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Tungoil, una utopía industrial

El azar del lado de un emprendedor fugitivo. El proyecto industrializador del primer peronismo. Un modelo fabril antagónico a los modelos de explotación yerbateros. Por Eduardo Silveyra.

HISTORIA. Son las diez de la mañana, la temperatura y la humedad ya resultan agobiantes a esa hora del día. Como muchos, me pregunto cuánto calor nos espera cuando realmente llegue el verano, algo realmente difícil de predecir con el cambiante clima misionero de los últimos tiempos. Estoy en esas disquisiciones un tanto aletargadas, cuando escucho la bocina del auto de Antúnez, quien puntualmente me pasa a buscar a la hora convenida la noche anterior. Llevo el sombrero de paja, un cuaderno para tomar notas, una lapicera y una botella con agua fresca, son suficientes para emprender la aventura.

Viajamos rumbo hacia Santo Pipó, uno de los pueblos vecinos a Gobernador Roca, donde en décadas pasadas, una industrialización incipiente se dio en la zona, producto de la instalación de la Tungoil. Una fábrica procesadora de aceite de tung, la cual motorizaba no solo la economía de la zona, sino también la de gran parte de la provincia. El establecimiento fabril tuvo un período productivo extendido, desde mediados de los años cuarenta a un final doloroso promediando los 80, aunque su fantasma continuó aleteando la agonía hasta el año 2021. Por supuesto, si bien ocurrieron hechos fortuitos, sin el contexto histórico y político adecuado, nada hubiera sido como fue y mucho de lo sucedido se debió en gran parte a la mirada visionaria del Capitán Karl Nauer y la conjunción con los planes quinquenales del primer gobierno peronista y la creación del Instituto Argentino para la Promoción y el Intercambio, el famoso IAPI.

Al pasar por la entrada de Santo Pipó, Antúnez sigue de largo raudamente. Le pregunto si no nos pasamos y me dice:
—Usted pensaba que la Tungoil y el Barrio Obrero estaban adentro del pueblo. No, están más adelante, pasando el arroyo Ñacanguazú. Enseguida llegamos.
Y así, unos kilómetros más adelante, nos adentramos en un camino de ripio, el cual nos conduce al famoso Barrio Obrero.

SEMILLAS. En 1940 Karl Nauer revistaba como capitán de la marina mercante alemana en cargueros de las rutas del sudeste asiático. Precisamente en ese año, por orden directa de Hitler, los marinos mercantes también debían realizar el saludo nazi en sus rituales marineros. Esto iba en contra de los principios del protagonista de gran parte de esta historia, quien al llegar al puerto de Rotterdam desertó y literalmente se tomó un buque rumbo a Buenos Aires. Al llegar, no permaneció un tiempo muy extenso, pero sí suficiente para un descanso reparador y así emprender el viaje hacia los territorios misioneros de Eldorado. Nauer parece estar lanzado a un destino ya determinado por vaya uno a saber qué dioses, pues a poco de establecerse en esa ciudad del Alto Paraná, se casa con la viuda del farmacéutico Tiemenn, Elena Nurberg.

Como viaje de luna de miel, la pareja elige aventurarse a las ruinas jesuíticas de San Ignacio. Nauer era un experto y un coleccionista de piezas arqueológicas. Es en este sitio donde se puede decir que aquí comenzó a suceder todo. Allí, en medio de las ruinas y los ecos del pasado, descubre un árbol de tung. Se pregunta varias veces cómo pudo haber llegado ese árbol, más que centenario, al lugar. Deduce con acierto que los mismos jesuitas trajeron sus semillas desde Japón o China, su país de origen, y lo cultivaron para extraer el preciado aceite de sus semillas y así alimentar la combustión de las lámparas. Una de las propiedades del aceite de tung es el escaso humo producido al entrar en combustión. Ni lento ni perezoso, Nauer recogió semillas de ese ejemplar y de otros encontrados en la zona. A su regreso a Eldorado, al tiempo que producía los primeros plantines, iba entusiasmando a sus coterráneos para iniciar plantaciones y producir a gran escala. Él mismo se encargó de establecer contactos y solicitar más semillas a China. Las simientes orientales demoraron en llegar y no prosperaron. Enterado de un experimento de producción fallido en Florida, debido al clima, Nauer encargó algunas partidas de las semillas sobrantes en los Estados Unidos, y esas  rindieron sus frutos. Aunque el investigador Horacio Beláustegui, en su libro Los colonos misioneros, indica como inicio de los ensayos con la producción de tung al año 1920. Más allá de esa conjetura, es la idea de Nauer la iniciadora de todo el proceso de desarrollo de la industria del tung en Misiones.

