Un economista del subdesarrollo

Por Diego Olivé, desde Nueva York, especial para Causa Popular.- A raíz de la reapertura de la fábrica tucumana de zapatillas Flecha, en la edición del 3 de mayo del sitio Notiar, el supuesto economista Martín Simonetta publicó una nota (Volvieron las zapatillas Flecha) en la que, entre otras lindezas dice cosas como ésta: “Muchos festejan su vuelta con un entusiasmo similar al que acompañó a la declaración del default de la deuda pública en enero del 2002. Otros nos preguntamos si debemos celebrar este eterno retorno de los productos que acompañaron nuestra infancia o si, por el contrario, deberíamos anhelar que los jóvenes argentinos pudieran elegir -como los de los países desarrollados- entre las marcas locales y marcas globales como Nike, Reebok, Avia, Puma, por mencionar sólo algunas.”

O esta:

“El caso de Flecha es un ejemplo un tanto bizarro de una economía crecientemente cerrada por la pérdida de poder adquisitivo de sus ciudadanos, pero no es el único: también podemos mencionar las resurrecciones de otras marcas como Fulbence; Hitachi o Lumilagro que nos recuerdan de forma plena el auge de la industria sustitutiva de importaciones en nuestro país.”

O esta:

“La reaparición de Flecha no sería negativa si se diera, por ejemplo, en el mercado asiático, o en otro abierto a la competencia global, pues significaría que millones de personas han votado con su dinero y han elegido a esta marca argentina por su calidad y precio. Pero hoy, en Argentina, es un síntoma más de la peligrosa tendencia aislacionista y de desintegración global que experimenta la economía de nuestro país.”

O esta:

Por lo general esta producción sustitutiva de importaciones no es competitiva internacionalmente ya que, de serlo, no hubiera necesitado -en este caso- una pérdida del poder adquisitivo de la población para nacer o resurgir.

Simonetta no sabe -o no entiende lo que eso significa- dónde se fabrican sus envidiadas Adidas, Nikes y Pumas, las que usamos los que vivimos en el Primer Mundo. Y los electrodomésticos. Y los cepillos de dientes, las lapiceras fuente y las carteras de Gucci. E ignora que cuando llamo por teléfono desde Nueva York para hacer averiguaciones sobre mi cuenta bancaria con el Citibank o porque tengo problemas con mi computadora IBM (Made in China), suelo terminar hablando con un empleado con marcado acento indio.

Es que mi llamada ha ido a parar a Bombay, donde Padmadhar (el que sostiene una flor de loto, en referencia al dios Vishnu) o Banhupriya (la amada del Sol) le cuestan al Citibank y/o la IBM una décima parte de lo que deberían pagar a trabajadores norteamericanos por el mismo trabajo.
Aunque Padmadhar y Banhupriya sean gente muy voluntariosa, el servicio es atroz debido a sus mencionados acentos y porque su percepción de mis problemas es intelectual, virtual, y por lo tanto, limitada.

Pero a la IBM y al Citibank eso les importa bastante poco porque han descubierto que por cada consumidor que «vota con su dinero» -como predica este idealista profeta del librecambio que es Simonetta- hay varias docenas que no hacen nada al respecto, ya sea porque saben que si transfieren sus ahorros al Chase o si la próxima vez se comprar una computadora Dell en lugar de una IBM, Chase y Dell los cagarán exactamente de la misma manera. O porque tienen otras cosas más urgentes que atender.

Yo, por ejemplo, estoy esperando que se hagan las 10 de la mañana para iniciar una larga y agotadora batalla con mi seguro de salud que, obedeciendo a las leyes inmutables del capitalismo desenfrenado que tanto atrae a los capitalistas de las tolderías como Simonetta, me cambió el plan de cobertura hace dos meses, me aumentó groseramente las cuotas (a 480 dólares por mes) y me redujo los beneficios, al punto de dejarme hoy sin uno de mis medicamentos si me niego a pagarlo a precio de mercado en la boca de expendio o farmacia: 81 dólares por un mes de suministros. Que debe ser lo que la IBM y el Citibank les pagan por semana de trabajo a Padmadhar y Banhupriya.

Voy a hablar con un tipo que hace tiempo que no se llama operador, y que ya ni siquiera es un «asociado». Con hipocresía digna de «1984», la persona que me explicará calmadamente todo lo que tengo que saber acerca de cómo me roba la plata mi compañía de seguros de salud se denomina ahora un «advocate», sustantivo relacionado con el verbo «abogar» que sugiere que el tipo va a defenderme y a abogar por mis intereses ante sus amos. ¡Exacto! Con el mismo ardor con que Adidas, Nike y Puma se interesan por el bienestar de la juventud argentina.

Simonetta es medio capitalista solamente, porque si bien se rasga la vestiduras por la coartada libertad de elección de los consumidores argentinos, no dice una sola palabra sobre el objetivo fundamental del capitalismo, que consiste en enriquecer a los dueños de Adidas, Nike y Puma. Y del Citibank, la IBM y, en mi caso, mi seguro de salud.
Como los dueños de Adidas, Nike y Puma no viven en Bombay ni en la Argentina, la platita que los argentinos gasten en las Flecha será platita que idealmente no se irá de la Argentina.

