Durante varios días el mundo enfocó su atención en las protestas en Irán. Ciertamente, protestas masivas con incidentes, incluso masacres, suelen repetirse en muchos países, desde Europa hasta lo más recóndito de África; sin embargo, son informaciones coyunturales y no hacen que todos enfoquemos nuestra atención en ellas. Esto es así porque las protestas en Irán son percibidas como un elemento que juega en el tablero geopolítico mundial de manera central, tan importante como una guerra o un colapso económico de un país de envergadura. E Irán es un actor fundamental en el equilibrio del tablero de Medio Oriente y un actor de importancia mundial (una potencia media) que contribuye a la conformación de un “mundo multipolar”.
Entonces, las protestas entran en el escenario como una parte más de una batalla o, más bien, de una guerra, sean o no conscientes los actores de las mismas, les importe o no. Por ello, las protestas en Irán no son un simple —o grave— hecho de una crisis económica, política o social, ni algo exclusivamente vinculado a luchas de mujeres o minorías, sino un hecho que debe ser enmarcado en la guerra en la que los persas se encuentran envueltos desde hace tiempo. Esta es una primera definición: las protestas, justas o no (esto es otro tema, importante pero para más adelante en este artículo), son una expresión —o se encuadran en— la guerra que (al menos, para acotar el último período) Irán enfrenta a Israel desde el 7 de octubre de 2024. Una guerra con aspectos híbridos o de “zona gris”, pero que sin dudas tiene claras expresiones militares convencionales.
El segundo elemento a tener en cuenta, previo a cualquier análisis, es la cuestión de las mujeres. Lo planteamos en esta introducción, ya que este artículo desarrollará sus hipótesis casi sin mencionar el tema. Sin embargo, en la propaganda occidental es una cuestión central. Afirmamos como definición que no es la cuestión de los derechos de las mujeres —o, más bien, de las normas tradicionales que rigen su vida y las discusiones sobre su flexibilización— lo que ha sido el motor principal o secundario de los hechos recientemente vistos. El detonante y motor interno de las movilizaciones ha sido, en primera instancia, económico y, en segunda instancia, político. Esto no significa que mujeres descontentas “también” se hayan expresado en la calle, sino que lo hicieron como parte de un movimiento centrado en otras reivindicaciones. Más bien, señalamos con esta advertencia cómo construye su mensaje Occidente hacia su propia población: un mensaje sencillo y aceptado sin análisis por las más amplias masas —“en Irán las mujeres son oprimidas y son el motor de una lucha contra una teocracia retrógrada”—. ¿Quién no lo va a apoyar? Aunque sea falso, es creíble. Y mucho más fácil de explicar que las razones verdaderas de las protestas, aunque sean justas. Mensaje claro, entendible, sencillo para el auditorio más simple: principio básico de la propaganda.
Para resumir, hay que fijarse en tres elementos confluyentes e interrelacionados (se realimentan y no se entiende uno sin el otro): dos internos y uno externo. La crisis económica, los problemas internos de consenso del régimen político y la guerra, en todos los planos, que enfrenta el Estado Islámico. Por ello, no podemos resumir la actual crisis, sin ver un poco más allá, como simples “operaciones de guerra híbrida”, sino que, al revés, estas operaciones deben incluirse en un análisis global de la situación iraní. Porque la “guerra híbrida” es la capacidad consciente y planificada, por parte de los estados mayores y organismos de inteligencia, de operar por “líneas interiores” de la sociedad enemiga, potenciando o generando disidencias, o actuando sobre instituciones estatales o civiles para desestabilizar un régimen en el marco de un conflicto más amplio. Pero eso solo es posible si las condiciones existen.

Múltiples desafíos para Irán
La guerra ha sido dura para los persas. Dentro de su doctrina de “paciencia estratégica” era necesario, por un lado, no entrar en conflictos convencionales abiertos y, por otro, avanzar cercando, aislando y presionando a Israel. Mientras tanto, se buscaba que el tiempo le permitiera estabilizar sus relaciones con el mundo a través de los BRICS y, con Europa o EE. UU., distender sin concesiones a su soberanía ni a su política regional. Sin embargo, Israel apeló a la ofensiva permanente y a la escalada, transformando la “paciencia” en retroceso. Y en esta etapa Israel es el ganador, por ahora.