FUNDACIÓN. En 1946, con una superficie de más de 54 mil hectáreas de tung cultivado, se pone en marcha la planta fabril en la localidad de Santo Pipó. El establecimiento encarna un modelo productivo y de organización social nunca visto antes en la Argentina. En torno a la planta procesadora y a los silos gigantes, se construyeron unas cuatrocientas viviendas para los operarios de la fábrica. Un ejido urbano con escuela, hospital de primeros auxilios, con lugares para esparcimiento y celebraciones religiosas, como la de San José Obrero. Este modelo de explotación y organización social contrastaba con la realidad laboral vivida por los peones y tareferos de los yerbatales vecinos, donde los colonos suizos hacían trabajar a la gente por un plato de comida. Elena Amarilla, una vieja habitante de la Colonia Gral. Urquiza, recuerda con cierta nostalgia:
“A la noche nos íbamos a lo alto del cerro a mirar las luces encendidas del Barrio Obrero, todos querían trabajar en la Tungoil porque pagaban bien y además tenían agua y luz eléctrica”.

Del mismo modo que Elena recuerda eso, no son escasos los recuerdos de largas filas de dos a tres kilómetros a un costado de la ruta, con camiones listos para cargar productos o descargar cosechas.

Al auge de la Tungoil se le sumaron otras empresas, como la Óleo Tung, fundada en el pueblo de Puerto Rico, y la Cooperativa Picada Libertad de Leandro Alem, creada también por colonos alemanes, la cual aún hoy mantiene una producción de supervivencia. Los derivados del tung son usados en la elaboración de pinturas, lacas, barnices e incluso productos de calafateo; otra de las virtudes es la no evaporación de ningún contaminante ambiental, lo cual lo torna un producto altamente ecológico.

Sin embargo, todo ese apogeo fue sucumbiendo a lo largo del tiempo debido a distintas causas, las más notorias: los distintos procesos de desindustrialización vividos por la Argentina a partir de 1976 con las políticas liberales de Martínez de Hoz y continuadas, a la vez, durante el gobierno de Alfonsín en los inicios de los 80. En 1985 la Tungoil cesó gran parte de su actividad, la cual se mantuvo de un modo cuasi testimonial hasta 2021. Hoy el Barrio Obrero ya no luce como en sus buenos tiempos; los habitantes viven de changas o empleos precarios en Santo Pipó, sin imaginar siquiera aquel pasado esplendoroso del cual hoy solo quedan moles silenciosas de cemento y esqueletos de máquinas, adormecidas bajo los soles y las lluvias misioneras.

TESTIMONIOS

Alba Ábalos, 70 años. “Mi padre trabajó en los años 60 hasta el año 82, trabajaba muchísima gente. Esto era otra cosa, las casas estaban bien cuidadas, cuando cerró la fábrica, la gente abandonó las casas y se fue a vivir a Santo Pipó. Fue muy triste, yo me fui a cocinar a la escuela, la gente iba a comer a la olla popular que se armó en el patio, era humillante ir a buscar un plato de comida para los trabajadores, imagínese a cuatrocientos obreros desocupados. Pasaron muchos años para que la gente, gracias a una gestión del intendente de esa época, pudiera cobrar una indemnización. Mi marido también trabajó, pero cuando nos separamos él se fue y yo me quedé. Pasamos de todo acá en el Barrio Obrero, estas casas eran muy lindas, con las paredes de ladrillos y los techos de tejas. Una vez hubo un incendio en la fábrica con seis heridos, por suerte no pasó más nada. Otra vez, cuando hacían los silos de cemento, a un obrero boliviano se le cayó una viga encima de la mano y le cortó los dedos. Pero lo más triste fue cuando cerró en 1985, a los que quedamos nos dieron los títulos de propiedad de las casas”.

Juan Torres, 64 años. “Nosotros vivíamos en el Paraje Carlos Car, ahí mi padre tenía una chacra pequeña, no más de una hectárea. Cultivaba para consumo de la familia, pero también había un cuadro con árboles de tung y la cosecha no era mucha, pero la Tungoil la compraba y eso ayudaba en la economía de la casa”.

Olga Dzivoski, 70 años. “Yo era chica y mis padres tenían una chacra en la colonia General Urquiza, eran 25 hectáreas. Ahí se cultivaba yerba que vendían a la cooperativa Piporé y también unas cuatro hectáreas de tung. Rendía mucho y daba para vivir. El tung no se cosechaba de la planta, hay que esperar que madure y caiga al piso, ahí lo juntábamos en bolsas y las poníamos en una carreta tirada por bueyes, después acopiábamos todo en un galpón o noque grandísimo que mi padre había construido. A veces empleaba gente para ayudar en la cosecha, hasta que venían de la Tungoil a comprar la producción. Tengo muchos recuerdos con mi hermana y mis dos hermanos de esa época. Lo que más me acuerdo es de la celebración de la fiesta de San José Obrero. ¡Una fiesta hermosa!”

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