Una insaciable sed de conocimiento

Historias reales que son de no creer.

Como a los niños, a los científicos se les da por las pruebas experimentales. Un experimento empieza por una pregunta, algo así como “¿Qué pasa si le arranco las alas a una mosca?” o “¿En qué se convierte un pájaro si le corto la cola?”

Muy temprano en la vida, nuestro joven científico comprobará, con asombro y algo de vanidad, que una mosca sin alas no es otra cosa que una hormiga y que un pájaro privado de su cola se convierte en un pollito BB.

Desde luego, las conclusiones que permiten extraer estas precoces pruebas experimentales carecen de utilidad práctica, pero es peculiaridad de las ciencias el no extraer conclusiones definitivas: todo gran descubrimiento es frecuentemente anulado por un gran descubrimiento posterior.

El lector neófito tendrá razones para preguntarse si no hay algo del mundo del pret a porter en esta costumbre de la ciencia de tirar todos los días un antiguo conocimiento al desván de los trastos viejos, si existen acaso diferencias substanciales entre un físico nuclear, un biólogo o un economista y un modisto de alta costura.

En principio podemos detectar una: los modistos están rodeados de mujeres hermosas mientras los científicos transitan su vida en medio de seres despanzurrados. Esta es una diferencia importante.

El modisto viste, el científico desnuda. Esta es otra notable diferencia.

Los modistos son en su mayor parte hombres que diseñan para mujeres prendas que gustarían vestir ellos mismos. Parece una perversión, pero, de serlo, no provoca tragedias ni mayores trastornos, ni a la especie humana ni, mucho menos, al planeta Tierra.

La perversidad del científico reconoce una naturaleza distinta: es la pasión por el conocimiento inútil.

Descubriendo el mundo

Podrá argüirse, con razón, que casi todo el conocimiento que atesoran los seres humanos es inútil. Y que la búsqueda del conocimiento produce placer, objeto último de cualquier perversión que se precie de tal.

Los niños tienen una insaciable sed de conocimiento. Quieren saberlo todo, experimentarlo todo, probarlo todo. Comen excremento, por ejemplo.

Hay una insaciable sed de conocimiento en el niño que da de fumar a un sapo o quita las patas izquierdas a un escarabajo, obligándolo a andar en círculos. Es un espectáculo fascinante para un niño. Se trata, ya sabemos, de un ser eminentemente amoral a quien Dios ha hecho pequeñito para que no sea tan peligroso.

La maduración de un ser humano consiste en el desarrollo de mecanismos psíquicos cuya explicación no viene al caso. Bástenos con saber que su objeto es procurar una mayor conciencia de sí y, por lo tanto, del mundo exterior. Los especialistas en educación y las madres modernas llaman a esto “encontrar límites”.

La conciencia del límite es una de las cualidades distintivas de un adulto normal. Hay pocos adultos normales, mucho menos en la comunidad científica, y seguramente ninguno entre los biólogos, por ejemplo.

Los biólogos realizan experimentos asombrosos. Hace ya más de una década un biólogo norteamericano logró introducir en una zanahoria genes de luciérnaga luciferaza. El resultado fue una zanahoria luminosa.

Una zanahoria capaz de brillar en la oscuridad carece de utilidad práctica y no presenta ventaja alguna desde el punto de vista agrícola, pero fue una prueba visible –luminosa– de que el implante genético había tenido éxito.

Terapias genéticas

Para no quedarse atrás, el doctor Claus Kurtz ha introducido el gen NR2B en un grupo de ratones montañeses, aumentando así la cantidad del receptor NMDA en sus pequeños cerebros.

El gen NR2B controla la habilidad del cerebro para relacionar un suceso con otro, la actividad básica para el aprendizaje de nuevos conocimientos.

Para comprobar que el experimento había funcionado, los ratones tuvieron que aprender a identificar objetos que habían visto en otras oportunidades, a ubicar una plataforma bajo el agua y reconocer una señal que les indicaba que estaban a punto de recibir un choque eléctrico. Era una pequeña lucecita roja que se encendía segundos antes de que el doctor convirtiera el piso de las jaulas en una pista electrificada.

Cuando se encendía la pequeña lucecita roja los ratones montañeses corrían desaforados dentro de sus jaulas, proceso de aprendizaje que no cesaba de maravillar y colmaba de satisfacción al doctor Kurtz.

El doctor Kurtz estimó que la mejora de las facultades mentales y cognitivas, como la inteligencia y la memoria, es posible en los mamíferos. “Esto implica la esperanza –dice el informe del doctor Kurtz– de disponer de una terapia genética para estudiar el aumento de la inteligencia de los bebés humanos, tratar disfunciones de la memoria y curar la demencia”.

Curar la demencia.

