Una tragedia argentina

Capítulo #20 de las “Memorias de un niño peronista”, de Teodoro Boot.

perez-garcia

Durante el mes de octubre había aprendido un montón de palabras nuevas, casi todas relacionadas con delitos peronistas, y llené montones de páginas de mi libretita con los nombres de los testaferros de Perón.

 

También había anotado lo del estupro, para que alguien me explicara qué quería decir, y un montón de cosas más.

 

Esos meses había ido poco a la escuela, por las mudanzas, los días de asueto y el final de las clases de un año agitado, en el que cada dos por tres mi vieja y mi tía volvían del almacén con porotos, arroz, fideos, yerba y azúcar como para veinte años. Llegado el caso –si tiraban la tómica, por ejemplo–, para todo lo demás (vascolet, soda y vino) siempre podríamos recurrir a la heladera mostrador del tío Rodolfo.

 

Después de la revolución libertadora y democrática, el diariero Miguel empezó a despotricar a los gritos contra el Tirano Prófugo, el doctor Rofo regresó de su exilio en Montevideo y, sorpresivamente, todos en el bar se volvieron antiperonistas.

 

También se habían casado Raúl y Mabel, de los Pérez García, el día de la primavera, entre la renuncia de Perón y la asunción de un nuevo presidente, un presidente bueno, decía mi vieja.

 

Como muchos otros, mi tía y mi vieja habían escrito a la radio tratando de adivinar en qué fecha sería el casorio. Todos habíamos esperado el resultado con gran emoción, no tanto por los 5 mil pesos que se llevaría de premio el que acertase, sino porque durante mucho tiempo no había habido otro tema de preocupación en la mayoría de las familias que los problemas de los Pérez García y el inminente casamiento del primogénito con la encantadora mucama, a la que mi vieja y mi tía adoraban como si fuese su hermanita menor.

 

Mabel había llegado para trabajar en lo de los Pérez García siendo prácticamente una niña y a esas alturas era casi como de la familia. ¿Qué mayor alegría podrían tener don Pedro, que era más bueno que el presidente bueno, y la amable y simpática doña Clara, que todo siguiera quedando en casa?

 

En el bar, en cambio, nadie le daba bolilla a los Pérez García, y eso que la radio estaba siempre encendida. Pero no la prendía mi tío, sino Pablito Serún. De inmediato, empezaban los gritos del Pelado, Carlitos y Alberto Culacciatti y hasta el Mudo –que no podía concentrarse en los números–, ordenándole que bajara el volumen. A regañadientes, Pablito se bamboleaba hacia el gigantesco aparato, invariablemente se equivocaba de perilla y cambiaba la sintonía, produciendo unos agudos chirridos que a su vez redoblaban la airada gritería de la barra.

 

Hasta la reaparición del doctor Rofo, los muchachos subían el volumen únicamente a las ocho de la noche, para escuchar el Glostora Tango Club, la cita obligada de la juventud triunfadora.

 

Miraba con preocupación al Pelado, al Mudo, al diariero Miguel y a Carlitos y Alberto Culacciati, preguntándome si acaso esa sería la juventud triunfadora. De algún modo, intuía un negro futuro cerniéndose sobre mí.

 

Después del regreso del doctor, todos estaban demasiado pendientes de sus revelaciones, complementadas por las acotaciones de Miguel, como para prestarle alguna atención a la radio. Sólo Pablito, inclinado sobre el artefacto para escuchar mejor, parecía atento a la programación de El Mundo y su Red Azul y Blanca de Emisoras Argentinas.

 

Poco después descubriría que Pablito no sólo escuchaba la radio, sino que también le mandaba cartas, cuando una noche, a las 8 y cuarto, don Pedro descolgara el teléfono y con su inconfundible voz de padre de familia bueno y confiable dijera: “¡Sí, Radolfo, esta es la casa de los Pérez García!”

 

–¿Radolfo? –preguntó mi vieja– ¿Qué nombre es ese?

 

Andá a saber –dijo mi viejo, sin dejar de leer La Razón, inclinado sobre la mesa de la cocina.

 

Mi viejo nunca prestaba atención a nada de lo que ocurriera a su alrededor. Estaba demasiado ocupado en las facturas que me pedía la maestra, el ascenso a primera de Argentinos Juniors, que acababa de ganarle al Porvenir y se perfilaba para campeón de la B, la Constitución del 49 y la política nacional. Así y todo, cuando no madrugábamos los domingos en General Rodríguez o Tortuguitas con las tramperas para cazar jilgueros y corbatitas, conseguía hacerse un rato los fines de semana para continuar su gran proyecto: un diccionario de mitología griega.

