«Voté a Filmus en segunda vuelta para romper con la antinomia oficialismo – oposición»

Bergel encabezó la lista de legisladores por Proyecto Sur en las pasadas elecciones porteñas y en diálogo con ZOOM habló sobre su militancia política y socioambiental. Director de Greenpeace Cono Sur durante dos años en la década del ´90 y participante activo del movimiento asambleario del que se vayan todos en 2001, analizó por qué el 65 por ciento eligió a Macri y señaló que en la ciudad “ganó el sentido común impuesto, de consumo y de tinellización”. Su opinión sobre el fracaso del pinismo en las PASO.

-¿Cómo se dio su acercamiento a Pino Solanas y a su partido?

—Con Pino nos conocemos desde hace décadas. Yo no soy participante de Proyecto Sur pero me convocó porque quería darle a la lista de legisladores un perfil de Buenos Aires Verde que incluyera un diputado con militancia socioambiental como yo. Lo conversamos durante los últimos dos años y finalmente acepté el desafío, con muchas incertidumbres acerca del sistema político y de los límites serios que le veo a las instituciones, que imponen una enorme distancia con la gente. Participé activamente del movimiento asambleario de 2001 y 2002, y no logramos plasmar una nueva institucionalidad. Por eso volvió la vieja, con algunos cuidados, pero con todos sus vicios, concebida para que sólo se vote cada cuatro años, para legitimar un poder que luego es sometido a las presiones de las corporaciones.

-Con todas esas dudas, ¿qué le llevó a ocupar ese rol?

—Es una pregunta que no tengo contestada del todo. La práctica me dirá si valió la pena. Me decidí porque pensé que era una oportunidad para convocar alrededor de esta banca a un montón de personas y agrupaciones para que le demos utilidad. Todos estos años de experiencia me demuestran que los movimientos asamblearios son insuficientes y que es necesario desarrollar otros instrumentos como el partidario electoral, la justicia, la academia y los medios, cuidando que su lógica no te chupe.

-¿Por qué cree que Mauricio Macri arrasó en las últimas elecciones porteñas?

—Hay una hegemonía. Lo que ganó es el sentido común impuesto, de consumo y de tinellización, ayudado por un año de crecimiento económico que no se debe a Macri, sino a una coyuntura internacional de alza de precios de las commodities exportables que generan un derrame hacia la clase media, en una especie de euforia de consumo que se toma por felicidad. Es una fantasía que contagia incluso a quienes no la pueden disfrutar y aspiran a entrar en ese circuito. Todo eso se expresa en esta votación masiva a Macri, que tiene un significado sociológico muy similar al que tendrá el triunfo de Cristina en octubre. Si uno se atiene al resultado electoral, habría que pensar que la gente está bien. Pero al mismo tiempo, la parte más rica de la población vive con miedo, y eso tiene que terminar. Mientras tanto, el resto padece muchas otras formas de violencia, además de la física, como el hambre, la falta de atención sanitaria, la precariedad de las condiciones escolares, laborales y de su hábitat. Parte del imaginario colectivo es que vivimos en una ciudad desigual, con un norte rico y un sur pobre, y desde la derecha y la izquierda, todos, al menos de la boca para afuera, dicen que hay que remediarlo, pero lo que encierra ese concepto es que hay que hacer otro norte.

-¿Y qué es lo que habría que hacer?

—El norte no es sustentable, no es feliz y está colapsado. Mientras tanto, tenemos un sur que vive una situación de brutal desigualdad y atraso, pero desarrollarlo no significa hacerlo crecer como otro norte, sino que da la posibilidad de pensar una forma de ciudad diferente, con más espacios abiertos. Todo esto implica un cambio cultural, por eso necesitamos a la academia, a los militantes de base, a las organizaciones sociales y a las bancas, para ir generando, por más inocente que suene, un ideario de felicidad diferente del que traemos, muy asociado al acumular y al tener. Esa es mi utopía, que suena muy distante de la cotidianeidad mediocre y gris de una banca en la legislatura.

-¿Qué análisis hace del tercer puesto que obtuvo Proyecto Sur en las elecciones?

—Dadas las circunstancias de extrema polarización entre los dos aparatos políticos, económicos, publicitarios y mediáticos más grandes del país, un 13 por ciento es más que bueno. Los dos gobiernos pusieron toda la carne al asador y la diferencia de recursos fue imponente. En comparación con el 25 por ciento que sacó Pino Solanas en 2007 es malo, pero es una comparación errónea, porque era una elección legislativa en la que no estaba comprometida la gestión. El 13 por ciento es sólido, es inconmovible, porque abajo no hay nada. El cuarto lugar obtuvo menos del 3 por ciento. Nosotros sacamos como lista casi lo mismo que sacó la del Frente para la Victoria, con Juan Cabandié a la cabeza. Quizás algunos sectores creían que podíamos pasar a segunda vuelta. Yo no. En el ballotage, voté a Filmus porque me parecía importante romper con la antinomia oficialismo – oposición que empobrece el debate político.

