Una edificante historia de amor

Historias reales que son de no creer.

Cuenta la leyenda que luego de requerir en vano los amores de la diosa Cibeles, el todopoderoso Zeus vertió su semen en una roca, de donde surgió un bellísimo hermafrodita llamado Agdistis. En uno de sus habituales extravíos, el dios Dionisio, que trascurría la eternidad en completo estado de ebriedad y perpetrando barbaridades, embriagó a Adgistis y trascartón, le mutiló las partes, de las que surgió un almendro. El resto de Agdistis salió de la orgía caminando por sus propios medios y gracia sin igual, ya sin esas cosas molestas que colgaban entre sus piernas.

Tiempo después, la ninfa Nana pasó casualmente por el lugar, tomó un fruto del almendro y lo colocó en su seno. No pregunten por qué; cosas de ninfas, seguramente, pero el caso fue que de inmediato quedó embarazada, por lo que al cabo de nueve meses –algo normal debía tener– dio a luz un hermoso niño, al que nombró Atis y al que por orden de su abuelo, el irascible río Sangario, abandonó a los dudosos cuidados de un macho cabrío.

Con el tiempo, el joven Atis llegó a ser tan extraordinariamente hermoso que, al toparse con él, Agdistis –ya completamente mujer y tal vez errando por Frigia en busca de vino– se enamoró locamente de él. Pero resulta ser que Atis no podía abrigar mucho interés en casarse con su padre, por más femenino que pareciese luego de pasar por las manos de Dionisio, pues se había comprometido con la hija del rey Pesinunte. Y en eso estaba, habiendo ya cantado el Himeneo, cuando el inoportuno Agdistis se presentó de improviso interrumpiendo la boda con una escena de conventillo napolitano.

Se ignora si Agdistis reveló su identidad, pero el caso fue que, al verlo, Atis perdió la razón y se castró; el rey de Pesinunte hizo lo mismo y, llevados por el entusiasmo, todos los asistentes los imitaron.

Atis no se volvió mujer sino sólo eunuco, y en esta condición captó la atención de la diosa Cibeles, que podía mostrarse displicente con el gran Zeus, pero que se derretía por los hombres castrados. No se sabe para qué, aunque en el caso de Atis fue para hacerlo su cochero.

Desde entonces, mientras Atis recorre con Cibeles las montañas de Frigia montado en el rutilante carro de la diosa, sacerdotes y devotos del culto suelen castrarse en masa en el transcurso de sus absurdas orgías.

De Agdistis nada más se supo, y en cuanto a las ninfas, en lo sucesivo se han abstenido de poner los frutos del almendro en su seno.

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