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Días de sangre y venganza

Un pueblo de pioneros y trabajadores, sacudido por la furia de un homicida. Venganzas, resentimientos y alcohol, una mezcla fatal en la selva misionera. Por Eduardo Silveyra.

ORÍGENES. Todo eclosionó como una flor violenta y absurda, en ese domingo otoñal. Hablamos del tres de mayo de 1987 y de un pueblo perdido en la espesura de la selva. Un caserío fundado sesenta años atrás por Virginio Leoni y su primo Natalio Zerbi, un aventurero y emprendedor recién llegado de Italia, el cual cambió las aventuras marítimas por las selváticas. Ambos partieron desde Buenos Aires y, después de un trabajoso periplo, arribaron a los terrenos comprados en una subasta y en los que fundarían el pueblo de Puerto Leoni, un 14 de julio de 1927. La idea era dedicarse a la explotación maderera y de los yerbatales diseminados por los montes; pronto se fueron sumando más miembros de la familia Leoni y la de pobladores que conformarían la mano de obra necesaria para llevar adelante el emprendimiento.

En los años 50 el pueblo tuvo un crecimiento importante, cuando se instaló en la localidad el Complejo Industrial Celulósico. Una industria fabril donde se fabricaban maderas aglomeradas y terciadas. Una fuente de trabajo atractiva para habitantes de pueblos vecinos y del fronterizo Paraguay. De todo eso, hoy quedan 20 mil hectáreas forestadas y una reserva de montes nativos protegidos, porque ese fenómeno industrial duró hasta los años 90 y, si bien fueron muchos los que abandonaron Puerto Leoni, otros tantos decidieron quedarse a trabajar en chacras aledañas o en pequeños aserraderos supervivientes del pasado esplendor. Entre aquellos que, por una razón u otra, tomaron la decisión de continuar sus vidas en el poblado selvático estaba Francisco Báez; nadie ubicaba bien con qué familia había llegado al lugar ese adolescente con una malformación en el labio superior semejante a un bigote. Es posible, también, no haber integrado ningún grupo familiar y estar allí porque no había otro lugar donde estar.

Otra de las familias que se quedaron desafiando la incertidumbre del destino fue la del alemán Sommerfeld, un tipo severo que se había casado con la hija de otro inmigrante germánico, Anita Neff; con ella tuvo dos hijas, Lucila e Inés. Y si la disciplina prusiana era rígida en la vida rural de las tres mujeres, esta se volvía de atroz severidad cuando se aplicaba sobre el muchachito delgado y de piel morena, el cual ya había su nombre Francisco y era llamado Bigote. El escuálido desdichado era extenuado en jornadas de sol a sol en la chacra y la paga recibida muchas veces eran los restos de comida que compartía con los perros. Si Sommerfeld, además de cultivar hortalizas y verduras, también deseaba crear a un monstruo, había elegido los métodos adecuados para tal fin.

APODO. Esa malformación en el labio superior asemejaba a un bigote; el alemán comenzó a llamarlo Bigote y otros le agregaron el Ancho, porque con el paso de la adolescencia a la adultez la carnosidad había crecido con desproporción y, de ese modo, su nombre propio —nunca tan ajeno— pasó al olvido, para ganarse ese mote de bandido o bandolero.

Báez no tenía un gran relacionamiento con sus vecinos; vivía solo en uno de los montes cercanos al Paraná, en un rancho bastante precario. Tenía dos hábitos a los cuales se entregaba con frecuencia y los cuales casi siempre se mezclaban: uno era beber caña brasilera y el otro la pesca. Se había convertido en un experto pescador de dorados, surubíes y bagres, los cuales comía asados o en improvisados chupines. A esas aventuras de pesca y pitanzas humeantes se le sumaba un adolescente un tanto tímido y de familia paraguaya, conocido en el poblado como José-Í. Vaya uno a saber las razones, pero Bigote Ancho se había transformado en una especie de héroe para el adolescente. Tal vez por las cosas contadas a medida que el alcohol le encendía las venas y el resentimiento afloraba con la esplendorosa magnitud de una joya trabajada por un orfebre.

Bigote Ancho le hablaba de verdaderas hazañas sexuales realizadas por la mayor de las hijas del alemán, la cual obedecía placenteramente todas las órdenes escatológicas dadas por él. Cada bajeza narrada era finalizada con una carcajada y un trago por el pico de la botella. José-Í también reía; no se sabe si por admiración o por miedo, pero reía.

