Uruguay en una histórica encrucijada

Los ministros de Economía y Relaciones Exteriores intentaron un discurso común en su concurrencia al Senado. Pero ello no alcanzó para despejar las dudas sobre la política de inserción internacional. Por el contrario, quedó la sensación de que el gobierno progresista camina hacia un dilema -Estados Unidos o Mercosur- no disimulado mediante el discurso de “más y mejor” acuerdo regional.

El duelo entre el gobierno y la oposición que tuvo lugar el martes 22 durante la interpelación a los ministros Danilo Astori y Reinaldo Gargano (Economía y Relaciones Exteriores, respectivamente) arrojó escasas novedades, aunque permitió precisar mejor el rumbo que ha tomado la política internacional del gobierno progresista. Algunos elementos quedaron en evidencia. Por ejemplo, la percepción (común a la oposición y a varios de los propios senadores oficialista) de que el gobierno se ha metido en un brete del que parece difícil salir sin rasgaduras o sin afectar su relacionamiento con la región.

¿CABALLO DE TROYA?

La entrevista entre los presidentes George W Bush y Tabaré Vázquez el 4 de mayo representó un quiebre en la política de inserción internacional del país, deslizó el ministro Astori. Y agregó que en ella la administración Bush manifestó su intención de profundizar el intercambio comercial con Uruguay porque lo consideraba un “socio estratégico” en la región.

La interrogante número 10 del interpelante Jorge Larrañaga golpeó sobre el tópico. “¿Cuáles son los intereses de Estados Unidos por llegar a un acuerdo con Uruguay? ¿Son sólo comerciales o comerciales y políticos?”

En los días previos a la interpelación, tanto Astori como el senador de su sector Carlos Baraibar habían señalado que a Estados Unidos no le interesaba tanto el mercado uruguayo como la intención política de llegar a un acuerdo con un gobierno de izquierda. Baraibar dijo al programa En Perspectiva de El Espectador que “el presidente, Astori mismo, Lepra, Lescano, Rossi, los que se han manifestado a favor, aspiran a que cuando llegue la hora de la negociación y de poner en negro sobre blanco los términos del acuerdo, sea una formulación mucho más flexible, comprensiva por parte del gobierno de Estados Unidos de que un TLC con Uruguay no sólo le importa al Departamento de Estado y al gobierno de ese país por los contenidos que en el plano estrictamente comercial debería tener, sino también por la significación política”.

Luego agregó que hay en la administración estadounidense “un estilo mucho más componedor, de búsqueda de puentes, de reconocer que el populismo no es tan malo como se dice, que hay causas profundas para que en América Latina gobiernos progresistas estén ganando las elecciones, que alguna razón de fondo tiene que haber.

Todo eso ha generado un discurso de tratar de entender que hay que trabajar con esta América Latina progresista, que tiene razones profundas para existir y que dentro de ese progresismo hay países, gobiernos y presidentes con los cuales es posible entablar un diálogo más civilizado. Ahí ubica los casos de Lula, Tabaré Vázquez y Lagos, y claramente -porque Estados Unidos juega en esto y tiene derecho a hacerlo- marca una posición discrepante con relación al presidente Chávez fundamentalmente”.
Esa línea de razonamiento cruza toda la interna de la fuerza política del gobierno, aunque motiva posicionamientos radicalmente contrarios a los manejados por Baraibar, aparentemente proclive a aceptar un TLC aun a sabiendas de que se trata de una operación política tendiente a aislar a uno de los socios del Mercosur (Venezuela) o de quebrar el pacto regional.

La respuesta de Gargano a la pregunta 10 de Larrañaga fue contundente y rompió el discurso común que intentaron presentar con Astori. El canciller afirmó que “si el precio es romper el Mercosur y la integración latinoamericana no lo pago. La mayoría de la población uruguaya no estaría de acuerdo con un alineamiento del punto de vista político que sea consecuencia de un arreglo económico. Sería como comprarnos”.