Señalemos un par de conceptos para entender la magnitud del retroceso iraní: el de “frontera política” y el de “frontera geopolítica”. Sencillamente, la frontera política es la que aparece en los mapas, donde en teoría un Estado ejerce plena soberanía. La frontera geopolítica es donde ese Estado realmente ejerce la soberanía o parte de ella. Por ejemplo, EE. UU. extiende su frontera geopolítica en amplios sectores del globo, aunque se esté replegando sobre América. Pretende hacer de su “frontera geopolítica” en América casi una soberanía plena (más o menos de acuerdo al país); Turquía expande su frontera geopolítica cada vez más en África y Medio Oriente, y busca asentarse en Asia Central en competencia con otras potencias. Argentina tiene una frontera geopolítica muchísimo menor de lo que su territorio en el mapa indica, no solo por Malvinas, sino porque no ejerce plenamente su soberanía ni siquiera en el territorio continental, o la comparte con otras potencias o entidades extranacionales. Irán, hasta el 7 de octubre, extendía su frontera geopolítica hasta el Mediterráneo, por sobre Irak, Siria y el Líbano; hoy, en enero de 2026, se encuentra resistiendo dentro de sus fronteras.
El costo de la derrota militar y política de Irán, más allá de que la propaganda interna lo atempere, ciertamente repercute tanto en lo político como en lo económico, y es central en el aumento de la presión internacional y en las expectativas de Occidente e Israel de terminar con la República Islámica. Ciertamente, Israel, en su estrategia de “ofensiva permanente”, intenta seguir atacando por los medios más diversos, lo que se llama “explotación” de sus victorias. Aunque debemos destacar que la derrota iraní no ha sido de una magnitud tal que nos haga pensar que los persas no se puedan recuperar ni que hayan sido sacados de la ecuación de poder mundial; aunque sí ha disminuido su influencia en la región. Hoy Irán está a la defensiva, viendo cómo reconstruir el machacado “Eje de la Resistencia”, así como buscando mejorar sus capacidades militares para volver costosa cualquier nueva acción israelí o norteamericana sobre su país. En este marco, las “estrategias híbridas” son parte de la “explotación”, a través de “líneas interiores” sociales y políticas, de la victoria militar en las batallas desde el 7 de octubre.
La guerra y las necesidades de la defensa imponen a Irán, en un momento de crisis prolongada, un alto gasto militar financiado con emisión monetaria, que aumenta las presiones inflacionarias. Así, disminuye en la “ecuación mantequilla o cañones” lo que corresponde al consumo popular. El presupuesto 2026 indica un aumento del 200 % en gastos de defensa tras los conflictos con Israel, restando recursos a salud y a subsidios sociales. Esto no puede compararse con Argentina, donde un aumento del 200 % llevaría a un presupuesto militar que seguiría siendo moderado; en cambio, Irán ya tenía un gasto militar destacado antes de la guerra actual.
Las sanciones internacionales y el aislamiento son claves en la crisis, además de las derrotas militares y el retroceso geopolítico. La reactivación del mecanismo “snapback” de la ONU a finales de 2025 ha asfixiado las exportaciones de crudo (ventas con descuentos del 30 % a China), bloqueado totalmente el acceso al sistema bancario global (SWIFT) y provocado una brecha cambiaria del 3.300 % entre el dólar oficial y el libre. Nosotros podemos estar pensando, con expectativas, en el surgimiento de un sistema alternativo al controlado por EE. UU., pero eso aún está en sus primeros pasos y no reemplaza los mecanismos tradicionales del comercio mundial.
El costo acumulado, según varios estudios basados en datos del BM, indica que Irán ha perdido más de 1,2 billones de dólares en PBI potencial desde 2011 debido a las sanciones. La capacidad económica pudo haberse deteriorado en un 23 % de su capacidad total, lo que debe combinarse con la dificultad de acceso al mercado mundial de productos tecnológicos, que actúa sobre un retraso en la modernización de la industria. Las sanciones son una parte muy importante del deterioro del PBI, al encarecer y dificultar la relación de los persas con el mundo.
