Uruguay: La mesa está servida

Por: Editorial Brecha.-

Faltan un par de semanas para las elecciones, y crece la percepción de que está todo el pescado vendido. Gran parte de la izquierda no quiere adelantarse a los hechos, y hace bien, pero la conducta de blancos y colorados es quizás el indicio más fuerte de lo que vendrá.

Si no andan muy erradas las encuestas que se conocen, y algunas otras encargadas por dirigentes políticos para consumo privado, hay un efecto de bola de nieve que no sólo confirma a la Nueva Mayoría como tal, sino que además tiende a aumentar el arrastre de su candidato, Tabaré Vázquez, a la Presidencia. Ese fenómeno es especialmente notorio en el Interior, donde el tono emotivo de la campaña es muy distinto del montevideano.

Si se mantiene tal tendencia, la principal incógnita ya no sería quién gana, sino con qué ventaja. En palabras más crudas, el principal problema de blancos y colorados no residiría en la posibilidad de que su adversario llegue a la mitad más uno de los votos en la primera vuelta, sino en la perspectiva de que traspase ese límite y siga creciendo. No les faltaría tiempo para acortar distancias, sino que estarían deseosos de que la campaña termine cuanto antes. En vez de buscar el empate, terminarían pidiendo la hora.

Ante semejante panorama se reacomodan muchos cuerpos, en los lugares más imprevistos, y se esbozan conductas semejantes a la de quienes desobedecieron, cuando las Torres Gemelas estaban por caer, la orden trasmitida por altavoces de no abandonar los puestos de trabajo.

ZAFARRANCHO

Es considerable el desconcierto que crea esta situación entre quienes se habían convencido de que nunca llegaría. El Frente ganó la Intendencia de Montevideo en 1989, y si no sobreviene algún cataclismo la va a retener por lo menos hasta 2010. Serán 21 años. Un político blanco o colorado de 60 años de edad, que en este país y este sistema partidario es un pibe, puede pensar que si la cosa viene así, la Presidencia de la República permanecerá en manos de la izquierda durante lo que le queda de vida. Desde ese punto de vista, se comprende el desasosiego.

La campaña de Jorge Larrañaga parece a punto de perder el rumbo, y empieza a parecer una sucesión improvisada de manotazos contra un adversario que ni siquiera necesita arriesgarse a cambiar golpes.

Agotado sin mayores consecuencias el reclamo de un debate con Vázquez, el candidato blanco quedó en grave riesgo de ridículo al alegar que la plataforma electoral frenteamplista es una copia del programa blanco, no sólo porque está extendida la impresión inversa, sino ante todo por la sencilla razón de que esa plataforma del Frente se limita a recoger definiciones aprobadas en su más reciente Congreso, de diciembre del año pasado, o sea antes de las internas de junio de este año y mucho antes de que se definieran el candidato y las propuestas del Partido Nacional.

Hasta ahora, los mejores avisos de Larrañaga en televisión (el de varias personas que se ponen la mano sobre el corazón y el que lo muestra dispuesto a debatir pero sin rival) son aquellos en que el ex intendente de Paysandú no habla. Alguien ha decidido que debe parecer refinado e ingenioso, para revertir una imagen de persona poco cultivada, y le dan unos libretos intrincados, con juegos de palabras, que no le quedan bien.

Los colorados están, tras diez años de gobierno, en la pavorosa zona de un solo dígito cuando se registran intenciones de voto, y los pronósticos coinciden en que obtendrán, todos juntos, apenas tres senadores, mientras el Espacio 609 encabezado por José Mujica logra por lo menos seis.* Eso ha precipitado gestos muy agresivos que, además de deberse a simple rabia, buscan dos objetivos: acaparar el espacio más hostil a la izquierda, que los blancos cultivan poco; e intentar que no se consolide la percepción de que hay que elegir, desde la primera vuelta, entre Vázquez y Larrañaga.**

Han fallado, uno tras otro, los intentos de hallar «el» punto débil de la izquierda. Tal vez porque esa búsqueda se basó en una percepción errónea de lo que pasó hace cinco años. En aquella primera elección con balotaje, los colorados y blancos sabían que no eran invencibles, pero en realidad mantenían ventaja y pegaban desde arriba. Sin embargo, y porque en algún momento temieron que les hubiera llegado la hora, se convencieron luego de que habían encontrado el golpe salvador, y ahora pensaron que podían repetir la proeza. Pero esto ya no es cuestión de talentear.

Puede ser, por supuesto y hasta el último día de campaña, que los liderados por Vázquez cometan algún error muy grueso y pierdan. Pero ya no parece posible que sus rivales ganen porque se les ocurra algo muy genial.

Al mismo tiempo, la posibilidad de ensuciar la campaña se angosta, y el contraataque violento se parece cada vez más a un suicidio político. Subjetivamente, está muy cerca el comienzo de un nuevo gobierno, y si es del Frente, como parece cada vez más probable, los demás tienen que decidir pronto desde dónde van a mirarlo.

¿Estarán dispuestos todos los políticos blancos y colorados a alinearse, en una oposición cerrada y sin puentes, tras los dirigentes más reaccionarios, que fueron los grandes derrotados de los últimos años?