 

El día que se enteró de que ya existía uno, aunque todavía no había sido traducido al castellano, se deprimió muchísimo, pero eso ocurriría varios años después, cuando ya hubiera llenado cientos de páginas de una pequeña carpeta de hojas movibles. Era un diccionario, ya saben, y los nombres de los dioses y los héroes debían ordenarse alfabéticamente.

 

Por un descuido de mi vieja, y para su infortunio, porque mi viejo seguiría reprochándoselo silenciosamente durante varios meses, los dioses griegos salieron a relucir en el transcurso de un almuerzo dominguero de noviembre. Mi viejo y Polo estaban apurados, porque Argentinos jugaba en Banfield. Que el partido se jugara en domingo parecía un presagio de lo que ocurriría al año siguiente.

 

Mi viejo me sacó del error:

 

–Hoy también juegan All Boys contra Temperley y Defensores con Unión.

 

Unión era el gran rival en ese campeonato. Tragué saliva.

 

Ah, entonces no es porque vamos a ascender…

 

Mi viejo me tranquilizó.

 

–Sí que vamos a ascender. Trigili anda con todas las luces prendidas.

 

Y el Tano no perdona –aprobó el tío Polo.

 

–Igual que Zeus –dijo mi vieja pretendiendo ser graciosa.

 

Mi viejo la fulminó con la mirada, como si fuera el mismísimo amo del Olimpo. Pero ya era tarde para evitar la intervención del tío Rodolfo.

 

Zeus vendría a ser como el que te dije. Acoge a medio mundo y amasija al resto ¿no, José?

 

No –respondió secamente mi viejo.

 

Era inútil. Ya nada sería capaz de detener al tío Rodolfo, fuera de una sorpresiva aparición de Miguel y el doctor Rofo, en persona. Pero nadie del bar trasponía la puerta del pasillo que llevaba a la casa de mi tía, a excepción de las mujeres que, cada muerte de obispo, tomaban algo en el bar y eventualmente debían usar el baño de la casa.

 

Las mujeres que iban al baño eran de dudosa moralidad –por lo general prostitutas de la avenida que hacían un descanso– y mi tía las miraba torcido cuando pedían permiso para pasar “al baño de señoras”. No bien salían, mi tía entraba con lavandina, acaroína y la lata de fluido Manchester.

 

–Vos no tendrías que hacer el diccionario por índice de nombres sino por orden de importancia.

 

Visto que no se cumplía con su deseo de ser tragada por la tierra, mi vieja se levantó de la mesa y fue a la cocina con una excusa cualquiera. En esos cálidos domingos de noviembre habíamos empezado a comer en el patio, a la sombra del toldo.

 

Zeus la siguió con una mirada que anunciaba tremendas represalias. Por suerte para mi vieja, esa tarde Argentinos ganaría tres a cero y mi viejo volvería a casa desbordante de alegría y con una sonrisa de oreja a oreja. Pero, entretanto, debía padecer la locuacidad incontrolable y necia del tío Rodolfo.

 

–Zeus viene a ser el capo máximo del Parnaso ese.

 

–¿Qué Parnaso?

 

–Ese, el monte.

 

–El Olimpo –corrigió mi viejo.

 

A pesar de que el tío Rodolfo amagaba con seguir metiendo el dedo en el ventilador, el tío Polo estaba de buen humor. Él también era de Argentinos, claro.

 

–Donde cada corner que patean, es gol –dijo.

 

Luego de unos segundos de vacilación en los que trató de asimilar el concepto, Rodolfo insistió:

 

Era como el jefe de un comando estratégico, una asociación ilícita de dioses.

 

Cada vez que se quedaba sin palabras y con la cabeza en blanco, el tío Rodolfo recurría a lo que había podido entender de alguna de las conferencias del doctor Rofo.

 

–Hay semiplena prueba –había dicho el doctor– de que funcionaba un comando estratégico integrado por el ex Dictador, su ministro Borlenghi, los secretarios generales de la CGT y las cabezas de las ramas femenina y masculina del Partido Peronista, que decidía sobre las leyes necesarias para el mantenimiento del régimen depuesto y la comisión de diversos ilícitos.

 

–Para lo cual –añadió el diariero Miguel– daban las órdenes de aprobación a los legisladores por intermedio de los jefes de bloque o las comisiones correspondientes.

 

–¿Quiénes son los legisladores? –preguntó el Pelado.

 

Miguel se puso automáticamente a la defensiva.

 

–¿Querés los nombres?

 

–Bueno…

 

–Pero no diga disparates, hombre de Dios –intervino el doctor– ¿cómo alguien va a recordar los nombres de cada uno de los diputados y senadores del oficialismo…

 

–Ah, esos son los legisladores…

 

…partícipes necesarios de esa asociación ilícita, que además incurrieron en el delito de traición a la patria otorgando facultades extraordinarias al Tirano Prófugo.

 

–Las facultades extraordinarias, primero, doctor. Después, la suma del poder público, como a Rosas.