La crisis hídrica (la gran sequía). Hace seis años que Irán sufre una sequía prolongada cuyos efectos sobre la disponibilidad de agua son los mayores que se recuerdan: grandes lagos han desaparecido, embalses se encuentran casi secos, y zonas de cultivo y pastoreo se han convertido en desiertos. La producción de alimentos en Irán se basa en gran parte en el regadío desde la antigüedad persa. El abastecimiento de agua en las ciudades se encuentra muy afectado. Tal es así que se ha discutido trasladar el gobierno hacia algún lugar donde pueda garantizarse el suministro de agua para la administración.
El impacto de la sequía en el PBI le resta entre 1,5 y 2 puntos porcentuales de crecimiento anual. En la inflación es responsable de unos 15 puntos anuales, debido a la escasez de alimentos y a la necesidad de importaciones de emergencia. La caída de la generación hidroeléctrica provoca cortes en la industria pesada (acero y cemento), frenando la producción y volviendo escasos productos que Irán se autoabastecía.
La sequía afecta de tal forma que hoy Irán debe importar alimentos cuando antes se autoabastecía, lo que es muy grave en un momento de carencia de divisas. Es decir, el país debe comprar en el mercado mundial, o a países amigos, alimentos cuando no dispone de excedente comercial y tiene un gasto militar muy elevado. Las conclusiones son obvias, más aún cuando debemos tener en cuenta que los socios actuales de Irán no rebajan precios por solidaridad, aunque estén dispuestos a usar carriles no convencionales para comerciar.

Factores económico-sociales de la crisis
La economía iraní se encuentra en una situación de estanflación prolongada. La inflación interanual supera el 50 % y continúa en ascenso, y en los alimentos llega al 80 %. Medir la desocupación es difícil porque existe mucho trabajo informal, por cuenta propia y no registrado. Las estimaciones hablan de un 8 % de desocupados y un 40 % de empleo informal. Es decir, vistos desde Argentina, los indicadores no parecen catastróficos, pero en cualquier economía y sociedad normal son muy graves.
La medición del PBI es compleja, ya que medirlo al tipo de cambio real frente a la paridad de poder adquisitivo (PPA) registra una diferencia abismal: 437.000 millones de USD frente a 1,93 billones de USD. Ninguno de los dos mide la realidad efectiva por sí solo. Para que se entienda: el PBI a tipo de cambio es la conversión a dólares de todos los bienes y servicios producidos en moneda local; mientras que la PPA mide lo que dentro de las fronteras se puede adquirir y lo traduce a divisas. Es de destacar que cuando se señalan cifras públicas del PBI argentino (unos 660.000 millones de USD) se lo hace bajo el tipo de cambio real y no por PPA. En esa medición la diferencia también sería muy grande para el caso argentino, aunque no tanto como para Irán. De hecho, si el PBI iraní medido a tipo de cambio real es bastante menor que el nuestro, medido por PPA es un poco mayor. Aun así, podríamos considerar que el PBI iraní es menor que el argentino, aunque su distribución y estructura sean más eficientes. Sin embargo, lo cierto es que Irán tiene el doble de población que Argentina, lo que hace que el PBI per cápita sea muchísimo menor que el nuestro.
La evolución del PBI iraní está fuertemente marcada por las sanciones y los conflictos internacionales (lo mismo ocurre con la diferencia entre PBI a tipo de cambio real y por PPA). En 2016 creció un 13,4 %: fue el año del acuerdo nuclear y del levantamiento de sanciones. En 2018 EE. UU. salió del acuerdo y se reimpusieron las sanciones petroleras; el PBI cayó un 6 % y un 6,8 % el año siguiente, entrando Irán en recesión. La pandemia golpeó a los persas como a todos y, en 2021, la salida de la pandemia y el comienzo de acuerdos con China permitieron un crecimiento del 4,7 %. En 2023 se activó la “flota fantasma” para la venta de petróleo eludiendo las sanciones de EE. UU., y el PBI creció un 3 %. La guerra y el recrudecimiento de la conflictividad hicieron que en 2024 el PBI solo creciera un 0,5 %; en 2025, el impacto de la conflictividad en la estructura económica y comercial derivó en un retroceso del 1,2 %, y en este 2026 ya ha caído un 0,8 %, lo que podría anunciar un grave desplome, producto de la combinación de múltiples factores que analizamos más abajo. La caída durante tres años seguidos configura una recesión.
