Vidriera involuntaria

“Tranquilo, así sin más: abre la puerta, sale desnudo, pasa caminando. Son tan solo unas milésimas de segundo, pero ahí está todo.” Lo que vemos, lo que creemos ver, lo que elegimos no mirar. Una nueva columna de Martina Evangelista

Una mujer contempla, desde su ventana, la ventana de enfrente. París, año 1926. Los vecinos gesticulan mucho. Ella alcanza a ver sus manos y sus gestos detrás de los cristales rojos, que están cerrados porque es invierno y cae nieve. La parisina cree que esa efusividad en los brazos se debe a que sus vecinos son sordomudos, hasta que un día esa ventana se abre, porque ya es primavera, y la voz de uno de ellos cruza el patio. Entonces, la parisina reformula su idea: no es que sus vecinos utilicen el lenguaje de señas, lo que sucede es que sus vecinos son latinoamericanos.

La voz pertenece a un muchacho llamado César Vallejo. La parisina que observa se llama Georgette Philippart y será su futura esposa. Irá a Lima después de la muerte del poeta y logrará poner en valor su obra, una vez ya muerto el no-sordomudo-latinoamericano. Pero esta historia aún no la saben; por el momento, sólo se miran desde los metros aéreos que los separan. Leí esta historia cuando investigué sobre la vida del poeta peruano. Me dio muchísima ternura. La idea de que una persona termine casándose con la persona que observaba a través de la ventana. En un primer momento, ambos son extraños. Siempre hay un primer momento donde somos dos extraños. 

Lo que también me dio profunda ternura fue el video del miércoles pasado de Mónica Gutiérrez. Para los que no están en autos: la periodista dio una entrevista en vivo desde una elegante casa, con un elegante atuendo. Hablaba del paro de la CGT y su consecuente marcha. Mientras ella aparecía impoluta en la pantalla, vestida toda de blanco, con una ventana que daba a un jardín en apariencia muy frondoso, una puerta entreabierta con la luz prendida se veía de fondo. Algo pasaba ahí adentro. Después de unos minutos, la puerta se abre y sale un hombre desnudo, tapándose sus partes íntimas solo con una computadora. Tranquilo, así sin más: abre la puerta, sale desnudo, pasa caminando. Son tan solo unas milésimas de segundo, pero ahí está todo. La periodista sigue hablando como si nada, pareciera que no se da cuenta, pero ahora que vuelvo a ver el video puedo notar algo raro en su ojo derecho, como que se cierra solo. Quizás haya sido un acto reflejo para no ver a su marido desnudo frente a toda la audiencia matinal.

Mónica Gutiérrez es una periodista con la cual nunca sentí una especial afinidad, de hecho lo contrario, pero este video no hizo más que hacerme sentir un acercamiento hacia ella. En la tele, sobre todo en los noticieros, todos dejan afuera colgadas sus intimidades, sus casas, sus amantes, sus mascotas. No sabemos nada de ellos. Por eso me enganchan tanto los móviles desde sus casas: me entretengo viendo las decoraciones, si usan luz cálida, fría, si tienen retratos con fotos, si aparece algún caniche por atrás. En la pandemia existieron varios momentos de intimidad con personas supuestamente muy serias, donde bebés, animales o parejas aparecían en el cuadrado de la videollamada por “error”. No olvidemos, por favor, al diputeta.

Hace unos meses escribí un ensayo para la facultad sobre las ventanas, y también ahora pienso en las ventanas virtuales. Volví a pensar en el tema porque estoy de vacaciones en la Costa Atlántica, en un edificio de dos cuerpos que da a la playa, bajo, viejo, muy de la costa. En el patio interno se enfrentan las ventanas de los tres pisos. A la hora de ponerse protector, cambiarse la bikini o salir de la ducha, corremos las cortinas para que no nos vean, es que realmente se ve todo. Pero cuando estamos vestidas, las cortinas están abiertas, dejando entrar la luz, el viento y para poder ver el mar. Los vecinos hacen lo mismo. Los podemos observar comer, ver la tele, colgar la ropa, sacudirse la arena, aunque todos finjamos que no nos vemos, cada uno sigue con lo suyo. La señora del piso dos se mezcla con el mar de fondo, mientras amasa una pizza y puedo ver su vincha fucsia y su manera de respirar agitada.

