24 de marzo: elogio del olvido

Una reflexión sobre los límites del “memorialismo” como herramienta de transformación política o cómo pensar el olvido en relación con los ’70 desde otra mirada.

24-de-marzo

Con el olvido sucede algo similar a lo que acontece con la seguridad: como es una bandera de la derecha, las izquierdas, el progresismo y las corrientes nacional-populares suelen no saber muy bien qué decir al respecto. Incluso más que con temas como la seguridad (que cuando son abordados por fuera de los postulados conservadores se suele caer en un catálogo de lugares comunes), con el olvido el hecho de quedar “patinando en el aire” suele ser más frecuente.

 

Por supuesto, ante posturas como las que vienen teniendo los voceros de la “Revolución de la Alegría” respecto al tema, a todas, a todos nos parece que está bien “cerrar filas” en torno a una defensa acérrima de la memoria y una condena abierta y total al olvido. ¿Pero de verdad pensamos que el memorialismo no es un obstáculo a la hora de imaginar/ensayar nuevos mundos posibles? ¿No es otro ejercicio de pereza intelectual pensar que “olvidar está mal”? Suelen ser ese tipo de binarismos morales (bien/mal) los slogans predilectos de las derechas. ¿Por qué recurrir a ellos, entonces, desde quienes pretendemos conmover el orden, violentar lo dado?

 

Contra el memorialismo

Ya hace casi un siglo atrás, desde el psicoanálisis, Sigmund Freud planteó la cuestión con claridad: la memoria y el olvido son términos estrechamente ligados, de modo tal que la memoria no debería ser pensada sino como otra forma del olvido, y el olvido como una forma oculta de memoria. Cuesta imaginar una memoria total que prescinda del olvido. Algo de eso, por otra parte, puede leerse en textos emblemáticos de la literatura argentina. En “Funes, el memorioso” (cuento de Jorge Luis Borges publicado en 1944 en su libro Artificios), por ejemplo, podemos ver el gran drama de su protagonista, quien tiene un serio problema respecto de su capacidad para efectuar una selección. Como lo recuerda todo, Funes no puede seleccionar. Así, podemos leer como el exceso de memoria puede obturar la creatividad del presente, conducir a la inacción transformadora del mundo que habitamos. Algo de lo que el pensador maldito Federico Nietzsche supo trabajar ya hacia fines del siglo XIX, cuando sostuvo, en su Genealogía de la moral, que “sin capacidad de olvido no puede haber ninguna felicidad, ninguna jovialidad, ninguna esperanza, ningún orgullo, ningún presente”.

«Con el olvido sucede algo similar a lo que acontece con la seguridad: como es una bandera de la derecha, las izquierdas, el progresismo y las corrientes nacional-populares suelen no saber muy bien qué decir al respecto»

Claro, cuando se escucha a funcionarios de Estado o voceros del establishment poner en cuestión la cifra de los 30.000 detenidos-desaparecidos durante la última dictadura (negando la importancia del símbolo 30.000 más allá de la exactitud del número), o cuando se plantea el olvido en términos de “reconciliación” (negando el carácter terrorista ejercido por el Estado en ese período, que incluye el del Proceso de Reorganización Nacional pero que lo antecede), a modo de reacción suele salirse al cruce poniendo un especial énfasis en la memoria. Y no se niega aquí la importancia del “trabajo de la memoria”, de sus combates. Sí, trabajo y combate, puesto que la memoria es un “campo de batalla”, tal como supo remarcar el pensador italiano Remo Bodei, no un ejercicio inocente y a-crítico sino un lugar bélico, un proceso social conflictivo puesto que pretende interpretar y dar sentidos colectivos al pasado, desde posiciones, intereses y pasiones atravesadas por las pugnas del presente.

 

Bien, pero de allí a idealizar el pasado, y paralizarse en las perspectivas de transformación radical de nuestras injustas sociedades, hay un paso, una delgada línea.

 

¿Por qué no debería recuperarse más aquellos proyectos por los cuales los militantes fueron secuestrados, torturados y asesinados? ¿No fue el nivel alzanzado por la lucha de clases en nuestro país -en correlato con el continente y el resto del mundo- lo que llevó al “partido militar” a desarrollar con tal ferocidad la represión, no solo para cortar de cuajo esos intentos revolucionarios sino para “aleccionar” a las generaciones venideras? Suena al menos un poco raro todo ese discurso y esas imágenes que circulan con tanta frecuencia entre las militancias, donde los setentistas aparecen bien como parte de “una generación de jóvenes con ganas de cambiar el mundo”, así en abstracto, como también esas otras que mecánicamente trasladan consignas y lecturas realizadas hace cuatro décadas sin reparar en los cambios acontecidos en el país, en América Latina y el mundo. Si algo tuvo la generación del sesenta y del setenta fue la vocación de cambiarlo todo, pero también la de abandonar los lugares de comodidad (y no rescato aquí cierto “afán sacrificial” sino la incomodidad de tener que pensarlo todo para accionar de un modo que no sea una obviedad).

“Si algo tuvo la generación del sesenta y del setenta fue la vocación de cambiarlo todo, pero también la de abandonar los lugares de comodidad (y no rescato aquí cierto “afán sacrificial” sino la incomodidad de tener que pensarlo todo para accionar de un modo que no sea una obviedad)”

Una comodidad que parece haberse instalado para no moverse es la que nos imposibilita procesar el debate sobre la violencia política. Hubo algunos intentos, hace ya más de una década, cuando varios intelectuales críticos salieron al cruce de aquellas confesiones de invierno del cordobés Oscar del Barco. Pero al parecer viene siendo una constante de la posdictadura la imposibilidad de construir un proyecto de liberación nacional y social que retome la discusión política de los años 70 más allá de su fase represiva o del ya mencionado “protagonismo de la juventud en la política” para poder cuestionar hasta la raíz el sistema de explotación.

 

Si como sostuvo Fredric Jameson, en esa frase devastadora, “hoy parece más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”, entonces las miradas retrospectivas deberían funcionar más como memorias de la resistencia que como memoria sobre lo que Nunca más queremos que suceda. Porque el Nunca más a la represión es un pliegue consciente detrás del cual se oculta uno inconsciente (y por ello más poderoso). A saber: la introyección del discurso del amo. Ese que sostiene el terror después del terror, para advertir que todo desborde será nuevamente tratado de un modo aleccionador.

 

Un poco de olvido entonces tal vez ayude a recuperar esa fuerza activa que nos permita reafirmar nuevamente esa voluntad de cambiarlo todo sin tantos temores. “Un poco de silencio, un poco de tabula rasa de la conciencia a fin de que de nuevo haya sitio para lo nuevo”. Lo escribió Nietzsche, y este cronista lo recupera. Tal vez un poco consciente de que, tal como sostuvo Zaratustra, “quien dice algo diferente marcha voluntariamente al manicomio”.

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