La distribución del PBI por sector indica que la producción petrolera constituye el 23 % de la riqueza (aunque es la principal generadora de divisas). La manufactura y la minería contribuyen con el 13 % de la producción, y la agricultura con el 10 %. El último gran componente del PBI es la construcción y la distribución de electricidad, gas y agua, que representan el 7 % de la producción total.
El país persa depende para la obtención de divisas del petróleo y su exportación (petróleo, gas y derivados). Es una potencia mundial en este rubro, aunque muy golpeada por las sanciones. En 2016 llegó a exportar 1,78 millones de barriles (en consonancia con el pico de aumento del PBI y el acuerdo nuclear). En 2018, EE. UU. se retiró del acuerdo y comenzó la caída, que fue más grave con la pandemia, derrumbándose hasta 0,44 millones de barriles y conllevando una caída drástica del PBI. A partir de 2024 Irán se vio beneficiado por el surgimiento de la “flota fantasma”, llegando a exportar 1,50 millones de barriles anuales.
Es necesario tener en cuenta que la exportación por estos mecanismos alternativos para eludir las sanciones de EE. UU. impone una quita: ni China ni ningún comprador sostienen los precios de mercado. Por ejemplo, si el Brent cotiza hoy alrededor de 64 USD, Irán está percibiendo realmente un poco más de 50 USD por barril. Algunas mediciones hablan de una quita del 30 % en las ventas a China.
Es de destacar que, además de petróleo, Irán es un país donde se ha desarrollado un proceso muy avanzado de sustitución de importaciones, tanto por “ideología” como por necesidad. Desde acero y autos hasta ropa y artículos de vidrio, pasando por ciertas maquinarias, muchos bienes se producen internamente. Puede decirse que Irán, en gran parte, se autoabastece de numerosos productos. Aunque su industria es actualmente menos competitiva que, por ejemplo, la turca —que en los últimos diez años ha desarrollado una verdadera “revolución industrial” en muchos sectores—, ya que no opera plenamente en el mercado externo ni enfrenta competencia, ni recibe aportes o inversiones significativas, lo cierto es que constituye una base industrial y tecnológica importante y completamente nacional. Además, y como foco central de conflicto, Irán cuenta con un programa nuclear en pleno desarrollo, que Israel considera una amenaza, ya que pretende permanecer como la única potencia nuclear de la región.

La economía iraní se encuentra fuertemente controlada por el Estado u organizaciones vinculadas a la Revolución Islámica. El sector estatal y paraestatal representa entre el 75 % y el 80 %: empresas directamente estatales, las bonyads(fundaciones religiosas) y la Guardia Revolucionaria (IRGC) controlan el petróleo, la banca, la minería y las telecomunicaciones. El sector privado representa entre el 15 % y el 20 %, limitado a la agricultura de pequeña escala y al comercio minorista (bazar). El capital extranjero es marginal, alrededor del 1 %, y se limita a inversiones estratégicas de China y Rusia en energía y defensa. Como se observa, las herramientas del Estado para intervenir en la fijación de los precios de la economía son muy amplias. De hecho, los salarios los fija el gobierno, realizando un ajuste anual al inicio del año calendario persa.
Desde enero de 2024, el trabajador iraní ha sufrido una de las mayores transferencias regresivas de ingresos de la historia moderna del país. El salario real ha perdido un 50 % de su poder adquisitivo entre 2024 y 2026. Por ejemplo, en marzo de 2025 (ajuste anual), el gobierno decretó un aumento salarial del 45 %, lo que permitió una recuperación parcial de la gran caída del año anterior; sin embargo, la inflación —especialmente la de la canasta básica— continuó en ascenso y, a fin de año, los salarios registraban un nuevo retroceso, similar al de 2024. A pesar de estas variables tan negativas, el Estado cuenta con una red de asistencia a los sectores más desprotegidos que permite el acceso a la alimentación básica casi sin costo. Los combustibles se encuentran subsidiados, al igual que las tarifas, lo que atenúa el impacto inmediato de la crisis en los bolsillos, aunque no así en el plano estructural, ya que un Estado con ingresos cada vez menores incrementa de manera riesgosa su déficit para sostener el gasto. Esa prolongación durante varios años genera tensiones estructurales de gran envergadura.
