Veinticinco años no son nada

Se cumplen 25 años del retorno al modo institucional de elegir gobierno y del respeto, por lo menos formal, a las normas instituidas en la Constitución Nacional. Debemos, no cabe duda, felicitarnos tanto por aquella recuperación como por su mantenimiento en este cuarto de siglo. Para quienes ya transitamos la edad provecta, el gobierno más débil, mediocre y mezquino de los surgidos a través de las urnas, expresa una abismal diferencia con las experiencias de facto con las que fue castigada la historia institucional argentina. Esta diferencia debe ser apreciada también por todas las generaciones que conviven nuestra actualidad. La experiencia acumulada de participación política, aunque elemental y superficial, debería elevar el nivel de compromiso de fracciones cada vez más importantes del pueblo dando como resultado una mejoría en la distribución del poder decisorio, mejorando la calidad de convivencia y avanzando hacia una sociedad más justa.

Esto sería lo ideal.

Pero si nos atenemos al proceso real sucedido en estos veinticinco años vemos que estos presupuestos se chocan con la realidad.

A los avances logrados, con sus más y sus menos, en materia de derechos civiles, de aspectos importantes en los derechos humanos, en la vigencia de las instituciones representativas; habría que contrapesarles el fracaso en los temas de equidad social y distribución de la riqueza. Esto es así. La experiencia de estos años muestra palmariamente que una cosa no conlleva automáticamente a la otra. Es más, pone en duda la teoría misma que fundamenta conceptualmente tal idea predicada claramente por el primer presidente del período en cuestión: “Con la democracia de educa, se atiende la salud, se come, etc.” Es decir, el hecho de gozar de un sistema de libertad de expresión, de vigencia constitucional, de gobiernos elegidos, no garantiza la justicia social.

¿Por qué, si las que sufren por la desigualdad económica son las mayorías y esto supone poder para instalar gobiernos que las representen?

Podemos identificar algunos problemas que aparecen en la constitución misma de la situación emergente en 1983.

Primero, la génesis.

El desemboque hacia las elecciones en aquel momento se debe más al descalabramiento del poder militar producto de sus contradicciones y fracasos que a la lucha consecuente del pueblo organizado. No es que no haya habido resistencia y luchas sino que estas no confluyeron en un proyecto político común para oponerlo a la dictadura, apelar a una ofensiva generalizada y derrocarla.

Segundo, el estado del campo popular.

Es bien luego del desastre de las Malvinas que hubo un resurgir de movilizaciones y un reverdecer de acercamiento de las nuevas generaciones a la cosa pública. Emergió a poco de andar el tiempo el gran tajo social y cultural sufrido con el cercenamiento de lo mejor de una generación desbaratada a la fuerza de muertes, desapariciones, cárceles, torturas y exilio. Este hiato desarticuló el normal flujo de relación entre generaciones, instaló el miedo y la reticencia con una consecuencia social y política desastrosa que aún hoy estamos padeciendo.

Tercero, falta de renovación y alternativa.

Tal vez como una consecuencia más de lo anotado más arriba se llega a las elecciones, ya amañadas y con pactos tácitos sobre los límites del cambio, con los mismos actores políticos que expresaban lo viejo. El PJ y la UCR fueron opciones excluyentes y ante esa realidad el electorado eligió aquello que más se alejaba de los malos recuerdos pero casi con una resignación que anticipaba su desarrollo. No pudo instalarse con fuerza una alternativa que intentara nuevos caminos orientando las energías concentradas contra la dictadura aprovechando el desprestigio de las fuerzas más reaccionarias.

Esto motivó la rápida decadencia de la experiencia radical, de los logros en el juzgamiento a los genocidas al “Punto final” y la “Obediencia debida”, de los intentos de una política económica desligada de los mandatos imperiales al plan Austral y los saqueos. Del Tercer Movimiento Histórico al derrumbe y la salida anticipada.

Luego, los diez años del menemato, el Pacto de Olivos, la entrega del patrimonio nacional con acuerdo parlamentario (lo que no había podido hacer la dictadura en esa materia se logró con un gobierno peronista), el uno a uno y varios para el recuerdo. Pero la malaria no terminó allí, siguió la Alianza, la renuncia del Vice, el corralito y el 2001. Crisis de representación, gobiernos fallidos y, nuevamente, el pueblo sin una expresión política que cubriera ese hueco. Se pidió que se fueran todos y se quedaron todos.

Más cerca, la salida kirchnerista a un laberinto de espejos deformantes, la reposición de la política con importantes debates y el reagrupamiento de la derecha en las calles. La preeminente presencia de los medios masivos de comunicación como vanguardia de las fuerzas más retrógradas y la presencia de los intelectuales, ausentes durante mucho tiempo, en la batalla de ideas, comprometidos en distintas variantes alrededor de los principales problemas nacionales.

En estos días se cumple un año de la segunda etapa de esa propuesta y dentro de un clima de avances y retrocesos transitamos un cierto recupero de cuestiones esenciales. Pero la asignatura mayor sigue pendiente. La desigualdad social no ha variado y grandes sectores populares padecen marginación y hambre.

Los tres puntos marcados como déficit siguen pesando.

Ninguna democracia es válida en ese marco. Sin embargo se están dando circunstancias muy especiales en este momento histórico.

A la reposición de la política y el debate en nuestro país hay que sumarle el entorno regional con movimientos y gobiernos populares que están afirmando soberanía y buscando justicia en América Latina. Esto en el marco de una fabulosa crisis del sistema hegemónico que, así como intenta trasladar los costos hacia los más débiles, abre puertas para profundizar la integración y la salida con modelos alternativos. Los pueblos tienen la palabra.

Fueron 25 años vertiginosos que parecen un siglo. Se ganó mucho y se perdió bastante. La historia nos ubica de nuevo en una alternativa de hierro, que lo que llamamos democracia siga renga y no alcance ningún atisbo de mejoramiento en la distribución de la riqueza o que las fuerzas populares logren una unidad imprescindible y apoyo o fuerce medidas que tiendan a eso y se plantee la construcción de una alternativa popular.

Se puede cambiar el mundo si los pueblos se lo proponen.

La Argentina también.

El autor es Director Editorial del Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini

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