Un escrache claro y transparente

Hace mucho que estoy precupado por la marcha de la causa de la Triple A, con cuyo avance me siento comprometido por múltiples motivos. La justicia española denegó la extradición de Isabelita, y el comisario Ramón Chango Morales, que fue jefe de la custodia de López Rega y escapó con heridas de una emboscada montonera, también logró escapar de la tardía justicia democrática al darse el lujo de morir de viejo en el Hospital Policial Churruca Visca mientras gozaba de arresto domiciliario gracias a su condición de crápula octogenario.

Tuve la dicha de intervenir en la detección del extraditado Ramón Eduardo Almirón, que fue jefe de la custodia de Isabel, lugarteniente y virtual yerno de Morales y, luego de irse del país con Lopecito, también jefe de la custodia del líder de la derecha española, el gallego Manuel Fraga Iribarne. ero ahora Almirón finge demencia y amnesia so pretexto de una embolia. Ya tiene casi setenta años, y pronto accederá al arresto domiciliario, beneficio del que también goza incompresiblemente el suboficial mayor Miguel Ángel Rovira, un fanático de las metralletas, con las que segó tantas vidas, primero de delincuentes habituales, y después de «subversivos». Como Almirón (que asesinó en una boite de Olivos a un joven oficial de la Marina estadounidense que había ganado la beca Guggenheim), Rovira se inició como verdugo en la división Robos y Hurtos (RyH), donde tan pronto se marchó el mítico comisario Evaristo Meneses, Morales, Almirón, él y otros sicarios —como Edwin Duncan Farquharson— se especializaron en «ratoneras», esto es, en reclutar confidentes e infiltrarlos en banda de malhechores para que empujen a estos a cagar más alto de los que les da el culo, emprendiendo acciones demasiado ambiciosas… y más cantadas que la López Pereyra.

Una “ratonera” típica se inicia cuando el infiltrado instiga exitosamente a la gavilla a hacer un asalto contra establecimiento en el que hay dinero en efectivo. La patota policial los espera a la salida bien parapetados, los sorprende, fusila y remata a los caídos con un tiro en la cabeza, quitándoles lo robado, y beneficiándose como yapa o bonus track con ascensos generalizados por la supuesta valentía demostrada en el «enfrentamiento». A fin de justificar la desaparición del botín, es imprescindible que uno de los asaltantes figure como escapado. Y así como soldado que huye sirve para otra guerra, lo mismo sucede con ortibas y judas, hasta que están muy quemados.

Cuando esto ocurre, qué remedio, hay que silenciarlos.

Pero antes, gracias a los buchones, los taciturnos policías comenzaron a tener datos precisos sobre las orillas en las que se desembarcaba la mercadería traída por el mítico contrabandista Vicente Cacho Otero, y a mejicaneársela. Luego, delincuentes arreglados con ellos se la vendían a un reducidor… al que, sabiendo que no tenía la menor posibilidad de denunciarla, la patota le caía de noche armada hasta los dientes para quitarle toda la mercadería acamalada, darle unos bifes y acaso unos toques con un cable pelado hasta obligarlo a pagar un rescate a cambio de conservar la vida.

En fin, para qué extendernos más. Cuando a pesar de todo hubo riesgo de denuncias, los muchachos de RyH comenzaron a silenciar a sus antiguos cómplices, uno por uno. Dándose cuenta, el Loco Prieto, el delincuente de más cartel de todos los que se asociaron con ellos, había comenzado a narrarle a un juez cómo era el mecanismo, cuando en su celda de Villa Devoto se le cayó encima un bidón de nafta y seguidamente un fósforo encendido.

Antes y después, viejos cómplices de los tres ratis comenzaron a aparecer acribillados, preferentemente en baldíos de Villa Soldati, casi todos con los ojos tapados y las manos atadas hacia atrás. Los habían hecho arrodillar y acribillado por la espalda con medio centenar de proyectiles de armas de guerra de variados calibres, una «firma» que pronto habría de llamar la atención de Rodolfo Walsh.

Aunque no se los pudo condenar por falta de testigos, los tres policías asesinos y corruptos fueron expulsados de la Federal a comienzos de los años ’70. Pero el anciano presidente Juan Perón habría de firmar sus reingresos escaso tiempo después a instancias de López Rega, que también impulsó el retorno al servicio activo de dos comisarios exonerados, Alberto Villar y Luis Margaride.