Crisis política
Es importante no ignorar, por cuestiones partidistas, los elementos políticos del descontento, sin duda los más opinables y difíciles de medir. ¿Cómo se mide el consenso? ¿Cómo se reconoce la hegemonía en el presente y no desde la historia? Quien escribe no es un devoto del sistema demoliberal de elecciones periódicas y de atomización individualista. Sin embargo, la existencia de elecciones periódicas y sus resultados indican algo. Se presuma fraude o no, que en determinado momento la población se incline por una propuesta que en su discurso coyuntural promete tal o cual cosa, o que exista o no entusiasmo, cada una de estas cuestiones funciona como una encuesta legítima que permite aproximarse, si no a la cuestión plena de la hegemonía, al menos a la existencia de problemas de consenso (aspectos sin duda articulados).
El sistema político iraní es, en términos weberianos, una combinación de burocracia moderna y carisma teocrático, donde el poder emana de una base tradicional (el Líder Supremo como figura religiosa) pero se institucionaliza a través de estructuras burocráticas como el Consejo de Guardianes y la Asamblea de Expertos. No es una teocracia en sentido estricto, sino la evolución moderna de un régimen de ese tipo: una república donde el poder político está dividido entre organismos electivos similares a los de Occidente, pero donde una porción muy relevante del poder es ejercida por un personal electo dentro de la capa sacerdotal, o con su participación decisiva. Esta parte del poder del Estado ejerce el control último de las relaciones exteriores, de las Fuerzas Armadas y de cuestiones clave que hacen a la posibilidad de presentarse a elecciones o a las normas relativas a la moral. No es arbitrario, ya que es constitucional y está ajustado a leyes. En algunos aspectos puede resultar incluso más transparente que en Occidente, donde un poder ajeno a las masas y a las instituciones —basado en el dinero y el poder económico— ejerce una tutela o un veto sobre las decisiones políticas. Sin embargo, esa misma transparencia expone a dicho poder, en la República Islámica, a las contradicciones que imponen las modificaciones de las conductas sociales y la búsqueda de ciertas libertades. La ductilidad para adaptarse a la evolución no siempre es una cualidad de la que las instituciones y las capas dominantes estén dotadas.

Al comienzo de este apartado señalamos que las elecciones son como una encuesta. Veamos la participación de los iraníes. En 1979, en el referéndum de fundación de la República Islámica, votó en teoría el 98,2 %. En la década de 1980 votó entre el 50 % y el 65 %: fue el período de consolidación y de la guerra Irán-Irak. En 1997, en la elección de Khatami, un reformista, la participación y el entusiasmo crecieron; con el 79,9 % fue el auge del movimiento reformista, que muchos indican que fracasó ante la opinión de sus propios partidarios. En 2009, Ahmadinejad, un líder carismático, fue electo con el 84,8 %, un máximo histórico en presidenciales; se trataba de un conservador nacionalista de tinte ampliamente popular. Pero desde allí la participación se derrumbó con notorios vetos a candidatos por parte del Consejo de los Guardianes (no solo reformistas; el propio Ahmadinejad fue vetado). En 2024, en las presidenciales, solo participó el 39,9 % en la primera vuelta, un mínimo histórico absoluto.
Si vamos al detalle de la última década se ve con más claridad: en las parlamentarias de 2016 votó el 61,8 %; en las presidenciales de 2017, el 73,3 %; en las parlamentarias de 2020, el 42,6 %; en las presidenciales de 2021, el 48,8 %; en marzo de 2024, en las parlamentarias, el 41 %; y en las últimas presidenciales, el 39,9 %. El punto de quiebre fue 2020, la primera vez que la participación cayó por debajo del 50 %. También se ha observado un aumento en el porcentaje de votos en blanco o nulos, llegando a ser la “segunda o tercera fuerza”.
