Una visión desde Uruguay: El genocidio armenio, noventa años después

Por Coriún Aharonián.- Semanario Brecha. Uruguay;

Se dice que fue el primer genocidio del siglo XX. El pueblo armenio sería entonces la primera víctima de genocidio en ese siglo. El recordarlo sirve porque los genocidios siguen produciéndose, como si tal cosa. Y es probable que el recordar la barbarie ocurrida ayude a crear algo de conciencia que establezca de algún modo un freno a la barbarie por ocurrir.

Ése fue el motor principal que llevó a la diáspora armenia a conmemorar año a año el 24 de abril, la fecha símbolo. Sin llanto, y en silencio. Durante décadas, el 24 de abril (11 en el calendario gregoriano vigente en la época en aquella región), los miembros más concientizados de las muchas colectividades en que se dispersaron los sobrevivientes de la matanza se reunían en actos en los que no había ni un aplauso. Sólo silencio. Era muy sobrecogedor para un niño descendiente de esos sobrevivientes.

Poco a poco los niños, ya jóvenes, creyeron que empezaba a ser hora de hacer algo más, además de conmemorar. Y en Uruguay, en particular, se dio una experiencia muy especial. Bajo la influencia de otros movimientos que se daban en la sociedad uruguaya (las “mesas coordinadoras” sindicales, por ejemplo), se creó una así llamada Mesa Coordinadora de Organizaciones Juveniles Armenias del Uruguay.

A pesar del larguísimo nombre, la iniciativa funcionó. Con apoyo en algún par de intentos realizados en 1960, hubo ejercicios de funcionamiento en torno a otra fecha simbólica, el “día de la cultura armenia”, que creció y pasó a ser mes, en octubre de 1963. Y para el 49 aniversario del comienzo del genocidio se logró movilizar a toda la colectividad -jóvenes, adultos, ancianos- en torno a la conmemoración, que pasó a abrirse hacia la sociedad en vez de quedar discretamente encuadrada dentro de los límites de la propia colectividad.

Hubo un afiche que cubrió las paredes de Montevideo (producto de un concurso, que ganara Daniel Erganián), un imponente acto público (en el Ateneo de Montevideo), y una sobrecogedora “marcha del silencio” por 18 de Julio, además de los oficios religiosos de rigor en la tradición. El eco producido en la colectividad animó a los jóvenes de la Mesa Coordinadora a seguir adelante. Y el proyecto se consolidó en vistas al 50 aniversario.

En efecto, los 12 meses que iban de un abril al otro fueron de muy intensa actividad, y congregaron a numerosos armenios y descendientes de armenios, que se sumaban entusiastas a diversas propuestas de trabajo sin llantos. Importa señalar esto, porque la diáspora armenia se ha caracterizado por una particular capacidad de divisionismo institucional, una muy acentuada incapacidad de estar unidos, para la que han colaborado (y siguen colaborando) los partidos políticos, las asociaciones regionales, los grupos religiosos y hasta los juegos de poder de tal o cual individuo.

Lo más importante del período previo a abril de 1965 fue la iniciativa solidaria de los parlamentarios de la lista 99 (todos ellos diputados), quienes redactaron un proyecto de ley que reconocía el hecho del genocidio. La redacción del texto, presentado oficialmente el 29 de enero de 1965, estuvo a cargo de Enrique Martínez Moreno, y firmaron junto con él (por orden alfabético) Hugo Batalla, Aquiles R Lanza, Alfredo F Massa, Zelmar Michelini y Alberto M Rosselli.

Se aprobó en la Cámara de Representantes el 6 de abril, hubo una instancia frustrada en el Senado el día 7 (Bautista López Toledo abortó la votación proponiendo una modificación al texto), y se aprobó la noche del 20. El Consejo Nacional de Gobierno promulgó la ley el 22 de abril. Ya sea por convergencia en un tema humanitario, o por mera demagogia frente a algunos miles de sufragios potenciales, todas las votaciones fueron por unanimidad.

El texto de la exposición de motivos decía: “Los legisladores que firman este proyecto han pensado que el Parlamento debe sancionar una ley por (la) que se declare el 24 de abril de este año día de recordación de la tragedia del pueblo armenio, como homenaje a sus mártires y a la vez como ratificación del repudio que nuestro país siente por toda forma posible de genocidio”. Quedaba claro, pues, el sentido jurídico genérico tras la situación específica.