 

El domingo, mi tío recordaría esas palabras.

 

–Los dioses del olímpico le dieron facultades extraordinarias a Zeus, como a Perón. Si eso no era asociación ilícita, ¿qué era? ¿O qué pasó con Rosas, eh?

 

Mi viejo permaneció inmóvil, con el cuchillo en la mano derecha y el tenedor en la izquierda, mientras todos lo mirábamos esperando su reacción. Fue un momento muy incómodo, que pareció eterno.

 

–José… –dijo con suavidad mi vieja, que había regresado a la mesa.

 

El tío Polo dejó la servilleta y se puso de pie.

 

–Se nos va a hacer tarde para el partido. ¿Vamos, José?

 

Las manos de mi viejo temblaron imperceptiblemente, sacudidas por la tensión. Tras unos segundos, cruzó los cubiertos sobre el plato y se incorporó.

 

–Sí, vamos –dijo.

 

Y salieron para la cancha.

 

El tío Rodolfo los saludó, deseándoles suerte. Mi tía y mi vieja empezaron a levantar la mesa. Sólo permanecimos sentados mi tío, mi hermana, mi primo y yo.

 

–Todo es culpa de Lonardi –nos dijo mi tío.

 

Me pareció que desde sus sillitas altas mi hermana y mi primo lo miraban con interés, pero sorpresivamente mi primo se echó un gas y ambos de largaron a reír.

 

Mi tío meneó tristemente la cabeza.

 

–No pide la etremaución.

 

Saqué la libretita del bolsillo. Siempre la llevaba encima, por las dudas. Abrí la última hoja. “Extradición”, había dicho el doctor.

 

Todavía no había tenido oportunidad de preguntarle a mi viejo qué quería decir, pero estaba seguro de haber anotado bien. Era algo que había que hacerle a Perón y a Borlenghi antes de meterlos presos. Por algún motivo, que no alcanzaba a entender, Lonardi le daba largas al asunto.

 

De alguna manera, Lonardi venía a ser como Discépolo. Bueno e ingenuo, pero manejado por gentes malvadas. Si en un caso habían sido Perón y Eva, en el otro eran los curas y los nacionalistas, en particular el tal Amadeo, que había salvado a Perón de morir ahogado.

 

El único Amadeo que conocía era Carrizo, el arquero de River, pero me parecía que no debía ser el mismo.

 

–Vuletich y Espejo están en cana, sí -había dicho Miguel– ¿pero qué es eso de reconocer a la CGT?

 

El doctor estaba indignado.

 

–¡Hasta pretende mantener la legislación peronista!

 

–Hay que devolver los gremios a los auténticos trabajadores –insistió Miguel.

 

–¿Y a quién se le ocurre conservar ese engendro ilegal que llaman Constitución?

 

Parece que la culpa no era sólo de Amadeo.

 

–Al final –concluyó Miguel–, Lonardi quiere un peronismo sin Perón. No fue para eso que hicimos la revolución. No nos sacamos de encima un demagogo para que ahora aparezca otro de utilería.

 

–Es culpa de los curas –dijo el Pelado.

 

Mi tío Rodolfo había escuchado con atención, y mientras mi hermana y mi primo reían en lo alto de sus sillitas, murmuró, como para sí:

 

–Hay que echarlo.

 

En ese mismo momento y sin que nadie lo supiera, Aramburu y Rojas, él ídolo de Miguel, sacaban a Lonardi del gobierno y, sin pena ni gloria, lo mandaban a su casa. Y yo empecé a mirar al tío Rodolfo con temor, que se incrementaría una semana más tarde. Porque fue exactamente el domingo siguiente que la radio comunicó una de las más trágicas noticias del año, la sorpresiva muerte de don Pedro Pérez García.

 

Todo había sido culpa de Pablito Serún. Así como había anunciado el desplazamiento de Lonardi, mi tío nunca le había perdonado a don Pedro que lo saludara por la radio diciéndole “Radolfo”.

 

Todas las familias argentinas estuvieron de luto. Y encima, el lugar de don Pedro como cabeza y consejero de los Pérez García pasaría a ser ocupado por el tarambana de su hermano Juan, que era peor que el tío Rodolfo, aunque habría que reconocer que, a diferencia de mi tío, después de la tragedia pareció sentar cabeza.

 

De todos modos ya nada sería igual en esa familia, ni en ninguna otra.

 

Con los ojos enrojecidos por el llanto y vestidas con sus sobrios trajecitos sastre, mi vieja y mi tía viajaron hasta la radio para sumarse a los miles de afligidos oyentes que tributaron a don Pedro el merecido homenaje y le dieron el último adiós.

 

Hasta Ángel Labruna y Amadeo Carrizo fueron al velorio.

 

El otro Amadeo, no sé.

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