Vencedores vencidos

A un año de la primera vuelta electoral, un mapa de los errores y aciertos que llevaron al largamente mentado “fin de ciclo”.

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“Existen dos visiones muy diferentes del presente y del futuro de la Argentina que están en juego. Nuestra prioridad son los humildes, los trabajadores y nuestra clase media. Si fuera por Macri no tendríamos Asignación Universal por Hijo, YPF ni Aerolíneas”. Eran poco más de las diez de la noche del 25 de octubre de 2015 y más allá de las palabras con las que empezó su discurso, el lenguaje corporal de Daniel Scioli frente a la militancia reunida en el Luna Park -y ante el país que lo miraba por televisión- lo decía todo. Faltaban horas para tener los cómputos definitivos, pero en ese momento el candidato presidencial del Frente para la Victoria ya sabía lo que había que saber: que a pesar de haber sido el más votado en la elección, el resultado lo dejaba por debajo de las expectativas más pesimistas que se habían barajado en su propio espacio político y muy mal parado frente al balotaje, mientras que su rival, Mauricio Macri, lograba una cosecha de votos que no había calculado ni en el más optimista de sus sueños. Una hora después, en Costa Salguero, la explosión de globos amarillos que recibió a un Macri exultante mostró que la alianza opositora hacía la misma lectura del resultado, pero desde la vereda del sol. El ganador se sabía derrotado y el derrotado se sentía vencedor. Esa fue la fotografía de esa noche.

 

Volver un año después sobre la primera vuelta electoral del 25 de octubre de 2015 debería permitir mucho más que el análisis de un partido con el resultado puesto en el diario del lunes. Los errores y los aciertos de cada lado se pueden mirar de otra manera, con más distancia y a la luz de sus consecuencias. Las acciones posteriores de los jugadores resignifican la lectura de cómo jugaron el partido, todo se puede ver en un contexto más general. Se puede analizar mejor la articulación de los errores de unos con los aciertos de otros -que es lo que, en definitiva, produce los efectos-, y también de qué manera y hasta qué punto influyeron factores que a primera vista se podrían considerar extraños o ajenos pero que de ninguna manera lo son.

«Volver un año después sobre la primera vuelta electoral del 25 de octubre de 2015 debería permitir mucho más que el análisis de un partido con el resultado puesto en el diario del lunes»

Los cómputos definitivos de la primera vuelta electoral dirían después que la fórmula Daniel Scioli-Carlos Zannini había conseguido 9.338.490 votos, el 37,08%, en tanto que Mauricio Macri y Gabriela Michetti habían quedado segundos con 8.601.131, que representaban el 34,15% de los votantes. Sergio Massa, que había luchado denodadamente para romper con la polarización electoral, se situaba en el tercer lugar y quedaba afuera de la carrera presidencial, con 5.386.977 votos, un 21,39%.

 

La frialdad de los números, a pesar de ser la verdad última y valedera, estaba sin embargo lejos de medir las consecuencias del impacto político, mediático, psicológico y social del resultado, que sería determinante para la segunda vuelta. Las primeras lecturas dejaron claro que el candidato oficialista se había estancado desde las PASO, realizadas dos meses y medio antes, en tanto que Macri había crecido más de lo que predecían las encuestas. Con esa tendencia, la exigua diferencia de menos de tres puntos de Scioli sobre Macri en la primera vuelta abría un panorama desolador para el FpV con vistas al balotaje. Como si esto fuera poco, la derrota de Aníbal Fernández frente a María Eugenia Vidal en la elección a gobernador de la Provincia de Buenos Aires, territorio de la llamada “madre de todas las batallas”, no sólo se sintió y se leyó como un cross a la mandíbula del oficialismo sino que también desnudó aún más las feroces divisiones internas que se habían manifestado antes de las PASO.

 

La ofensiva neoliberal
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Foto: TierraCaliente | Flickr

La campaña electoral argentina de 2015 -en su sentido más amplio, que va más allá de las acciones de gobierno y las estrategias partidarias- se desarrolló en un contexto fuertemente marcado por una estrategia general de desestabilización de los llamados “populismos” latinoamericanos. Con paciencia y perseverancia, las derechas económicas y políticas -conducidas y apoyadas por el capital financiero internacional más concentrado- fueron construyendo a nivel regional, con matices locales pero con una línea conductora común que sale a la luz apenas se rasca un poco el maquillaje, una ofensiva que no escatimó recursos económicos, comunicacionales y culturales para destruir las bases de sustentación de los gobiernos reformistas que en los últimos tres lustros intentaron revertir, con sus limitaciones, las condiciones de profunda desigualdad existentes en los países del subcontinente.