-¿Cuáles serán los primeros proyectos?

—La agenda para la gestión legislativa, aún difusa, va a estar marcada por los temas ambientales. Algunos que son clásicos como el Riachuelo, la ley de Basura Cero y los espacios verdes. La intención es lograr una movilización sociocultural verde y tratar de generar cambios en el imaginario colectivo, que está dominado por la economía capitalista de consumo y de generación de mucha basura. Crear mercados comunitarios con productos sanos y soberanos, provenientes de las huertas urbanas que se puedan crear en la Ciudad, del cordón de huertas orgánicas del Gran Buenos Aires, y también de productos de comunidades campesinas o indígenas del interior. Generar cien puntos de venta dentro de la Capital para que la gente pueda comprarlos a diez cuadras de su casa. Hay que aprovechar el poder adquisitivo de los porteños para fortalecer a esos núcleos productivos que hoy son bastante débiles, asegurándoles cupos de compra. Hacer un relevamiento muy a fondo de los espacios verdes o susceptibles de convertirse en espacios verdes, pero no solamente a la manera de lugares recreativos, sino también como zonas de compostaje comunal de residuos. Esto de llevar la basura lejos no va más, hay que acercarla porque es generada por uno y hay que hacerse cargo. Veré de qué manera se proponen proyectos para sostener y defender a los movimientos que fueron acorralados y expulsados durante la gestión macrista, como la Huerta Orgazmika de Caballito, que fue barrida por la Unidad de Control del Espacio Público (UCEP), y la huerta de Saavedra que está amenazada.

-Ud. propone el incentivo al uso de la bicicleta, ¿qué aspectos destaca y cuáles considera negativos de la implementación de las bicisendas durante la gestión PRO?

—Lo que veo es una versión más fashion del tema, con un altísimo costo porque, según tengo entendido, cada cuadra de bicisenda cuesta 60 mil pesos, que suena sospechosamente caro. Pero en sí misma no es una mala idea. Hay algo más importante que, como no somos gobierno no vamos a poder hacer, es fabricar 500 mil bicicletas en la Ciudad y entregarlas subsidiadas de modo que la presencia misma de una masa crítica de ciclistas, obligue a cambiar los modos en la velocidad del transporte y en la orientación de las calles, entre otras cosas. Esto hay que complementarlo con el subte y con el tren. El Metrobus, por ejemplo, no está mal para avenidas longitudinales como Juan B. Justo o Santa Fe, y es más barato que el subte. Hay un problema conceptual que tiene que ver con que no hay una solución para la Capital si no es en conjunto con todo el área metropolitana, pero excede mi banca. Además, debemos enfocarnos en lo productivo porque podemos generar muchos emprendimientos. Si se impusiera el uso de la bicicleta, no solo habría un impulso al pequeño y mediano productor, sino también a los talleres que las arreglan.

-¿Con quién considera posible establecer alianzas en su labor legislativa?

—Todavía el análisis es demasiado previo. Voy a tratar de expresar en la banca la agenda socioambiental, y de buscar interlocutores en todos los partidos. Intentaré no guiarme por prejuicios, sino concretamente por los proyectos para poder avanzar con cosas puntuales. Veremos, sobre todo, cómo los movimientos sociales y vecinales pueden empujar en paralelo desde afuera.

Al cierre de la entrevista, realizada días antes de las PASO, Bergel respondió una última pregunta con una sinceridad que dejó traslucir cierto presentimiento.

—El 14 de agosto voy a votar a Alcira Argumedo y Jorge Cardelli, que espero que alcancen el 1,5 por ciento requerido. Y en octubre también votaré por ellos. Si no pasan, veré qué hago.

Setenta y dos horas después del triunfo de Cristina y del fracaso de la fórmula impulsada por Solanas, ZOOM lo consultó telefónicamente para conocer su opinión sobre la fórmula presidencial de Proyecto Sur que no alcanzó el mínimo del 1,5 por ciento de los votos.

—Para mí es difícil responder esta pregunta, porque no soy parte orgánica del partido ni de su conducción, y no participé de la sucesión de decisiones de los últimos meses; me incorporé como independiente a la lista recién a fines de Mayo. No tengo los elementos suficientes para juzgar si la bajada de Pino Solanas de la candidatura presidencial a jefe de gobierno fue una decisión acertada o no. Lo que sí creo es que ese cambio de posicionamiento y de escenario gravitó muy negativamente en las potencialidades de este proyecto político, construido en torno de un discurso de alcance nacional, una agenda estratégica de temas que interesaron a la ciudadanía hace dos años, y una figura que transmitía credibilidad a ese discurso. Dejó un espacio vacío, que tarde o temprano alguien iría a ocupar, y que era necesario para proyectar el crecimiento del movimiento, electoral y socialmente en todo el país. Ese vacío generó crisis internas y salidas improvisadas que no terminaron bien.

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