El padre de la biogenética

Las personas sensibles podrán considerar que el doctor Kurtz tiene la moralidad de un chimpancé dipsómano, pero las personas sensibles transitan por este mundo con el estupor de un psiquiatra en Disneylandia; no están preparadas para la vida, tal vez por haber recibido una dosis adecuada de NR2B.

Si las personas sensibles se inquietan ante lo que puede ocurrir con un ser vivo en manos de un biólogo molecular, un físico o un proctólogo, eso es porque no conocen a los humanistas.

Un sociólogo es un humanista, como un psicólogo, un antropólogo, un economista. Son todos humanistas.

La economía es la ciencia que trata de la producción, distribución y consumo de los bienes destinados a satisfacer las necesidades humanas. También los médicos son humanistas. Su ciencia trata de las enfermedades y de su curación.

Los médicos veterinarios no son humanistas; aman a los animales y resultan por lo general seres muy bondadosos.

El doctor Menguele era un médico humanista. Podríamos llamarlo El Padre de la Biogenética. Y su sed de conocimiento era insaciable. “¿Qué pasa –se preguntaba el doctor Menguele– si privo de sus testículos a un macho judío de la especie humana y lo encierro junto a una hembra socialdemócrata?”

Fue respondiendo a estas inocentes preguntas como se desarrolló la biogenética. Pero la sombra del doctor Menguele no se limita a proyectarse sobre la biogenética y abarca vastas porciones de otras ciencias, como la economía. También hay economistas movidos por una insaciable sed de conocimiento.

“¿Qué pasa –se pregunta nuestro científico económico– si privo de medicamentos a miles de consumidores enfermos de cáncer?” o “¿Cuál es el mínimo nivel de consumo posible para un ser humano sin que se deterioren irreversiblemente sus capacidades físicas y sus facultades laborales?” Hacen experimentos con eso y sus resultados serán de gran importancia para la Humanidad, que verá así incrementados sus conocimientos sobre la especie.

Los trabajos de campo de los economistas no se llevan por lo general a cabo sobre especimenes aislados sino sobre grupos de individuos, como los ratones montañeses del doctor Kurtz. Las experiencias llevan años y es sorprendente comprobar la capacidad adaptativa de los cobayos, capaces de desarrollar nuevas enfermedades, increíbles degradaciones y hasta de mutar.

Una mutación es un cambio en la frecuencia genética sexualmente reproducible, lo que implica decir –para que nuestro neófito lector no la confunda con una venérea– que se transmite de padres a hijos.

Muchos estudiosos sostienen que el origen de la especie humana debe buscarse en la mutación de un protohombre o protoprimate actualmente extinguido. Antes de su completa desaparición sufrió una nueva y posterior mutación de la que se habrían originado los primates.

Los primates son el lemur, el gorila, el orangután y el chimpancé. A éste ya lo conocen: es ese que en estado de ebriedad muestra la moralidad de un economista.

Terapias de adaptación

A fin de medir la inteligencia de los grupos sometidos a una prueba experimental, los economistas también envían una señal de alarma. Quieren saber qué pasa cuando se enciende la lucecita roja.

Antes del choque eléctrico, que en este caso es reemplazado por una hiperinflación, una corrida bancaria, una reducción de salarios, un recorte presupuestario, una flexibilización laboral, una transferencia de ingresos, etcétera, etcétera, nuestros científicos envían una señal de alarma a través de los periódicos o programas televisivos.

Es sorprendente ver como al cabo de un tiempo, apenas se enciende la señal de alarma, los especimenes corren desesperadamente dentro de sus jaulas presas del pánico. Ni siquiera es necesario enviar el choque eléctrico.

Si la experiencia de campo se puede desarrollar durante un lapso suficientemente prolongado, nuestros científicos aclaran a los cobayos que todo no es más que un juego. Y envían emisarios para explicarles las reglas del mismo. Se los conoce como “técnicos”.

Además de poseer la moralidad de un chimpancé dipsómano, el técnico es un ser con la frialdad de un asesino a sueldo y el desparpajo de un travesti en el Vaticano, que explica que las reglas del juego consisten en que siempre gane la banca.

Luego de un largo proceso de adaptación, degradaciones y cambio en sus frecuencias genéticas, los cobayos han perdido definitivamente todo rastro del gen NR2B y no hay en sus maltratados cerebros ni un vestigio del receptor MNDA, lo que equivale a decir que carecen de la más elemental posibilidad de relacionar un suceso con otro, la condición básica para el aprendizaje.

El experimento ha resultado satisfactorio cuando los cobayos repiten a coro y sin el menor asomo de duda: “La regla del juego consiste en que siempre gana la banca”.

La ciencia ha dado así un nuevo paso en la búsqueda incesante de conocimiento. Y llegó la hora de encontrar algún destino para los cobayos. Posiblemente sea el mismo que el de los ratones montañeses del doctor Kurtz.

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