Pienso en que quizás esta desfachatez y esta falta de intimidad se deban a que estamos en la playa de vacaciones y acá supuestamente todo es más relajado, un ejemplo de eso es la total confianza en un perfecto desconocido para que te cuide la sombrilla mientras vas al mar. Pero igualmente no creo en esa máxima tan asentada y reproducida que sentencia que la gente en Buenos Aires vive alienada. Por el contrario, sospecho que esa afirmación la repetimos de manera automática para poder alejar, por lo menos unos instantes, el peso enloquecedor que conlleva sabernos tan apretados, tan cercanos, tan hacinados.

En las ciudades grandes, el espacio público y el privado muchas veces se confunden, se difuminan, y es así como las ventanas pasan a ser otra forma de ocupación del espacio. En ellas no sólo se exponen las vidas privadas de manera “inevitable”; la mayoría de las veces son expresiones muy conscientes. Cuando observo las ventanas y los balcones de la ciudad mientras viajo en colectivo, a veces creo poder adivinar los ánimos y estéticas de sus moradores. Hasta las ventanas cerradas con las persianas bajas parecen querer decir algo.

En El Spleen de París, Baudelaire ronda una y otra vez sobre este tema. En el poema en prosa nº XXXV, titulado “Las ventanas”, sostiene que no hay objeto más poderoso que una ventana iluminada por una vela. Que en ese agujero “vive, sueña y sufre la vida”. A partir de la contemplación de una vieja que se asoma en una ventana, a partir de su ropa, de sus gestos, de esa imagen, el poeta imagina su historia. Vive y sufre a través de esa mujer, fuera de sí mismo. Concluye en que no importa si todo lo que se imaginó de esa señora y la historia que él se inventó es la verdadera: lo importante de esa ventana es la imagen por sí misma y todo lo que nos genera. Cuando Mónica Gutiérrez aclaró que aquel hombre desnudo era su marido y no un chongo casual, sentí algo de decepción, porque esa realidad no concordaba con la historia que yo había imaginado. También se debe haber sorprendido la parisina cuando escuchó hablar al supuesto vecino sordomudo. Suposiciones que se inventan y se creen verdaderas.

Se estrenó una película muy hermosa de Ari Kaurismäki, Hojas de otoño. Kaurismäki es finlandés, y en varios de sus films aparece una Finlandia pobre, un poco confusa, bastante atemporal. Sus personajes son iguales. En Hojas de otoño, una mujer que trabaja como repositora en un supermercado es echada por guardarse en la cartera un producto vencido; un hombre que trabaja en la construcción es echado por tomar alcohol durante su horario laboral. Estos desconocidos se conocen una noche en un karaoke, donde ninguno de los dos canta, pero igualmente se ven. Nace el amor torpe de dos obreros solitarios. Mejor dicho, no se ven, se miran. Hay una clara diferencia entre ver y mirar. Mirar corresponde a hacer lugar, a detenerse. Estos dos obreros se miran, y por mucho tiempo.

A partir de ese encuentro la historia es un poco accidentada, más que nada por parte de él. Ambos quieren volver a encontrarse, pero él pierde el número de teléfono, tiene un accidente, elige emborracharse varias veces. Ella lo espera, firme junto a la ventana. Escucha la radio al lado de la ventana, cena al lado de la ventana, espera el mensaje en su celular al lado de la ventana. Cuando vuelve del trabajo también mira por la ventana en el tren o en el subte, no entendí bien qué transporte es, pero eso no es lo que importa. Lo que importa es la imagen de ella mirando a través de los cristales.

Me compré el último libro de poemas de Malén Denis. Abro una página al azar y ahí está todo. El poema se titula “La amargura de espiar”:

hay vida detrás de las ventanas

los toldos se inflan parece que respiraran

los martillazos de las obras

transportes trazando las venas

se teje una red

esa mujer da vueltas

en su casa que vidriera involuntaria

limpia y habla por teléfono y no sabe

que vive en una pecera

presencio la maqueta viva

en vertical las flores muertas

el pulmón de la manzana

un avión que como vos

cruza ahora mismo el cielo

arriba mío

lo siento

desde el corazón de esta casa

con todas las luces

apagadas

latiendo sin brillar

(o brillando sin querer)

videojuego de simulación

pero en carne y hueso.”

Termino la nota y yendo a la playa mi hermana me señala un complejo de departamentos muy moderno donde se ve el interior de cada uno, con sus moradores moviéndose dentro, las teles encendidas, las reposeras en los balcones. Me dice que se parece a Los Sims. Videojuego de simulación, pero en carne y hueso.

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