad que los separa los une. Ambos protagonistas, por razones divergentes, se eximen de trabajar. Y el consumo de sustancias sirve para distorsionar la experiencia de ese tiempo que se resiste al yugo del trabajo.

            Como reverso absoluto, en la película No esperes demasiado del fin del mundo (2023) el trabajo ocupa por completo el tiempo; el de la vida, pero también el de la duración del film. Construido a partir de una amplia diversidad de registros y texturas, la película del rumano Radu Jude satura de lenguajes una jornada completa de Ángela, una asistente de producción que se abre camino por el tránsito de Bucarest.

            En las dos horas y cuarenta minutos que dura la película, no se habla de otra cosa que del trabajo: el exceso de él, la carga horaria descomunal, los accidentes laborales. La poca vida personal de Ángela, filmada en blanco y negro y con una cámara fija en el asiento del acompañante, se inmiscuye entre los resquicios de la rutina diaria. Recorre la ciudad de una punta a la otra para grabar testimonios de obreros accidentados en sus puestos de trabajo, candidatos a protagonizar una publicidad corporativa que exculpe a la empresa de capitales austríacos. Entre grabaciones, Ángela resuelve litigios familiares, acompaña a su madre al cementerio, tiene sexo en el auto, hace paradas para comer, comprar café e intenta, sin éxito, dormir una siesta.

Fotograma de la película No esperes demasiado del fin del mundo, de Radu Juede (2023)

            Durante el apretado y exhaustivo vaivén de la jornada, punteado por punk y metal rumano, lo que no se infiltra se intercala. Los planos a color son de dos tipos; dos clases de escape a la alicaída alienación contemporánea.

            En technicolor y con pantalla cuadrada, irrumpen fragmentos editados de una película de Lucian Bratu: Ángela sigue adelante (1981), cuya protagonista es una taxista que recorre los mismos barrios, pero en una Bucarest que ya no existe. Ni el tránsito es el mismo ni el distrito Urano, arrasado por Ceausescu para construir su monumental palacio. Tampoco es igual el trato entre hombres y mujeres ni el vocativo ubicuo de “camarada” que se dan las personas ni el empoderamiento de la taxista soviética, mucho más sólido, a pesar de lo que se podría pensar, que el de su tocaya joven.

            El otro color que puntea el recorrido de Ángela son los videos de TikTok que hace cada vez que apaga el motor: en formato vertical y con un filtro masculino con barba de tres días y una gruesa uniceja, asume el alter ego paródico de Bobita, un sujeto misógino y procaz que comenta con cinismo las situaciones y paisajes que transita Ángela. Filtro de lente que destapa el filtro social de la protagonista. Según ella misma, los videos son una vía de escape; una crítica política, quizás, pero sobre todo una sublimación para no enloquecer con el “trabajo, trabajo, trabajo”.

            La paradoja, en No esperes demasiado… es que el uso de las redes, por más crítico y artístico que sea, inmuniza a una protagonista socialmente sensible de cualquier atisbo de camaradería de clase. La apropiación, rabiosamente satírica, de las redes sociales se vuelve una descompresión permitida. Pero rápidamente se acopla al tiempo sólidamente compacto del trabajo. Con redes sociales o sustancias, evitando el yugo o saturándose de trabajo, todos estos relatos abordan la experiencia del tiempo en la actualidad. Una cartografía que triangula El Palomar, Tegucigalpa y Bucarest, y da cuenta de un problema nodal de nuestra época, transversal a las clases sociales: qué hacemos con el tiempo.

Imagen de portada: The Clock, de Christian Marclay (2010). Instalación de video de 24 horas que sincroniza fragmentos de películas con la hora real convirtiendo el tiempo en una experiencia visible y continua.

Píxel / Redacción Zoom

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