Veteranos al rescate

El revés electoral del Partido Republicano y la nueva mayoría demócrata en el Congreso ablandan la retórica del presidente George W Bush y anuncian la búsqueda de una salida del empantanamiento en Irak.

Una semana después del revolcón en unas elecciones que eran legislativas pero se convirtieron en un plebiscito sobre la administración de Bush, la Casa Blanca abrió sus puertas para el Grupo de Estudio de Irak, una comisión bipartidista creada por el Congreso que desde hace meses busca la alternativa a la política del presidente Bush en Oriente Medio.

La visita, durante la cual los miembros de la comisión hicieron preguntas a Bush y a sus principales asesores de seguridad nacional, ocurrió asimismo siete días después de que se anunciara la salida del jefe del Pentágono, Donald Rumsfeld, y la designación del ex director de la Agencia Central de Inteligencia, Robert Gates, como su sucesor, un nombramiento que todavía debe aprobar el Senado.

El Grupo de Estudio de Irak lo encabezan el ex secretario del Tesoro y ex secretario de Estado James Baker y el ex legislador demócrata Lee Hamilton, ambos curtidos y respetados miembros de la clase política estadounidense que han figurado en otras muchas “comisiones bipartidistas” y “grupos de trabajo” convocados, en general, para deshacer entuertos gordos.

Baker fue secretario del Tesoro y luego de Estado en la administración de George H W Bush (padre), y fue el jefe de la diplomacia estadounidense durante la primera Guerra del Golfo, en 1991. Desde 2003 en numerosas ocasiones Baker ha expresado su desacuerdo, no tanto con la invasión de Irak sino con la forma en que se condujo. En particular, Baker fue muy crítico de la decisión de la administración de Bush de desbandar al ejército y las fuerzas policiales iraquíes, una medida que desintegró la única institución del Estado iraquí de alcance nacional y dejó desocupados a cientos de miles de hombres armados.

La experiencia cuenta

En 1991 el entonces presidente Bush pudo declarar sobre la base de los hechos que Kuwait había sido liberado, después de la expulsión del ejército iraquí que había invadido el emirato en agosto del año anterior.

“El ejército iraquí ha sido derrotado”, dijo entonces Bush padre. “Nuestros objetivos militares se han alcanzado.” Hubo muchos que criticaron a ese Bush porque no siguió la marcha militar desde Basora a Bagdad, y curiosamente uno de los defensores más sólidos de aquella decisión fue el entonces jefe del Pentágono y ahora vicepresidente Dick Cheney.

“Hubiese sido peligroso enviar a las tropas de Estados Unidos al interior de Irak”, dijo Cheney en marzo de 1991. “Nos hubiésemos empantanado dentro de Irak en un conflicto que ha existido allí durante generaciones, en un intento fútil por dictar quién gobernará Irak. No es algo que pensamos que las tropas de Estados Unidos debían hacer.

La idea de que Estados Unidos se involucre militarmente en la determinación del resultado de la lucha por el poder en Irak me luce a mí como la definición clásica del empantanamiento.”

Eso fue hace más de quince años, pero desde 2001 Cheney fue uno de los promotores más resueltos de la acción militar dentro de Irak.

La experiencia, en cambio, enseñó una lección más duradera a Baker, quien hace pocas semanas sostuvo que esa intervención en Irak “no podíamos hacerla siendo amarretes”, con recursos restringidos, tal como lo hizo la administración de Bush en 2003.

“Ésa es una de las razones por las cuales en 1991 ni siquiera consideramos seriamente el derrocamiento del régimen de Sa-ddam Hussein”, añadió Baker. “Esto hubiese requerido la marcha hacia Bagdad y la ocupación del país entero.”

Ideas nuevas

El candidato propuesto por Bush como sucesor de Rumsfeld, Robert Gates, es un veterano asesor de Bush padre, y fue director de la cia durante su administración. Y hasta cuatro días antes de que el actual presidente lo designara como futuro jefe del Pentágono, Gates fue miembro del mismo Grupo de Estudio de Irak que encabezan Baker y Hamilton.

El retorno de los veteranos continúa: quien sustituirá a Gates en el Grupo de Estudio es Lawrence Eagleburger, quien fuera secretario de Estado en la primera administración Bush.

El portavoz de la Casa Blanca, Tony Snow, desechó con un tonito de ofendido las sugerencias de los periodistas de que el actual presidente Bush está llamando a los amigos de su papá para que lo ayuden a resolver el barullo en que se ha convertido su administración. “No, de modo alguno, esto no se trata de traer a capricho gente de una administración anterior -sostuvo Snow-. Ésa es una interpretación errónea.” El primer trabajo de Snow en la Casa Blanca fue como escritor de discursos para Bush padre.

Más allá de las caras nuevas que son viejas, existe cierta expectativa por las recomendaciones que hará el bendito Grupo de Estudio de Irak, mientras se aproxima a 3 mil la cifra de soldados estadounidenses muertos y supera la de 20 mil la de los soldados heridos en una guerra contra la cual votó el 60 por ciento de los electores.

Desafortunadamente, no se espera que la comisión bipartidista haga públicas sus recomendaciones hasta cerca de fin de año, pero ya se perciben señales de un cambio, al menos en el discurso público de la administración.

El presidente Bush, luego de conversar 75 minutos con los comisionados, dijo a la prensa que respeta mucho el trabajo de ese grupo y que escuchará con mucha atención las recomendaciones. “Todos buscamos ideas frescas”, dijo el presidente que durante la campaña preelectoral reiteró hasta el cansancio que la única idea posible era mantener el mismo curso. “Los miembros de la comisión quieren que tengamos éxito, yo también quiero lo mismo.”