Creemos que existe un deterioro del consenso en el régimen político, que se nota y avanza en relación directa con la guerra, la crisis y las sucesivas olas de protestas. La brecha es cada vez más profunda entre las zonas rurales y provinciales y las grandes concentraciones urbanas, especialmente Teherán. Mientras que históricamente el voto rural ha sido más estable y alineado con los sectores conservadores por cuestiones de desarrollo práctico y redes locales, las ciudades se han convertido en focos de abstencionismo y protesta política. La descalificación sistemática de candidatos reformistas ha dejado a los urbanitas sin representación: en las elecciones parlamentarias de marzo de 2024 se estimó una participación en Teherán de apenas el 24 %, frente al 41 % a nivel nacional.
En este sentido, el descontento popular no debería ser visto como una anomalía iraní. Insistimos en la transparencia del sistema: aquí, en el sistema persa, los vetos son públicos y realizados por organismos que vetan candidatos por razones político-ideológicas. En Europa se vetan candidatos por métodos oscuros, con carpetazos o con “golpes institucionales” de la UE, cuando un líder nacionalista parece amenazar el dominio de la casta globalista de la Unión. Casos evidentes son los de Marine Le Pen, los rumanos o los intentos de judicializar a AfD en Alemania, por ejemplo. Pero allí no se amenaza con bombardear a nadie, aunque Vance, el vicepresidente de EE. UU., señaló esta cuestión antidemocrática que mencionamos, ante el horror de los “demócratas liberales” de Europa occidental.
Cada uno de estos factores por separado no sería una amenaza para Irán, o podría serlo para determinada corriente política del sistema, pero no para la ubicación de la República Islámica como actor en el mundo multipolar. Sin embargo, la combinación de todos ellos y su interacción le otorgan a la situación actual un carácter delicado, cuya evolución es incierta.
Reflexiones finales
Las propias autoridades del gobierno iraní han hablado de miles de muertos en la represión de las protestas. Miles es una cifra muy alta para unos pocos días. Aunque, de hecho, no hay que olvidar que en los primeros momentos de las protestas los grupos más violentos mataron a unos 50 efectivos policiales. Y así sucedió lo que es una regla en todos los conflictos de este tipo: se genera una reacción del Estado de una magnitud siempre mayor y de difícil discriminación de objetivos. Esa es la ley que todos conocen.

Pero, igualmente, “miles” de muertos y decenas de miles de detenidos, con cientos de condenas a muerte, es un dato que debería hacernos reflexionar sobre indicios de una posible fractura de la sociedad iraní, más aún teniendo en cuenta que los ciclos de protestas se vienen repitiendo desde hace años. Sin dudas, es un terreno fértil para operaciones híbridas. Aunque nunca hay que olvidar —o hay que reconocer— que, en general, todas las revoluciones (sea cual sea su signo), los movimientos independentistas o procesos similares siempre cuentan con la intervención directa o indirecta de los enemigos del poder al que se enfrentan. En mayor o menor medida, esto también es una “regla” histórica de repetición regular. La clave está no tanto en cuánto simpaticemos con el gobierno o con su oposición, sino en cuán alienada al poder externo está esa oposición y cómo juega en el contexto mundial de acuerdo con los intereses desde donde se realiza el análisis. Ya lo advertían algunos líderes de nuestra independencia hace 200 años respecto de Inglaterra.
Sin embargo, no debemos perder de vista que una rebelión en medio de una guerra como la que enfrenta Irán es un hecho que no puede ser visto con simpatía por quienes apostamos a la soberanía de las naciones como valor principal. De hecho, muchos próceres argentinos liberales estuvieron del lado de los interventores anglo-franceses en nombre del progreso, y hasta algunas personas creen en secreto que los británicos en 1982 “nos dieron la democracia”, y que eso fue algo positivo. Ese pensamiento democrático liberal cosmopolita es también una cuestión que nos debe hacer reflexionar.
Aunque esto mismo no es trasladable a las “minorías nacionales” que se rebelan buscando su independencia y el fraccionamiento de Irán, lo que es claramente parte de la política israelí. Debemos saber que las aspiraciones nacionales pueden ser incompatibles y que, más allá de un análisis desde la distancia académica, en la política concreta es lógico tomar partido. Aunque no es necesario en todos los casos, ya que depende más de nuestra posición en política internacional que de un análisis estrictamente académico. De hecho, el caso de los kurdos (que no trataremos aquí) en Siria, por ejemplo, es un caso muy claro que hace trastabillar a la izquierda occidental y a la juventud progresista.