La izquierda está pendiente de no cometer errores, y eso es indudablemente razonable, pero también se debe tener presente que la mayor parte de las intenciones de voto no se define en el último tramo de las campañas, sino bastante antes. En este caso, y sin pretensiones de exhaustividad, cabe señalar por lo menos diez factores que vienen empujando desde hace tiempo a Vázquez hacia el triunfo:

– 1. Ante todo, y como dijo el vicepresidente de la República, Luis Hierro, «hubo gobiernos de cercanía, de coalición, de entendimientos parlamentarios, que han ido demostrando en los últimos 20 años que claramente hay orientaciones políticas e ideológicas similares» en colorados y blancos, y la ciudadanía lo percibe con gran claridad (Últimas Noticias, miércoles 13). Se vota por el Frente o contra el Frente, y se sabe que, en la segunda opción, da más o menos lo mismo uno u otro.

– 2. Esa percepción se apoya en una tendencia de acumulación histórica de la izquierda que lleva decenios. Está por resolverse un pleito iniciado con la crisis de los años cincuenta, justo cuando se terminan los tiempos políticos y biológicos de quienes vieron su inicio.

La dictadura, que vino a sangre y fuego para frenar esa tendencia, se rompió los dientes con una izquierda que no sólo persistió, sino que también se negó a que le impusieran nuevas formas. Mucho se habla de los inconvenientes que trajo la «restauración», y muy poco de lo que habría pasado si prosperaban, en otro extremo, las propuestas de dar por difunto al Frente y formar algo distinto.

– 3. Esa izquierda no es sólo partidaria. El que no entiende que el ascenso de Vázquez hacia el gobierno se apoya en una densa trama social y cultural, construida por varias generaciones y cementada por formadores de opinión en los más diversos ámbitos, no entiende casi nada de lo que ocurre.

De abuelos a nietos se ha trasmitido una cultura que identifica a los culpables del derrumbe, y es un poco tarde para que la derecha quiera zafar del lazo, a último momento, con el argumento pueril de que «buenos y malos hay en todas partes».

– 4. La reforma constitucional que estableció la elección presidencial en dos vueltas levantó la valla que debía saltar el Frente, pero también lo obligó a conquistar la mayoría absoluta, un objetivo estratégico que antes de esa reforma no era compartido por todos sus dirigentes.

– 5. Los partidos tradicionales se comportan desde hace años como la izquierda cuando era pequeña y no sabía crecer: atribuyen su desgracia a que el pueblo es inconsciente, irresponsable y manipulable. Así se tarda más en levantar cabeza.

– 6. La crisis de 2002 representó a los ojos de la inmensa mayoría el fin de un modelo, y el agotamiento histórico de las fuerzas que habían terminado por llevar a Jorge Batlle a la Presidencia.

– 7. El referendo sobre la ley de ANCAP, el 7 de diciembre del año pasado, mostró que la confianza de la ciudadanía en Julio María Sanguinetti y Luis Alberto Lacalle, grandes abanderados del No, figuras emblemáticas de los llamados partidos tradicionales y presumibles candidatos a nuevos períodos presidenciales, estaba incluso por debajo del 27,7 por ciento que votó esa opción (porque en ese 27,7 por ciento hubo, también, izquierdistas que, como Danilo Astori, consideraban conveniente la norma impugnada).

– 8. Este año, el proceso que desembocó en la elección de Larrañaga y Guillermo Stirling como candidatos presidenciales confirmó el ocaso anticipado de Lacalle y Sanguinetti, que dejó a Vázquez en el umbral de la victoria (y le quitó de antemano a esta campaña buena parte de las proporciones épicas que podría haber alcanzado).

– 9. El Frente supo, a su modo y con sus ritmos, procesar el recambio de la generación de dirigentes fundadores de primera línea, que terminó de extinguirse este año, mientras recuperaba aliados que había perdido y atraía a nuevos socios. Esos procesos han dejado mucho que desear, pero también han invertido algunos términos históricos. Ahora son los izquierdistas los que cuentan con un elenco nutrido, variado y fogueado de cuadros, frente a la endeblez e incluso inexperiencia de sus rivales.

– 10. Otra inversión, cruel paradoja para los inventores de lo que se dio en llamar ley de lemas, es que la izquierda presenta un abanico muy variado de opciones, con acuerdos básicos consolidados, frente a una oferta de colorados y blancos que, por la lógica del propio crecimiento frenteamplista, ha perdido matices y alternativas.

De todo esto surge esa sensación de que la suerte está echada. La imaginación ya pide cancha para pensar cómo podrán cambiar, a partir de un triunfo de la izquierda, la sociedad y sus partidos, qué nuevos procesos comenzarán y qué raro parecerá, luego, este país de ahora, cuando tratemos de explicarlo a gente más joven y quizá más feliz.

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* Para remachar la sensación de que el país necesita que la izquierda gane, las proyecciones de distribución de bancas sugieren que lograría mayoría parlamentaria incluso sin ganar la Presidencia. O sea que, como de todos modos tendría en sus manos el gobierno, más vale que lo ejerza del todo y de una vez.

** Cierta desidia en la publicidad colorada es un síntoma elocuente del estado de ánimo que atraviesa el partido gobernante. En el aviso en que Sanguinetti habla de la educación terciaria, quedó un vaso sobre el banco de plaza que ocupa el veterano dirigente, y nadie se molestó en repetir la toma.

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