Violando La Tercera Ley De Newton: cine, internet, política y demencia

Por Teodoro Boot, especial para Causa Popular.- La publicidad de sus artículos y de las consecuencias que acarrearía en la vida diaria de muchísimas personas consiguió que el Presidente ordenara derogar la Ley que permitía intervenir todas las comunicaciones y enlaces por internet, ley sancionada de manera silente y que él mismo y dos de sus ministros habían reglamentado. Mientras, su secretario de Cultura inaguró un cine en la Antártida. Sepa cual es el hilo invisible que une ambas iniciativas.

Para algunas personas -que, reconozcámoslo, tal vez no estén en su sano juicio- la locura no es otra cosa que la sistemática violación de la Tercer Ley del Movimiento de Newton.

La Tercer Ley del Movimiento de Newton es esta: “A toda acción se corresponde una reacción de igual fuerza e intensidad”.

Si alguien cree que la Teoría de la Relatividad desmintió este simple y elemental principio, está equivocado: lo que hizo el señor Einstein fue establecer que esa ley de Newton no se cumplía en el espacio exterior, lo que simultáneamente implica reconocer que sí se cumple al menos en este planeta, que es donde estamos o creemos estar.

No todos podemos decir eso, me temo, a no ser que, en efecto, sicólogos y siquiatras deban prestar mayor atención a las leyes del movimiento -particularmente a la tercera- a fin de comprender las conductas de sus pacientes.

Así, si una acción se corresponde a una acción previa de sentido inverso y de igual fuerza e intensidad, cabe preguntarse -no sin inquietud- qué le ocurrió al secretario de Cultura para que, abandonando su proverbial bonhomía, decidiera de buenas a primeras incurrir en el Pensamiento Errático inaugurando un cinematógrafo en la Antártida.

No siendo peronista, difícil creer que el señor Nun planee una nueva gira artística de Isabel Martínez por aquellos parajes a fin de presentarla como número vivo en su flamante cinematógrafo. Entonces ¿para qué quiere un cine, habiendo dvd?

Es verdad que como todos sus antecesores, el desdichado Nun debe sentir la necesidad de hacer algo, y convengamos que su iniciativa, particularmente en aquellas soledades, será menos nociva que convertir a la Biblioteca Nacional en escenario para murgas, paseos domingueros y picnics, como fue de uso hace algunos años, pero sería preferible que se abstuviera de acción alguna, contentándose con pagar sueldos y mantener en funcionamiento lo poco que hay, con el escaso presupuesto de que dispone.

Torcuato Di Tella lo había asumido así, y se circunscribía a violar verbalmente la Tercer Ley del Movimiento (tal vez por limitaciones presupuestarias, pero reconozcámosle que jamás fue del dicho al hecho, falencia que en su caso adquirió visos de virtud).

Es de temer que lo de Nun pueda no ser un caso aislado. No es que creamos posible que en tren de hacer algo, el Ministerio de Economía vaya a inaugurar una oficina aduanera en todo témpano flotante que se encuentre dentro de aguas jurisdiccionales o que al doctor Ginés González García se le de repartir preservativos entre el personal de la base Marambio, lo que daría lugar a enojosas malinterpretaciones. Nada de eso, que en todo caso sería apenas ridículo, como lo de Nun. Ocurre en cambio, que varias áreas gubernamentales han decidido tener iniciativas.

Una objeción que puede -y debe- hacérsele al actual elenco gubernamental es la de que existe, con pocas y notables excepciones, una llamativa ausencia de políticas activas, especialmente en áreas y niveles de la administración que no requieren -o no deberían requerir- de la previa directiva presidencial. El presidente parece ser muy absorbente y pretende tener todos los hilos en su mano. Eso dicen. Uno se pregunta si habrá empezado a soltarlos.