Es muy importante subrayar este punto pues, a mediados de los sesenta, no existían muchos antecedentes en el mundo de condenas concretas a la muy reciente figura de genocidio.1 La iniciativa se daba en un contexto particular: Uruguay había firmado un tratado internacional por el que se repudiaban los genocidios, pero el Parlamento uruguayo no había discutido todavía el tema. Trayendo el tema a la discusión parlamentaria, se mataban dos pájaros de un tiro: se obligaba a los parlamentarios a pronunciarse sobre el tema del tratado, y se reconocía como genocidio la masacre de armenios de 1915-1923.

Entiendo que éste fue el logro principal de Enrique Martínez Moreno y sus compañeros. A partir de la inteligente redacción de su exposición de motivos, el repudio a “toda forma posible de genocidio” campeó durante buena parte de los discursos de los parlamentarios, atravesando grupos políticos muy diversos: los diputados Alfonso Requiterena Vogt (“reiterar una vez más nuestro más enérgico repudio a toda forma de genocidio”), Enrique Beltrán (“el genocidio (…) había transcurrido antes sin que esa misma conciencia hubiera tenido percepción de él, ni hubiese reaccionado contra él”), Juan Carlos Fá Robaina (“la aprobación de este proyecto importa -lo que sin duda es de verdadera trascendencia- un pronunciamiento del Parlamento uruguayo sobre un genocidio atroz marcado en la historia del universo”)…

Algunos diputados aprovecharon para subrayar concretamente el vínculo entre la recordación específica y la aprobación del tratado: Jacobo Guelman (“que el Parlamento apruebe, a la brevedad posible, ese tratado que nuestro gobierno ha signado”), Gervasio Domenech (“esperamos (…) que esta Cámara cumpla con (…) la aprobación del proyecto de tratado sobre genocidio que tiene a estudio”).

También intervinieron los diputados Rodney Arismendi, Américo Plá Rodríguez, Dora Cóccaro de Millor, María V Soares de Lima, Uruguay Tourné, Bautista Duhagón y Antonio U Hernández, y los senadores Luis A Fígoli, Bautista López Toledo, Eugenio R Pineda, Enrique Rodríguez y Dardo Ortiz (quien aprovechó para fustigar “la pobreza del texto y su imperfección”), pero no creyeron importante subrayar el concepto de genocidio.

Fígoli, Renán Rodríguez y Francisco Antúnez Giménez solicitaron un trámite “grave y urgente”, ante el peligro de que se votase después de la fecha a la que se homenajeaba. El senador Eduardo Víctor Haedo tuvo un lapsus, como le era simpáticamente habitual (“el genocidio mencionado no constituye una matanza política”), pero votó a favor.

En el juego parlamentario de la época, hubo interminables discursos -al parecer, ningún sector quería quedar fuera del reconocimiento-, pero también una ampliación del texto original: Enrique Erro agregó un símbolo, la designación de una escuela pública con el nombre de Armenia. Recuerdo que Alba Roballo quiso también hacer su aporte, pero se contuvo ante la posibilidad de que se trancase el tratamiento del proyecto de ley.

La marcha del silencio de ese 24 de abril de 1965 fue más impactante aun que la de 1964. Se realizó la víspera, el 23, por 18 de Julio, desde Plaza de Cagancha hasta plaza Independencia. Toda la colectividad armenia -los sobrevivientes del genocidio y sus descendientes- parecía estar allí. En realidad no fue tan así. Hubo gente que se mantuvo al margen de la conmemoración multitudinaria y de la actividad toda del cincuentenario. Coherentemente, muchos de ellos fueron luego súbditos fieles de la dictadura uruguaya, e incluso colaboradores de ella.

La ciudad estaba empapelada con un impresionante afiche de Áyax “Pacho” Barnes, ganador del concurso de ese año, junto con Daniel Erganián (primer premio B), y Jorge Carrozzino y Ángel López Valin (segundo premio).

Un folleto con una selección de breves textos históricos relacionados con el genocidio circuló abundantemente (y fue luego reproducido en otros países). Un concurso paralelo al de afiches había escogido también un logo para la conmemoración, hecho por Mabel Medina Bóveda y Ángel Medina Medina (primer premio, con Carlos Massimino y Alfredo Fuchsberger como segundo). La marcha del silencio había estado regada de grandes pasacalles pintados durante días por estudiantes de origen armenio.

Tras el homenaje de rigor ante el monumento a Artigas, hubo un multitudinario acto en el teatro Solís, con presencia de sacerdotes, de políticos y de diplomáticos (con Gregorio Pantazoglu, cónsul de Grecia, haciendo uso de la palabra como testigo presencial de las matanzas). También hubo oficios religiosos, con espíritu ecuménico, en la Iglesia Nacional Armenia, en la Iglesia Metodista Central y en la Catedral de Montevideo.

