Un tiro para el lado de la justicia

Como si la tragedia se hubiera naturalizado, la emisión del citado video en ocasión del aniversario del atentado a la mutual judía fue precedida de una enorme promoción y sucedida por un sonoro y asombroso silencio.

Han pasado diez días desde su doble estreno y el silencio sigue siendo clamoroso. La emisión del documental Amia: La causa, 15 años sin justicia el sábado por History Channel y el domingo por Canal 7, fue seguida de un silencio tan estremecedor como el que suele suceder a la explosión de una bomba… o de dos, cómo parece ser el caso.

Un silencio que contrastó con la publicidad que anunció esas emisiones. Silencio que es la respuesta al hecho de que esta coproducción entre History Channel y la productora local Anima puso el dedo en la llaga. Y que esa llaga está infectada desde hace década y media por un extendido encubrimiento cuyos mayores aunque no únicos promotores, son, para mayor escándalo, algunas de las pretendidas víctimas: el Estado de Israel, el ex banquero Raúl Beraja y los dirigentes de la comunidad judía. Sobre el fondo se recortan diversos tráficos ilícitos y el lavado de su producto. Por eso los asesinos y varias de las supuestas víctimas han acordado la construcción de una pista falsa que condujo la investigación a una vía muerta.

Amia: la causa-15 años de impunidad se inscribe en la misma serie que los principales libros aparecidos sobre el atentado. Una serie en la que también está su antecesor, el documental Amia, 9:53, realizado por la productora Cuatro Cabezas y curiosamente emitido por Telefé una sola vez hace ya cuatro años. Documental que únicamente puede verse por internet.[[Puede verse cliqueando sobre estos links:
Parte 1: http://video.google.com/videoplay?docid=-8717385752051116612&hl=en
Parte 2: http://video.google.com/videoplay?docid=-7001071434344508141&hl=en
Parte 3: http://video.google.com/videoplay?docid=-1522240397440774671&hl=en ]]

Lo que une a esos libros y documentales es que sus autores niegan a coro y enfáticamente que haya habido una camioneta-bomba, piedra basal de la desinvestigación piloteada formalmente por el inicuo juez Juan José Galeano. La Historia Oficial I, cuyas mayores groserías fueron expuestas durante el mayor y más prolongado juicio oral de nuestra historia.

Sin embargo, bajo una intensa presión de Estados Unidos e Israel que se ejerció sobre todo a través de la Secretaría de Inteligencia (ex Side), el Tribunal Oral Federal que condujo aquél proceso convocó a pocas horas de haber dado a conocer su fallo a una rueda de prensa donde puntualizó que de ninguna manera ponía en entredicho la existencia de la supuesta Trafic-bomba.

Cuestión de fe

Así, la existencia de una Trafic-bomba que nadie vio se reafirmó como un dogma, un artículo de fe cuya simple puesta en tela de juicio (para no hablar de negación) es anatema: quien lo haga será tachado de “antisemita” del mismo modo que cualquier teólogo católico que impugne “el misterio de la Santísima Trinidad” (que Dios pueda ser uno y tres personas a la vez) es considerado por el Vaticano hereje, cismático e impío.

La instrucción llevada a juicio oral se basó en el hallazgo de un trozo del block del motor de la supuesta Trafic-bomba entre los escombros de la Amia. Ese trozo de metal tenía un número que según la Historia Oficial condujo la pesquisa hasta Carlos Alberto Telleldín. Pero a la hora de la verdad, el oficial de la Brigada de Explosivos de la Federal que firmó el acta del supuesto hallazgo y sus dos testigos se desdijeron: los tres negaron haber encontrado nada y aceptaron haber mentido a la hora de firmarla.

Llegado ese momento, el juicio debió haberse dado por concluido el proceso, pues no puede pretenderse obtener un buen fruto de un árbol cuyo tronco está podrido. Sin embargo, bajo presiones de los Estados Unidos e Israel, se ideó una artimaña, una manganeta: que apareciera imprevistamente en el juicio el general Zeev Livne, el mismo que había estado al frente del equipo de rescatistas de la Fuerza Armada israelí, y se hiciera cargo.

