Una mancha… sin ningún Quijote.

Ni los Estados ni las empresas encuentran solución a la catástrofe ecológica que originó la empresa británica British Petroleum.

El 20 de abril, una plataforma de BP (ex British Petroleum) ubicada en el Golfo de México, produjo una súbita explosión, que derivó en un incendio descomunal que involucraba a toda la columna emergente del pozo y dos días después se hundió en el fondo del Océano Atlántico. Hubo que lamentar varias muertes (su número todavía no se conoce a ciencia cierta, por el dichoso eufemismo de los “desaparecidos”) y a partir de ese momento comenzó una gigantesca catástrofe: desde la ya descontrolada “boca” del pozo que está en el lecho marino, situado a más de 1500 metros de profundidad, comenzó a brotar el crudo en forma espontánea.

Hasta hoy, el petróleo sigue brotando con un flujo que al principio se estimó en unos mil barriles de petróleo diarios. Pero que recientes cálculos, han llevado a 5.000 barriles. En números redondos y fuera de inútiles tecnicismos, casi 1.000.000 de litros salen impulsados por la presión del gas de la cuenca (situada a unos 5.000 metros debajo del lecho marino) hacia la superficie. Desde el principio, las fuentes gubernamentales de Estados Unidos, informaban que la situación era “grave” y que las tareas para realizar el “bloqueo” de la impresionante fuga de petróleo, iban a ser “extremadamente complejas”.

Aún así, en los momentos iniciales creían que iban a poder aplicar fácilmente los “blowout preventer” (válvulas especiales) que se usan en pozos de superficie, pero hasta ahora no han podido aplicar ninguna solución que bloquee la salida de crudo en forma totalmente descontrolada; a tal punto que la empresa se ha declarado totalmente impotente de hacerlo. Barack Obama ha comprometido “todos los recursos disponibles”, incluyendo la capacidad humana y material de las Fuerzas Armadas. Pero nadie sabe a ciencia cierta cuál o cuáles serán las estrategias a emplear en esta emergencia. Aún cuando en este momento continúan los esfuerzos para colocar los “blowout” y derivar por un caño flexible el crudo a la superficie.

Entre tanto, la mancha de petróleo crudo se extiende y avanza por el mar. Al momento de escribir esta nota para Zoom, el derrame está a punto de alcanzar las costas de Florida, habiendo ya contaminado las de Luisiana. La superficie al día de hoy es de unos 25.000 km2 y, por supuesto, día a día esta cifra se incrementa. A lo que hay que sumar que estando situada en una zona de huracanes y habiendo comenzado la temporada en que estos ocurren, la combinación de estos fenómenos meteorológicos sumados a la acción de las mareas, pueden lograr que lo que se ha denominado “la peor catástrofe ecológica del país” se convierta, además, en una catástrofe impredecible que -como todo fenómeno natural de magnitud- casi nunca es “nacional” o queda circunscripto a un determinado territorio. En este caso, la mancha avanzará hacia las islas del Caribe y hacia México en poco tiempo más.

Aún cuando finalmente se pueda detener el flujo descontrolado del crudo, quedará la ímproba, difícil y nunca totalmente efectiva tarea de la limpieza. Que incluye las costas, el agua y los animales “empetrolados”, asumiendo que a esta altura de los acontecimientos se ha producido una mortandad incalculable en plantas y animales marinos de diversos tamaños tanto individuales como poblacionales. Y en esto, hay sobrada experiencia a nivel mundial. Las “mareas negras” o “manchas de petróleo”, no sólo ocurren por este tipo de accidentes. También pueden deberse a las averías que con frecuencia tienen los barcos petroleros. Y también a un infame procedimiento que utilizan algunos de ellos, que consiste en el lavado del barro de sus bodegas con agua marina que es expulsada en el mismo lugar en que es bombeada al fondo de la cala.