El 20 se llevó a cabo una sesión solemne en la Junta Departamental, acompañada de una exposición de fotografías de las atrocidades de 1915 recopiladas por la Mesa Coordinadora.2 El 29 se abrió en el Centro de Artes y Letras una exposición de trabajos presentados en los concursos de afiches y de logos.

Una vez promulgada la ley de recordación del 24 de abril de 1965, Uruguay se convirtió en el primer país en reconocer, mediante un acto jurídico, la figura del genocidio para una matanza que había tenido una historia particularmente curiosa. Los sucesivos gobiernos turcos, de distinta orientación, habían negado unánimemente lo acontecido, y las potencias europeas (y Estados Unidos), que habían denunciado las atrocidades desde un comienzo, habían ido acomodando su juego a los intereses estratégicos, sacrificando una y otra vez la verdad. Y aquí aparece otro aspecto del asunto.

El genocidio cometido entre 1915 y 1923 significó el barrido de más de dos millones de armenios y la limpieza étnica de los territorios de Turquía que éstos habitaban, con la muerte de por lo menos un millón seiscientos mil.3

El operativo fue iniciado por el gobierno de los Jóvenes Turcos, aprovechando la cortina de humo de la Primera Guerra Mundial, que significaba una inevitable complicidad germana4 y la relativa imposibilidad de acción de quienes estaban en el bando opuesto,5 y se completó en el gobierno “occidentalista” de Kemal Atatürk.6 No era la primera matanza: había habido una previa, un poco menos gigantesca, entre 1894 y 1896.

Abdul Hamid II, el “Sultán Rojo” -depuesto en 1909 precisamente por los Jóvenes Turcos-, había descubierto que se podía “acabar con la causa armenia acabando con los armenios”, doctrina de “solución final” que tendría prolijos seguidores en el siglo XX.

En función de los morbosos juegos de la política imperial -llamada comúnmente política internacional-, ese holocausto no cuenta hasta hoy con un reconocimiento jurídico de los organismos internacionales. Esto ha provocado muchas derivaciones: desde el endurecimiento de actitudes racistas por parte de los habitantes de los territorios armenios que se salvaron del exterminio -los que estaban en 1915 dentro del imperio ruso-, con situaciones irracionales diversas, hasta la aparición, especialmente en las décadas de 1970 y 1980, de grupos -mayormente originarios del Cercano Oriente-de jóvenes descendientes que se sentían estafados por el juego político inocuo y optaban por tácticas terroristas -con relaciones complejas con la estructura partidaria-, atentando contra objetivos simbólicos (principalmente diplomáticos turcos).

7 Los gobiernos sucesivos de Turquía continuaron, impertérritos, en su actitud negacionista.8 Los diferentes sectores políticos en el poder han coincidido, durante ocho decenios, en sostener que no hubo genocidio, al tiempo que se iba intentanto borrar todo rastro de las culturas destruidas, mayormente cristianas.

Hasta este abril, a noventa años del comienzo de la matanza, el genocidio ha sido reconocido por pocos países. Grecia lo hace en 1996. Francia en 2001, y la respectiva ley consta de un artículo único: “Francia reconoce públicamente el genocidio armenio de 1915. La presente ley será ejecutada como ley del Estado”.

En Argentina, Menem veta un proyecto de ley en 1995. El gobierno de Estados Unidos se niega a reconocerlo, en su juego de intereses militares y económicos en el Cercano Oriente. Uruguay mismo hace el año pasado (2004) una redundante ley que agrega poco a la de 1965 (“Declárase el día 24 de abril como ‘Día de recordación de los mártires armenios’ en homenaje de los integrantes de esa nacionalidad asesinados en 1915”) y no osa usar la palabra genocidio.

Hay varias declaraciones en parlamentos diversos, que reconocen explícitamente la figura de genocidio en relación con el caso armenio: Estados Unidos (1975, 1984 y 1996); Chipre (1982, 1995); Rusia (1994, 1995); Bulgaria (1995); Bélgica (1998); Argentina (1998); Líbano (2000); Italia (2000); Suecia (2000); Vaticano (2000); Canadá (2002 y 2004); Suiza (2003); Parlamento Europeo (1987) y Consejo de Europa (1998).9 Entretanto, el Tribunal Permanente de los Pueblos emite un documento en París en 1984. En el ámbito de las Naciones Unidas, ha habido en 1985 un pronunciamiento histórico en una subcomisión de la Comisión de Derechos Humanos, en Ginebra, pero nada más.

