Venezuela: gobierno y oposición están heridos

Oscar Raúl Cardoso.- ocardoso@clarin.com

Nadie saldrá ileso de las elecciones legislativas del domingo. La denuncia de fraude cambió las reglas de juego.

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Es curioso, «caribeño» quizá. Las elecciones legislativas de este fin de semana en Venezuela pueden dejar al gobierno de Hugo Chávez Frías y a sus enconados y desorientados opositores en lugares políticos igualmente incómodos para el futuro. Ambos obtendrán presumiblemente algún beneficio, pero el costo de módicos logros podría resultar excesivo para ambos.

Y esto hace que la ya segura victoria numérica del oficialismo se desplace a un segundo lugar de importancia. El interrogante matemático que importa tiene que ver con los porcentajes de concurrencia que se registrarán a la hora de emitir el voto. Y también sobre el uso que harán de esos números los detractores del proyecto gubernamental. Es un escenario casi carente de orden cartesiano, pero no hay que olvidar que así son las cosas en la era Chávez de Venezuela.

El retiro de los principales partidos opositores -Primero Justicia, AD, COPEI, Proyecto Venezuela y Venezuela de Primera- de la competencia electoral les dio un nuevo significado a estas elecciones que, hasta hora, parecían no haber captado la imaginación de los partidarios del gobierno bolivariano. Ahora el presidente Chávez saltó a la palestra para denunciar un complot más de Estados Unidos para desestabilizarlo y lograr, quizá de modo tardío, que los venezolanos concurran a las urnas.

Si en algo se han vuelto igualmente predecibles Chávez y sus adversarios es en la pasión por realizar denuncias que -por falta de pruebas concretas- terminan por resonar huecas, aun cuando contengan elementos de verdad. El presidente ama señalar a Washington como su enemigo público número uno, pero suele repetir tanto sus gritos de alarma que termina asemejándose al personaje del cuento infantil que se divertía anunciando una falsa llegada del lobo al rebaño de ovejas. El día en que el lobo sí atacó, nadie le prestó atención.

Los antichavistas hacen lo propio con el fraude. Esta denuncia es un caballito de batalla que han empleado sin suerte durante los pasados seis años en que Chávez los derrotó de modo sistemático en los más diversos ejercicios electorales. Agitar la sospecha de lo fraudulento les ha servido como un manto demasiado pequeño para esconder sus defectos: la incapacidad para construir liderazgos que desafíen seriamente al que ejerce Chávez, la confusión del ideario que enarbolan, la torpeza a la hora de forjar consensos y alianzas y, sobre todo, un resentimiento clasista que, por obvias razones, es menos atractivo que el sesgo popular del presidente y sus políticas.

Esta vez parecían haber golpeado sobre un costado más frágil del aparato electoral venezolano. Una inspección de rutina de las máquinas para el sufragio -no hay votación por papeleta en Venezuela- encontró una falla en el sistema que, aunque importante, es difícil que legitime la denuncia de un inminente fraude. El esquema incluía un reconocimiento óptico para la detección de las huellas digitales de los votantes, justificado para evitar la duplicación de los votos.

El hecho de que las máquinas de sufragio guarden en su memoria el orden de participación de sus votantes y sus huellas digitales hubiera hecho que el voto perdiese -una vez emitido- su carácter de secreto. ¿Estaba el gobierno interesado en recaudar inteligencia sobre quienes no lo favorecen? ¿Abriría esto la puerta a futuras acciones punitivas contra los opositores?

Ambos son interrogantes válidos aunque nada se encontró que avalara la idea de un posible fraude numérico que es el más grave de los pecados electorales para cualquier democracia. La Comisión Nacional Electoral de Venezuela -organismo sospechado de tener un corazón que late sólo cuando el de Chávez lo hace- no tuvo más remedio que retirar, con obvio disgusto, la captura de huellas digitales del sistema. La oposición siguió batiendo el parche de la denuncia para justificar su retiro de la contienda política.

Este hecho cambió las reglas de juego. Los opositores se quedaron con el estandarte de la denuncia y a la espera de que una concurrencia reducida -algunos dicen que estará por debajo del 30% del padrón- los habilite luego de la elección a declamar el triunfo de los cuadros del chavismo como ilegítimo. Si sucede como lo configura el deseo de la oposición -y no importa cuánto Chávez subestime la circunstancia- será un dolor de cabeza para el gobierno. Con certeza uno de los primeros en aprovechar la ocasión será ese lobo del Norte cuyo tarascón inminente el presidente gusta anticipar.

Pero veamos el precio que pagarán los enemigos de Chávez. Es muy posible que el oficialismo quede en la Asamblea Nacional -el Congreso unicameral de Venezuela- en tal condición de fortaleza de escaños que pueda, en el futuro inmediato, acelerar la aprobación de aquellas normas legales que favorece el imaginario de Chávez. Los chavistas ya están hablando de una reforma constitucional que elimine toda limitación a sucesivas reelecciones presidenciales y, por cierto, se sabe que Chávez irá por un nuevo mandato -seis años- en el 2006.

Por lo demás, ni las imputaciones de ilegitimidad lograrán disimular el estado enclenque de la oposición. Es interesante notar cómo las voces opositoras se marean en sus propias contradicciones: en estos días, como siempre, gustan acusar al presidente de «tirano» a pesar de que hacen declaraciones y publican artículos reivindicando a un auténtico dictador, Marcos Pérez Jiménez, de quien parecen añorar su pasión por un orden social rígido en el que la piel morena no tuvo demasiado lugar.

¿Cómo será la cosa entonces? Este es un interrogante crítico: con otra muestra de impotencia electoral sobre sus espaldas, ¿volverá la oposición su mirada hacia la conspiración? Chávez está empeñado en un proceso de transformación cuya meta, dice, es un nuevo socialismo pero en el marco limitado que impone la presente generación de democracias débiles. Lector empeñoso como es, quizá Chávez haga bien en examinar la historia del último dirigente latinoamericano que soñó con descubrir una vía pacífica y democrática hacia el socialismo: Salvador Allende.

Copyright Clarín, 2005.

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