La limpieza de las aguas y las costas, se realizan tanto mediante la “quema” del combustible (muy riesgosa para el ambiente) como por aplicación de sustancias detergentes muy activas de agresivas consecuencias sobre el medio y sobre los seres vivos tanto de las costas como de las aguas más someras. Incluyendo, por supuesto, al hombre. No se puede soslayar, además, el efecto totalmente ofensivo para la vista y el olfato y la inmensa degradación que sufre el paisaje.

Sea cual fuera el origen, los derrames de crudo son muy notables in situ. Pero sus consecuencias -como mencioné anteriormente- se expande mucho más allá del lugar donde se producen. Debido a que el petróleo tiene una densidad inferior a la del agua y mediante la propiedad de capilaridad, el petróleo (o cualquier otra sustancia de similares características) flota y se extiende rápidamente. Con varias consecuencias ecológicas indeseables, además de depositarse sobre los seres vivientes y las costas. En el agua, generan una capa impermeable y una “sombra” en la superficie que, a la vez, impiden el intercambio de gases con la atmósfera y evitan el paso de las radiaciones solares, obstaculizando el imprescindible fenómeno de la fotosíntesis, que realizan las plantas marinas y el microscópico fitoplancton, generador de gran parte del oxígeno atmosférico y de la biomasa primaria.

Tanto las empresas navieras transportadoras de petróleo, como las que están realizando extracción en plataformas submarinas como los gobiernos involucrados en estos desastres ecológicos, emprenden rápidamente acciones de “reversión” de los mismos, a costos altísimos. En este caso, en el primer mes BP, ha gastado unos 1.000 millones de dólares, a la par que ha perdido 75.000 millones en el mercado bursátil. Los gastos aumentan día a día y cuando comiencen las tareas de limpieza y absorción del crudo flotante, habrá superado largamente el tristísimo “record” que ostentaba hasta ahora la marea negra generada por el Exxon Valdez, que en 1989, derramó petróleo con un costo para la Exxon Mobil de 4.500 millones de dólares.

Pero mi título va un poco más allá de toda esta descripción cuasi apocalíptica. Don Alonso Quijano (alias Don Quijote) salió por las tierras de La Mancha a “desfacer entuertos” hace unos cuantos siglos atrás. Y todos hemos disfrutado con los disparatados intentos del famoso manchego en “enderezar lo que está torcido”. Mi reflexión apunta a que en estas “manchas”… ¿quién es el Quijote?

Y mi razonamiento tiene dos vías: la primera, se refiere a la casi inexistente acción de “protesta” de los tan ocupados y preocupados “ambientalistas” que tienen sus sedes centrales en el Hemisferio Norte. Se rasgan las vestiduras por casi cualquier cosa que pasa en el Hemisferio Sur, pero que no han mostrado hasta ahora su proverbial “belicosidad” en el tema del derrame de petróleo más grande que se haya registrado hasta la fecha. ¡Justamente en el riñón mismo del imperio!

La segunda vía de razonamiento parte de que, como todos sabemos, dos empresas del mismo origen británico que la BP, están realizando prospección en nuestras aguas territoriales cercanas a las Islas Malvinas, con la indefendible excusa -sólo apoyada por la fuerza de la ocupación ilegal- de que están en aguas de “jurisdicción británica”.

Independientemente de la causa de soberanía territorial y sólo como ejercicio intelectual sombrío y de mal gusto: ¿Qué pasaría si a estos piratas les ocurre lo mismo que en el Golfo de México?… Si se comportan como se comportan con su principal “socio” en el mundo… ¿se imagina cómo se comportarían con nosotros?… Una razón más para sopesar y considerar muy seriamente la estrechísima vinculación que existe entre la problemática de los recursos naturales estratégicos y el de la defensa nacional.

Mientras tanto, sigo buscando la posibilidad de encontrar un “Quijote” (o una solución quijotesca) que salga “al ruedo” para “desfacer el entuerto” de esta nefastísima mancha… o de las que pudieran ocurrir en el futuro.

* Biólogo. Docente universitario e investigador. Asesor educativo. Conferenciante y divulgador científico. Miembro de diversas asociaciones científicas, profesionales y gremiales. seleme@telecentro.com.ar www.alchemium.com.ar

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