“Y en eso renunció Fidel…”

Pese la alharaca de los medios informativos de todo el Mundo, que reaccionaron con sorpresa frente al anuncio del retiro del viejo líder revolucionario cubano, cabe aclarar ciertas cosas que la inmediatez y la banalidad conque se suele editorializar sobre Cuba, no permiten ver a los ojos de la opinión pública cómo se fue “cociendo” estratégicamente cada paso que culminó este 19 de febrero con el alejamiento definitivo de los cargos de Gobierno del convaleciente Fidel Castro Ruz.

Apenas dos meses atrás, en una reflexión enviada a la Mesa Redonda Informativa de la Televisión Cubana, Fidel dedicó diez líneas a lo que sería la antesala del anuncio a desistir de asumir la Presidencia del Consejo de Estado y de Ministros de la República de Cuba, doblando la apuesta de delegar la emblemática investidura de Comandante en Jefe de la Revolución, que ostentó desde el 26 de Julio 1953 cuando comandó el frustrado asalto al Cuartel Moncada en Santiago de Cuba.

Vale la pena incluir aquí las palabras de Fidel del 17 de diciembre del año pasado: “Mi más profunda convicción es que las respuestas a los problemas actuales de la sociedad cubana, que posee un promedio educacional cercano a 12 grados, casi un millón de graduados universitarios y la posibilidad real de estudio para sus ciudadanos sin discriminación alguna, requieren más variantes de respuesta para cada problema concreto que las contenidas en un tablero de ajedrez. Ni un solo detalle se puede ignorar, y no se trata de un camino fácil, si es que la inteligencia del ser humano en una sociedad revolucionaria ha de prevalecer sobre sus instintos.
Mi deber elemental no es aferrarme a cargos, ni mucho menos obstruir el paso a personas más jóvenes, sino aportar experiencias e ideas cuyo modesto valor proviene de la época excepcional que me tocó vivir.”

En mis tiempos de corresponsal en La Habana, un desafecto del gobierno revolucionario me aseveró que Castro siempre anheló el bronce de la Historia y que jamás moriría sentado en la cúspide del Poder.

El vaticinio no podía estar más acertado si este último mensaje de renuncia, no hubiese aparecido en la tapa del Granma de su edición del 19 de febrero del 2008.

El mismo 31 de julio del año 2006, cuando se comunicó a la población cubana la urgente cirugía a la que debió ser sometido Fidel, comenzó a rodar la aceitada máquina que sin duda ya previó el Comandante para una eventualidad como esa.

Es notoria la preeminencia omnipresente que sobre el pueblo de la Isla tiene Castro, desde el comienzo de su lucha revolucionaria. Tanta, que su repentina desaparición física sin un plan específico que preparara a la Nación habría acabado en una hecatombe similar a la que sobreviene cuando sucede en el seno de una familia y que la previsibilidad de un triste desenlace lo hace menos doloroso, más controlable.

El tiempo ha estado a favor de esta planificación y, de paso, sirvió para que se reacomodaran los cuadros políticos que conforman el gobierno en Cuba.

Por eso, la delegación de los principales resortes que dependían de la mano de Fidel fueron encargados a un pequeño círculo áulico que detentaba la confianza plena del mandatario cubano. Tales son los casos de Carlos Lage, Felipe Pérez Roque, Esteban Lazo y José Ramón Balaguer, con el monitoreo y función de correa de transmisión en las manos de Carlos Valenciaga Díaz, Secretario privadísimo del Comandante en Jefe y vocero oficial de comunicar el traspaso del mando y la internación del Jefe.

De este reordenamiento en la cúpula del Consejo de Estado, quedaron lejos del reparto de funciones específicas algunas figuras que otrora hasta sonaron como posibles en la escala sucesoria. Es el caso del Presidente de la Asamblea Nacional, Ricardo Alarcón. Se lo mantuvo en esa tarea sin mayor incidencia en las decisiones claves y quien recientemente salió no muy bien parado al responder una serie de cuestionamientos públicos que le realizarán estudiantes de la Universidad de Ciencias de la Informática en una asamblea, que a todas luces tenían fuerte aval político para hacerlos.

