Una familia muy normal

Historias reales que son de no creer.

La abuela

Su nombre era Ana y había nacido en Nazaret, una aldea de Galilea, en tiempos en que nadie había siquiera oído hablar de Cristo. No es sorprendente, pues se trata de un término griego que significa Mesías, y esas pobres gentes apenas si farfullaban el arameo.

Siendo casi una niña, Ana fue casada con Joaquín, un hombre muy rico que la doblaba en edad. Pero los años fueron pasando sin que la unión diera frutos hasta que en oportunidad de que Joaquín quiso hacer una ofrenda al templo, el sacerdote le negó la entrada. Se entiende perfectamente: los estériles eran sospechados de onanismo, y aunque alguno alegase inocencia, está claro que de todas formas no incrementan el pueblo de Dios, razón por la que no pueden contarse entre los creyentes.

Puesto que no podía orar en el templo, Joaquín marchó al desierto y confió sus penas al aire. Súbitamente se corporizó un ángel y le dijo: “El Señor vio tu deshonra y sabe que no eres culpable, pues vuestra esterilidad procede de la naturaleza y no del pecado. Cuando el señor cierra el seno de la mujer, lo hace para después abrirlo en forma todavía más maravillosa. Pues un hijo es un regalo de Dios y no fruto de la avidez de la carne”.

Las hijas

Extrañamente, Ana había recibido el mismo mensaje y cuando Joaquín regresó, compartieron el lecho, esperando con alegría lo prometido. Alguna avidez de la carne han de haber experimentado pues nueve meses después Ana dio a luz a María, la Madre de Dios, título que no debe interpretarse en forma literal.

La alegría o el esfuerzo resultaron excesivos para Joaquín: murió a los pocos meses, dejando a Ana en condiciones de casarse con Cleofás, con quien tuvo otra hija, también de nombre María, la misma que más tarde, en unión con Alfeo, engendraría a Jacobo (más conocido como Santiago el Menor), a Simón, a José y Judas, que no es el apóstol que traicionaría a Jesús sino un tío.

Algo ocurría con Ana, pues Cleofás también murió al poco tiempo. Contrajo entonces terceras nupcias, esta vez con Salomás. Y de nuevo nació otra niña, también de nombre María, quien más tarde se uniría a Zebedeo. De este vínculo nacieron Santiago el Mayor y Juan Evangelista.

La hermana de Ana, Hismeria, fue a su vez madre de Eliud y de Isabel, quien al desposarse con Zacarías, dio a luz a Juan el Bautista. Por su parte, Eliud engendró a Emin y éste a san Servacio, cuyos restos mortales se veneran en Maastrich.

La estirpe

A Santiago, llamado el Menor debido a su corta estatura, se le decía también “hermano del Señor” por el parecido que tenía con su primo, que habría sido tan grande que para evitar que los soldados romanos los confundieran fue que Judas besó a Jesús. Encomendado por Dios de ocuparse de los fieles de Jerusalén, Santiago predicaba en el templo, donde sostenía frecuentes disputas con quienes no creían que Jesús hubiese sido Cristo, y aludían a él nombrándolo Jesús a secas. En cierta oportunidad fue acusado de infringir la ley y arrojado desde lo alto del templo. Santiago fue luego lapidado. Pero no murió sino que incorporándose sobre sus rodillas, oró por sus perseguidores. Más le habría valido orar por sí mismo, pues se le cercó un batanero que le partió el cráneo con una pértiga.

Judas –a quien para distinguirlo del réprobo conviene llamarlo Judas Tadeo– predicó en la Mesopotamia y Arabia mientras Simón lo hacía en Egipto. Luego viajaron juntos a Persia donde Judas fue decapitado y Simón aserrado por la mitad.

Tras la muerte de Jesús, Santiago el Mayor deambuló primero por Judea y Samaria, desde donde se trasladó hasta España. Un largo viaje para nada, ya que sólo consiguió convertir a nueve infieles, aunque otras crónicas aseguran que se trató de apenas uno. Luego de este fracaso regresó a Judea para ser decapitado por Herodes Agripa.

Sus discípulos dieron con el cadáver y se embarcaron hasta Galicia, lo cual suena más que extravagante habida cuenta de que se trataba de un viaje tan inútil y largo como peligroso a una región llena de paganos y judíos. Como ellos mismos, claro.

Los raros

Juan el Bautista es una figura de gran importancia no sólo en los Evangelios sino también en los escritos del historiador judeo-romano Josefo y también en el Corán. Asimismo, es venerado por la comunidad religiosa de los mandeos, en Irak, quienes lo tienen como el más grande de los profetas y fundador de su religión.

