Uruguay – Argentina: Andante stupefacto

Por Teodoro Boot, especial para Causa Popular.- Por el hecho de serlo, cualquier argentino recibe, al momento de su nacimiento y junto a su correspondiente DNI, una sustanciosa capacidad de asombro, apta para asimilar el nivel de disparate a que pueden llegar los dirigentes políticos, y a veces y hasta como resultado, la vida misma en estos parajes. Por si no resultara suficiente el perturbador detalle de que el entendimiento entre Argentina y Uruguay esté crifrado en las gestiones de buena voluntad que puedan hacer dos obispos llamados, como para que no creamos que alguna vez algo podrá ser lógico, Oesterheld y Galimberti, preventivamente Tabaré Vázquez aporta su granito de absurdo al enorme médano de incoherencia que vamos paleando desde una y otra orilla.

En la misma semana en que la delegación uruguaya, en un insólito alarde de desubicación y torpe viveza criolla, acusó ante la corte de La Haya a las autoridades argentinas de “corrupción”, y la Cancillería oriental anunciaba en Montevideo su disposición a iniciar acciones legales a raíz del lucro cesante provocado por los cortes de ruta en Gualeguaychú, el presidente Vázquez propuso a su par Néstor Kirchner “buscar caminos de encuentro” para “superar este intervalo tan triste que le tocó vivir a nuestros países”, declarándose frustrado “por no poder encontrar esos caminos”.

Esto, que de por sí fue capaz de tomar de

sorpresa hasta al mismísimo Galimberti, según el propio obispo reveló -cosa que no suele ocurrirle a ningún obispo y menos portador de semejante patronímico-, fue en simultáneo con una súbita profesión de fe mercosurista: parece ser que el gobierno uruguayo jamás insinuó la posibilidad de irse del Mercosur “a menos que se nos cierren todas las puertas” ni habría nunca afirmado que el acuerdo regional no sirviera para nada ni, menos que menos, en ningún momento lo habría dado por muerto y enterrado.

Hasta donde se sepa, a nadie se le habría ocurrido “cerrarle las puertas al Uruguay” y en todo caso habría sido para que no saliera y no para que no entrara, puesto que -a menos que haya sucedido algo misterioso en esa dimensión paralela en la que parecen deslizarse las autoridades de nuestra región-, Uruguay está adentro y no afuera del Mercosur, como no sea que, como para mantenerse adentro y no salir, las autoridades orientales pretendan que las puertas permanezcan abiertas como para salir, con lo cual estaríamos navegando en las ya familiares aguas de la incoherencia.

De igual manera, “los caminos de encuentro” entre Argentina y Uruguay, cuya falta “frustra” al presidente Vázquez, fueron casualmente frustrados por su propia voluntad -o falta de ella- al no cumplir con aquello a lo que se había comprometido y sin dar más razones que la libre iniciativa de las empresas privadas y el ejercicio de una soberanía desmentida en el mismo acto de dejar la decisión nacional al arbitrio de esa iniciativa privada, para más datos, extranjera.

Esto es casi demasiado, aun teniendo en cuenta nuestro DNI, o tal vez a causa de él: no conformes argentinos y uruguayos con disputarnos la preeminencia tanguera y futbolística, ahora habríamos pasado a rivalizar en materia de demencia, quedando el resultado del primer test match decididamente del lado oriental, ya que mientras de nuestro lado habla en todo caso un solo loco, allá hablan veinte al mismo tiempo y diciendo disparates diferentes. Seguro en cualquier momento se descolgará por ahí Mauricio Rosencof con un “Vamo mamo la celeste” al comprobar que, al menos esta vuelta, la copa quedará en casa.

Lamento cantabile, ma non troppo

Podríamos quedarnos muy cómodos y pachorras en nuestras reposeras pequeñoburguesas gozando del espectáculo, de no ser porque la irresponsabilidad de unos caballeretes que no son más que flatos en el viento de la historia, lesiona aquello que es permanente: el cariño, la hermandad, la verdadera integración de pueblos cuya única posibilidad de vivir en libertad, justicia y dignidad consiste en recobrar la unidad perdida en los albores una historia común.

El “camino del encuentro” no es el de pactos entre gobiernos sino el de la unidad entre los pueblos, para lo que es preciso que los gobiernos sepan mirar más allá de sus conveniencias y complicaciones inmediatas, que los dirigentes se decidan a pensar, aunque más no sea por única vez en la vida.

La incoherencia, que esta vez es flagrante en un gobierno uruguayo que anda a los tumbos, golpeándose contra las paredes en la oscuridad de un pasillo mientras cree que driblea, no le es exclusiva.

Luego de un importante acto en Gualeguaychú en que el presidente Kirchner pretendió incluir al conjunto de los gobernadores y dirigentes políticos y sociales en una política ambiental común, la sola ocurrencia práctica para poner en marcha esa “concepción” fue ofrecer la Secretaría respectiva a un dirigente político opositor que, más allá de sus méritos de hombre de bien, jamás había mostrado tener ninguna claridad de ideas en la materia y quien, en consonancia con la cortedad de miras gubernamental, también terminó decidiendo respecto a un asunto de Estado de acuerdo a los intereses y la estrategia partidaria de su propia fuerza política.

Una vez más (y van…) tirios y troyanos vuelven a anteponer la gambeta corta y se olvidan del arco, confundiendo prioridades y niveles de importancia, jugando para una tribuna a la que creen distraer con fantasías.

Para el caso, ni unos ni otros, ni acá ni en la ribera oriental del Uruguay, quienes detentan algún grado de responsabilidad parecen entender que la protección del medio ambiente no es un hobby de señoras gordas, ni excusa para lamentaciones periodísticas, ni desvelos de las almas bellas a los que es posible apelar o dejar de lado según la ocasión.