Villar, el asaltante de la sede del partido Justicialista para hacerse con los cadáveres de guerrilleros asesinados en Trelew que estaban siendo velados, había sido echado por asaltar una comisaria de Córdoba y vejar a su personal tras el llamado «Viborazo» en una jornada que culminó con una caravana de autos de la Federal saliendo de la provincia bajo una cortina de balazos disparados desde el convoy de patrulleros de la policía cordobesa que los perseguía. Margaride porque tuvo la mala pata de sorprender a un general de caballería con una menor en uno de los hoteles alojamiento que gustaba allanar compulsivamente por el mero placer de informarle a esposas y maridos de su ingrata condición de astados. Tengo para mí que haber firmado el regreso a las filas policiales de Villar, Margaride, Morales y Almirón ha sido el peor pecado cometido por Perón.

A diferencia del finado Morales y del hoy baboso Almirón, Rovira fue (hasta el 2003, cuando los trabajadores lo descubrieron y escracharon) nada menos que el jefe de seguridad de la red de subtes, explotada por el Grupo Roggio. A pesar del escrache de su casa de la calle Pasco 1032, en el barrio de San Cristóbal, Rovira también parecía haber zafado cuando la detención de Almirón en un pueblo valenciano lo arrastró.

Tuvo suerte de encontarse en la caída con un juez pingo, viejo profesor de la Escuela de Oficiales (que, a pesar de que el gobierno de Néstor Kirchner le quitó el nombre, muchos federales se obstinan en seguir llamando «Coronel Ramón L. Falcón», por el asesino de trabajadores que ajustició Simón Radowitzsky) que llegó al estrellato mediático cuando trascendieron sus retozos casi diarios en un prostíbulo que funcionaba bajo la protección del comisario Roberto Rosa. Éste se había hecho conocido entre quienes se revolcaron en el fango de la «guerra sucia» por haber detenido, en una playa hoy desaparecida de Vicente López y allá por el ’75, cuando era inspector, al jefe montonero Roberto Quieto, cuyo rastro se perdió seguidamente en el recién inagurado centro clandestino de detención de Campo de Mayo. Rosa se volvería tristemente célebre bajo el previsible alias de «Clavel» como miembro de los grupos de tareas de la PFA que trasegaban los centros clandestinos de detención conocidos como El Club Atlético, El Banco y El Olimpo.

El juez, que lucía en su despacho hace unos años un diploma refrendado por un aventajado discípulo del trío, un comisario con cartel de haber intervenido en más de cien boletas gracias a su experticia en tender exitosas emboscadas con olor a ratonera (en medio de todo tipo de souvenirs de la PFA como ceniceros, banderines, gallardetes y hasta una porra enmarcada) lo interrogó muy suavemente, sin hacerle preguntas concretas, e incluso le permitió coronar su breve y amnésica exposición con una frase de cinismo encandilador: «Mi vida es clara y transparente».

Acaso conmovido por ella, le condedió seguidamente el beneficio de la detención domiciliaria mientras sus colaboradores informaban a la prensa que Rovira cumpliría esa reclusión en una segunda casa que, dijeron, tenía en Parque Patricios.

Lo cierto es que Rovira sigue en su cómoda casa, sin consignas en la puerta (que no haya agentes de la Federal no tiene importancia, ya que la Federal parece empeñada en apañarlo y protegerlo, pero que no haya ni un mísero gendarme o prefecto, siquiera para cubrir las formas, clama al cielo) y sin que nada ni nadie obstruya ni dificulte la posibilidad de dejar el lugar sin que nadie se dé cuenta, como hay vecinos que dicen que hace.

Rovira tronchaba vidas a ráfagas de metralleta ya a mediados de los ’60, una década antes de su papel estelar como killer de la Triple A. Dicen que está probado que mató a Julio Troxler, quien hace casi dos décadas (el lunes hizo exactamente 32 años) sobrevivió a los fusilamientos de civiles en los basurales de José León Suárez por el único delito de ser partidarios del depuesto Perón, episodio a partir del cual Rodolfo Walsh escribió su célebre «Operación Masacre». Troxler fue un gran protagonista de la llamada resistencia peronista, evolucionó hacia posiciones de izquierda y militó en las Fuerzas Armadas Peronistas y el Peronismo de Base, y también protagonizó un film basado en aquel libro pionero. En su juventud había sido agente de la misma policía que lo había fusilado con tan mala puntería, y cuando después de 16 años el peronismo regresó al poder, el gobernador Oscar Bidegain aprovechó esa circunstancia para ponerlo al frente de la Policía Bonaerense, puesto en el que duró muy poco, apenas hasta esa gran emboscada que fue Ezeiza el día en que más de un millón de personas, acaso dos, aguardaban festivamente el regreso definitivo de Perón a la patria.

