Una entrada contradictoria y traumática

El sol jugueteaba sobre las veredas ese primaveral domingo de octubre. Clarín tituló en letras catástrofe “LLEGAMOS”. Pablo Díaz, uno de los tres sobrevivientes de La noche los lápices recordaría las últimas palabras de su amiga Claudia Falcone desaparecida en ese operativo criminal: “Cada 31 de Diciembre levanta la copa por mí”. Las Madres abrían las ventanas de sus casas esperando que junto con el sol y la democracia entraran la esperanza y la justicia. Los muertos en Malvinas, sus familiares, deseaban que el sacrificio no hubiese sido en vano. Los arrojados a la exclusión volvían del pesimismo con la promesa que con “la democracia se come”. Los exiliados, desde geografías distintas y a veces remotas, sabían que con “la democracia se vive”, pero deseaban regresar a este país tan contradictorio como querible, cuyo gobierno criminal, establishment-militar, los había expulsado. Dejando atrás la noche más cruel, con el país convertido en cárcel, con sus campos de concentración y sus desaparecidos, con los libros prohibidos o quemados, con su guerra perdida y su economía arrasada, los argentinos avanzamos hacia las urnas.

Ese 30 de Octubre, contra los pronósticos que auguraban la permanencia del invicto electoral del justicialismo, el radicalismo llenó las urnas, alcanzando un 52%. Alfonsín había reiterado hasta la saturación que lo que se elegía ese 30 de octubre no era una salida electoral sino una entrada a la vida. Había un clima festivo pero distinto a otro momento histórico como el 25 de mayo de 1973, cuando en la histórica Plaza el “se van, se van y nunca volverán” fue un espejismo que demostró ser perecedero en apenas tres años.

Raúl Ricardo Alfonsín había acertado con un discurso amplio políticamente, que hacía eje en el preámbulo constitucional. El candidato del justicialismo Ítalo Luder, con su oratoria anodina y su presencia carente de atractivos, no había podido levantar los aspectos más negativos del gobierno de Isabel Perón, quien sin embargo no había caído por sus groseros errores sino por algunos aciertos y por lo poco que le quedaba de expresión de la soberanía popular. La Triple A había quedado en la conciencia y la memoria de las poderosas clases medias urbanas como un prólogo del terrorismo de estado.

El sistema periódico de elecciones se consiguió fundamentalmente como consecuencia de la derrota en Malvinas. Aquel esperado 30 de octubre sepultaría varios intentos de la dictadura criminal para cubrir sus delitos. Primero, el “Documento Final de la lucha contra la subversión” emitido por el último presidente de la dictadura criminal, Reynaldo Benito Bignone, el 28 de abril de 1983, junto con el Acta Institucional, por el cual levantaban una barrera jurídica para el juzgamiento de las atrocidades cometidas. Volvieron a colocar cerrojos legales de impunidad al consumar pocos días antes de las elecciones, el 23 de septiembre de 1983, con el decreto 22.294 que establecía una autoamnistía para los miembros de las fuerzas armadas y civiles que hubieran participado en el autodenominado Proceso.

Alfonsín fue de los dos candidatos principales, el único que esbozó un plan claro para evitar que los horrores quedaran impunes. Luder tenía sobre el tema respuestas de profesor de derecho penal y no de un político.

La campaña publicitaria de Raúl Alfonsín sintonizó perfectamente con la necesidad de paz y fortalecimiento de la vida luego de los traumáticos años transcurridos. Eso quedó sintetizado en “Somos la vida, somos la paz” que vitoreaba la Juventud Radical.

Detrás del entusiasmo de aquel inolvidable 30 de octubre quedaba oculta una inmensa derrota sufrida por el pueblo argentino en todos los planos: económico, social y militar. Por todo ello, el 30 de octubre de 1983 fue una entrada contradictoria y traumática.

La estatización de la deuda privada fue el último presente griego sobre el cuello de la incipiente democracia y que condicionaría significativamente los años posteriores. Un Caballo de Troya en cuyo interior estaban los miles de desaparecidos, las familias destruidas, los exiliados, la industria arrasada, la exclusión social, una sociedad que en muchos estratos incorporó subliminalmente la ideología individualista antisolidaria, sin olvidar que el golpe del 24 de marzo contó con un asentimiento muy significativo de la población.

El 10 de diciembre, cuando asumió Raúl Alfonsín, se volvió a escuchar como una década atrás el “se van, se van, y nunca volverán” Eso esta vez fue cierto con relación a los uniformados, ejecutores del terrorismo de estado. Pero los intereses económicos que alentaron e impulsaron las políticas de devastación, los crímenes y horrores que se perpetraron para hacerlas posibles, siguieron reciclándose a través de su asociación con los sucesivos gobiernos, reemplazando cuando le convenían los golpes militares por los golpes de mercado, o haciéndose cargo del gobierno durante las dos presidencias de Carlos Menem y luego de la Alianza.

Los dos primeros años del gobierno de Alfonsín se alinearon con las expectativas que llenaron las urnas aquel luminoso día del mes octubre. El Juicio a las Juntas fue el punto cumbre de aquella primavera política. Luego volvió sobre sus pasos en consonancia con su política desmalvinizadora, y comenzó, con algún pudor, a recorrer el camino neoliberal que asolaría en su delirio fundamentalista al país por más de una década.

Luego de la enorme crisis del 2001, explosión del camino de dependencia recorrido, el país se ha encaminado con contradicciones en la dirección de los nuevos y positivos vientos que soplan en América Latina.

A pesar de todas las tropelías cometidas a partir de 1983, vale la pena luchar por una democracia incluyente, sin marginados, con justicia, en un país soberano, parte indivisible de una Nación Latinoamericana. La democracia tiene que ser una entrada a la vida para todos. Solo así la vida y la esperanza podrán convivir en libertad con la justicia social.

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