Un acto de justicia con Cuba

La histórica anulación de la resolución que desde 1962 excluía a Cuba ratifica la nueva relación de fuerza conseguida por el bloque latinoamericano ante Estados Unidos y preanuncia el final del bloqueo económico a la isla. Los cubanos no integrarán una OEA que no muestre signos de reestructuración.

La decisión de la 39° Asamblea de la Organización de Estados Americanos (OEA) de anular por unanimidad la resolución que en 1962 excluyó a Cuba por imposición de Estados Unidos para alinear al continente en su estrategia de Guerra Fría, fue mucho más que simbólica o protocolar. Se convirtió en una demanda por un proceso de independencia real de los países que ven acercarse la celebración del bicentenario sin haber podido salir de la dependencia, que durante todo el siglo XX le significó un genocidio a la región.

El afán con que trabajaron los gobiernos de la mayoría de los países, en el caso de Cuba con un consenso cada vez más amplio gracias a la incorporación de los gobiernos de Centroamérica, evidenció algo más que la búsqueda de un simple golpe de efecto.

La causa cubana ya se había instalado desde hace tiempo, y estuvo omnipresente en la última Cumbre de Trinidad Tobago, en abril pasado, donde el presidente de Estados Unidos Barack Obama escuchó discursos imposibles de ser imaginados en otros tiempos no tan lejanos.

Un espacio de resistencia

El reclamo por el cese del anacrónico bloqueo estadounidense contra Cuba, una isla pequeña ubicada a sólo 90 millas del agresor, pasó a constituirse en una causa propia para los países de la región. Este bloqueo de 47 años es un acto de guerra, que se transformó en el más largo sitio contra un país en la historia de la humanidad. De hecho ha sido derrotado por la resistencia del pueblo y el gobierno de Cuba, y ahora es un tema de la agenda de reivindicación y justicia continental, donde también se tiene en cuenta el papel de símbolo de la Guerra Fría, que significa su persistencia en el siglo XXI.

Esto sirve a Washington para mantener y ahondar la dependencia en el resto de los países.

Detrás de este gesto latinoamericano estaba no sólo el fantasma de un pasado donde la injusticia de esa dependencia amparó cruentas invasiones de Estados Unidos en la región, así como la proliferación de dictaduras militares, responsables del genocidio del siglo XX sino también de alineamientos forzados y sometimientos a tiranía globales, que originaron nuevas tragedias humanas y sociales.

Washington intentó por todos los medios posibles —y especialmente mediante la mediática guerra sicológica— cortar la yugular de la integración, que en los últimos años tomó un inesperado vuelo político, transformando la agenda original, esencialmente económica, en un nuevo espacio de resistencia.

Aquellos gobiernos sometidos a severas crisis en los que el modelo neoliberal fracasó en su oferta, —no en su esencia capitalista que también se va derrumbando finalmente— comenzaron una serie de intercambios pocas veces analizados, que hicieron innecesario el eterno peregrinaje de rodillas ante los organismos mundiales.

La adhesión al sueño de la unidad continental del libertador Simón Bolívar, llevó al gobierno de Hugo Chávez a convertirse en activista de la integración y demostrar, por ejemplo, que era posible cambiar petróleo por alimentos, productos industrializados, salud y además procurar términos de mayor justicia con los países más empobrecidos.

Un intercambio respetuoso fue transformando la región en el mismo momento en que el trazado geoestratégico del Plan Colombia y otro similares estaba planteando un proyecto de recolonización continental.

Este proyecto también comenzó a hacer agua, y si se sostiene es porque aún falta profundizar la unidad entre los gobiernos y pueblos de la región y trabajar en la integración interna, ya que el neoliberalismo dispersó, degradó, confundió a unos y a otros, los arrojó a un enorme pozo ciego de injusticias que también paralizan si no existe organización sólida para la resistencia.

Hitos recientes de la unión latinoamericana

Bien se había plantado América Latina, desde aquella Cumbre de las Américas en Mar del Plata, cuando en noviembre de 2005 varios países dijeron NO al ALCA, un extraordinario suceso minimizado por los órganos de prensa del poder mundial y por las miserabilidades políticas de los confundidos o los “dados vuelta”, como se dice popularmente.

Y también se habían plantado estos países invitando a Cuba a participar en organismos regionales, abriendo ventanas en el paredón del bloqueo. Y nuevamente en el año 2007 durante la reunión de la OEA en República Dominicana, los países dijeron NO ante el intento de Washington y Colombia de hacer pasar un camello por el ojo de una aguja, montándose en la invasión del ejército colombiano y sus asesores de Estados Unidos e Israel a territorio ecuatoriano para bombardear un campamento donde se negociaba la paz.

Allí Estados Unidos y Colombia, con alguno que otro de sus gobiernos aliados —los menos— intentaron que la OEA aprobara una resolución para anular las soberanías regionales en nombre de las necesidades de la guerra antiterrorista. No se pudo.

