¿Y en qué nos mintió Alfonsín?

El líder radical soñó una socialdemocracia hegemónica en la Argentina vertebrada por el Tercer Movimiento Histórico. Sus peores decisiones de gobierno ya estaban anunciadas en la campaña electoral de 1983 y fueron coproducidas por una sociedad que quiso creer que viviría más tranquila entregando algunas cosas al establishment.

Cuando uno piensa en Raúl Alfonsín piensa de inmediato en las decepciones y en las deudas de la democracia argentina. Esa sensación se centra en algunos hechos:

– El manejo de la crisis de Campo de Mayo («Felices Pascuas»).

– Las leyes de Punto Final y Obediencia Debida.

– El inicio de los planes de ajuste en línea con las políticas de los organismos multilaterales de crédito (Planes Austral / Primavera).

– El tránsito que va de la política de los «militantes» a la política de los «operadores».

Esas escenas son tristes. Pero hay algo que no se puede decir. Que Alfonsín hubiera ocultado durante la campaña electoral de 1983 las formas de entender el país que derivarían en esos problemas. O que con sus orientaciones políticas e ideológicas el líder radical fuera poco sincero —consigo mismo, con sus compatriotas—.

No fue la de Alfonsín una defección al estilo de la que llevaría adelante algunos años más tarde Carlos Menem. Me animaría a decir que el hombre, realmente estaba «persuadido» de que su proyecto era el mejor, que era políticamente viable y que produciría bienestar para las mayorías.

Porque el proyecto de Alfonsín era —el discurso de Parque Norte y la idea del «Tercer Movimiento Histórico» también— fundar una socialdemocracia hegemónica en la Argentina. Pienso en el ritmo político de los países europeos o en el de la Concertación chilena. En ese tono, en esas formas. Algo novedoso, único, en términos de lo que había sido y que más tarde fue la política en el país.

Ahora, esa idea de «socialdemocracia» no está reñida con ninguna de las cuatro escenas «tristes» que antes planteé. Aquellas están marcadas por dos concepciones, me parece:

– Por un lado, considerar que «los políticos profesionales» se ocupan de negociar con cualquier actor de presión no-democrático (sean los carapintadas, los Capitanes de la Industria o el FMI). Se negocia. Se negocia todo. Se negocia a cualquier precio.

– Por el otro, la necesidad de desmovilizar a la sociedad (¿de deslatinoamericanizarla?).

En la campaña electoral, Alfonsín recitó el preámbulo de la Constitución y prometió juzgar a los jefes de las Juntas Militares. Siempre se opuso a avanzar en juicios a los que habían «cumplido órdenes». Las leyes de Punto Final y Obediencia Debida estaban ya, por lo tanto, en la plataforma misma del alfonsinismo. Se buscaba el tránsito hacia un tiempo «normal» donde todas esas tragedias de la Historia queden en el pasado. Donde el relato de «La República Perdida» llegara hasta los juicios de los Comandantes y de ahí se comenzara de nuevo para seguir con cien años de democracia (alfonsinista). Nadie puede sentirse defraudado o engañado por ello.

La otra idea que subyace es que la movilización política, que en la Argentina es en mayor medida peronista, es dañina para las instituciones democráticas. El concepto es que ese tipo de acción política colectiva «popular» siempre puede salirse de cauce y que es esencialmente violenta. Esto estaba ya presente en la campaña de Alfonsín. E impregna luego desde la Ley Mucci hasta «la Casa está en orden».

Todo esto que digo no es una chicana. Insisto en que las promesas de Alfonsín por democracia, comida, salud y educación no eran cínicas. No sé si la Coordinadora no era cínica. Me da la impresión de que Alfonsín, no.

La tragedia de Alfonsín, de algún modo, ya está pautada por su campaña electoral. Quien cree que los políticos profesionales son apenas mediadores entre la ciudadanía y los actores «corporativos», que la movilización es negativa, que siempre será peor lo que pueda pasar si se dice «no» que si se entrega —una idea fatalista de la ética de la responsabilidad, el «teorema de Baglini»— tiene más posibilidades de terminar como terminó Alfonsín. En la cola donde se paga la cuenta de las decepciones y las deudas de la democracia.

Pero como ya señalé, la sociedad coprodujo los errores de Alfonsín. Quiso creer en su sueño de políticos (radicales) negociando por nosotros. Quiso creer que si sólo juzgaba a los comandantes, la Justicia iba a ser consagrada. Quiso creer que podía empezarse de nuevo la Historia argentina, sin las «violencias» del peronismo. Quiso creer en la idea de país «normal» que proyectaron intelectuales como Rodolfo Terragno. Quiso creer en que si se le entregaban algunas cosas a sectores del establishment ellos nos dejarían vivir tranquilos.

Algunos quisieron creer también más tarde en los espejos de colores del menemismo. Y algunos quisimos creer en los de la Alianza. Pero bueno, apenas queríamos hablar de aquel año del Señor de 1983.

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