Para ello, se ocultó que estaba archiprobado que el general Livne era un mentiroso más flagrante y descarado que Pinocho[[Pasada una semana del ataque, el jueves 25 de julio, mientras sus hombres armaban sus petates para regresar a casas, Livne atravesó el vallado y anunció: “Hemos encontrado partes de un auto con un cadáver adentro. Posiblemente sea el suicida que conducía el coche-bomba. Pero no se puede identificar a la víctima porque está completamente destrozada”. Ver La Prensa del día siguiente en la página 6, artículo firmado por Verónica Bonacchi.]]. Livne dijo que habían sido sus hombres quienes habían encontrado ese pedazo de metal. Que había aparecido en la caja de un camión que cargaba escombros que luego se arrojaban en la Ciudad Universitaria, a la vera del río. Habló el general israelí y fue como si por su boca hubiera hablado Moisés llevando las tablas de la ley debajo del brazo. Más aún: como si hubiera hablado el mismísimo Yavhé convertido en una zarza ardiente. Amén.

Tanta pavada (si Livne hubiera sido argentino hubiera sido acusado de falso testimonio) no pudo opacar que, según consta en el expediente judicial, los teléfonos de Telleldín habían sido “pinchados” mucho antes del hallazgo del controvertido trozo de metal. Como consta en la foja 114 del sumario, 5 días antes, el sábado 20 de julio, la SIDE le pidió al juez Galeano la intervención de una serie de teléfonos en el que se encontraba el del chalet de Villa Ballester donde vivía Telleldín. Hijo de quien fuera el jefe de inteligencia de la policía cordobesa durante la dictadura –un asesino serial desde los tiempos del Comando Libertadores de América, la filial cordobesa de la Triple A que operó bajo directa dependencia del Tercer Cuerpo de Ejército– y descendiente de árabes, Telleldín era el culpable perfecto. Lo que demuestra que toda la historia es falsa como una perla de vidrio, y que Telleldín es, a lo sumo, un Lee Harvey Oswald que consiguió sobrevivir.

A este asunto crucial, y a otros también decisivos, el documental cuyo conductor es Carlos De Nápoli no escamotea el cuerpo. De Nápoli fue uno de los primeros investigadores de la causa y quien, entre otras cosas, descubrió que los restos de la Trafic diz que encontrados entre los escombros de la AMIA no podían prevenir de la Trafic que había pasado por las manos de Telleldín porque eran de otro modelo, y después la inexistencia de dicha Trafic-Bomba.

Haciendo honor a estos antecedentes, De Nápoli exploró con entusiasmo las distintas pistas hasta dejar claro que hubo dos explosiones, una interna y otro externa. Ésta última en un volquete que minutos antes había sido colocado frente a la puerta de la mutual. Según el testimonio inapelable de Luisa Miednik –ascensorista de la Amia– y el elocuente relato del abogado Juan Carlos García Dietze la bomba interna se colocó aprovechando que el edificio se encontraba en refacciones, en bolsas blancas repletas de amonal que los terroristas ingresaron al hall como si fueran de cal.[[Aunque tardíamente, fui el primer investigador en sostener que la AMIA mediante la explosión de dos artefactos explosivos, algo en lo que, por cierto, habían insistido decenas de testigos sin ser tomados en cuenta. Su existencia se abrió luminosamente en mi mente cuando en mayo de 1998 Alfredo Yabrán se suicidó. Yabrán había tenido en su nómina, pagándoles a un segundo sueldo, a los policías federales a cargo de la investigación, los mismos que habían desviado las investigaciones, y tenía relación como Monzer al Kassar, sospechado de haber sido el instigador del ataque, por lo que como era una fuente hipercalificada. Tras su muerte, su apoderado Wenceslao Bunge dio a conocer el texto de una solicitada que Yabrán pensaba publicar en Clarín y que se convirtió así en su virtual testamento político: aseguraba allí Yabrán que el asesinato de José Luis Cabezas se había “utilizado para tapar otros hechos aún más terribles, como el bombardeo de la AMIA”.]] Por cierto, lo mismo parece haber ocurrido dos años largos antes en la Embajada de Israel.