O en todo caso, se irá en cantidad mucho menor que si se compraran zapatillas de marcas internacionales. El capitalismo globalizado es un viaje de ida y vuelta (a veces de muchas idas y muchas vueltas) del que estos agentes de viajes del liberalismo económico como Simonetta sólo mencionan la ida.

Me recuerdan a sus colegas auténticos de la industria del turismo que no mencionan las moscas cuando venden paquetes al África. En las películas nunca se ven las moscas africanas, pero quienes han visitado ese continente -al menos los que han ido a los países de clima tropical- me dicen que las moscas son un componente muy importante y difícil de olvidar de la experiencia africana.

Yo celebro el retorno de las Fle! Fle! Fle! Cha! Cha! Cha! que yo pintaba con pinturas Deca.
Y me avisan cuando vuelvan los vaqueros Far West y aquel maravilloso refresco verde (fabricado con yerba mate) que se llamaba Riky.

Nota de la redacción: a continuación reproducimos el texto completo de la nota aludida:

Volvieron las zapatillas Flecha

Por Martín Simonetta

Como un déjà vu, regresan a la vida argentina las legendarias zapatillas Flecha, íconos -junto al eterno Ford Falcon y los camioncitos Duravit- de la industria nacional, iniciándose su producción durante el mes en curso con la reapertura de la planta de Flecha en Tucumán.-[*

Muchos festejan su vuelta con un entusiasmo similar al que acompañó a la declaración del default de la deuda pública en enero del 2002. Otros nos preguntamos si debemos celebrar este eterno retorno de los productos que acompañaron nuestra infancia o si, por el contrario, deberíamos anhelar que los jóvenes argentinos pudieran elegir -como los de los países desarrollados- entre las marcas locales y marcas globales como Nike, Reebok, Avia, Puma, por mencionar sólo algunas.

Del mismo modo, si sería positivo que los chicos argentinos pudieran acceder fácilmente a los mejores juguetes del mundo o deban resignarse a jugar con los mismos modelos “industria nacional” con que jugaron sus padres. También si es mejor que sólo unos pocos adultos adquieran caros vehículos producidos en el Mercosur o que una gran mayoría pueda comprar los elaborados globalmente.

Esta especie de regreso de los muertos vivos es la consecuencia casi inevitable de vivir en una economía devaluada que -tras la salida de la convertibilidad- hizo inalcanzables para la mayoría de los argentinos el acceso a productos del mercado global así como encareció a la mayor parte de los bienes transables. Para dar una idea del impacto de la gran devaluación sobre los precios locales, cabe mencionar el estudio de The Economist según el cual Buenos Aires pasó de ser la ciudad número 21 más cara del planeta en la década de 1990 a ser la número 130, junto a Bombay (India), Sofía (Bulgaria) y Teherán (Irán), en el 2005.

El caso de Flecha es un ejemplo un tanto bizarro de una economía crecientemente cerrada por la pérdida de poder adquisitivo de sus ciudadanos, pero no es el único: también podemos mencionar las resurrecciones de otras marcas como Fulbence; Hitachi o Lumilagro que nos recuerdan de forma plena el auge de la industria sustitutiva de importaciones en nuestro país.[1]

En este contexto, Argentina experimenta un proceso de des-especialización sin precedentes. Exportaciones primarizadas y sustitución de importaciones podrían, sin duda, definir los pilares del modelo post-convertibilidad.

Productores explotan a consumidores

Tras la gran devaluación argentina existieron ganadores (muchos de ellos la impulsaron abiertamente) y perdedores. En esta situación, uno de los motores de la economía ha sido la sustitución de importaciones, es decir la producción local de lo que antes se importaba. Por lo general esta producción sustitutiva de importaciones no es competitiva internacionalmente ya que, de serlo, no hubiera necesitado -en este caso- una pérdida del poder adquisitivo de la población para nacer o resurgir.

Bajo el ala del dólar alto, los sectores no eficientes internacionalmente que más crecieron fueron, entre otros, el textil, calzados, electrodomésticos, juguetes, etc. Además de la ventaja artificial que otorga una economía devaluada, debemos señalar que el sector calzados en la Argentina es uno de los más aislados de la competencia internacional, a través de impuestos de importación e instrumentos de “defensa de la competencia desleal”

Es fundamental dejar en claro que el mal llamado “proteccionismo” protege sólo a los productores que logran convencer a los gobiernos de que se les otorgue un privilegio a costa de que los millones de consumidores dispersos paguen precios mayores y se vean restringidos en su capacidad de elección.

La reaparición de Flecha no sería negativa si se diera, por ejemplo, en el mercado asiático, o en otro abierto a la competencia global, pues significaría que millones de personas han votado con su dinero y han elegido a esta marca argentina por su calidad y precio. Pero hoy, en Argentina, es un síntoma más de la peligrosa tendencia aislacionista y de desintegración global que experimenta la economía de nuestro país.

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