Tanto el interpelante como el resto de los senadores blancos que hablaron dijeron querer las dos cosas, el TLC y la permanencia en el Mercosur. Pero “tener un pie en cada bote”, como dijo Larrañaga, parece difícil. Y tomar partido por una de las alternativas tiene sus costos. Decirle no a Estados Unidos afectaría el clima de inversiones, como sostiene Astori. Alejarse del Mercosur cuestionaría una política histórica de inserción internacional y dejaría flancos como el energético, entre muchos otros de enorme relevancia.

TLC Y DESPUÉS.

El senador Larrañaga preguntó a ambos ministros “cuál será la actitud del gobierno en el caso de que la suscripción de un acuerdo bilateral derive en diferencias insalvables dentro del Mercosur, que conduzcan a que los otros socios o algunos de ellos exijan la salida de Uruguay del Mercosur, su transformación en Estado asociado, o apliquen medidas restrictivas”. La respuesta inicial del ministro de Economía fue que “cruzaremos el puente cuando lleguemos al río”. Previamente, sin embargo, Astori había descrito el marco conceptual que permitía avanzar hacia un acuerdo con Estados Unidos con independencia de la opinión de los socios del Mercosur.

Para ello habló de una visión de “regionalismo abierto. No como un proyecto regional de estación terminal, sino como una plataforma de lanzamiento al mundo. Ello puede significar la negociación cuatro más uno. Pero no debemos limitarnos a eso, Uruguay tiene que avanzar por la vía bilateral. No nos podemos amputar la posibilidad de recorrer tanto la vía multilateral como la bilateral”.
Astori también dijo que las dificultades actuales de la región han dejado de lado algunos de los “sueños” que se tenían respecto al Mercosur. Especialmente aquellos referidos a “la complementación productiva y el establecimiento de cadenas productivas.

Hemos soñado con soluciones financieras propias, que nos permitan depender menos de otros organismos. Un acceso irrestricto al mercado ampliado de todos. Coordinación de nuestras políticas económicas, como la fiscal, tributaria, monetaria, cambiaria. Cooperación científica, tecnológica y cultural entre los socios. Fortalecimiento institucional”.
“Considero -agregó Astori- que para los intereses nacionales ha sido de fundamental importancia. Allí se estableció el deseo de Uruguay de avanzar por esa vía y en segundo lugar, como elemento nuevo, la decisión de la administración Bush de transitarlo. Este camino lo apoya todo el gobierno sin excepciones, porque los objetivos son mejorar nuestro intercambio y atraer inversiones estadounidenses.”

Para Astori, los acuerdos bilaterales con Estados Unidos gozan de “una amplia evidencia empírica positiva en diversos países del mundo”, y “de concretarse va a ser una tarjeta de presentación muy importante para multiplicar atractivos de inversión de otros lugares del mundo para Uruguay”.

ES LO QUE PARECE.

A pesar de que el documento de los técnicos publicado el viernes pasado por BRECHA, y el resumen del mismo que Vázquez entregó a los líderes de la oposición el lunes 21, advierte que el único acuerdo posible es un TLC, los dos ministros insistieron en que todavía no hay formato. También negaron que hayan comenzado las negociaciones con la administración Bush.

Ambos plantearon que se trata de mejorar el acceso al mercado estadounidense, y Astori agregó que no sólo se trata de exportar más sino de atraer inversiones de aquel origen. Pero ante la pregunta de cómo actuarían en el caso de la propiedad intelectual (uno de los puntos más sensibles de un TLC), los dos ministros olvidaron la afirmación de que no existía formato y aseguraron que defenderían a la industria farmacéutica nacional.
La insistencia opositora en marcar que el TLC es el único camino viable y que por él se debe transitar no obedeció tanto a sus diferencias con un acuerdo de ese tipo sino a querer mostrar la incongruencia del gobierno con sus definiciones programáticas.