Perlas

Entre otras muchas testimonios valiosos, en AMIA, La causa… aparece el ex fiscal Eamon Mullen reconociendo que la investigación fue dirigida desde un primer momento, no por el incompetente juez Galeano, sino por el jefe del Departamento Explosivos del cuerpo de Bomberos de la Policía Federal, Mullen recuerda la aparición de una falsa testigo de existencia de la Trafic-bomba, la enfermera Nicolasa Romero, vinculada, curiosamente, a un jefe de aquellos bomberos. Si se tiene en cuenta que un bombero que sostenía que sus superiores estaban involucrados en el atentado, Alberto Cánepa Carrizo, apareció suicidado en el cuartel de Recoleta con un balazo en la cabeza y otro en el pecho, cualquiera puede extraer algunas conclusiones provisorias.

También aparece el ex secretario de Galeano, Claudio Lifchitz, quien denunció los tejes y manejes delictivos del magistrado. El mismo Lifschitz que fue agente de inteligencia de la Policía Federal, que hizo graves denuncias que pusieron a Galeano en la picota y que hace poco denunció haber sufrido un nuevo atentado, esta vez a balazos, y que horas después fue procesado por “revelar secretos de Estado”.
En el documental, Lifschitz señala que Galeano secuestró las agendas de los principales sospechosos, el libanés Nassib Haddad –dueño del volquete-bomba– y el sirio-argentino Alberto Jacinto Kanoore Edul –que llamó a Telleldín en momentos en que éste se desembarazó de la supuesta Trafic-bomba, y que vivía al lado de un terreno por el que pasó el camión que dejó el volquete en la Amia– pero jamás ordenó investigarlas, ni se interesó lo más mínimo en ellas.

Ambos, Edul y Haddad, eran amigos del Presidente Menem. Edul (que acaba de reaparecer en público como proveedor de uniformes del Gobierno de la Ciudad (¡para la nueva Policía Metropolitana que conduce su amigo, el ex comisario Jorge “El Fino” Palacios… que está procesado por haber amañado el allanamiento de su domicilio!) lo reconoce ante las cámaras, mientras Telleldín recuerda que pasó unas horas detenido junto a los Haddad, padre e hijo, quienes acababan de ser detenidos a pedido de siete fiscales luego de que se estableciera que habían comprado importantes cantidades de amonal, el explosivo utulizado para demoler la Amia. Telleldín recuerda que Nassib Haddad –el padre, nacido en el Líbano– le adelantó entonces que él y su hijo Jorge estarían allí con mucho unas horas más, porque él era amigo del Presidente Menem, que los rescataría. Y así sucedió.

Gran relieve tiene el testimonio de Daniel Joffe, quien se encontraba a pocos metros de la puerta de la Amia y sufrió gravísimas heridas. Joffe (quien ya en AMIA, 9:53 había explicado con mucha claridad la inexistencia de la supuesta Trafic-bomba) se refiere a las innumerables traiciones que sufrieron las víctimas y expresa su indignación con quienes insisten en “poner una Trafic a toda costa donde no la hubo”.

Gabriel Levinas recordó que el primer especialista norteamericano que vino a estudiar el atentado, Charles Hunter, concluyó que la Amia había sido volada por una explosión interna, pero que su informe original fue tergiversado a la hora de ser publicado por el Departamento de Estado. “No hay ninguna duda de que algo explotó adentro”, sintetizó el autor de AMIA, la Justicia bajo los escombros. También dijo que no hay prueba alguna de que el ataque haya sido ordenado por Irán, tal como pretende el fiscal Alberto Nisman, dueño de un rostro pétreo.
En este sentido, respecto a las declaraciones del llamado “Testigo C” (un ex agente de inteligencia iraní que cuando explotaron las bombas ya estaba refugiado en Alemania, que jamás pisó suelo argentino y que cambió varias veces de versión), el ex fiscal José Barbaccia sostuvo que la última vez que declaró, por teleconferencia, tenía enfrente –aunque fuera de cámara– al escurridizo ingeniero Antonio Stiusso, alías “Jaime Stiles”, jefe de Operaciones de la Side. Según Barbaccia, Stiusso le dictó al iraní lo que tenía que decir.