De las brutalidades sexuales Bigote Ancho pasaba a enumerar sus deseos criminales, mientras lanzaba el anzuelo encarnado a las aguas del río tumultuoso. José-Í no podía olvidar esa noche en la cual Bigote Ancho pescó un dorado de varios kilos y, cuando comenzó a sacarle las tripas, de pronto se encegueció y comenzó a descargar un cuchillazo tras otro en la carne del pescado, mientras decía: Así le voy a dar a Don Sommer. Y no paraba de reír, acuchillar y beber.

Qué encanto podrían tener esas situaciones descabelladas en la imaginación de José-Í ya nos lo preguntamos. Y las respuestas se tornan diversas, difusas e indescifrables. Lo cierto es que el muchachito paraguayo era el habitual compañero de pesca, aunque no de las correrías delictivas de Bigote Ancho, las cuales incluían el robo de herramientas, alguna gallina o animal para carnear y cualquier cosa digna de ser rastrillada en las chacras de la colonia o en las casas del pueblo.

ESTALLIDO. Gladis lava ropa en un piletón; es un domingo soleado y quiere aprovechar el día. En esa tarea estaba cuando es sorprendida por Bigote Ancho, quien la toma de un brazo y pretende entrarla a la casa para así robar tranquilo. Gladis se resiste y recibe, en medio de forcejeos e insultos, varias puñaladas: una le corta la aorta, otras le atraviesan el intestino grueso y el delgado. José-Í contempla la escena como un testigo o un neutral atolondrado. Apabullado por la situación, Bigote Ancho se interna en el monte, seguido por su indolente ladero. Gladis, a pesar del ataque, se arrastra casi dos cuadras por los pastizales y es auxiliada por su marido. A pesar de las heridas, milagrosamente logra sobrevivir después de varios días de internación.

En el monte Bigote Ancho continúa bebiendo; José-Í también bebe. La calma nunca llega y el desasosiego crece. Han pasado casi diez horas y la consternación crece entre los pobladores azorados; sin equívocos, todos sospechan con certeza de quién es el autor de la tropelía infame. Ya han iniciado la cacería cuando a esa atrocidad le sucede otra. Envalentonado, Bigote Ancho fue a la chacra de Sommerfeld con la idea fija de desollarlo, pero el alemán no se encontraba; tan solo estaban allí Anita, su esposa, y sus hijas Lucila y Mercedes. Las corridas y los cuchillazos alcanzan a las tres. La calma dominical de pronto se volvió un infierno cuyo único escape fue la muerte. Los cuerpos diseminados en los pastizales quedan cubiertos por el angustiante cielo azul. Bigote Ancho aprovecha y entra en la casa; en una lata de galletas guardada en una alacena descubre un botín jamás visto en su vida. Son 2600 australes, al cambio de ese momento unos mil dólares.

Un grupo de persecutores encuentra aún con vida a la pequeña Mercedes. A Bigote Ancho y a José-Í les pisan los talones. Algunos blanden machetes, escopetas y algún revólver; la policía trata de impedir la suma de estos grupos vecinales, pero quien no está enardecido está temeroso de un ataque. El dúo, sin embargo, llega a las orillas del Paraná y caminan hasta el Club de Pesca; allí Bigote Ancho hace algunos disparos al aire con un revólver tomado de la chacra de Sommerfeld. El cuidador del lugar es Luis Mazurek, un muchacho hijo de ucranianos que se siente amenazado por el arma y atemorizado por el relato de la impensada locuacidad adquirida de pronto por José-Í, quien le dice:

—Es mejor que lo cruces, chamigo. Ya mató como a veinte y piensa matar a muchos más.

Bigote Ancho, al escucharlo hablar, se siente sorprendido, alegre, dispara al aire y lanza una carcajada.

—El próximo es para vos, chamigo, no lo para nadie —dice José-Í.

Luis decide aprontar la canoa y cruzar el Paraná con el dúo.

Al llegar a la costa paraguaya, la inaudita pareja se interna en la espesura de la selva y Bigote Ancho le advierte al cuidador pasmado no abrir la boca, porque volverá a la noche a buscar un generador que dejó escondido en el monte.

PERSECUCIÓN. Los movimientos del perseguido y su acompañante carecían de cierta lógica. En el Paraguay robaron una canoa y regresaron a Puerto Leoni; no se sabe con qué motivo, si a buscar el generador inútil en la selva o a cometer otra fechoría sangrienta. Ya los vecinos habían dejado de perseguirlos; permanecían en la aparente seguridad de sus casas, atentos a cualquier movimiento sospechoso y esperanzados en el despliegue de la fuerza policial, a la cual se había sumado Gendarmería y Prefectura. Eran 200 hombres recorriendo palmo a palmo cada lugar de ese desierto verde, donde a veces encontraban un rastro y otras lo perdían. Todos añoraban los días calmos y sin temores, en los cuales transcurrían sus vidas regidas por los ciclos de las lunas, las cosechas y las corrientes del Paraná.