Debido a su formación, el señor Nun está perfectamente capacitado para distinguir una metáfora de un sustantivo, de manera que -dentro del campo de influencia de la Tercer Ley del Movimiento- no hay posibilidades de que haya sido desorientado por la insistencia con que el presidente confiesa ser un pingüino -en cuyo caso el cine antártico sería una de las tantas obsecuencias a que son tan dados los hombres de bien-, pero no tratándose de eso, caben dos alternativas de interpretación: el señor Nun ha decidido desarrollar políticas activas y ha extraviado el juicio, o también esta iniciativa es presidencial y entonces…

No, de ninguna manera estamos dispuestos a aceptar que el señor presidente crea ser un pingüino, ni -mucho menos- que, en efecto, lo sea. Sin embargo, no es la de Nun la única violación a la Tercer Ley del Movimiento de Newton: diversas áreas gubernamentales han conseguido, en base a un portentoso esfuerzo de imaginación, empeorar uno de los tantos engendros parlamentarios, que, ya de por sí -si los psiquiatras nos hicieran caso- justificarían una intervención profesional en el edificio del Congreso.

Quieren, los que quieren bien al gobierno, que la reglamentación a una de las tantas leyes de seguridad con las que nuestros legisladores juegan como si fueran bolitas de plastilina, haya sido un intento de demostración por el absurdo.

Se le echa la culpa a Blumberg. Es injusto. Los legisladores no han necesitado nunca de colaboración externa para violar la Tercer Ley del Movimiento, aunque el señor Blumberg ha hecho lo suyo para convencerlos de que están cuerdos, que es lo que suelen pensar los que no lo son.

Así, les ha parecido de toda lógica que quien cometa dos delitos menores seguidos de una infracción de tránsito deba cumplir condena perpetua, y dislates de semejante tenor. Pero la ley que reglamenta la violación a la correspondencia electrónica -que, además de a la Tercer Ley del Movimiento, viola el artículo 19 de la Constitución- y establece el control sobre todo tipo de comunicaciones -que viola el artículo 14- es anterior al estrellato del señor Blumberg y no ha requerido de su asesoramiento.

Siendo de por sí un dislate, la reglamentación del Ejecutivo la volvió más disparatada que una conversación entre el conejo y el sombrerero, y nadie duda -a excepción de los funcionarios- que será declarada inconstitucional desde las primeras instancias hasta la última. Muy particularmente por la última, que ni siquiera es posible a imaginar que los actuales integrantes de la Corte Suprema acepten, no ya la violación a dos artículos básicos de la constitución, sino que todos, absolutamente todos los ciudadanos, seamos considerados sospechosos por el solo hecho de existir, hablar por teléfono, mandar una carta o navegar por la internet.

Esa ley, que debió ser vetada, o en su defecto, reglamentada de manera de morigerar los perjuicios que ocasionaría, fue empeorada, hazaña en la que intervinieron muchas áreas del gobierno, desde diversas reparticiones del Ministerio de Interior y del de Infraestructura hasta el propio ministro de Justicia. ¿Para qué? ¿Qué pretenden demostrar con eso?

¿Acaso no se dan cuenta que la exacerbación de controles y el temor a la inseguridad vuelven la vida más insegura? Baste un ejemplo: donde se conserva la antigua costumbre de sacar la silla a la vereda en el atardecer, es posible estar y caminar con toda tranquilidad. Donde no, donde todo el mundo se encierra temeroso detrás de las rejas de sus casas, la calle se transforma en tierra de nadie y es preciso multiplicar el número de policías, y tener suerte con ellos.

Esta nueva iniciativa gubernamental, que no siendo una reacción a un disparate legislativo sino una acción en su mismo sentido, viola no sólo la Tercer Ley del Movimiento y al menos dos artículos constitucionales, sino hasta el mismísimo Código Napoleónico, según el cual todos somos inocentes hasta que se demuestre lo contrario, razón de más para que no seamos considerados sospechosos. Y no sirve absolutamente para nada, excepto para el espionaje industrial, político y el fisgoneo en la intimidad de las personas.

En ese sentido, es preferible el cine de Nun. Es que el secretario de Cultura es un hombre de por sí bondadoso.

Quisiéramos que no lo fuese tanto y se llevara a varios colegas suyos a mirar unas cuantas películas en su cine. Cuantas más, mejor.

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