Es un hallazgo volver a ver a un hirsuto presidente Menem pedir perdón por el atentado (acaso recordando el abrupto fin del trasiego de valijas llenas de dólares provenientes del tráfico de drogas desde Miami y Nueva York, o de las ventas de armas a la Croacia católica y a la Bosnia musulmana, a dónde no siempre llegaron) y plañir “Yo también soy una víctima”.

Hay precisos indicios de que el atentado a la AMIA tuvo que ver con el tráficos de cocaína y ninguno de que hayan tenido que ver con asuntos religiosos o fundamentalismos de ninguna especie. El ex embajador Oscar Spinosa Melo recuerda en el documental los desaires de Menem a los gobernantes sirios que tanto lo habían ayudado en su campaña electoral.

El documental también tiene algunos defectos, como carecer de algunos testimonios que están en otros documentales y de haber estado, hubieran reforzado mucho sus igualmente bien fundadas hipótesis. Por ejemplo, el de Gabriel Villalba (quien al momento de la voladura tenía la vista fijada sobre la puerta de la Amia y que dijo desde un primer momento que no había habido Trafic-bomba y que las explosiones habían sido dos) o el del barrendero Juan Carlos Alvarez, gravemente herido en el ataque, quien sostiene que si hubiera habido una camioneta-bomba lo hubiera arrollado, ya que él encontraba frente a la puerta de la mutual.

Otro defecto que puede señalársele es, a mi juicio, no puntualizar que quien decidía el ingreso y egreso de personas del terreno de la calle Constitución, terreno que presenta como absolutamente crucial en la ejecución del atentado pues allí se habría cargado el volquete explosivo. Quién decidía esos movimiento era, a través de interpósita persona, nada menos que el médico del Presidente Menem, a la vez allegado a Monzer al Kassar y primo del socio de éste, el jeque Sobhi Tufaili o T’feili, antiguo jefe de Hezbolá al que la CIA responsabilizaba de haber instigado el ataque a la AMIA, según le informó con parsimonia la Cancillería al juez Galeano el 28 de julio de 1994, diez días después del ataque.

Amia: la causa es, con todo, de visión ineludible para quienes le interese acercarse a la verdad. De Nápoli ha procurado ser tan ecuánime como ecuménico, y dejó a Juan José Avila, abogado de la Amia y a la inefable Marta Nercellas, apoderada de la DAIA, enredarse en sus propias palabras. Para no hablar del fiscal Nisman, articulador público de una Historia Oficial II todavía más mentirosa que la primera: una fábula construida para satisfacer a Israel y a la administración Bush echándole la culpa del ataque al sector moderado del régimen iraní sin la menor prueba. Y, que, de paso, procura que se olvide que fue llevado a cabo por argentinos.

Después de investigar el atentado a la AMIA, De Nápoli se especializó en investigar la Segunda Guerra Mundial y las actividades nazis en nuestro país antes, durante y después de ella, publicando varios libros. En cambio, nunca publicó un libro sobre el atentado a la AMIA. Este documental salda esta asignatura pendiente con mucha ventaja, ya que es de esperar llegue a un público mucho más vasto. Y porque no es De Nápoli quien dice qué pasó, sino que expone las evidencias de manera tal que cada uno puede extraer sus propias conclusiones. Es así, a la vez, un tiro para el lado de la justicia, y un tiro en el corazón de esa injusticia institucionalizada que prepara albóndigas tan apestosas e indigeribles como las Historias Oficiales, I y II.

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