Era, ciertamente, un personaje típico del Antiguo Testamento, vagando en el desierto prácticamente en pelota y fustigando con dureza la lujuria, la lubricidad y la corrupción de las oligarquías de Medio Oriente. La impertinencia lo llevó a ser arrestado por el rey Herodes Antipas, quien lo mantuvo cautivo como a una suerte de curiosidad circense, llegando incluso a dejarse amonestar por el iracundo predicador a fin de animar los momentos de aburrimiento. Pero el voluble y sensual rey, tan propenso a sucumbir a los caprichos femeninos, no vaciló en decapitarlo a pedido de una bailarina de strip tease, molesta porque Juan se había mostrado indiferente a sus notorios encantos.

El único miembro de esa familia que murió de viejo fue Juan, el hijo de Zebedeo, llamado el Evangelista para distinguirlo del otro. Tras la crucifixión, marchó a Efeso, donde redactó su Evangelio, para dirigirse luego a Roma. Ahí lo sorprendió la persecución de Diocleciano, fue apresado y, frente a la Puerta Latina, arrojado dentro de un caldero con aceite hirviendo. Frustrando las expectativas del público, surgió de la cocción, no sólo incólume, sino también rejuvenecido.

De vuelta en Efeso, recibió una copa de veneno pero, ante la señal de la cruz, la ponzoña se retiró del brebaje adoptando la forma de una serpiente. De Efeso viajó a Patmos, donde experimentó las visiones psicodélicas que relata en el Apocalipsis, lo que ha inducido a algunos estudiosos a sostener que el veneno no había desaparecido por completo de la copa. O que no era exactamente veneno. Como sea, volvió a Efeso y vivió hasta sobrepasar los cien años aburriendo a sus discípulos con una cantinela que repetía en forma incesante: “Amaos los unos a los otros”.

Antes de morir, cavó su propia tumba con forma de cruz y se tendió en ella. Tras un estallido de luz, su cuerpo y su alma desparecieron para siempre de este mundo.

Las vírgenes prolíficas

Un cierto Imperiali aseguraba que tras el nacimiento de la Virgen María la propia Ana seguía siendo virgen. En 1677 el papa condenó este disparate como herético, al igual que la leyenda según la cual Ana había quedado embarazada sólo con un beso de Joaquín.

En el caso de María las cosas no son tan claras. Lamentablemente los apóstoles no nos han legado descripciones físicas suyas, pero al momento de contraer nupcias con el maduro carpintero José, repitiendo la historia materna, seguramente poseía la gracia y el encanto propio de las adolescentes, por lo que para José no podía significar sino una Bendición de Dios.

Que esa Bendición venía con otra lo supo José gracias a la infidencia de un ángel, que le reveló la naturaleza del Divino Tesoro que su esposa portaba en su vientre, salvándose así María del repudio y la lapidación con que correspondía castigar el delito de adulterio.

Es de público conocimiento que José y María transitaron su matrimonio en castidad, de suerte que la madre de Jesús sí se habría conservado virgen hasta su Ascensión a los Cielos. Nada contradice esta doctrina, a excepción del imprudente san Marcos, quien en el capítulo 6 de su Evangelio, no conforme con afirmar que Jesús tenía cuatro hermanos menores, también da sus nombres: Jacobo, Joses, Judas y Simón.

La indiscreción del apóstol ha sido motivo de controversias durante siglos y numerosos doctores de la Iglesia han empeñado sus mejores esfuerzos en demostrar que Marcos había sido víctima de una confusión de identidades.

El Misterio

Todo tiene una explicación, aunque a veces esté vedada para nuestros imperfectos sentidos, pero debemos puntualizar que entre los numerosos Misterios de la Fe, debe incluirse la razón que llevó a santa esta mujer a poner el mismo nombre a sus tres hijas.

Canonizada por la Iglesia Católica, se la representa con un manto verde –porque llevó la esperanza a la humanidad– en compañía de María y Jesús. Incluyendo en el grupo anterior a la madre de Ana, santa Emerencia, se origina un grupo de cuatro. Con el resto de los miembros de la Sagrada Familia, se representa la Santa Estirpe. Hasta veintiocho personas. Ni una más.

Ana es patrona de Annaberg, Hannover, Madrid, Sainte Anne y Marienbad. Su misión es proteger a las obreras textiles, y también a los escoberos, torneros y ebanistas, presumiblemente no de los mismos peligros. También cuida de los bomberos, los joyeros, molineros, y navegantes. Benefactora de las amas de casa y de las mujeres embarazadas, puede ser invocada para fomentar la fertilidad matrimonial y la buena cosecha de heno, que no se relaciona en modo alguno con el matrimonio ni la fertilidad, pero la fomenta igual. Privilegios de la divinidad.

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