Quizás se teme por los reclamos de tierra y de dinero que algunos tontos pudieran plantear (que los hay, claro).10 Y no se entiende que la aplastante mayoría de los sobrevivientes y de sus descendientes no tiene ningún reclamo material que plantear, y sólo espera que la memoria sea honrada, para que los actos de aniquilación de hombres por parte de hombres no se puedan repetir tan impunemente.

Paralelismo Genocida

Bajo este título, el argentino Gregorio Hairabedián publicaba en 1995, en la revista Tribuna de Buenos Aires, un curioso descubrimiento, hecho a partir de aportes de su compatriota Osvaldo Bayer y del historiador John Guiragosián, de Armenia: había un trazo “educativo” que vinculaba la barbarie de los militares turcos con la barbarie de los militares argentinos.

Tras señalar que la occidentalización de Turquía -tan bien vista por el imperialismo- había significado el fin del sultanato, la instauración de la república, la separación de la religión y el Estado, el voto secreto y algunos derechos políticos para las mujeres, medidas todas “invariablemente superestructurales -esto es, sin cambios sustantivos en la base económica de la sociedad turca de entonces, precapitalista en la región asiática y burguesa en la región europea-”, señalaba que “simultáneamente, con intervención del ejército, reprimía las huelgas obreras y los movimientos de lucha de los campesinos, clausuraba apresuradamente el proceso revolucionario y se desvelaba por demostrar ‘confiabilidad’ a las potencias imperialistas”.

Los oficiales de ese ejército “habían sido formados y aleccionados, entre otros educadores, por el general alemán Von der Goltz, conspicuo representante de los intereses belicistas de su país (en pugna interimperialista por entonces con Inglaterra y Francia), portador ideológico del nazismo incipiente y entusiasta sostenedor y ejecutor de la teoría de la ‘solución final’ de los problemas nacionales y sociales mediante la eliminación física de los enemigos reales y potenciales del orden constituido”.

Wilhelm Leopold Colmar, barón Von der Goltz (1843-1916), militar prusiano, había sido soldado (sirvió en la guerra franco-prusiana en 1870-1871), docente de historia militar (en Berlín, entre 1878 y 1883), y hasta escritor (La nación en armas, 1883), antes de convertirse, en 1883, en consejero militar del ejército turco-otomano. Encargado de la reorganización y “modernización” de ese ejército, lo llevó a las puertas de la victoria en la guerra de 1897 contra Grecia, situación que hizo necesaria la intervención de las potencias europeas.

En 1911 fue nombrado mariscal de campo. Fue más tarde, brevemente, gobernador general de la Bélgica invadida en 1914 a comienzos de la guerra, antes de ser trasladado (en noviembre de ese año) al frente turco (Turquía era aliada de los germanos), en el que comandó el primer ejército turco en las operaciones de Mesopotamia (es decir, Irak), pasó luego al frente del sexto ejército, venció a los ingleses en India en 1915, y murió en plena campaña asiática en abril de 1916, al parecer por envenenamiento.

Osvaldo Bayer descubre en su libro Rebeldía y esperanza que es este mismo mariscal de campo prusiano barón Von der Goltz el que asiste en Argentina, especialmente invitado, a los festejos del “Centenario de la libertad” en 1910. Se convierte en el “filósofo” de los nuevos oficiales del ejército argentino, a los que trasmite su pensamiento centrado en la “seguridad interna” y la preservación de los intereses de clase (planteado ya en La nación en armas).

Señala Bayer que en Impresiones de mi viaje por Argentina, que el mariscal-filósofo publica en Berlín en 1911, se destaca el vigor represivo contra todo intento de disturbios en la vida pública. Cuenta Von der Goltz que en la Dársena Sud, en la desembocadura del Riachuelo, “se hallaba anclado un barco bien grande que (…) se iba poblando poco a poco con esa chusma, carne de presidio, que la policía iba cazando aquí y allá (y) cuando estaba lleno comenzaba su viaje de turismo a Tierra del Fuego y allí se los desembarcaba.

Entonces sí que podrían hacer todo el alboroto que quisieran. Se habló mucho de una huelga general que iba a comenzar con perturbaciones en las numerosas líneas de tranvías eléctricos. Pero antes de que se comenzara ya iban apostados soldados detrás y delante de los vehículos con fusil cargado y, de anteriores experiencias, se sabía demasiado bien que esos guardias no dudaban mucho en apretar el gatillo”.