Para rechazar tal extremo, los dos ministros insistieron en negar la existencia de un prototipo y una negociación en marcha sobre el mismo, aunque también apelaron -cada uno a su modo- a ciertos cambios en el escenario internacional. Astori fundamentó la necesidad del acercamiento a Estados Unidos por lo expuesto en párrafos anteriores, pero también en las dificultades existentes en el Mercosur y el escaso cumplimiento de las normas acordadas por los países. Gargano esbozó que tanto la resolución del congreso del fa como de su Plenario Nacional hacían referencia a la situación de ese momento, por lo que si ésta cambiaba (es decir, si Estados Unidos ponía en discusión el tema de los subsidios agrícolas o quitaba la cuestión del trato nacional en las compras del Estado y flexibilizaba sus planteos en torno a la propiedad intelectual) no le hacía ascos a un acuerdo con el país del Norte. “Si las condiciones se mantienen no soy partidario de ningún acuerdo.

Si ellas cambian lo estudiaré”, aseveró el canciller, quien hubo de soportar la andanada de ataques, incluidos los destratos de un interpelante que lo trató casi literalmente de cero a la izquierda, mientras prodigaba sus elogios al ministro de Economía, a quien consideró el “vocero oficial” del presidente de la República.

LA PALABRA DE UN FUNDADOR

El senador y ex canciller del gobierno blanco Sergio Abreu recordó a los ministros que no alcanzaba con decir “queremos exportar más”, pues de acuerdo al informe de los técnicos y a las normas de la omc sólo existe la posibilidad de crear entre ambos países una zona de libre comercio. Abreu insistió sobre el contenido de los capítulos de un TLC y sostuvo que no puede escamotearse la discusión a los actores políticos con el argumento de que no era posible adelantar los temas de la negociación. Así, preguntó cuál es la postura oficial sobre los monopolios de algunas empresas públicas y si forman o no parte de lo innegociable en un TLC.

Abreu sostuvo, en otro orden, que la imagen del Ejecutivo se desdibuja tanto por las discrepancias que manifiesta en su seno como por no llamar a las cosas por su nombre.
Tras historiar los pasos del pacto regional, Abreu pareció acordar con el canciller Reinaldo Gargano, afirmando que un acuerdo con Estados Unidos no puede sustituir nuestra calidad de socio del Mercosur.

EL CANCILLER EN TIEMPOS DIFÍCILES

Resulta evidente que la intención de unificar el discurso oficial en la interpelación obligaría a ceder posiciones a uno de los dos ministros convocados al Senado. Y si la posición aparentemente oficial sobre la cuestión del TLC la trasmitía correctamente el ministro Danilo Astori, va de suyo que el llamado a disciplinarse era para el canciller. Tal vez eso explica una intervención inicial de Gargano que recorrió toda la política exterior del país, limitándose a precisar que quería un tratado con Estados Unidos no sólo para vender más carne sino productos con mayor valor agregado. En su intervención, el canciller se preocupó por advertir que la superpotencia no era el principal destino de las exportaciones uruguayas.

Con todo, cabe una pequeña victoria. Cuando Astori describió los incumplimientos del Mercosur, pareció trazar el camino para que Uruguay no consultara con sus socios la decisión de acordar con Estados Unidos. Gargano dijo que esas falencias no justificaban que el país hiciera lo mismo y se pronunció por trabajar para resolver todos los temas pendientes. Astori dijo “apoyado”, y luego aclaró que él había querido decir lo mismo que el canciller.

LA PAJA EN EL OJO AJENO

Uno de los argumentos manejados por los senadores de la oposición (sobre todo por Julio Sanguinetti, Larrañaga y Luis Alberto Heber) consistió en cuestionar la visión ideologizada de quienes se oponen a un acuerdo con Estados Unidos. Para ello recordaron a los legisladores oficialistas que el mundo ha cambiado y que cayeron todos los muros.

Sin embargo, cuestionaron la incorporación de Venezuela al Mercosur mediante una visión claramente ideológica. Así, dijeron que era un país intervencionista, que utilizaba los petrodólares para crear una corriente latinoamericana enfrentada a Estados Unidos y que se abrazaba a las dictaduras más añejas del mundo. También que las inversiones que hoy Venezuela ha realizado en Uruguay, más temprano que tarde las cobrará, buscando un alineamiento con su política exterior.

Tal argumentación parece haber olvidado que la administración Bush invadió Irak, dio un golpe de Estado en Haití, interviene en los asuntos internos de muchos países y divide al mundo entre un eje del bien y otro del mal, apoyado en razones políticas e ideológicas

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