 

Esta estrategia mostraba un alto nivel de eficacia y la tiene aún. Lo que se repite en todos los casos es la metodología para limar a los gobiernos populares: maniobras judiciales, mediáticas y económicas constantes que se potencian y amplifican unas con otras. El golpe contra el presidente Manuel Zelaya, en 2009, fue el primer eslabón de una cadena que -con distintas formas- siguió con la destitución, en 2012, de Fernando Lugo en Paraguay, los intentos desestabilizadores contra Evo Morales en Bolivia y Rafael Correa en Ecuador, la feroz campaña contra Dilma Rousseff -que terminaría con su impeachment y destitución este año-, y los constantes ataques a los gobiernos bolivarianos de Venezuela.

«En un contexto tan adverso, los errores propios se pagan el doble»

El gobierno de Cristina Fernández de Kirchner llegó a 2015 asediado por presiones contra el dólar y una interminable serie de operaciones mediático-judiciales centradas fundamentalmente en instalar la imagen de una gestión corrupta y autoritaria que, además, dividía a los argentinos. La escalada final, con la clara intención de debilitar al oficialismo en el año electoral, comenzó con la insostenible denuncia del fiscal Alberto Nisman contra la presidenta por el fallido acuerdo con Irán, que adquirió dimensiones extraordinarias a partir del vodevil montado por un sector de la Justicia, los medios hegemónicos y los servicios de inteligencia sobre su suicidio en Puerto Madero. De ahí en más, se multiplicaron las denuncias contra la propia Cristina, sus funcionarios y los principales precandidatos del oficialismo, todas las cuales multiplicaron su resonancia por la acción de los medios. La campaña mediática y judicial contra Aníbal Fernández -candidato a la gobernación bonaerense-, que trató de vincularlo sin sustento judicial con el triple crimen de la efedrina, fue la frutilla del postre.

 

Paralelamente, desde los medios hegemónicos se desplegó un velo destinado a proteger la figura de Mauricio Macri, cuyas múltiples causas judiciales fueron minimizadas o directamente silenciadas ante la opinión pública. Una protección que hoy continúa. La comparación entre dos títulos de Clarín sobre hechos de la misma naturaleza sirve para mostrar el doble juego -blindaje para uno, desgaste para otro- del diario de Héctor Magnetto. El 26 de diciembre, cuando los evacuados por las inundaciones de Concordia sumaban miles y el flamante presidente descansaba junto a su familia en Villa La Angostura, Clarín tituló de manera edulcorada en la sección Sociedad: “Macri interrumpe sus vacaciones y visita mañana las zonas inundadas”. Un abordaje muy diferente al del 13 de agosto, en plena campaña electoral, cuando las aguas afectaron a la provincia de Buenos Aires: “Ola de críticas a Scioli por viajar en medio de las inundaciones”. Ante el contraste, cualquier análisis es superfluo.

 

Una grieta entre errores y aciertos

vidal-macriEn un contexto tan adverso, los errores propios se pagan el doble. Aún hoy es imposible saber -dejando de lado especulaciones gratuitas- si Daniel Scioli era el mejor candidato que podía llevar el oficialismo a una elección presidencial de la que no podría participar la única persona que aparecía como número puesto para ganarla. Por un lado y a pesar de sus gestos de fidelidad, el gobernador bonaerense no aparecía como un genuino representante del kirchnerismo, capaz de despertar la pasión de la militancia para sostenerlo en la campaña. En la construcción de esta imagen poco aceptable para los propios, también contribuyó la presidenta, que lo ninguneó durante años antes de erigirlo, a regañadientes, como candidato. Por el otro, tampoco se lo veía con posibilidades de seducir a sectores medios para que lo aceptaran como una continuidad de los beneficios del modelo sin las “crispaciones” de Cristina.

 

La elección de Carlos Zannini como compañero de fórmula terminó siendo más pérdida que ganancia. No terminó de convencer al kirchnerismo duro de que Scioli tendría alguien que le marcara la cancha y asustó a parte del voto medio que veía con buenos ojos al motonauta. Pero además provocó una herida hacia adentro de esas que jamás se pueden permitir en campaña al desatar el despecho del otro posible precandidato oficialista, Florencio Randazzo, que no tuvo reparos en sobreactuarlo de manera histérica.