El mariscal de campo prusiano había sido acompañado, como edecán, por el coronel argentino José Félix Uriburu, que “veinte años más tarde, en 1930, (…) ya con galones de general, realizará el primer golpe militar contra la democracia argentina” e inaugurará como sistema el terrorismo de Estado. También lo hizo un representante de Krupp (la misma empresa que armó al ejército turco), de cuya fábrica el ejército argentino compró con intermediación del general Pablo Richeri (fundador de la institución castrense, promotor del servicio militar obligatorio y agregado militar en Berlín durante 11 años) 120 mil fusiles y carabinas Mauser y 25 millones de cartuchos para un ejército de apenas 6.247 soldados (según Bayer y Hairabedián).

Señalaba Hairabedián: “John Guiragosián y Osvaldo Bayer, siendo contemporáneos, jamás se conocieron personalmente. (…) Pero sus investigaciones, transitando distintos espacios y realidades, han conducido, sin proponérselo, a establecer el paralelismo que nos ocupa: el genocidio aún impune de armenios y argentinos llevado a cabo por quienes reconocen una común matriz educativa-ideológica”.

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Bibliografía

– 1. “El genocidio -explica Yves Ternon (Le Monde, París, 7-V-04)- es una definición jurídica de una infracción internacional. Constituye la forma extrema del crimen de masas. La masacre es una forma de destrucción humana extendida a lo largo de toda la historia. Un genocidio es por definición una masacre, pero muy pocas masacres constituyen genocidios.” La Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio fue adoptada por resolución de la Asamblea General de las Naciones Unidas el 9 de diciembre de 1948, y entró en vigor el 12 de enero de 1951.

– 2. La Mesa había desarrollado varios proyectos paralelos, uno de los cuales fue el relevamiento en microfilme de los ecos de las matanzas de armenios en la prensa uruguaya de la época.

– 3. Véase mi artículo “Otro genocidio impune” en BRECHA, 21-IV-95.

– 4. Vahakn N Dadrian: German responsibility in the Armenian genocide. Blue Crane Books, Watertown, Massachusetts, 1996.

– 5. André N Mandelstam: La Societé des Nations et les Puissances devant le problème arménien. Librairie de la Cour d’Appel et de l’Ordre des Avocats, París, 1926.
Henry Morgenthau: Ambassador Morgenthau’s story. New Age, Garden City, Nueva York, 1918.
Fridtjof Nansen: Armenia and the Near East. Duffield, Nueva York, 1928.
Arnold J Toynbee: Armenian atrocities: the murder of a nation. Hodder & Stoughton, Londres, 1915.
Armin T Wegner: Die Verbrechen der Stunde, die Verbrechen der Ewigkeit. Buntbuch, Hamburgo, 1982.

– 6. Vahakn N Dadrian: The history of the Armenian genocide. Ethnic conflict from the Balkans to Anatolia to the Caucasus. Berghahn, Oxford & New York, 1995.
Richard G Hovannisian: The Armenian genocide: history, politics, ethics. Saint Martin’s Press, Nueva York, 1992.
Pascual Ohanián: Turquía, Estado genocida, 1915-1923. Akian, Buenos Aires, 1986.
Yves Ternon: Les arméniens, histoire d’un génocide. Seuil, París, 1996.
Simón Vratzián: “Armenia y la Cuestión Armenia”. Diario Armenia, Buenos Aires, 1944.

– 7. Gaïdz Minassian: Guerre et terrorisme arméniens. Presses Universitaires de France, París, 2002. Véase además la abundante presencia en la prensa de la época de información sobre las acciones terroristas concretas.

– 8. Yves Ternon: Du négationnisme: mémoire et tabou. Desclée de Brouwer, París, 1999.

– 9. Puede haber algún error menor en este listado. Se hace difícil obtener información precisa.

– 10. De hecho, y contrariamente a la posición oficial del gobierno de Armenia, los partidos históricos de la diáspora armenia emiten en diciembre de 2004 una curiosa y anacrónica declaración conjunta (Diario Armenia, Buenos Aires, 5-I-05) en la que, en vez de reclamar el reconocimiento en sí del genocidio, le hacen el juego a la política oficial turca hablando de “defender nuestros derechos reclamando la debida reparación y restitución”. Hacen referencia a un tal “gran sueño del pueblo armenio”, y señalan un delirante objetivo: “la liberación de la Armenia Occidental”, es decir, la que no ha tenido población armenia desde hace por lo menos ochenta años, “recreando sus territorios históricos en una patria unificada donde se reinstale la armenidad”. Los chovinistas de origen armenio se darán la mano con los chovinistas de origen turco, y todo seguirá igual por los siglos de los siglos.

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