Varios gobiernos intervinieron en defensa de los derechos soberanos del pueblo de Ecuador. Fue otro fracaso y en esa confrontación América Latina siguió creciendo.

Lo mismo sucedió cuando la comisión humanitaria de la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) fue instruida por los países miembros para investigar la masacre del 11 de septiembre de 2008 en Pando, Bolivia, cuyas conclusiones resultaron inapelables. Y esto desnudó la parálisis de la OEA.

Existen otros antecedentes similares, pero en este caso los gobiernos de la región trabajaron para no dejar pasar la resolución imponiendo condiciones a Cuba que casi significaban lo mismo que la de 1962, anulada finalmente en San Pedro Sula, Honduras.

La necesidad de una nueva OEA

Aunque se habla de negociaciones, acuerdos y formas que se discutirían si Cuba decide su ingreso, nada es lo mismo.

En la Habana con un criterio correcto se piensa que es necesario reestructurar de fondo ese organismo para que realmente cumpla sus compromisos y deje de ser el ministerio de Colonia que ha sido y que tanto ha costado a los latinoamericanos y caribeños. Sólo con pensar en el bloqueo o el status que le han conferido a Puerto Rico, sin que la OEA en defensa de ese pueblo haya hecho nada o en el tema de Haití y tantos otros, basta para entender que Cuba no puede ocupar un asiento sino se transforma esa estructura anacrónica.

Para el estado cubano es tema de dignidad y de compromisos revolucionarios con su pueblo y los pueblos de la región.

Por otra parte, es cierto que la mano tendida por los países que dieron la pelea también lleva implícito un reconocimiento al trabajo solidario de Cuba, sin el cual en todo el continente habría aún más tragedia social.

América Latina necesita de Cuba.

El trabajo de los latinoamericanos, con la fuerte y renovadora presencia de los nuevos gobiernos centroamericanos, logró un documento de consenso digno. Con esto no termina tampoco el trazado de la Guerra Fría que no se anuló con la caída de la Unión Soviética, sino que está en todos los esquemas contrainsurgentes y en el mote de “comunistas”, “izquierdistas” o “ejes del mal” con que se alude a los gobiernos no sumisos.

La Guerra Fría se lee cada día en los medios masivos de comunicación como la voz de ese poder anacrónico que apenas se sostiene sobre sus propios pies en medio de la gran crisis global.

Cuba podría aportar a una reestructurada OEA como ningún otro país, ya que su resistencia de casi medio siglo al bloqueo y a la intervención constante de Estados Unidos, le ha dado una solvencia moral y un conocimiento profundo sobre ese país y sobre el sistema internacional en general, en todos los terrenos.

Algunos, como el Secretario General de la OEA José Miguel Insulza, expresaron cierta inquietud porque este proceso fue “demasiado rápido”, según sus propias palabras, “algo inesperado” aún para la administración del presidente Barack Obama, que ya está siendo atacado por los sectores fundamentalistas de su país.

Como cuando el ex presidente James Carter accionó moderadamente en el tema de derechos humanos y le cayeron como si fuera “el eje del mal” a nivel interno.

Sería deseable que Washington comenzara a cumplir sus pactos internacionales, ya que no está en condiciones de afrontar tantas demandas postergadas alrededor del mundo. Ningún poder por más grande que sea puede dispersarse en tantos frentes, como se ha visto con el desplome de todos los imperios del mundo.

El bloqueo, un acto anacrónico e inútil

La larga experiencia de América Latina y el Caribe como socios obedientes, se termina. Estar asociados a una potencia que desconoce todos los compromisos, como sucede también en Naciones Unidas, ha sido fatal para la región y para el mundo.

Nunca la OEA detuvo un golpe, una invasión, una dictadura.

Esta decisión tampoco debe alentar la idea de un inmediato descongelamiento de las relaciones entre La Habana y Washington. Cualquier gobierno de Estados Unidos tiene una enorme dependencia de los lobbies mafiosos que detentan el poder real en sus manos y compromisos con una comunidad como la cubano-americana de Miami, a cuyos más violentos grupos amparó y ampara.

Muchos de esos personajes, como ex agentes de la CIA se convirtieron en empresarios millonarios que aportan a las elecciones presidenciales y vigilan estrechamente a cada uno de los gobiernos. Dependencia fuerte que también se observa en el caso de Israel, con un lobby de mucho poder en Washington.

La resistencia de Cuba, su enorme capacidad de acción y su paciente y brillante labor diplomática ha ido rompiendo cercos, y, a medida que se produjeron los grandes cambios en la región, esos pasos fueron infinitamente más efectivos.

El bloqueo para muchos países ya no existe, ha sido derrotado en los hechos y se ha transformado en un acto anacrónico e inútil, aunque hizo y aún hace enormes daños al pueblo de Cuba. Al menos en San Pedro Sula se comenzó a reparar una larga injusticia histórica y la región se impuso sobre una cantidad de presiones secretas, que muy pocos imaginan.

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