 

Con esa definición de la fórmula presidencial, se obturó también la posibilidad de que el kirchnerismo presentara opciones en las PASO. Una decisión que ante la opinión pública fue presentada por los medios de comunicación como una muestra más del “autoritarismo” de Cristina Fernández de Kirchner. En ese juego también resultó gananciosa la alianza UCR-Cambiemos, que disputó una pacífica elección primaria con tres candidatos con un triunfador cantado desde el vamos y donde todos se felicitaron civilizadamente.

«En el kirchnerismo duro -y sobre todo en sus bases- no son pocos los que mastican la palabra “traidores”. Otros, en cambio, desde hace tiempo se vienen interrogando sobre las debilidades de una forma de construcción política que dio lugar a esa vertiginosa fragmentación»

Por último, la postulación casi a último momento de Aníbal Fernández, acompañado por Martín Sabatella, como precandidato a la gobernación bonaerense, cuando la fórmula Domínguez-Espinoza parecía número puesto, provocó otro cimbronazo hacia el interior del oficialismo que tuvo consecuencias literalmente fatales. En este caso, se pueden expresar en números: mientras que en las PASO las dos listas del kirchnerismo para candidato a gobernador sumaron el 38,6% de los votos emitidos, en la elección del 25 de octubre, la fórmula Fernández-Sabatella sólo obtuvo el 35,18%. Es decir, perdió más de tres puntos y fue derrotada por Cambiemos por una diferencia de cuatro. Al día siguiente de los comicios, no había quien no hablara de “fuego amigo”.

 

Mientras tanto, del lado del macrismo, la deliberada indefinición de un programa claro de gobierno le sumó mucho más de lo que le restó. Le permitió no espantar votantes adelantando medidas que podrían afectar su calidad de vida y así capitalizar con mayor facilidad el descontento por lo que podrían llamarse “ciertos modos” de la gestión y de las prácticas políticas del oficialismo.

 

También fue muy eficaz la construcción de Mauricio Macri como un producto electoral montado sobre un juego de imágenes y discursos capaces de seducir desde una oquedad no conflictiva. Frases como “nuestra sana rebeldía no es contra nadie” encierran imposibles lógicos cuya irresolución seguramente escapó a la mayoría de quienes lo votaron. Anuncios apareados de bajar los impuestos y sostener la acción del Estado en la asistencia de los sectores más desprotegidos encierran contradicciones que tampoco se hicieron evidentes. Devaluación sin inflación -y consiguiente pérdida de poder adquisitivo y de calidad de vida para los argentinos- es otro absurdo en el que no reparó gran parte del electorado.

 

Con las cosas de este modo, el 25 de octubre, la sociedad argentina votó. Lo que pasó después, ya se sabe.

 

La “otra” elección

Un último apunte merece la elección a diputados y senadores que se realizó ese mismo día y que quedó en un segundo plano detrás de la primera vuelta presidencial. Vencedor en los números, el FpV pudo conservar la primera minoría en la Cámara de Diputados de la Nación, con 117 legisladores, incluyendo a los aliados. Con esa composición y aún ante el peor de los escenarios -la derrota en el balotaje-, en el gobierno saliente se especulaba que se podría poner freno a muchas de las iniciativas de Cambiemos si llegaba a ganar la segunda vuelta.

 

La ilusión fue efímera. El 23 de febrero, Diego Bossio -que logró su banca como primer candidato en la lista a diputados por la provincia de Buenos Aires-, encabezó una fractura de 12 diputados que conformaron el Bloque Justicialista, que hoy acompaña la mayoría de las propuestas del nuevo oficialismo. El 15 de junio se abrieron los tres legisladores del FpV misionero, entre ellos el ex gobernador Maurice Closs. Apenas una semana después se produjo la tercera y, hasta ahora, última sangría: esta vez los seis diputados que responden al Movimiento Evita.

 

En la cámara de senadores, donde el 10 de diciembre el FpV y sus aliados sumaban 43 bancas, el panorama es más confuso y las lealtades están más ligadas a las necesidades de los gobiernos provinciales que a una estrategia política de oposición a nivel nacional.

 

Frente a este fenómeno, en el kirchnerismo duro -y sobre todo en sus bases- no son pocos los que mastican la palabra “traidores”. Otros, en cambio, desde hace tiempo se vienen interrogando sobre las debilidades de una forma de construcción política que dio lugar a esa vertiginosa fragmentación.

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