La actitud de los EE. UU. e Israel respecto de Irán no guarda secretos. Sin dudas, el Estado judío busca la eliminación de un adversario regional de envergadura, el más importante hasta hoy. Usa como excusa el desarrollo nuclear de Irán y sabemos que quien posee armas nucleares dispone de herramientas de equilibrio estratégico de gran importancia. Israel desea firmemente ser la única potencia nuclear de la región y, aunque los persas se esfuercen en dar muestras de estar dispuestos a negociar, lo cierto es que Israel y Occidente desean eliminar todo vestigio del programa nuclear iraní. Es de destacar que los objetivos de Occidente e Israel son que Irán quede con menos capacidades nucleares que Argentina, por ejemplo.
Israel ve a Irán golpeado y quiere terminar con el régimen; apuesta al caos en el país islámico y, si es posible, a su fraccionamiento. No creemos que un ataque militar a distancia (intervenir por tierra es imposible) ayude a estos designios o, por el contrario, que no termine cohesionando nuevamente a la sociedad iraní y otorgando mayor legitimidad a la eliminación de la oposición sistémica. EE. UU. está intentando replegarse hacia América Latina sin perder protagonismo en los conflictos mundiales. En particular, busca retirarse de Medio Oriente dejando a Israel en una situación ampliamente ventajosa. Sin embargo, el fraccionamiento del poder regional no augura éxito a sus máximos designios (relanzar los “Acuerdos de Abraham”), ya que, si bien el Estado judío ha obtenido una victoria tras otra, su política extrema le genera nuevos enemigos (como Turquía) o el distanciamiento de las monarquías del Golfo. Y, ciertamente, Israel no logra ninguna victoria definitiva, prolongando los conflictos de manera riesgosa.
EE. UU. quiere sostener a Israel (Trump y su movimiento), pero eso implica involucrarse con toda su fuerza en un conflicto prolongado. Las amenazas de Trump de atacar Irán podían ser atendibles y, sin dudas, los iraníes tomaron nota. Tanto para amenazar con responder sobre las bases estadounidenses (lo que está a su alcance) como sobre Israel, que dispone de una “Cúpula de Hierro” y otros sistemas hoy desabastecidos. Pero también comprometiéndose a no ejecutar las condenas a muerte por las últimas protestas, lo que constituye un gesto de negociación y, probablemente, un “gancho” de Trump para negociar, ganando tiempo.
El problema no es solo si EE. UU. estaba en condiciones de intervenir de inmediato para “apoyar las protestas”, o si desistió por la reacción internacional —muy moderada—, sino que el movimiento de portaaviones y fuerzas estratégicas lleva semanas, y las protestas ya habían sido suprimidas. Además, es dudoso que un ataque norteamericano-israelí, por más fuerte que fuera, produjera un cambio de régimen o incentivara movilizaciones de apoyo. No creemos que la sociedad iraní esté en esa sintonía ni que el régimen político sea tan débil como imaginan en Occidente. Un ataque norteamericano que matara a algunos líderes, incluso al ayatolá Jamenei, de ninguna manera tenía garantizado que la evolución posterior no derivara en una situación peor que la anterior para Occidente.

En definitiva, creemos que en este 2026 Irán se enfrentará a un problema central para su estrategia de resistencia: para defenderse de las sanciones externas, el gobierno aplica políticas internas (emisión, gasto militar) que, hasta hoy, han deteriorado el salario real de sus ciudadanos. La pregunta para el cierre del año no es si la economía crecerá, sino si el tejido social podrá soportar otro año de pérdida de capacidad de compra sin una nueva crisis de protestas más profunda. Como los propios dirigentes iraníes (al menos una parte) reconocen, muchas protestas son legítimas; la incógnita es si, en esta situación de depresión y crisis, el sistema estará en condiciones de absorber la mayoría de las demandas. Ese es el desafío del sistema.
