Weser y el regreso al mar

MIRADAS La nueva película de Fernando Spiner plantea una pregunta sobre la muerte que desemboca una y otra vez en el ritmo de la poesía y del mar que recorren toda la obra.

El nuevo largometraje de Fernando Spiner, Weser, transcurre en Villa Gesell durante la cuarentena por covid-19. A modo de ensayo documental, entre poesía y mar, la película explora la muerte, la soledad y la enfermedad, presentando la muerte no como un final, sino como transformación, eje que atraviesa toda la obra. Con una narración en capas que se entrelazan, Weser es también un filme sobre el lenguaje y, en este sentido, construye su propia forma de narrar. Su título remite al barco a vapor que llegó a Buenos Aires en 1889 con 824 inmigrantes, incluido el bisabuelo de Spiner.

            Tras su estreno en la 40ª edición del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, Weser puede verse desde diciembre pasado en el Malba. Es la segunda entrega de una trilogía que comenzó con La boya (2018), que se encuentra disponible en Cine.Ar Play.

Durante el confinamiento, un grupo de vecinos se reúne a leer poemas coordinados por Aníbal, en un silencio digno de aquel marzo de 2020. Las reuniones son virtuales. Daniel Fanego es uno de los lectores; esta fue su última actuación en cine antes de morir. Completan el elenco Valeria Lois, Luis Ziembrowski y el propio Spiner, quien incorpora elementos de su historia personal.

            Antes de entrar en la narración, una voz en off emerge del mar y del pasado, ofreciendo información que se entrelaza con el presente, mientras Spiner observa el horizonte desde la costa. La película, estructurada en cuatro partes, desplaza al espectador entre extrañamiento y transparencia: como un poema moderno, alterna momentos opacos y momentos claros, permitiendo que la subjetividad del espectador descubra distintos sentidos.

            En la primera parte, “Lo imaginario”, Ziembrowski aparece naufragando en su bote, mientras Aníbal se conecta desde su casa para la primera lectura. La poesía se convierte en un refugio amoroso: mientras una ambulancia recorre Villa Gesell, el peligro de la muerte acecha tras la puerta. Ziembrowski lee a T.S. Eliot en Muerte por agua: flota, resiste y deja que el mar haga con él lo que la poesía hace con quien la lee: sacudir, confundir y penetrar suavemente en la conciencia.

            A través de la computadora, Spiner incluye un metatexto con El Nadador de Frank Perry, recordando que aquí no hay un argumento tradicional, sino un devenir, un viaje de agua en agua. El agua se convierte en hilo conductor: Zaldívar narra la historia de Leucotea en la Odisea, Alfonsina Storni recuerda que en lo blando debe haber dureza para sobrevivir, y Guillermo Saccomanno reflexiona sobre el tiempo y la presencia de la muerte: “vivimos con la muerte y no tenemos conciencia de ella y al mismo tiempo es necesario tenerla”. Sobre la pandemia advierte: “No será el fin del mundo y no saldremos mejores, saldremos peores”.

            La segunda parte, “La ciudad y las orcas”, combina material de archivo de Villa Gesell con la música de Natalia Spiner, que acompaña el balanceo del agua. Fanego toma el lugar de Spiner en pantalla, mientras un misterio se instala con total normalidad. El artista Ricardo Roux aparece como enfermero y la lectura de La gota de José Emilio Pacheco amplifica el simbolismo del agua como vida.

            En la tercera parte, “Montpellier”, Valeria Lois interpreta a Vero, quien contacta a Fernando (ya Fanego) para enviarle una fotografía en blanco y negro. Comienza una correspondencia que revela toda la presencia y el talento de Fanego en su última actuación. Adriana Lestido reflexiona sobre la muerte como transformación y como viaje durante caminatas por la playa. Vero revive su exilio de Villa Gesell durante la última dictadura militar en 1976, confesando que ese fue el mayor trauma de su vida. La musicalización de Cottet del poema de Alejandra Pizarnik, Lloro miro el mar y lloro, acompaña la noche de Ziembrowski en el mar.

            En la cuarta parte, “El regreso”, la película cierra sus curvas narrativas: el naufragado vuelve a la costa y Vero regresa a Villa Gesell. La tecnología —drones y cámaras subacuáticas— acompaña la estética de un punto de vista en movimiento, acercando al espectador a los hechos. Weser explora las vidas de sus personajes en una realidad amenazada, donde la supervivencia se produce junto y gracias al lenguaje poético en comunidad. Lo imaginario y lo real se funden en la nueva verdad que propone la película.

            Por su plasticidad y materialidad, Weser puede leerse como un poema. El sujeto poético es amplio y ofrece espacios e imágenes que cambian constantemente: justo cuando nos acostumbramos a un momento, la película introduce algo inesperado que permite percibir una transformación.

            Betina González, en su libro Cómo convertirse en nadie, escribe: “Leemos como si estuviésemos frente a una presencia real, tangible, llena de fuerza y vida, una otredad que nos atraviesa”. Así es Weser: un filme donde la poesía y el mar nos enfrentan a esa presencia y nos hacen sentir la intensidad de la experiencia que propone la película.

Imágenes: fotogramas de Weser, de Fernando Spiner.

Píxel / Redacción Zoom

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