La primera idea, no nueva pero que ahora tiene una resonancia diferente, es la del “reemplazamiento” de las fuerzas militares estadounidenses. La noción la largó el año pasado el representante demócrata John Murtha, un ex combatiente de Vietnam que ahora podría convertirse en el nuevo presidente de la Cámara de Representantes.

El concepto es el siguiente: la presencia visible de las tropas estadounidenses incita la resistencia contra la ocupación, y expone a los soldados a ataques aislados e incesantes.

Estados Unidos estaría en mejor posición de influir en el conflicto si retira sus fuerzas de las ciudades y aun del territorio iraquí, y mantiene en la región unidades para una intervención rápida y decisiva en el caso de operaciones mayores que superen la capacidad de las fuerzas militares y de seguridad del gobierno de Bagdad.

El senador Carl Levin, un demócrata de Michigan que a partir de enero, cuando entre en sesión la próxima legislatura, seguramente será el presidente del Comité de Fuerzas Armadas del Senado, apuró las cosas esta semana y señaló que las tropas deberían salir de Irak en un plazo de cuatro a seis meses.

Levin, al igual que los demás demócratas y los pacifistas que instan por una retirada inmediata de las tropas de Estados Unidos en Irak, no aclaró cuál sería el mecanismo práctico para tal operación. En Irak hay unos 144 mil soldados estadounidenses, y no hay una fuerza organizada y reconocida con la que se pudiese negociar una tregua.

Nadie en Washington ha mencionado, todavía, que pueda haber negociaciones con las diversas facciones insurgentes, con los partidarios del régimen de Saddam, o los grupos vinculados a Al Qaeda. Y sin una tregua, la retirada ocurrirá bajo fuego de los muchos enemigos que aprovecharán para probar su espíritu combativo quemándole el rabo al Gran Satán.

Desintegración iraquí

El mismo presidente Bush señala ahora que está dispuesto a conversar aun con Irán, que emerge en forma lenta pero segura como la potencia regional con la que habrá que lidiar tras el entrevero iraquí.

Por supuesto, Bush también indicó que el gobierno de Teherán deberá primero abandonar sus planes para la adquisición de armas nucleares y cesar su respaldo al terrorismo chiita, a Hamas y Hizbollá.

La realidad que ahora contempla Washington es la que detuvo a Bush padre: Irak no es en realidad una nación, y la eliminación del poder dictatorial de Saddam deja abierta la senda a la de-sintegración del país creado artificialmente por el Reino Unido siete décadas atrás.

La administración de Bush ha puesto el énfasis, como pasos hacia un gobierno democrático después de la caída de Saddam, en las elecciones que condujeron a una Constitución, una asamblea legislativa y un gobierno en Bagdad.

La realidad es que en cada una de esas elecciones los kurdos en el norte, los sunitas en el centro y los chiitas en el sur del país votaron por los candidatos de sus respectivas tribus. Si algo demostró el ejercicio del voto, en medio de la violencia, es que los votantes se sienten más parte de sus respectivas comunidades que de una nación.

“Irak está desintegrándose rápidamente”, escribió esta semana en The Wa-shington Post Monica Duffy Toft, profesora de política pública en la Escuela John F Kennedy de Gobierno, de la Universidad de Harvard. “Ya no existe algo que pueda detener esa desintegración, salvo quizá una invasión por parte de Israel, Irán o Siria.”

Una duda, en esta línea de reflexión, es a quiénes apoyará Estados Unidos si tras la salida de sus tropas se generaliza la guerra interna en el curso de la desintegración, un proceso que ya se vivió en la década pasada en Yugoslavia.

Los kurdos aparecen como los primeros aliados naturales de Estados Unidos. De hecho, el escudo aéreo establecido por Estados Unidos y el Reino Unido tras la primera Guerra del Golfo permitió que los kurdos establecieran una autonomía de hecho en el norte de Irak.

El problema, para Washington, es que el fortalecimiento de un Kurdistán independiente es una amenaza para Turquía, viejo aliado de Wa-shington, y en parte para Siria e Irán.
Los sunitas, que son una minoría dentro de Irak y nutren la insurgencia más virulenta en estos meses, bien podrían terminar pidiendo a Estados Unidos que no se vaya, o rogándole que vuelva si se ven abrumados por la mayoría chiita, que cuenta con el respaldo de Irán.

Pero “si Estados Unidos apoya a los sunitas quedará en una posición muy similar a la de su experiencia en Vietnam: la lucha para bancar la supervivencia de un régimen militarmente insostenible, corrupto y vinculado a la dictadura anterior, sin esperanzas de ganar una legitimidad más amplia en todo el territorio del ex Irak”, según Duffy Toft.

Si Estados Unidos “apoya a los kurdos y chiitas, los dos pueblos más abusados bajo la dictadura de Hussein y más traicionados por Estados Unidos desde 1990, arriesga enemistarse con sus aliados regionales importantes: Turquía, Egipto, Arabia Saudí y Pakistán”, añadió. “Un beneficio posible es que el apoyo de Estados Unidos a la mayoría chiita (en Irak) pague dividendos diplomáticos en relación con la inminente nuclearización de Irán”.

Dentro de este complejo conjunto de posibles resultados negativos, algo que es obvio -tanto para esta académica como para un creciente número de políticos y militares en Estados Unidos- es que “sea cual sea el camino elegido, lo que ahora consideramos como Irak está, casi seguramente, perdido, tal como lo está lo que otrora consideramos Yugoslavia, y por las mismas razones”.

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