María Presti tiene ahora 70 años; el cabello cano, las arrugas en su rostro y en las manos callosas le delatan esa edad y le agregan algún lustro. Vive en la misma casa en la cual nació; se puede decir que ella también es hija de los pioneros de Leoni. Cuando le pregunto qué recuerda de aquellos días, me dice: Recuerdo que era joven y que teníamos miedo. Nunca había pasado nada así en este pueblo. Acá sí nos conocemos todos; nunca fuimos muchos, tampoco. Me acuerdo que con mis padres y mis hermanos estuvimos todos esos días —hasta que lo mataron a Bigote Ancho— encerrados y sin salir. Salían los mayores, pero lo necesario, para ir al almacén, nomás. A él lo acribillaron en un trillo ahí abajo en el río.

Las partidas policiales trabajaban las 24 horas del día y al sexto día lograron cercar a Bigote Ancho y a su compañero en un trillo que lleva al Paraná del lado argentino. No los atacaron de día; esperaron a la noche. Desde unas lanchas de la Prefectura iluminaron con los focos al lugar; los haces de luz atravesaban las vaporosidades emanadas del río. En ese escenario fantasmal fue sorprendido Bigote Ancho; la balacera policial fue respondida por un par de disparos efectuados por reflejo y sin precisión. Al llegar la partida a la orilla encontraron el cuerpo inerme, literalmente cocido a balazos. A un costado, como una mueca irrisoria del destino infame, estaban desparramadas una planta de lechuga y unas frutas, como una trágica y absurda naturaleza muerta.

PARAGUAYITO. Si uno está parado sobre la loma de cualquier camino o calle de Puerto Leoni, puede contemplar cómo se explaya ante nuestra vista una inmensa alfombra verde. Si el cielo está despejado o nublado completamente, se tiene la sensación de que esa visión es impenetrable y tan desértica como un páramo de arena en el cual o vuela un águila o un carancho solitario. ¿Puede un hombre perderse en esa espesura, donde lo exuberante se torna desconocido y extraño? Claro que sí.

Las crónicas policiales de la época y las posteriores describen en diferentes tonos la muerte de Bigote Ancho, de José-Í; sin embargo, dicen poco y nada. Tan solo que no fue encontrado, que se internó en el monte y nunca más se supo nada de él. Ante esto se pueden conjeturar muchas hipótesis: fue herido y en la fuga cayó por un barranco y fue arrastrado por las aguas del río; devorado por animales en el monte; las fuerzas policiales lo desaparecieron en la selva. Podemos imaginarle otras causas. Sin embargo, es raro de alguien partícipe de hechos tan trágicos y nadie vuelva a saber más nada durante años.

Le pregunto a María, antes de despedirme y de que ella siga arreglando un camino de ladrillos, sobre José-Í.

—Era un pobrecito, el otro lo dominaba, él no hizo nada. La familia lo llevó a Paraguay y se quedó ahí. Cuando el padre se murió le dejó una chacra que está para aquel lado, bien para el fondo, y vive ahí.

Camino unas cuadras y me cruzo con Mario, un morocho misionero, sesentón, pero aún robusto. Lo paro para hablar de esos sucesos y me dice:

—¡Cómo no me voy a acordar! A Bigote Ancho medio que lo crio un alemán o polaco, que lo judeaba bastante y lo hacía trabajar por la comida. Antes de que matara a la mujer y a una de las hijas, ya lo había ido a buscar con un machete. Cuando tomaba unos tragos se acordaba de todas las judeadas que le hacían de gurí. Las hijas también se reían de él, por el labio como lo tenía.

—¿De José-Í no se supo más nada?

—Él no mató a nadie, era solo su compañero de pesca. Lo siguió ese día, pero no robó ni mató a nadie. La familia se lo llevó a Paraguay y después de un tiempo volvió; el padre le dejó una chacra, allá por el Barrio Otilla, y vive ahí. Cuando pasó todo eso él tenía 17 años, era menor de edad y el otro lo manipulaba. No es que nunca se supo más nada de él: volvió solo y vive ahí.

—¿Se podrá verlo?

—No creo, el hombre quiere vivir en paz.

Mario enciende la moto y se aleja bajo la llovizna. Camino una cuadra, me protejo de la lluvia bajo el techo de chapa de la parada del colectivo. Un joven mbya —que también espera— me señala con el dedo a un enjambre de abejas que construyen un panal en uno de los tirantes de hierro. Me corro. Miro la hora en el celular: en cinco minutos llegará “el urbano” y atrás quedarán Puerto Leoni y sus días trágicos.

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