Dicen que en octubre de 1974, la cara de Troxler fue proyectada en una reunión celebrada en la Casa Rosada y en presencia de Isabel. Lo cierto es que el 20 de septiembre de 1974, cuando llegaba a su trabajo en la Facultad de Derecho, los tripulantes de un Peugeot 504 Negro con enorme antena parabólica en el que solía desplazarse Almirón lo abordaron, golpearon, redujeron, esposaron a la espalda, metieron en el auto y llevaron a Barracas, y más precisamente al pasaje Coronel Rico, situado al este y pegado al terraplén del ferrocarril Roca, donde al parecer le dijeron que caminara hacia la avenida Suárez tras lo cual Rovira lo ametralló sin siquiera molestarse en bajar del Peugeot. Y hay fuertes indicios de la participación de Rovira en al menos ocho de los más resonados asesinatos cometidos por la Triple A, como los del diputado Rodolfo Ortega Peña, el profesor Silvio Frondizi y el sindicalista y ex vicegobernador cordobés Atilio López.

El capitán de navío Aurelio Carlos Zazá Martínez era por entonces el edecán naval de la presidenta María Estela Isabel Martínez de Perón y los ojos y oídos del almirante Emilio Eduardo Massera en la Casa Rosada y en la quinta de Olivos, lugares donde a menudo se cruzaba con Almirón y Rovira, quienes manejaban la custodia del superministro José López Rega. Almirón, recordó Zazá Martínez, «era un tipo más bien alto, que vestía con trajes a medida de tela inglesa, por lo general claros. Le gustaban los zapatos blancos, las camisas rosas y su corbata verde de terciopelo. Se distinguía por su traba, con una insignia del partido nazi». Y Rovira era un grandote que usaba «una cadena de oro para prender su llavero, que le llegaba hasta la rodilla». Agregó Zazá que «por mi condición militar, conmigo conversaban un poco más que con el resto» y que «una vez, Rovira apareció con un llamativo sobretodo de piel de camello. Se lo ponderé y me contó que era de un tipo al que había tiroteado. Como no le creía, me mostró diciendo: ‘¿No ves?, acá tiene un zurcido'».

Impulsado por una fuerza desconocida (a la que hace años decidí no resistirme, quizá gracias a mi gusto por el surrealismo y sus automatismos, seguramente porque diez años de psicoanálisis me enseñaron a confiar en intuiciones, premoniciones, corazonadas y otros balbuceos del inconsciente) pasé el sábado al mediodía por el chalet del hombre que se jactaba de usar el breto de un tipo al que había acribillado. Mientras miraba las cerámicas de pajaritos que adornan su pequeño jardín, un vecino me dijo que Rovira vive ahí y no en Parque Patricios, y que sólo acude a visitarlo su mujer, una rubia teñida, bastante más joven que él. Di la vuelta por Carlos Calvo y tomé por Rincón hacia la avenida San Juan. Cavilaba en la increíble impunidad de semejante asesino serial cuando, de repente, junto a un kiosko, en el piso, un volante solitario, uno, solo uno, milagrosamente limpio, llamó mi atención. Lo miré y lo miro facsinado. Dice así: «Cuando un genocida vive en el barrio, hay escrache en San Cristóbal» y convoca a concentrarse el próximo jueves 19 a las 18.30 en San Juan y Entre Ríos. En el reverso explica que «Debido a la lentitud de la justicia y a intereses políticos que presionan para que la Triple A no se investigue a fondo, Rovira vive hoy plácidamente en su casa, siendo su vecino mientras sus víctimas y sus familiares no obtienen justicia» y concluye con algo tan obvio como que «Rovira debería estar preso en una cárcel común, junto a los demás genocidas presos, en lugar de recibir tratamiento VIP».

El hallazgo me parece un pequeño milagro. Magia blanca, que ilumina estos días. El escrache del jueves no puede ser más oportuno. Incluso en lo personal, ya que esa noche cenaré en un bodegón de ese mismo barrio con un grupo de compañeros. Para que podamos celebrar es necesario, cuando menos, que el Estado garantice que este canalla no se pase la interdicción de salir de su casa por la entrepierna. Que él y el pequeño juez «de corazón azul» —como dice el diploma firmado por otro killer serial de RyH— no nos tomen más el pelo. Que no pase un día más sin que haya una custodia permamente de gendarmes o de prefectos en la puerta. Y que, rápido, le hagan un lugar en Marcos Paz.

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