Estas críticas, las declaraciones del trovador Silvio Rodríguez (flanqueado en ese instante por el Ministro de Cultura, Abel Prieto, cuando presentaba un documental sobre su viaje en el barco “Playa Girón”, que emprendiera obligado por la censura de aquellos años), las últimas y francas canciones de Pablo Milanés (el otro emblema de la canción revolucionaria) sobre la realidad cotidiana, el debate de los intelectuales ante la reaparición de personajes nefastos del llamado “Quinquenio gris” de la cultura y las objeciones del hasta el mismísimo Ministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, Vicepresidente del Gobierno en ejercicio de la Presidencia y Secretario General del Partido Comunista de Cuba, Raúl Castro Ruz, al sumar su voz para pedir que se revieran “algunas leyes, que fueron superadas por la vida y hoy no tenían razón de ser” pero que molestaban bastante en la opinión pública cubana.

El Comandante de la Revolución Cubana, también con este “factor tiempo” ha contemplado varias situaciones:
– Decantación o catarsis de las expectativas populares: cuando Fidel aparecía como solución de todos lo problemas en cuanto llegaban a su conocimientos.
-V° Congreso del Partido Comunista Cubano (PCC): En este se resaltó la necesidad de un socialismo con eficiencia administrativa y de gestión, pero mayor relevancia tuvo la mención de una necesaria separación del Partido y el Estado. Juez o parte. El último Conclave fue en octubre de 1997 y, aunque deberían realizarse cada cinco años, no se convocó al VI° hace ahora once años.
– Recambio generacional: Por razones cronológicas y naturales, los cuadros partidarios se van renovando. La mayor participación de sectores provenientes de la Unión de Jóvenes Comunistas, de la Federación de Estudiantes Universitarios y de la Organización de Pioneros José Martí, le aportan sangre nueva con una visión diferente (¿a la China, quizás?) de la escena internacional, sin la carga conceptual de cuarenta años de Revolución, en su mayoría signados por la Guerra Fría y un planeta bipolar. En estos dos años pasados, desde la delicada intervención quirúrgica a que fue sometido Fidel, una nueva dirigencia ha ido aflorando y esto también pareciera previsto.

Hoy las necesidades de la sociedad cubana son otras, las aspiraciones también y la desaparición física de quienes bajaron con sus barbas de la Sierra Maestra, abre espacios para propuestas y dinámicas distintas de construcción del socialismo en un país de sueños y pesadillas, de mágica, bulliciosa pedantería, inconforme, a contramano de la perfección política y social del mundo, que a la vez se sumerge en el caudal de sus contradicciones, siempre a punto de naufragar y hundirse definitivamente en la historia. Siempre a medio camino entre la década del ’50 del Siglo XX y el fulgurante aquelarre del XXI.
Que Fidel Castro haya dicho NO a reasumir sus funciones de gobernante máximo, no significa que los hilos rectores que dirigirán los cambios y rumbos vayan a estar lejos de sus manos o influencia.

Un detalle que no debe escaparse: sus columnas de opinión, llamadas “reflexiones”, donde su voz se hacía oír en los textos como cuando pronunciaba los vivos y extensos discursos en la tribuna que fuese, pero además, en todo este tiempo, jamás volvió a ponerse su legendario uniforme verde olivo, sabedor de que su imagen así vestido licuaría el poder de quien lo reemplazara en ese momento, incluso a su hermano Raúl.

Tampoco asume un gobierno entre las sombras. Es más bien la luz de un faro que, de nuevo, sano o convaleciente, demostró que la Historia de la Humanidad ha forjado en su bronce a un estadista sin parangón.

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(*) Diego Vidal es uno de los periodistas argentinos que más ha recorrido Cuba y conoce en profundidad la evolución de la Revolución Cubana. Actualmente es editor del portal www.venezuelamas.com.ar

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