Si ya la telarañas ideológicas del siglo XIX que cubren las seseras de la izquierda uruguaya le hacen -como se ve a diario- imposible una cabal comprensión de un problema contemporáneo, no es menor la incomprensión del gobierno argentino, propenso a imaginar acuerdos políticos usando como excusa e instrumento a lo que es la principal política de Estado de los tiempos que vivimos.

La política ambiental está íntimamente unida a un sistema productivo y es, hoy más que nunca antes, de la forma en que se produce -más que de la manera en que se distribuye- de lo que dependen las características de nuestras sociedades, su capacidad de integración, equidad, democracia y por ende, libertad de las personas. ¿Acaso es tan difícil ver una señal de ello simplemente en la paradoja cerealera, según la que las innovaciones tecnológicas y las demandas del mercado mundial permiten y alientan una cada vez mayor y más barata producción de alimentos, mientras el propio sistema productivo que hace posible semejante abundancia provoca tal grado de desocupación, migración y miseria que esos alimentos cada vez más baratos están cada vez más alejados de la posibilidad de consumo de cada vez más personas?

Y tan luego después hay algún papamoscas que abre la boca al comprobar que en uno de los mayores productores de alimentos a nivel mundial, uno de cada cuatro niños viven en la miseria y uno de cada tres sufren de diversos grados de desnutrición.

¿Resulta tan complicado entender el modo en que la destrucción de la diversidad biológica condena a nuestros países a obturar cualquier posibilidad futura de diversidad productiva, y hasta a perder la poca que poseen? ¿O no cree, acaso, el ministro Mujica que esa “riqueza” uruguaya en una exportación de pulpa -que hoy por hoy sólo existe en su imaginación- no supondrá la destrucción de otra riqueza, más palpable, concreta y hoy a la mano? ¿No advierte la íntima relación que une a sus actuales dificultades en el área de Ganadería con esa política económica a la que denuesta, y la íntima relación de esa política económica con el proyecto celulósico que insiste en defender?

¿Qué clase de política ambiental pretende construir el gobierno argentino cuando al mismo tiempo mantiene intacta una ley de minería que es el paradigma de la destrucción del ambiente, de la enajenación de los recursos, de la subsidiaridad del Estado, de la organización de un sistema de producción y comercialización diseñado según la conveniencia de contratistas y concesionarios, y de acuerdo a las prioridades del mercado mundial?

Esa política ambiental, que unos y otros usan tanto para barrer como para fregar, está en la base misma, y es inseparable, de un modelo de desarrollo, base inseparable además de un modo de integración que sólo será posible y fructífero si la organización del trabajo y de las formas productivas responden a nuestros intereses y necesidades.

Éstas no pasan por alimentar fábricas europeas de papel, de metales a las refinerías canadienses, granos al mercado mundial, sino que deben adaptarse a la protección y desarrollo de nuestro propio y enorme mercado común interno, en la convicción de que el comercio exterior es la yapa, necesaria pero yapa al fin, de un proceso productivo más estable y capaz de soportar las recurrentes oscilaciones de un mercado mundial sobre el que nuestra capacidad de decisión es menor a nada.

Ese “camino de entendimiento” que asegura anhelar el presidente Vázquez y del que dice hacer profesión de fe el presidente Kirchner comienza por pensar en los intereses de nuestros pueblos, en su posibilidad de futuro, en su derecho inalienable a vivir en justicia, en alimentación, en educación y en salud, disponiendo razonablemente de sus recursos de manera que sigan estando disponibles para las nuevas generaciones y no para botín del negocio circunstancial de alguno.

Se trata de un asunto bien concreto, de la construcción de un modelo de desarrollo subregional armónico, equilibrado, equitativo, que fomente y permita la diversidad productiva, que tienda a nivelar las diferencias existentes, no sólo entre ambos países sino en las diferentes zonas, pero si por casualidad, tanto el presidente Vázquez, como el gobernador Colombi o Rovira o el intendente Maluf creen de buena fe que la creación de un polo celulósico regional es un proyecto beneficioso y conveniente, mejor que dejen de pensar con los pies y se metan en la sesera que sólo será beneficioso y conveniente para un grupo de inversores extranjeros, un puñado de latifundistas locales y unos cuantos comisionistas ignotos, en desmedro de las actuales fuentes de trabajo de los pueblos, en perjuicio de los pequeños productores zonales y para clausurar cualquier posibilidad presente y futura de alternativas.

El puntapié inicial hacia el latifundio y el monocultivo en la región está dado. La depredación, el perjuicio ambiental, el empobrecimiento y la migración, con la consiguiente destrucción familiar, hacinamiento urbano e incalculables consecuencias sanitarias y sociales, están a la vuelta de la esquina. Hemos visto cien veces esta película como para hacernos los burros sobre cuál será el final. Tal vez sea tiempo todavía de barajar y dar de nuevo.

Tal vez no. Tal vez los compromisos creados o, más probablemente, la arrogancia de quienes por azar de un voto, que es siempre circunstancial y temporal, se creen en atribuciones de disponer de la vida de los demás, no permitan el encuentro de un auténtico camino común. De ser así, con sus más o sus menos, las relaciones diplomáticas entre los gobiernos, tarde o temprano volverán a la senda de la normalidad.

En cambio, el resentimiento, la incomprensión y el rencor entre los pueblos se incrementarán en forma inversamente proporcional al entendimiento diplomático. Y esto es lo permanente, pero por lo visto pertenece a la esfera de cuestiones muy alejadas de la capacidad de comprensión de una clase dirigente que, si acaso nos la defecó Dios, habría que ir a reclamarles a Oesterheld y Galimberti.

A los obispos, me refiero.

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